Colorada tierra adentro

15/06/2020

Llega el verano y como de costumbre Buenos Aires se vuelve un infierno, huir es todo lo que quiero. Este año me propuse viajar a la provincia de la tierra roja, las yararás y Horacio Quiroga, a quien estuve leyendo mucho hace unos meses para la universidad. La tierra que fue para él amor, locura y muerte.


Como siempre y dado que soy relativamente pobre preparé mi itinerario teniendo en cuenta los lugares donde hubiese gente que me pudiese alojar en el jardín de su casa (tengo una carpa guerrera a la que en este viaje le tuve que hacer un par de operaciones, pero aun resiste). Un par de mensajes tirados a cientos, incluso miles de km de distancia, y en unos días la red que nos sostiene se activó, y un itinerario flotante que los deseos se encargarían de echar a tierra: El Soberbio - Ixlandia - Saltos del Moconá - Guavira Potý - Oberá. A diferencia de la mayoría de mis viajes sólo dos semanas decidí tomarme, luego: a preparar finales.


El primer destino fue el Soberbio, paso obligado para el que era mi verdadero destino: Ixlandia, una ecoaldea a veintipico de km de allí, en medio del monte. Unas tierras que unxs muchachxs compraron hace cerca de diez años con el objetivo de vivir en comunidad, no sólo entre ellxs –cosa que ya hacían en Buenos Aires– sino también con los reptiles, las hormigas, las serpientes, los gatos onzas y un sinfín de seres que por las noches se ensamblan en una música extraña y sublime. Para Almendra, nuestra focalizadora en la aldea, está claro “yo en cuanto me entra algo de plata –con los productos que fabrican en la chacra, sobre todo distintos preparados con cúrcuma y caramelitos de jengibre, o su labor de artesana o malabarista– lo que hago es comprar tierras” (hay que aclarar que el precio de la tierra en el interior de Misiones es incomparable al de Bs As). No las compra para poner una empresa papelera o sojera, sino para devolverlas a la tierra, dejarlas en la tierra, que allí, en esa provincita del litoral argentino que parece un bracito manco internándose, saludando desde el Brasil, y que antes de que la robaran nuestros próceres fue de Paraguay y aún antes la llamaban Yvyrupá o de algún modo que desconozco pero que en los libros figura ahora como Misiones porque parece ser que lo más importante que allí ocurrió es que los jesuitas lograron más o menos domesticar a lxs indixs, allí, la tierra, la pacha, la naturaleza ha decidido tener forma de selva.


Son días felices, el grupito de voluntarixs con el que me tocó compartir es hermoso, sembramos cúrcuma, jengibre y citronela, hacemos carteles, ordenamos y reparamos cosas. El plástico que no puede reciclarse en el ciclo de la vida de la ecoaldea –la ropa vieja deviene en trapos, el papel se utiliza para prender el fuego, la ceniza para tapar la mierda en el baño seco y lo orgánico al compost– se mete en botellas de plástico que se usan como ladrillos en las construcciones de adobe y aíslan el calor. Excursionamos al río y todo lo hacemos mientras cantamos, hacemos chistes o nos contamos intimidades. Y así mismo nos vamos una mañana tempranísimo para evitar el sol pleno en el camino que en realidad se evita solo, porque llueve casi todo el trayecto. Una bendición para la tierra que cada vez recibe menos lluvias nos cuentan los lugareños, quien sabe si por el calentamiento global, el
desmonte o algún otro factor humano. 


