• Carlos Vega

Por quien rompen las olas


Se cuenta que el Clamo de profundis llegó a ser el poema más conocido a lo largo de todo el Caribe y que en la época del Guarapo, por muy pocas tabernas que hubiera, siempre se podía encontrar alguien que, por un par de monedas, lo recitase de memoria.


Incluso si un extranjero remontase el río hasta Canaán Negro y llegara a los bosques que no han conocido hacha o a los riachuelos en los que no ha dado la luz del sol, donde duermen los cementerios de eras enteras; siempre se podría cruzar con un diablo que, haciendo un esfuerzo, habría sido capaz de recordar las primeras líneas del soneto sobre los dos bañistas enamorados a los que el diablo les robó tiempo y lugar.


El poeta colombiano Oliviano Funes compondría el Clamo preso de lepra, con tan sólo 15 años, cuando su madre, con el lomo tan encorvado que besaba con los hombros el polvo del suelo, le pidió al médico que le permitiese mantenerlo encerrado en la casa, en vez de mandarlo a morir entre las largas noches de la leprosería.


Fue allí, en una extensión del gallinero sellada con mantas, donde el joven tomó total conciencia de su ser, cuyo testigo dejaba resbalar bajo la puerta, después de pasar toda la noche con el pecho abierto sobre el papel. Tan solo era capaz de descansar los ojos cuando veía, pegando la cara al pie de la puerta cerrada, las pálidas manos de Luisa recoger los poemas. En ellas Funes hablaba sobre los luceros y relámpagos que llevaba dentro desde que la había visto por primera vez. De como había escogido cambiar la pena de muerte por la pena de tormento, que por lo menos le concedía algún tiempo, aunque fuese de aquella mísera forma, para reunir los pensamientos a su alrededor.


Hablaba de cómo todo lo que lo rodeaba, incluso la ropa que llevaba puesta, en unos meses formaría una columna de humo que tranquilizaría a todos en el pueblo. A todos menos a Luisa, quien, con las manos cerradas en los guantes que luego ahogaba en lejía, llegaba a repasar con los dedos cada línea de los papeles que recogía, buscando alguna palabra en la que la tinta aún resistiera fresca, y le resbalara hacia abajo, saltándole a la piel. Al resto de palabras, que marcaba con fervor en la memoria, les esperaba la pequeña hoguera que custodiaba el portón de la casa, ante la amenaza de la ruina.


Pero algo hubo en el Clamo que hizo que Luisa no había sido capaz de entregarlo como a los otros cantos. Algo encontró en la tragedia de los amantes que intentan acercarse en medio del mar, sin conseguir romper la piedra que los rodea. Algo sobre lo que no sintió potestad, a pesar del nombre que encabezaba los versos. La invadió un primitivo instinto de respeto pues entendió que aquella miseria no les pertenecía a ellos dos, si no que era limosna de la raza entera.


Así pues, antes de arrojarse al mismo fuego que arrancó de la tierra cualquier rastro de Funes, pensó en la herencia que acompañaría a todo ser que, prisionero, tuviera que imaginar los truenos y relámpagos en disputa con el mar, rompiendo contra la costa cuando, por derecho de nacimiento, acudiera el Clamo a sus labios.



 

Autor: Carlos Vega, o El Príncipe Invisible


Nació en 1997, a 30 días de que acabase el verano y malvive haciendo pizzas mientras hace lo que puede por terminar sus cuentos de miedo, que se han abierto paso en un puñado de antologías autopublicadas, ente ellos Aldea, Doméstico, Los Cuentos Dislocados y Los textos Amados y en volúmenes de varios autores.


También, nadie sabe cómo, ha aparecido en revistas como Contos Estraños o Círculo de Lovecraft. Ha participado en magazines como Novum, Edicións Malafera, Guisomo Eu, Barullo na rede o A que cheira papá? y también ha participado en varios Torneos de Duelistas manteniéndose siempre en los comodísimos bajos puestos. Por último, fue derrotado como finalista en concursos como Contos Arrepiantes, Ligas Maruxairas, donde quedó en tercer y segundo puesto, Concurso de microrrelatos Aliteraclara, de Contos de Terror Biblioteca Ánxel Casal o Certamen de Microrrelatos Tórculo.



La imagen es una escultura de Timothy P. Schmalz