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Besacalles



Entonces corro hacia la esquina, y si hay verja por alguna parte, apoyo un pie en ella y me pongo una mano en la cintura, acomodando bien la cartera con la otra mano, y así los espero. Cuando pasan frente a mí, aguardo a que me miren con interés para lanzarles la sonrisa. Después de todo eso, alcanzan a dar dos pasos, máximo tres. Allí es cuando se deciden. Voltean primero la cara; después se me acercan muy lentamente. Entonces pueden decir qué horas tiene mamita o qué más hermana o pa’ dónde va mija.


Allí yo me hago la poco interesada y los miro como de reojo, sí, como de reojo, y me alejo caminando ni muy despacio ni muy rápido. Si el muchacho es tímido, pues dará la espalda muy avergonzado; en ese caso yo me vuelvo, y medio le grito qué, ¿se va ya? Él se asombra mucho ahora y sonríe y puede decir eso depende de usted, ¿no? Pero si es entrador el muchacho, cuando yo me haya alejado un poco, él no perderá aún las esperanzas y se pondrá a seguirme a una distancia de diez metros o diez pasos, pero eso sí, acercándose cada vez más. Cuando ya estemos cerca del río, volteo la cabeza de vez en cuando como para darle ánimos en caso de que sea necesario, y ya en una parte bien oscura y bien sola doy media vuelta y me le acerco y le digo muy lentamente qués lo que usted sestá creyendo joven. Aquí siempre se producen reacciones interesantes: algunas veces, cuando son groseros, responden y usted, qué es lo que también está pensando; otras veces, cuando realmente no saben qué decir: bueno, es que yo quería que conversáramos, ¿sabe? De todas maneras, lo que importa es que a estas alturas ya estamos muy cerca, y yo solamente espero a que él acabe de explicarse para mandarle la mano con mucho estilo; pero al mismo tiempo estoy mirando hacia todas partes, ¡y casi nunca viene nadie y no se ve nada de lo oscuro! No se ve pasar un alma, y a dos metros de nosotros comienza el río.


Pero hay días en los que las cosas no suceden tan bien que digamos, pues por más que camino por las calles de Cali no encuentro a ningún muchacho disponible. O en el peor de los casos me encuentro con ese pecoso que no me puede ver sin dejar de gritarme cosas. La otra vez que yo estaba en el paradero del bus Azul con dos pollitos de lo más queridos, pasó al lado y al verme sonrió con esa maldad suya y se quedó a esperar el bus allí, al lado de nosotros, sólo para hacerme sufrir, lo sé. Un día de estos voy a tener que hablarle, decirle que por favor me deje tranquila, que yo nunca le he hecho nada malo. Y si no me hace caso pues tocará comenzar a pensar en un modo más efectivo de quitármelo de encima. Sí, porque mi vida ya está lo suficientemente organizada como para que venga ese muchacho pecoso a estropear todo lo que ya he alcanzado.


Aun así, hay noches en las cuales todo me sale a las mil maravillas: puedo llevar hasta cinco muchachos al río, y quien quita que entre esos haya uno que comprenda todo de la mejor manera, como uno del viernes pasado, que quiso terminar las cosas como Dios manda. El problema se arma cuando piensan que algo está funcionando mal, porque a pesar de todo yo no puedo perfeccionar hasta el más ínfimo detalle, entonces se ponen impertinentes y groseros, de modo que tengo que enojarme de veras, vayan a comer mierda, a ninguna mujer le puede gustar que un hombre quiera hacerle el amor de esa forma tan burda, y me paro arreglándome el vestido. Aquí es cuando ellos balbucean y dicen cosas pidiendo perdón, no mamita, no se vaya que mire que ni siquiera hemos empezado, comprenda, nada más mire en el estado que me deja, ¿ah? Pero yo me voy caminando como si nada, de lo más campante, y si me los encuentro mañana u otro día, pues no los saludo, me hago la loca y listo.


El muchacho pecoso que les digo estudia en el Conservatorio y tiene un pelo y unos ojos muy bonitos. Yo lo conocí por intermedio de un amigo suyo a quien la otra vez también me lo llevé pal río.


