• Christian Iraola

El cuarto golpe


El bamboleo era leve, predecible, María podía observar con claridad e irreal lucidez a las personas que la contemplaban con espanto, reconocía a algunas, nobles y servidores curiosos a los cuales intentaba descifrar el oscuro tono detrás de sus expresiones; recelo, superstición, revancha, gozo, desdicha, reflexión. Sus globos oculares giraban con verdadera histeria, con repentinos espasmos que perturbaban a los asistentes incluso si la cabeza de la reina católica hubiera estado colocada sobre sus hombros en ese momento. “Miren, intenta hablar” gritó alguien, algunos gemidos de angustia se rebelaron ante el silencio sepulcral del momento, pero esa frase le recordó a la sentenciada que pese a su repentino escrutinio acerca del ánimo de aquel bífido público que sollozaba y sonreía con disimulo… sus plegarias en latín pululaban aún revueltas dentro de una mandíbula que no terminaba de sacudir temblorosamente sus avejentados labios.


Su intención religiosa recuperó el protagonismo dentro del aturdimiento, lo peor había pasado, se sabía mártir, y su fe se encargaría de encontrar el camino hacia su Dios. Su arrojo se hallaba renovado a sabiendas que luego de aquella trágica escena, únicamente restaba aguardar. Su mirada intentó ubicar a sus leales doncellas y afinó su audición para tal fin, rastreaba sus llantos totalmente descontrolados, arreció nuevamente la convulsión en aquellos ojos que se iban tornando blanquecinos, su tétrica auscultación visual serpenteó entre oropeles, cuellos de lechuguilla y escotes rectangulares, algunos quejidos de pavor entre la reducida muchedumbre acusaban el roce paranormal producido por los vistazos de la reina caída. Ahí estaban finalmente, acurrucadas muy cerca del resto de su cuerpo inerte, incompleto, abrazándose entre ellas intentando brindarse consuelo, su lealtad había sido sincera hasta el final, María logró entonces reclutar la valentía y osadía necesaria para ubicar la maligna presencia, aquella fastidiosa, odiosa e inoportuna presencia que incluso hizo dudar de su cordura. Era el momento de devolver el sarcasmo, y buscaba hacerlo observando al espectro. —¿En dónde andas, oscura alma? Tu perverso anuncio resultó errado e inexacto, solo fueron tres golpes. Ánima malaventurada, si antes no te atreviste a mostrarte, luego de tu afiebrada y equivocada afirmación seguramente continuarás escondida entre las sombras. ¡Muéstrate!


HORAS ATRÁS…


Rebuscaba en sus memorias momentos de distensión, era complicado recrear las imágenes con los ojos abiertos, pero había pasado la noche entera escribiendo cartas de despedida, si cerrara los ojos se dormiría al instante, y no quería dormir, en pocas horas dormiría para toda la eternidad.


Ignoraba si el “conocer la hora exacta de tu propia muerte” fuera causa suficiente para enloquecer, se lo venía preguntando desde que percibió aquella macabra presencia. Un gélido aliento le provocaba extraños escalofríos en la nuca. No sentía miedo, eso estaba claro, la razón de aquella indiferencia al pavor le era un misterio, un fastidioso misterio que iba ganando protagonismo, aunque era aún prematuro intentar comprenderlo.


Sus memorias le provocaban un temporal regocijo ahora, tempranas vivencias ocurridas en el Castillo de Blois transportaban y cobijaban su espíritu, se veía a sí misma tocando el laúd o leyendo autores renacentistas en los jardines del valle de Loira.


La presencia se hizo más evidente, la malignidad parecía engullir las tímidas llamas de los candelabros y la mujer lo interpretaba como una clara intención de interrumpir su consuelo. Sus damas de compañía, quienes se habían convertido en sus mejores amigas desde hace mucho, no parecían notar nada extraño y continuaban preparando el vestuario que usaría por última vez.


María intentó aspirar las fragancias que traían consigo las aguas del Río Nene, pero solo respiró unos vapores putrefactos, hubiera jurado que la presencia se estaba burlando de ella.