Al día siguiente, luego de un reparador descanso, duchas de agua caliente y charlas mateteras con mi anfitriona del Sober, como le dicen a este pueblo, voy al sitio más turístico de todo mi viaje, los Saltos del Moconá. Voy sola y quiero estar sola después de cinco días de convivencia constante, pero no lo consigo. Un vendedor de chipá sin quererlo nos pone a hablar a cuatro personas que estábamos en la parada, un treintañero como yo, de Saladillo pero ahora aporteñizado, y una parejita de chicxs muy jóvenes de la Plata, y quien escribe, y seguimos charlando cuando subimos al micro. Al cabo de media hora de conversación alguien pregunta por nuestros medios de subsistencia y así nos enteramos que el treintañero, que se acaba de inscribir para estudiar ingeniería agrónoma en la UTN y parece muy interesado en la agroecología, es militar. Por alguna cuestión instintiva mis informaciones acerca de Ixlandia y cómo llegar allí se vuelven vagas e imprecisas, mientras mis preguntas se vuelven curiosas e incisivas. Así me entero cómo está conformado el ejército argentino, de qué se encarga cada una de las secciones (hay cosas curiosas y teñidas de anacronismo como la sección “caballería”, que se encarga de los tanques) y cuáles son las vías de acceso para pertenecer a él. La hora del almuerzo – después de recorrer el primer sendero con la joven pareja y la guía de su integrante masculino, un estudiante de biología que nos iba contando cosas de las plantas y los hongos, esa especie tan rara en el umbral entre lo animal y lo vegetal– me parece el momento apropiado para hacer la pregunta que tengo en la punta de la lengua desde hace rato. ¿Qué se enseña, qué se dice en el ejército de la dictadura militar? “Que eso no tiene que pasar nunca más, que nosotros estamos para defender la democracia” me responde sin dudarlo y me habla de la mancha que la dictadura (sólo hablamos de la última), desde su punto de vista ha significado para la institución. ¿Pero se cuenta lo que pasó, se habla de los 30.000 desaparecidos, de lo que hicieron? No, es un tema tabú al parecer. 


Frente a los saltos, a los que ahora sólo se puede ver desde unas lanchas que te acercan hasta el punto de salpicarte con el rebote de la caída (antes había senderos para verlos desde arriba, con los pies sumergidos en el agua, pero al parecer hubo accidentes que la chica de información turística no quiso relatarme en detalle), experimento ese vértigo que sentimos ante las cosas gigantes y potentes. Trato de imaginar que habrá sentido la primer mujer u hombre que los vio. Ciento cuarenta metros de profundidad hay ahora debajo nuestro, muchos, muchísimos litros de agua formando remolinos y succionando hacia abajo y un montón de mariposas que sobrevuelan nuestras cabezas con esa fragilidad que tienen las mariposas, a las que por algún motivo les gusta volar delante del peligro.


Y al otro día parto rumbo a San Pedro, pequeño pueblo sobre la ruta 14 donde me encontraré con mi amiga Mecha para ir a Guavira Poty, aldea guaraní con la que ella mantiene un vínculo desde hace siete años, desde que le dieron una beca para estudiar la lengua, beca que ya dejó de cobrar hace cinco pero por la que todavía adeuda una tesis. Es que a veces hay otras prioridades, tanto para ella como para ellxs, a veces no es fácil entender y traducir una cultura que ha ido silenciada, masacrada, marginada, y sigue siéndolo. Una cultura que tiene otras creencias, otros códigos y otro modo de relacionarse. Llegamos en auto porque nos viene a recibir el cacique con el subdirector territorial de agricultura familiar de Misiones, porque Mechi viene cargada con una valija llena de ropa, útiles y cosas que juntó como donaciones y porque supuestamente vamos a comprar una impresora, que también es una donación, allí en San Pedro, pero que por malentendidos con el comerciante no está en el local y es una gran frustración para Mechi. Lo primero que impresiona al estar llegando al lugar es el enorme bosque de pinos que linda con la aldea y que hace pensar en una geografía muy diferente a la de Misiones, una geografía imposible en cualquier naturaleza en realidad porque estos pinos crecen todos a distancias y alturas parejas. Son plantaciones de la empresa maderera Arauco, empresa transnacional de origen chileno dueña de un montón de hectáreas en diferentes partes de la provincia. Pero además de lo extraño estas plantaciones traen varias cosas negativas para el lugar: disminución de la biodiversidad, contaminación de las aguas y suelos, a lo que se le debe sumar que el pino es un árbol invasivo que con gran facilidad expande sus semillas y crece indiscriminadamente fuera de las áreas de plantación, afectando aún más la biodiversidad. Nos preguntamos con Mechi también si usarán agrotóxicos en su cultivo, yo creo que el glifosato se usa principalmente en la soja aunque luego me enteraré que es común también en la industria papelera, no tenemos datos ni el objetivo de
corroborarlo pero llegamos a la conclusión de que es improbable que fumiguen ahora el bosque ya que los pinos son bastante altos pero que es muy probable que lo hayan regado todo antes de plantarlos, porque según Mechi es lo que se suele hacer. De cualquier modo esta es una aldea bastante beneficiada en cuanto a la relación con la tierra según me cuenta, ya que es una de las pocas (hay cientos de aldeas guaraníes en la provincia, aunque no suelen figurar en ningún mapa) que tienen legalmente la propiedad de la tierra; me cuenta de otra que la tiene, pero al costado de la ruta.