Donde se consiguen más muchachos es por los lados del Latino, a eso de las ocho de la noche, sábados y domingos. Pero hay que tener cuidado porque a lo mejor me encuentro con Frank y con toda su gallada y otra vez me obligan a pegar pal río, y si no me dejo de todos, allí mismo me cortan hasta que no quede nada de mi cara y le cuentan a mi hermano que yo estoy metida de buscapollos por todas las calles de Cali, y para qué decirnos mentiras: yo sé que mi hermano sí me mata. Pero no creo que al muchacho pecoso haya que tenerle miedo porque nunca anda en barra, siempre que me lo encuentro va solo, así que no hay peligro. Como ya dije, lo conocí por intermedio de un amigo suyo y desde esa noche me gustó cantidades y comencé a seguirlo siempre que salía del Conservatorio, pero nunca pude acercármele porque siempre había mucha gente alrededor. Hasta que una noche me lo encontré de frente, sin querer, por los lados de La Gruta, y a pesar de la cantidad de gente que pasaba le dije quiubo y él me dijo vé, quiubo, entonces me embollé toda pues no sabía qué hablarle, hasta que le solté pa dónde vas y él me contestó pa cine, y le pregunté de una ¿no me invita? Me gustaría, hermana, pero ya una pelada mestá esperando. ¡Ah! dije yo, tragando saliva; bueno, chao pues, y comencé a irme hasta que él me dijo pero si querés nos encontramos mañana, vos verás. ¿Mañana? Bueno, a qué horas, pregunté, arrepintiéndome después porque no me hubiera gustado parecer tan interesada, ¿no? Pero él me respondió de una a las nueve de la noche al frente del Club de Tennis, por aquí mismo, por la Avenida Colombia, ¿okey? Okey, le respondí yo, y allí mismito le di la espalda, como para que viera que a mí también me estaba esperando una persona. Pero la verdad fue que me puse a seguirlo hasta el teatro, y allí vi que era mentira lo de la pelada que estaba esperando, porque entró solo a cine. A lo mejor es que no tenía plata para invitarme, quién sabe. Hombre, pero no era sino decirme y yo hubiera pagado la boleta, yo no sé por qué es que ponen tanto problema.


Llegué a Cali cuando tenía once años. Mi papá consiguió un empleo en una agencia de repuestos Ford, y allí duró siete años hasta que se murió de tuberculosis. Mi hermano montó después un negocito de verduras y de granos para que lo administráramos mi mamá y yo. Pero desde allí todo comenzó a irme mal, porque al rato comprendieron que yo salía los sábados era a buscar muchachos, de modo que si te encontramos en esas, palabra que te matamos, y yo sabía que si me encontraban cumplían la amenaza. Entonces conocí a Frank, y él fue el que me convenció para que entrara a su gallada, y que me volara de la casa y todo eso para que pudiera batir a la gente día y noche. Pasábamos muy bien al principio; yo creía que Frank me tenía cariño porque cada vez que iban a hacer una cagada me invitaban a mí de las primeras, y cuando le quemaron la tienda a Morales dejaron que yo tirara la primera molotov de las que hacía El Merrengue. Pero a mí las cosas nunca me han durado lo suficiente, y en esa ocasión se terminaron cuando hicimos aquel paseo al Pance. Los muchachos estaban muy contentos porque habían sacado a esa gallada que quería apoderarse del charco. Los hicieron correr y aún corriendo les daban madera, y creo que hasta dejaron a uno medio muerto, yo vi cómo lo cargaban en los hombros, gritando que los dejaran ya tranquilos, miren que tenemos un muchacho herido; pero los muchachos de Frank siempre han sido tesos, de eso no cabe la menor duda, y no dejaron de masetiarlos hasta que desaparecieron por esa portada que quedaba debajo de los palos de mangos. Palabra que yo nunca los había visto tan felices, saltando y haciendo piruetas y proclamando que ellos eran la mejor gallada del mundo, y al que no le gustó pues que salte, pero quién iba a saltar si todo el mundo en Cali les tenía era terror, físico miedo. Entonces Julián, uno de los más cagadas dijo pero qué estamos esperando, si tenemos aquí hembritas, y él que dice eso y Marta, la otra pelada de la barra, que sale hecha un tiro, pero la agarraron a los veinte pasos, y los doce se le fueron encima sin dejarla siquiera decir ni pío. Marta era de ojos verdes y muy bonita, me parece que ya no está viviendo en Cali, que los papás tuvieron que mandarla para Estados Unidos. Y como era tan bonita a mí también me comenzaron a entrar ganas como de hacerle alguito a mi manera, y así dije, que también me dieran chico, entonces todos voltearon a mirarme, y creo que el acuerdo fue mutuo porque al momentico se me tiraron sin dejarme siquiera levantar del pasto. Después yo no veía sino a Marta que se arreglaba la ropa y se limpiaba los mocos, y a ellos que después de acabar conmigo se habían echado de espaldas en el verde prado. Se tiraron por última vez al río y arreglaron todas sus cosas. Después le dieron la mano a Marta para que se parara, y muy amables y todo les dio por consolarla, tranquila mija, toda pelada que quiera estar en la gallada, tiene que ser bien chévere, vos sabés; y ella sonrió y dijo sí, claro, pero es que con tantos me duele, hombre. El dolor pasa, le dijeron, y no se habló más; se comenzaron a ir sin voltear a verme, y yo creí que era que se habían olvidado de mí o cualquier cosa, por eso tuve que gritarles y correr detrás de ellos para que no me dejaran allí sola, y sobre todo ahora que estaba anocheciendo…