¡Ya está bueno! — pensaba la reina mientras espiaba a sus doncellas, cada una de ellas continuaba desempeñando su labor sin poder contener las lágrimas, pero estaban ajenas a las lúgubres manifestaciones que dominaban la atmósfera de sus aposentos. —Ya está bueno— repetía mentalmente una y otra vez. Se levantó de su asiento y patrulló el ambiente de una manera peculiar, innecesariamente indagatoria para las presentes. María entendía que su accionar resultaba extraño pero con un ademán ordenó privacidad a su exacerbada conducta. Caminó hasta la ventana más próxima, el alba expresaba el pesar de convertirse en la antesala de la ejecución de una reina de divino linaje por primera vez en la historia, las tonalidades naranja grisáceas de otros amaneceres habían mutado hacia un coctel negro con pincelazos rojizos que habían intimidado a urracas y mirlos, obligándolos a recluirse en cuevas y madrigueras en los alrededores de Fotheringhay. Un nuevo ventarrón de hediondez agredió nuevamente el olfato de la sentenciada, haciéndola incluso dar algunos pasos hacia atrás. Antes de elaborar alguna reacción ante tamaña insolencia, María notó que aquella brisa espectral le había colocado un mensaje en sus pensamientos… “Tu transición al mundo de los espíritus vendrá acompañada por cuatro golpes”.


Luego de este breve acontecimiento, la luminosidad de las velas recobró —a los ojos de la reina— su acostumbrado resplandor. María Estuardo, intentando distraer la recepción del siniestro mensaje, realizó una fugaz inspección al vestuario que debería colocarse en muy poco tiempo, respondía cariñosamente los gestos y tímidas sonrisas que le dedicaban sus humildes acompañantes y de a pocos fue retornando a su mesa, mueble que fue diseñado especialmente para ella con un estilo que fluctuaba entre el rococó y el neogótico. Mientras doblaba con cuidado las misivas de despedida que había escrito desde la noche anterior, más exactamente desde que William Davison (consejero de la reina Isabel I) le informó que sería decapitada a las ocho de la mañana del día siguiente, la otrora reina de Escocia y de Francia afinaba su sensibilidad en busca de la lóbrega presencia que había osado interrumpir su preparación mental y espiritual para recibir su muerte como una verdadera mártir del catolicismo. “Tu transición al mundo de los espíritus vendrá acompañada por cuatro golpes”, repetía la frase como un mantra, como un teorema maldito de advertencia. Era una afirmación, no un acertijo ni mucho menos un plan de escape a su cruel destino. Al terminar de guardar las cartas y testamento en sus respectivos sobres, María había llegado a la conclusión de que aquel anuncio entregado por algún desequilibrado espectro juguetón era una sentencia, un veredicto arbitrario más, el cual solo debía ser arrimado al lado del otro documento firmado por su prima hermana, la reina Isabel I, repentinamente la noble sentenciada estalló en una carcajada totalmente inapropiada para su situación, su cordura acusó un aprisionamiento desde el interior de su carne, aquella entraña real próxima a ser privada de cualquier vestigio de vitalidad. Su doncella preferida, Jane Kennedy, la interrumpió anunciándole que su vestuario ya estaba listo, la hora había llegado. María se secó algunas lágrimas que solo ella podría definir si eran de risa o de llanto, aunque eso era lo de menos, la reina católica había preparado con gran ahínco una sorpresa para los que acudan a su ejecución y nada ni nadie iba a estropear el último acto de su vida, ni siquiera su aparente ausencia de sensatez, o aquel mensaje traído desde el inframundo.


Llamaron a su puerta. El verdugo aguardaba por ella en el cadalso. Las damiselas rompieron en llanto desobedeciendo las indicaciones de su señora.