Cuando llegamos están pelando unos maíces de un tipo que no vi nunca en vivo y en directo, moteado blanco y rojo, después me enteraré que es para atarlos delante de las casas como protección. Osmar, el subdirector de agricultura familiar, nos muestra uno aún más particular que crece sólo allí, no lo abre pero ya las hojas que lo recubren son muy raras, con forma de escamas, dice que lo va a llevar para analizar.

 

Armamos las carpas en el patio exterior de la escuela (que en realidad no posee ningún patio interno porque son sólo dos aulas), yo preferiría el pasto pero lo cierto es que puede tocar otra lluvia fuerte y mi carpa está en cuarentena todavía, y ahí, sobre el cemento que será nuestro hogar por unos
días (de Mecha varios más) hay un techo. La escuela fue construida hace cinco años (antes no había), lxs maestrxs, con excepción de dos que son de la aldea, lxs puso el estado y no son bilinguës aunque la escuela supuestamente lo es.


Les niñes corretean y juegan por allí todo el tiempo, nos miran con extrema curiosidad y siguen cada uno de nuestros movimientos, la mayoría no habla castellano pero igual un poco conseguimos entendernos, me ayudan a armar la carpa y aplauden cuando esta se pone al fin en pie.


Mecha se tira a descansar un rato, exhausta después del viaje, y yo me pongo a lavar toda la ropa que traigo sucia desde Ixlandia en la canilla que está delante de los baños con el caño de desagote medio roto que bota agua por todos lados. Saber que tenemos baños y agua potable es una tranquilidad igual. No es que necesite de los baños realmente, de hecho preferiría hacer pis entre los yuyos como en Ixlandia, y sólo un baño seco para la mierda, con perdón de la palabra (“caca” sólo la uso cuando quiero hacer reír a alguien y no creo que ahora venga al caso), pero desconozco los códigos del lugar, de su cultura. En cualquier otro sitio me hubiese ido a dar una vuelta, a conocer, tratar de hablar con alguien, pero no quiero ser una invasora más, ni de ellxs ni de Mecha que vino a hacer un trabajo de investigación y que ahora descansa y a quien me gustaría despertar y preguntarle dónde vamos a cocinar, si vamos a buscar leña al bosque de pino y dónde está el interruptor de la bombita de luz que se ve colgando arriba nuestro o a quién le puedo preguntar, pero en lugar de eso prendo un tabaco y la dejo descansar un rato más. Y me quedo pensando en cómo serán estos días allí, si lograré dar los talleres que me propuse (ese fue el motivo o la excusa con la que vine: dar talleres de edición de fanzines y/o de escritura), si les interesará, si les servirá, si lograré aprender algo.

