No sé

        En verdad no recuerdo si conocí a mi padre. Tampoco llegué a saber su nombre.

    Mi madre –que entonces era Mami—decía:

    --Un día vendrá a buscarte.

    --Un día ¿cuándo?

    --Esta noche o dentro de un año. Él es loco. No le contestes, no le abras. Si viene, llamá a la policía.

    --Nunca lo vi ¿Cómo sabré si es él?

    --Por el camión. Vendrá con un camión muy grande, rojo.

    De vez en cuando, como si de pronto le viniera a la cabeza algo olvidado, repetía “no contestes, no abras, llamá a la policía.

     En las noches, antes de salir a trabajar, ella trancaba muy bien puertas y ventanas, se despedía cruzando el índice sobre los labios y entonces yo recordaba las tres recomendaciones.

    Vivíamos sobre la ruta, habituados a escuchar el motor de los camiones creciendo desde el norte como el avecinarse de la tormenta, rugir ante la casa haciendo temblar los vidrios y menguar hasta extinguirse en una especie de zumbido de abejorro más allá de la curva de Santa Susana.

    Rara vez hacían sonar las bocinas, salvo brevemente para advertir a otro vehículo o saludar a un conocido que circulara en sentido contrario.

    Pero aquella noche la bocina, fija en el tono más alto, no cesaba.

    Espiando por la celosía vi luces de un camión detenido. El resplandor de los faros, difundido en la neblina no dejaba distinguir el color.

    De todos modos di aviso a la policía. A casi todas las preguntas iba respondiendo “no sé”.

     --Dame con tu mamá o tu papá.

    --Mi mamá está trabajando. Mi papá… no sé.

    --¿Quién es tu mamá?

    --Se llama Chela.

    --La Chela, sí. Vamos a ver. No salgas.

    Fui a mi cuarto, me acosté, tapado hasta las orejas, al rato la bocina dejó de sonar, me dormí.

    Desperté al oír la puerta y enseguida los tacos de Mami.

    --Está cortada la ruta. Hay un lío tremendo –dijo.

    --¿Lío?

    --Policía, ambulancia. Algún accidente.

    --Es papá. No le abrí, no contesté. Llamé a la policía.

    --Voy a ver. No te muevas.

    Esperé medio asustado. “Es loco”, había dicho.

    --No. No era él –dijo al volver--. Dormite.

    Prendió un cigarrillo. El aroma hizo que me sintiera protegido.

    En la escuela comentaban que un camionero murió por infarto y quedó apoyado sobre la bocina. Era de Río Cuarto, dijeron. Llevaba maíz al puerto de Rosario.

    --El camión ¿de qué color era? –pregunté.

    --Rojo –dijeron.

 

Autor: Ernesto Tancovich (Buenos Aires, 1945)

 

Escribo regularmente desde 2014, a veces contento de leerme, y también de que, habiendo tanta buena literatura en este mundo, alguien más se detenga a hacerlo.

 

@letrasdetancovich

 

 

 

 

 

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Revista Extrañas Noches –literatura visceral- 

ISSN: 2524-9266