María Estuardo caminaba con toda la dignidad que podría aglutinar una reina sentenciada a muerte por su propia prima, sus damas de compañía caminaban detrás de ella a paso solemne, encabezadas por la fiel Jane. El pasillo que llevaba al gran salón del Castillo de Fotheringhay combinaba colores creados a partir de extraños rayos de luz matutinos y los destellos producidos por las llamas de decenas de candelabros, la condenada advirtió hoyos de nocturnidad creados de forma antinatural, la atmósfera ensombrecida daba cobijo a diferentes auras fantasmales, notó pequeños diablillos con rostros de anciano apareciendo de pronto reptando por el techo, iban a su ritmo, como escoltándola, husmeándola, sus movimientos eran operados por unas articulaciones que casi se distinguían a través de un pellejo maltrecho, cada vez que podían, los horrendos espectros ocultaban sus facciones tras esculturas en piedra de antiguos reyes situadas en las zonas más altas de los muros.


—Aquella presencia endemoniada ha mandado a sus mascotas para admirar mi decapitación— pensaba la reina.


El eco de las pisadas le hacían pensar nuevamente en aquella frase, al momento de vestirse había intuido tristemente el posible desenlace de la ejecución a partir de la referencia de los “golpes”, aquella deducción la mantuvo adormecida y alejada de su conciencia, pero el ruido de los pasos definitivamente traía de vuelta aquellas deducciones con un halo clarividente.


La aparición de la reina católica calló los murmullos. María se detuvo. Todos comprendían lo forzada de la situación. Una reina, con un linaje real señalado por el mismísimo Dios iba a ser ejecutada. El conde de Kent con suma cortesía la invitó a acercarse al cadalso.


El gran salón había aparecido al final del pasadizo, habían levantado un improvisado patíbulo, María esbozó una mueca de burla al notar que habían colocado un cojín para sus rodillas justo delante del tajo, se escucharon algunos rezos en latín, los primeros sollozos, y también murmullos acerca de su atuendo que consistía en un oscuro vestido de terciopelo cubriendo un aparatoso tontillo. María realizaba sus actos con cierto apuro, deseaba que todo termine de una buena vez. Se acercó a la tarima de madera y solicitó educadamente ayuda para subir, una vez arriba y luego de recibir las disculpas anticipadas del verdugo, María solicitó a sus doncellas que le retiraran el vestido de terciopelo negro, al hacerlo, apareció ante los ojos de los presentes un atuendo escarlata en clara señal que estaban todos siendo testigos de la ejecución de una mártir católica, los murmullos volvieron a aparecer con grosero vigor por parte de los protestantes más acérrimos y la expresión de júbilo contenido de la reina confirmó que ésa era justamente la reacción que buscaba.


Lamentablemente, este pequeño, aunque simbólico momento sería todo el jolgorio que podría aspirar a disfrutar la sentenciada mujer de cabellos pelirrojos, pues inmediatamente después de mostrar su sorpresiva indumentaria, el verdugo la invitó a arrodillarse y colocar su cabeza sobre el tajo, era el momento de separar la travesura de la más cruda realidad. María empezó a recitar sus plegarias a viva voz.


Primer golpe.


Todo se inundó de rojo, su visión, sus sueños, sus deseos inconclusos, sus lecturas sin terminar, sus amantes sin saborear…


El verdugo y los presentes quedaron atónitos, increíblemente el experimentado ejecutor había subestimado la dureza de las vértebras cervicales de la reina y éstas habían repelido el ataque de la afilada hacha. No tardaron en aparecer los gritos de horror por parte de Jane y las demás damas de María, el cuerpo de la reina se encontraba espantosamente mutilado sobre aquel siniestro cadalso con una herida mortal sobre el cuello. Presto a enmendar su torpeza, el verdugo retiró la hoja de hierro de la carne de María Estuardo, quien yacía inmóvil, elevó una vez más el arma ajusticiadora y la descargó nuevamente contra el cuello sangrante.


Segundo golpe.


La otrora gobernante de Escocia y Francia se paseaba entre dos mundos ahora, sus sentidos se encontraban entumecidos y la ausencia de dolor era tranquilizadora. Entendió que sus conclusiones habían resultado más que acertadas, y el aplazamiento para concluir su transición a la otra vida la empezó a aturdir, a despecho de su destino, había albergado alguna esperanza en que todo haya terminado más deprisa. ¡Oh, verdugo atolondrado!