 

Al día siguiente nos levantamos temprano (desde que llegué a Misiones vengo levantándome temprano todos los días, mis vacaciones son a contrapelo de lo esperable, como toda mi vida jeje), a las siete de la mañana ya hay un montón de niñes jugando y haciendo ruido alrededor de las carpas. Preparamos unos mates y una olla con pochoclo que vamos a cocinar al fogón de un joven vecino que nos cuenta algunas cosas de sus rituales y costumbres. Aunque todxs se presentan con nombres cristianos tienen otros nombres, que el Opyguá o chamán, como le dicen ahora, les pone en enero o febrero a todos los nacidos con más de seis meses de edad, porque es un nombre personal, que sólo puede aflorar cuando ya ha aflorado también algo de la personalidad, por decirlo en términos “occidentales” académicos. Si bien Héctor (así se llama el muchacho en cristiano) no me lo quiere revelar al comienzo (después si lo hará y es un nombre potente), Mecha me dice más tarde que no es un nombre secreto, pero que su uso depende de cada quien y que se da en contextos especiales, como invocación a veces ante situaciones adversas como la enfermedad. La mujer de Héctor nos mira con un bebé en brazos (las mujeres están casi siempre con un bebé en brazos), nos mira y no habla mucho, o no nos habla mucho.


Después Héctor nos cocina una frutita cuyo nombre no recuerdo pero que es como una berenjenita dulce que sólo se come asada, charlamos un rato más hasta que el mate ya está completamente lavado y el pochoclo que no logró cocinarse completamente quemado y volvemos a la escuela. Nos reunimos con el cacique (otra palabra y concepto importado, que se le atribuye a todos
los pueblos originarios pero que no era original de casi ninguno) y lxs maestrxs de la escuela para charlar un poco lo que haremos esos días y cuáles son las problemáticas de la aldea. Rosalino, el maestro, nos cuenta las contradicciones en que incurre el programa de la escuela con las creencias que ellos lxs transmiten a lxs niñxs, se les enseña por ejemplo, que la piedra no es biótica y ellxs consideran que sí, que hay un guardián de la piedra a quien se debe respetar y pedir permiso antes de manipularla. Mecha los incita a que escriban sus propios programas y hagan valer sus creencias aunque se contradigan con las oficiales. Yo, que entre mis oficios cuento también con el de profesora particular de lengua y literatura de un montón de adolescentes que van a colegios católicos donde se les enseña catequesis, observo que no debería haber problema con eso porque la contradicción práctica corriente en cualquier escuela. Mientras más contradicciones más opciones para elegir. Es el dilema que nos atraviesa todo el tiempo y que charlamos profundamente con Mecha, por un lado nos interesa que la cultura se preserve, conocer y entender qué había, quiénes había en estas tierras que ahora conforman un país en el que por alguna cuestión azarosa nos tocó nacer, y a lxs que por lo tanto, aunque no necesariamente nos una un lazo sanguíneo, nos sentimos ligadas; pero por otro nos preguntamos si a esa cultura (que en realidad ha cambiado y se ha perdido un montón desde la colonización, forzadamente, pero igual supongo que, de otro modo, también hubiese cambiado porque es natural que las cosas cambien) deben estar obligadxs ellxs, si no habrá jóvenes allá con ganas de viajar como lo hicimos nosotras, con ganas de elegir sus creencias, de ir a una universidad a estudiar cualquier rama del vasto conocimiento humano. La escuela es un instrumento de dominio cultural, pero también puede ser una apertura. Dentro de toda esta conversación logro entender que sí, que poder hacer que en la aldea se generen materiales bilingües puede ser algo muy provechoso para todxs, y que aprendan a usar algunas herramientas informáticas también.

