• Kevin Soto Perdomo

Rutina


Levantarse de la cama, ir al baño, sentarse en el inodoro,

cagar, limpiarse el culo con papel higiénico (si hay, si no,

hay que recurrir a la hoja de periódico), entrar en la bañera,

masturbarse mientras se espera a que el agua se caliente (a veces es difícil

encontrar la inspiración y, aún con la ducha escupiendo agua caliente

desde hace un buen rato,

se sigue con el pene rojo, alterado y erecto,

buscando ya de manera desesperada la eyaculación,

porque si uno se rinde, dolerá,

además, es todo un riesgo, pueden quitar el agua

sin todavía uno bañarse),

salir del baño, tomar el desayuno con la novia,

revisar las redes sociales mientras ella prepara el café,

beber el café junto a ella, hablar de proyectos, hablar del trabajo de ella,

hablar de los tormentos y los trabajos fantasmas de uno,

hablar del próximo plan para abandonar el país,

fregar la losa del desayuno,

leer, ver una serie,

escribir un cuento o un poema como este (el trabajo puede esperar),

almorzar, tomar café, retomar la conversación de los proyectos de ella,

la conversación sobre los tormentos y los trabajos fantasmas

y la conversación sobre el próximo plan para abandonar el país,

fregar la losa del almuerzo, revisar el cuento, revisar el poema,

buscar un concurso literario,

buscar un poema o un cuento que se ajuste al concurso

(si no se ajusta a ninguno, ajustarlo o no en dependencia de las ganas

y la disposición a participar).

Llega la noche, entrar al baño, cenar, fregar la losa, ver la televisión,

leer, ver una serie o revisar un cuento o un poema mientras ella

trabaja, hacer el amor (si no es muy tarde), dormir.

Al día siguiente, lo mismo, pero, si el día anterior se encontró un buen concurso,

se trabajará en un cuento o un poema como este,

y en los próximos días se continuará trabajando

hasta enviarlo cuando se crea que esté listo, lo cual no siempre termina así.

Muchas veces, de tanto revisar, se arruina el texto y no se envía.

Se cae en un estado

de confusión, de frustración.

Cuando el texto se envía, se requiere paciencia, pero es casi imposible

evitar la ansiedad, la expectación, la esperanza y la ilusión.

Llega el fallo, cero resultados y se cae en un estado de confusión,

de frustración.

Sin embargo, se sigue escribiendo,

se sigue preparando un poema, como este.

Ya no se espera nada, uno parece un autómata.

Dan ganas de mandarlo todo al carajo,

pero renace la esperanza, vuelven los concursitos literarios con sus promesas

y sus premios jugosos

y sigue uno de tonto escribiendo cosas ajenas a su realidad

porque la realidad está tan jodida que da miedo escribir sobre ella.

Sigue el televisor dando noticias estúpidas. Muchos estúpidos en la televisión.

Muchos estúpidos en la calle.

Estúpidos en la familia.

En el espejo un estúpido que sigue creyendo en los concursos literarios,

que quiere ser escritor,

que quiere vivir del trabajo de escritor,

que cree en la literatura,

que no para de soñar,

que, aunque sabe que no será fácil, cree que fuera de su país

tercermundista le irá de maravilla (aunque la verdad es que bien

difícil es que todo resulte peor que en el jodido país tercermundista),

que está cansado de resistir y esperar a que todo mejore,

que está cansado de que le digan que en el mundo desarrollado

la cosa no es de juegos porque él ya se sabe ese cuento,

porque es muy estúpido decir eso cuando se tiene constante miedo a que se

vaya el agua, a que se acabe la comida del mercado,

a no poder decir lo que uno piensa.

a que uno no pueda ingeniárselas

para poder vivir sin un salario decente,

sin cobrar en una moneda que no es la del país de uno,

pero con la que se compra todo lo que en cualquier otro lugar del mundo

el bolsillo más modesto se puede permitir (y es posible

que un buen día este problema deje de formar parte de la realidad

de esta loca islita caribeña, pero seguramente habrá sido sustituido por otro

igual de jodido).

Si uno comienza a vivir cómodamente, también comienza a sentir miedo

porque en este país tercermundista de mierda está mal vivir cómodamente.

De hecho, es ilegal.

Solo pueden vivir cómodamente los dueños de este laboratorio

flotante en medio del Caribe.

Si uno tiene que ir a cualquier lugar de la ciudad, tiene miedo,

cualquiera asalta a uno, el transporte público es pésimo,

se demora y te obliga a meterte

en una longaniza con ruedas en condiciones miserables.

Si uno tiene un teléfono móvil, un carro o una moto, también tiene miedo.

Miedo a que se lo roben a uno, a que se rompa.

Las piezas, la reparación, todo es caro,

y ni pensar en uno nuevo.

De hecho, tener un carro o una moto, por muy viejo y destartalado que esté,

es considerado un privilegio,

por lo que por su naturaleza de privilegio ya constituye un motivo de miedo.

Si uno se está volviendo viejo, tiene miedo,

porque ser viejo en este país es una tortura,

es ser una basura.

Los viejos en este país están desamparados y son tratados

como la mierda.

Si uno quiere irse del país, tiene miedo a no lograrlo o a morir en el intento.

Si uno tiene un sueño, tiene miedo de seguirlo, puede morir en el intento.

La lista continúa. Pero nadie hace nada,

nadie protesta (porque también hay miedo a protestar)

y lo más gracioso de la situación es que hay muchos, de aquí o de allá,

que, si leen estas palabras, son capaces de quemar el papel

y crucificar al autor acusándolo de quejica, mentiroso y lunático.

Y al final uno sigue su vida con el miedo, la confusión y la frustración…

¿Ves? Se acaba de arruinar el poema sin siquiera revisarlo.


 

Autor: Kevin Soto Perdomo


(La Habana, Cuba, 12 de enero del 2000)

Estudiante de Periodismo en la Facultad de Comunicación de la Universidad de La Habana. Textos suyos han sido publicados en revistas como Alma Mater y La Jeringa. Actualmente escribe para la revista cultural El Caimán Barbudo. La antología La Herencia de los buenos muertos (Editorial Primigenios, Estados Unidos) recoge un cuento de su autoría. Ganador del premio de cuento Efemond y del premio de poesía Abuela de la poesía en el Concurso Nacional de Literatura Benigno Vázquez (2022).


Imagen de Robert Mapplethorpe