La cabeza de la desdichada mujer se encontraba ahora separada del resto del cuerpo pero, como si de una tragicomedia griega se tratase, unos imprudentes tendones seguían uniendo el tullido cuerpo con la cabeza —que se hallaba suspendida en el aire— a pocos centímetros de la canasta que la debía recibir. Incluso los protestantes más leales a la corona de Isabel I, y quienes celebraban la muerte de quien consideraban una eterna amenaza al actual régimen, elevaron una voz de protesta contra la sorpresiva incompetencia del verdugo, quien con un evidente temblor en sus brazos volvió a levantar el hacha para descargarla sobre aquellos desafiantes ligamentos.


Tercer golpe.


Luego de este último golpe, el verdugo quiso evitar cualquier otra sorpresa derivada de su ineptitud —surgida seguramente a partir de su propia superstición— y pese a que observaba los tendones apresados entre el filo de su herramienta y la madera del tajo, la cabeza se negaba a caer, así que usó el hacha como si se tratara de un cuchillo presto a cortar una tripa de cerdo, cercenó rápidamente los tendones hasta que la canasta recibió la siniestra encomienda real.


La vida de María se fugaba como el agua en un recipiente agrietado, pero estaba claro que no sería este un evento fugaz. Sin embargo, María había contado ya tres golpes y se sabía dentro de la cesta, una reflexión empezó a formarse dentro de sus intermitentes pensamientos. ¡Solo fueron tres golpes!


Respetando el protocolo, el verdugo tomó a María Estuardo por los rojizos cabellos y la sostuvo en alto mientras lanzaba arengas en favor de la magnificencia de la reina Isabel I.


El bamboleo era leve, predecible, María podía observar con claridad e irreal lucidez a las personas que la contemplaban con espanto… disculpen… creo que esto último ya lo han leído. Los segundos finales de la vida de María se hacían interminables, los presentes más perspicaces juraban entre ademanes de asombro, que la reina decapitada había transformado su expresión, asemejándola al semblante de un mamífero salvaje en plena cacería. El movimiento de sus labios alcanzó un ritmo demencial y parecía querer estallar en un bramido traído desde el más oscuro purgatorio.


—¿Dónde estás errado demonio? ¡Solo fueron tres golpes, tu sabiduría es tan escasa como la misericordia de la reina protestante!


Fue en ese preciso momento en que María comprendió. No se podría precisar qué fue primero, si el avistamiento de un ser monstruoso mostrándose desde las sombras con una mueca burlona, o la sensación de sus sienes deslizándose desde dentro de la peluca.


El verdugo seguía proclamando la grandeza del reinado de turno cuando sintió un desbalance aterrador. Ante sus ojos y los ojos de todos, el cráneo de la ejecutada dejó de calzar una peluca de polvorientos cabellos rojizos y abandonó macabramente su cobijo cayendo pesadamente al suelo ocasionando un golpe seco que terminó de desarmar a los más sensibles, Jane Kennedy fue la primera —de muchas— en desmayarse.


El cuarto golpe terminó finalmente con la transición al mundo de los espíritus por parte de María Estuardo, una cabeza con escasos cabellos canos y cortos rodó solo un pequeño instante antes de quedar inmóvil mirando al vacío, como intentando entender por qué había sido escogida por el destino para interpretar su propia existencia.



 


Autor: Christian Iraola


Nació el 23 de Julio de 1972, casado con dos hijos, es empresario dentro del rubro químico y escribe novelas y cuentos de suspenso desde 1995.


Sus obras galardonadas son:

“Una Cabeza, un Luís” (2019)

Entidad convocante: Club de Escritura Fuentetaja.

“La novia bielorrusa” (2020)

Entidad convocante: Editorial Tinta de Luz.

“¡RESURRECTUS!” (2020)

Entidad convocante: Editorial Gato Descalzo.

“TOC TOC TOC” (2021)

Entidad convocante: Editorial Runa Book.

“RETABLO VALENCIANO” (2021)

Entidad convocante: Editorial Runa Book.

“POBLADORES FANGOSOS” (2022)

Entidad convocante: ITA Editorial.


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También escribo en las plataformas DREAME y en el Club de Escritura Fuentetaja. Me encuentran por mi nombre de autor: Christian Iraola.