• Omar Beretta

Algo demasiado bueno


El patio de mi abuela se llenó de colores gracias al caleidoscopio que me trajeron los reyes magos. Fue aquel verano que me puso en penitencia por estropearle los malvones que le había regalado Arlette, su vecina del fondo. "Arlette, por el tango," aclaraba. Es que refregar las hojitas carnosas me dejaba un olor en los pulgares que daba cosquillas en el cerebro, un anticipo del mareo de cogollos que florecería después en el baldío de mi corazón.


Diez años más tarde, la casa de mi abuela estalló en fractales multicolores al tomarnos el último cuartito de pepa. Esas eran las cosas que hacíamos con la Peru y el Mono. A ella le decíamos la Peru desde que llegó en segundo año del secundario, porque era peruana. Cuando conversábamos yo anotaba las palabras peruanas que no entendía y después, a la noche, las leía en voz baja y le inventaba significados que iban desde el amor más pimpollo hasta la lujuria más carnicera, según si había leído los poemas de Amado Nervo que mi abuela escondía en el aparador, o si recordaba las manos callosas del Mono cuando amagaba un truco para tirarme de las orejas.


El libro de poemas era de tapas duras y cantos marmolados. Mi abuela tenía una bibliotequita con el diccionario Larousse, Cuentos para leer sin rimmel dedicado por las compañeras del magisterio y Bonjour Tristesse con una florcita transparente entre sus hojas. Pero el de Amado Nervo no juntaba polvo en los estantes, Amado respiraba una dedicatoria en clave hecha con birome y rouge. Sin mucha ceremonia, la Peru se metió el cuartito bajo su lengua aterciopelada, esa que decía "huachafa" con un canto que me dejaba babeando, y nos besó en los labios al Mono y a mí. El Mono me tapó la nariz con una mano, cuando abrí la boca para protestar metió dos cuartitos de una y me dejó un sabor áspero de faso y orina.


De chico mi vieja me dejaba en la casa de la abuela cada vez que se iba atrás de sus novios. La última, aquella de la que ya no volvió, me escondí entre de las hortensias. La abuela se frotaba las manos con el repasador como si se limpiara una harina imaginaria de fideos de domingo y espejaba en la cara de su hija una desesperación imposible de esconder. "Tengo derecho a hacer mi vida" y "No tenés vergüenza" se acusaban las dos mujeres que luchaban cada una por su pedacito de autonomía. Cuando mamá se fue, sin darle un beso, mi abuela se llevó el repasador a la cara y se metió llorando para el fondo. Entendí que mi presencia en su casa le hacía perder algo demasiado bueno que yo aún no conocía, pero que de tan bueno te hacía llorar.


El Mono era repetidor. Lo habían echado de varios colegios de La Plata hasta que a los 15 lo mandaron a vivir con el padre a la capital. El delantal le quedaba corto. Llegaba tarde y dormido, con un resto de Mendicrim en los pelitos del bigote que anunciaba un mundo misterioso. Cada día un nuevo desafío: los rulos llenos de piojos, un ojo en compota, las zapatillas Pony que solo podían ser robadas. Entre el porro y la navaja llevaba un destino de héroe: en el primer recreo besó a la Peru y me defendió de los chicos de tercero que me burlaban por maricón. Nos hicimos inseparables.


Lo de mi abuela era una de esas casas chorizo con un jardín al frente donde la Peru, el Mono y yo tirábamos las bicicletas para tomar la merienda. Tres piezas conectadas daban a una galería lateral, seguía un patio que llamábamos "el lavadero", un baño enorme y una cocina que la abuela compartía con Arlette. Entre la cocina y la pieza de Arlette había un patio con malvones y hortensias donde pasábamos los sofocones de Navidad. Mamá decía que Arlette no conseguía marido porque las hortensias traen mala suerte. Una vez que volví tarde de mis primeros bailes encontré a la abuela saliendo de la pieza de Arlette, descalza y en batón. Me quedé quieto atrás de las hortensias, pero ya había pegado el estirón y las macetas no podían esconder mi vergüenza. "¿Recién volvés, caradura?" me preguntó con un amague de enojo. Hice que sí con la cabeza y me acarició la mejilla.