Estuve allí, al frente del Club de Tennis como a las ocho y media, y a decir verdad desperdicié bastantes oportunidades, porque más de cuatro muchachos pasaron mirándome, pero a mí esa noche solamente me importaba el muchacho pecoso, y lo esperé hasta las diez y media pero no vino. Pasó una larguísima semana antes de que volviera a encontrarlo, no bastó que todas las noches lo esperara a la salida del Conservatorio, con todo el mundo mirándome y comentando; parece que le habían cambiado los horarios o se había salido. La noche que lo encontré por fin, salía por primera vez con mucha gente, por eso me escondí detrás de los árboles de la esquina, pero creo que él ya me había visto, porque al cruzar la esquina me dijo quiubo hermana. Qué hubo le dije yo, y ya estaba rodeada por todos sus amigos, hasta que él dijo bueno jóvenes, aquí me quedo yo. Ellos se fueron después de despedirse entre risas y él se quedó mirándome y me dijo qué más hermana poniéndome su brazo en el hombro. Adónde vamos, dijo. Vamos a dar una vuelta por allí, le respondí. Caminamos sin conversar hasta que llegamos a la orilla del río Cali, y allí fue donde me besó por primera vez, y yo tuve que atajarlo para que no fuera tan rápido porque podía venir gente, ¿no? Cómo que rápido, si antes es que nos estamos demorando mucho, y diciendo eso me besaba en la nuca y este era el momento que había esperado y comencé a acariciarle el estómago como yo únicamente lo sé hacer. No sé cómo hizo, pero allí mismo me metió una zancadilla del tamaño de Cali, y fui a dar al suelo de lo más feo y ya lo tenía encima, y todo eso sin ver si venía gente. Pero yo no quise pensar en nada, pues todo iba muy bien y muy rico hasta que él metió la mano debajo de mi falda sin que yo pudiera evitarlo. Entonces quedó paralizado. Pero antes de que yo reaccionara me levantó agarrándome de los hombros y me arrancó la blusa y sacó los papeles y los algodones gritando que su vida era la vida más puta de todas las vidas, y dándome patadas en los testículos y en la cabeza hasta que se cansó. Cuando se fue, no sé si estaba llorando o se estaba riendo a carcajadas.


Como ya dije, mi vida está ya lo suficientemente organizada para que venga él a estropearlo todo, sobre todo que me lo encuentro a cada rato por las calles de Cali, pero lo bueno es que siempre anda solo, por eso el asunto puede remediarse relativamente fácil. Y si no puedo, pues tocará ir pensando en pegar pa Medellín o para Bogotá o a Pereira, inclusive, pues en esta ciudad las cosas se están haciendo cada día más difíciles.


1969


 

Este relato forma parte del libro Cuentos completos, publicado por Alfaguara en 2014


Autor: Andrés Caicedo


Recomendamos mucho mucho este autor colombiano. Sus libros están disponibles online si se sabe buscar y su bio anda por varios lugares.

Sean buenitxs y vayan a por él.


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