 

Así que un poco después del mediodía nos ponemos manos a la obra, Mechi a instalar sus aparatos de grabación y reclutar gente para las entrevistas que necesita hacer para su tesis, yo a instalar programas y drivers de una impresora que el cacique consiguió no sabemos muy bien de dónde en una netbook que también trajo Mecha para dejar en la aldea. A la tarde, con lo básico ya instalado hacemos el primer taller de edición con el cacique y su hijo mayor en un aula de la escuela, un aula que la municipalidad ha dejado cerrada y sin llaves pero que ellxs consiguieron abrir de todos modos para albergarnos. Hacemos un fanzine en tiempo real con fotos de les niñes que dibujan afuera, las entrevistas que hace Mecha y nuestra propia labor. Por la noche siento una felicidad que en ese momento me parece indestructible. Se quedan a cenar con nosotras dos adolescentas con las que jugamos a hacer sombras chinescas contra el cielo rojo del atardecer que se proyecta oscuro sobre nosotras, después charlamos largamente y alimentamos a un perro famélico que nos mira con unos ojos ante los que no nos podemos resistir.

 

Me quedo otro día más, al taller se suman un rato la hija del cacique y la maestra (me encantaría que vinieran muchxs más pero claramente no puedo ponerme a arengar a la población por los caminos porque ni siquiera conozco estos caminos), y finalmente conseguimos imprimir el primero. Al otro día me voy temprano rumbo a Oberá con la idea de hacer plata esos últimos días, pensando en los gastos que tengo que afrontar cuando vuelva a Buenos Aires, realmente no estoy acostumbrada a estar de vacaciones. Tengo una amiga allá que ahora no está pero ha dejado sus llaves a una piba que vive a la vuelta con la que enseguida nos caemos bien. Mis planes se ven pospuestos porque al día siguiente llueve todo el día, que me paso casi todo leyendo y escribiendo en una hamaca paraguaya (hacia la última tarde escampará un poco y me permitirá ir a dar un paseo). Pero por suerte (sobre todo para justificar el haberlos traído) el último día consigo vender unos libros por el centro y a la noche me invitan a un cumpleaños de otra amiga de mi amiga y es también como mi despedida de Misiones. Una noche de alcohol, porro, música y chicxs lindxs, como tantas en tantas partes, una linda noche que termina con una despedida en la puerta de mi casa (“mi”, je) al amanecer. Al otro día me levanto tarde, junto mis cosas que ya desparramé por todos lados, como, me baño y parto rumbo a la ciudad, después de dejarle las llaves de nuevo a la vecina.


A la semana vuelve Mecha y la voy a visitar. Está con sarnilla, me había contado que por un descuido al otro día de que yo me fui el perro al que alimentamos se le metió en la carpa y se acurrucó en su bolsa de dormir, aunque no sabe si fue él el que se la pegó, y está angustiada, pero no por la sarnilla que ya está controlada, sino porque me cuenta que se acaba de enterar que murió un pibe de la aldea. Uno que yo había visto nomás pelando maíces el día que llegamos, porque en realidad era de otra aldea, pero andaba a menudo por ahí. De pulmonía me dice. Era un chico que tenía una malformación. Nos volvemos a preguntar por el glifosato, qué tan cerca estaba realmente de la aldea, de la escuela, y por qué.

 

Autora: Anahí Ferreira 

 

Nació a temprana edad. Escribió y editó los libros Máscara y Vacío (novela ficcional sobre la historia de Syd Barrett en Pink Floyd, 2001), Los intestinos inflamados (nouvelle con finales alternativos sobre adolescentes urbanos, 2014), La Identidad se escribe con H (novela vertiginosa y divertida a lo Copi, pero más sensibiliera y reflexiva, 2016), los libritos bolsillo de poesía La materia, el Trabajo, la Poesía (2013), Los dioses, los Amigos, la Familia, una Vevcina, el Anti-yo y algunos Divagues (2014), En viaje /La crisis y las luchadores /El vértigo de los pavimentos /Algo de la naturaleza (2018) y el libro-objeto cajita de cigarrillos Está por llover de la colección Poetas al vicio (2018), Ateo ediciones. Todos los demás fueron editados o co-editados por su propia editorial: Las Desenladrilladores, y otras editoriales amigas como Milena Caserola. Participó de la organización de la FLIA por nueve años. Está por terminar la carrera de Letras en la UBA. Algún día se va a morir.

 

 

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Imagen tomada de 

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Revista Extrañas Noches –literatura visceral- 

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