Quinto año. Escondíamos el porro dentro del tanque de agua del baño de mujeres. Cuando terminaba el recreo nos encerrábamos a darle unas secas, entre nuestras risas y el barullo de los que volvían a las aulas. Era casi un minuto de gloria en ese cubículo en que la Peru pegaba la tuca a la punta de su lengua y, como serpiente mágica, la pasaba a la boca del Mono, que me la entregaba a mí con los dedos. Yo chupaba como si fuera mi último aliento. El Mono salía primero y, apenas el profesor empezaba a retarnos, él inventaba alguna excusa. Los próximos segundos me dedicaba a disfrutar como el profe, apenas unos años mayor que nosotros, se atragantaba con la audacia de ojos encarnados de su peor alumna, que entraba tarde y despeinada.


Así como si nada, una mañana la abuela no había hecho el mate. Se nos fue como una santa, en medio del sueño. Parecía dormida, pero tenía los ojos entreabiertos y las manos heladas. Fui a tocarle la puerta a Arlette. Nos abrazamos y lloramos, sentados al borde de la cama. Ella trataba de decir algo que no le salía, ahogada en esa tristeza que no se puede esconder. Hice que sí con la cabeza y le besé la frente. Me senté a fumar un cigarro en el lavadero y conté todas las baldosas de ida y vuelta entre la pieza de mi abuela y el cuartito de Arlette. No hicimos velatorio, pero esa tarde, antes de que se la llevaran, Arlette le arregló el pelo y le puso perfume. "Chau mi vida," le dijo a la abuela. "Era tan coqueta," me dijo a mí.


Baile de egresados. Encontré el aliento y me animé a decirle: quiero que estemos juntos esta noche. La Peru se rio, estiró los brazos para mirarme y me besó sin miedo. Era un sí. La solté y corrí a la vereda donde fumaba el Mono. Así de una le avisé que iba a estar con su novia. Me miró divertido, momento de puesta a prueba de todas nuestras charlas de borrachos. "Hermano, ¡claro!", dijo. "Esperá," dijo después: "vamos los tres". Eso dijo. "Si la Peru quiere", agregó. La Peru quiso. Juntamos los pesos para pagarnos el taxi hasta la casa de mi abuela. Yo ya me había mudado a la sala para tener salida directa a la calle.


Todo el tiempo estuve consciente del delirio y de la belleza. El Mono se puso a peinar unas rayas sobre el vidrio de la mesita de noche. La Peru se sacó la remera mojada y me dediqué a besarle las tetas. Se rio así, de mí supongo, despreocupada y muy ebria. Qué es, qué pasa, pregunté. El Mono levantó la vista y nos miró de costado, peinando, y sonrió. Y ella:


Qué chulo que va a ser ver

Cómo te coje el Mono


Así, poema de estrofa único. Mamacha, pensé, es lo más romántico que me dijeron en la vida. Eso, mientras se reía, sus dedos en mi pelo y su boca sin remilgos. El Mono se sacó los calzones al borde de la cama, y yo implicado hasta el alma. El universo tomó la forma de una teta que cabía exacta en el hueco de mi mano.


"Bandido," me dijo Arlette cuando fui a buscarla para compartir el mate mañanero. El Mono fue a comprar medialunas de manteca. Arlette nos contó de los bailes de carnaval a los que iban con mi abuela mientras la Peru trenzaba unas florcitas de malvón en el ojal de mi camisa. La canilla del lavadero perdía y se fue haciendo un charco grande en el que brillaba el sol como en un espejo roto.

 

Autor: Omar Beretta


Fui surfista, trabajé de abogado y profe de yoga. Facilito talleres de escritura creativa y escribo ficción, crónica y poesía. Algunos de mis trabajos publicados pueden leerse aquí:  www.yacarevolador.com/tag/escritos/  

Participé en la creación de Interzona Editora (www.interzonaeditora.com). Soy uno de los fundadores y colaborador activo de Cuarto Mundo (www.cuartomundo.net). Co-produzco y co-conduzco el podcast PutoElQueLee sobre literatura disidente y activismo queer (www.anchor.fm/putoelquelee). 

  

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Ilustración de Leonardo Lamberta

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