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Adalid


A veces soy como las ratas callejeras -por eso les temía-, me conformo con restos: chispazos de recuerdos, manos estrechadas, sonidos duraderos, frases que se alargan…Me oculto en la hondura viciada y profunda, los túneles de la mente opresora. Agazapada, el cuerpo tembloroso por los espasmos de una violencia vital, cara visible de ese huésped ingrato que es el miedo.


Me atrae lo insensato, lo expuesto a mi continuo acecho. Me llaman con delicada insistencia disimulados zumos espesos, mieles acariciando superficies blandas y crujientes, fragantes menúes que esconden ponzoñosos venenos…Cedo al impulso, renuncio a la especie gregaria, por un avasallante placer. Trago el elixir que parece fluir a borbotones, desbordándose como un húmedo vaso de amarga y espumosa bebida. Siento, paladeo… Me pierdo en los desperdicios que intoxican.


Y después, la pregunta que se impone: ¿Hasta cuándo puede brotar sangre de una herida e infligir dolor a cuentagotas? Gotas escarlata, brillantes, simétricas, que se deslizan suavemente. Se endurecen pero no coagulan, siguen brotando, congelando el proceso-tiempo justo en el momento infinito. Algo entre instintivo y adalid me hace arriesgar, creo necesitar a más nobles seres de mi especie aunque habitemos en regiones separadas por espacios que son desiertos o mares -da igual- ¡inmensos para vidas diminutas!


Pero al fin, me asusto de mi propio reflejo humano en el espejo roto, parece distinto cuando lo miro fijo -da la sensación de no haber nada más aterrador en el mundo.


 

Autora: Yanapuma


La foto es de Diana González. Se puede ver su obra en Instagram dianagonzalezzzzzz

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