Lo imborrable

 

Pánico

El ángel de la anunciación fue un pájaro negro que partió el cielo de nuestra infancia. Después de eso, cuando mi hermano mayor, Orestes, tenía veinte años empezó a sufrir ataques de pánico, de golpe el mundo cotidiano se volvió un lugar hostil, la vida había dejado de ser predecible y ya no alcanzaba con cumplir normas o reglas establecidas, entender el juego y rendir más o menos lo que se esperaba. A partir de ese momento no había vacantes reservadas por nadie, ni personas destinadas a esperar por él, ni existía un sistema preestablecido entendible y atacable; de pronto, Orestes, empezó a depender de sí mismo, de su garra, de su voluntad, y de su creatividad; ya no había ninguna contención, era él y las consecuencias de sus aciertos o fracasos; pero todo se precipitó cuando no pudo conservar el primer trabajo que le consiguió mi madre, trabajo que él siempre consideró menor.

 

No puedo asegurar que lo disfruté, pero tampoco me apenó, si tuviera que elegir  una palabra para explicar lo que sentí en aquellos momentos aciagos para toda la familia, esa palabra, sería: “bienvenido”, el pánico era el estado constante en que se desenvolvía mi vida, y la primera consecuencia del pánico es la aceptación de que se puede soportar una existencia disminuida, con los cuidados y limitaciones que implica una discapacidad, y aceptando la reducción de posibilidades de esa condición, una vida en el límite de la subsistencia en la cual no estamos obligados a nada, o en la cual los compromisos son mínimos; aunque se pretenda evitar las confrontaciones con la realidad para no sufrir las comparaciones que incomodan, o ejerciendo el desvarío de que la resignación es una decisión personal; acaso todo eso estaría bien, si, en ese conformismo, pudiéramos obviar los sentimientos de las personas involucradas en la frustración que genera nuestra imposibilidad de acoplarnos a la mediocridad general, que a esa altura, se transforma en una meta deseable y utópica; porque cuando la discapacidad es visible nunca se debe dar por descontada la tolerancia, la comprensión o la piedad ajena; pero siempre la mirada del otro es lo terrible, y el desgaste emocional que produce tratar de hacer que parezca natural una situación que a nosotros mismos no resulta insufrible.

 

Durante todo el tiempo transcurrido hasta el momento de la catástrofe yo notaba los esfuerzos desmedidos de nuestros padres, en especial de mi madre, para que nuestra vida se desarrollara sin tropiezos, con el único objetivo de allanar el camino de contrariedades o imprevistos que le impidieran a mi hermano sentirse único, irrepetible y genial; cuidando, además, de que él ignorara que cada paso que iba a dar ya estaba previamente trazado, aceitado y asegurado. Acaso mi madre perseguía el ingenuo afán de asegurarse un resultado que borrara un oscuro error de origen, como un pájaro necio que atrapado en un error insistía en estrellarse contra los cristales; pero aún no es tiempo, lo real y trágico, es, que mi hermano, al transitar esa vida regalada y claramente por encima de sus posibilidades y las del contexto, se creyó con torpeza su destino de elegido, y eso, sin que su vanidad jamás le permitiera entender desde quién o desde qué lugar nacía ese esfuerzo extremo hacia la superación que impulsaba su voluntad a convalidar ese arquetipo; mi hermana menor y yo lo veíamos, cada minuto de cada hora de cada día de cada mes de cada año.

 

 

Ninguneo

Nunca, en esos dulces años, mi hermano fue consciente de los patéticos errores a los cuales lo inducían las intenciones de demostrar las habilidades que los demás, erróneamente, presumían o pretendían de su persona, ni cuántas situaciones ridículas se le perdonaban para que él pudiera encontrar el acierto que lo confirmara en esa idea, o cuántos fracasos se le omitían en la cuenta, cuántos oportunos olvidos permitían soslayar que los resultados no eran los esperados, o de cuántas comparaciones desventajosas se lo libraba con argumentos que lo encubrían. Yo era consciente de todas esas cosas, me repugnaban, las rechazaba y trataba con fervor de no caer en ellas, eso me convertía en un mediocre sin iniciativa, un ser gris del que no era lógico esperar nada, un tipo apocado y acaso sin el carácter necesario, y para el que, siempre, con el mismo sagrado empeño que a mi hermano, se le buscaba una solución de segunda, con las expectativas reducidas de acuerdo a lo que dejaba entrever el juicio que yo entonces merecía; un juicio que ahora, a la luz de los resultados, no ha sido para nada mezquino; pero que entonces dolía, y acaso haya contribuido a mi resignación y a la intolerancia entre hermanos, porque con Orestes, desde que recuerdo, siempre nos detestamos.

 

Esa situación al principio solapada y luego manifiesta, fue aceptada por nuestros padres como una consecuencia natural de lo diferente que éramos, nunca tuvieron el empuje ni sintieron la obligación de intentar neutralizarla; una omisión que, en lugar de acercarnos, milagro que acaso ellos esperaban que ocurriera, porque sufrir la rotura, doy fe que la sufrían, acentuaba la distancia y la animosidad hasta hacerla irrespirable. Yo tenía la certeza de que no era para él nada más que una sombra molesta, una redundancia fallida que desperdiciaba tiempo y recursos que le estaban destinados; en cambio, él, para mí, ya entonces, era una máscara perfecta hecha de papel maché que, tarde o temprano, cuando la lluvia de la vida la mojara, acabaría desintegrándose.

 

 

Destiempo

“Las cosas me ocurren a destiempo”, dijo un día, y, de todos los miembros de la familia, yo, fui el único que entendió lo que decía o de qué hablaba e hice silencio, porque yo bien sabía que las cosas nos ocurren a destiempo cuando estamos en una situación de inseguridad extrema; por ejemplo, cuando alguien camina desde su casa hasta la esquina y duda de que la esquina sea posible, de que apoyando un pie adelante del otro, una y otra vez, se pueda llegar a alcanzarla, que al alcanzarla sea la esquina esperada, de que la dirección elegida de antemano para doblar haya sido la izquierda, que la izquierda fuera la mano del lado del corazón, que haya que escuchar el corazón sobre el pecho para estar seguro de no equivocarse, que contando las calles se arribe a la parada del colectivo y que al notar lo que tarda el mismo en llegar se sospeche que uno ha equivocado la parada o que ese lugar sea una parada, aunque haya más personas esperando con nosotros, o no poder animarse a preguntarles a esas personas qué colectivo esperan, o dudar, al hacer la pregunta, si las palabras que dijimos son las apropiadas para saber lo que queremos, temer que no nos hayan escuchado, esperar la respuesta un momento eterno en un estado de angustia infinita, dejar pasar un colectivo para estar seguro de que nos han dado la respuesta sin malicia, extender la mano cuando viene el próximo y dudar si el chofer nos han visto, bajar a la calle con la mano extendida, sentir que aún es poco y cruzarse adelante del colectivo como un suicida, o tener que repetir a un ritmo vertiginoso en nuestro cerebro cada mínima acción a emprender muchas veces para estar seguro, demasiadas veces y sin poder advertirlo; es de todo ese conjunto de inconsistencias de dónde surge la idea de que el mundo anda lento, de que todo ocurre a destiempo. Bienvenido.

 

 

Resistencia

Primero lo trataron como si padeciera algún tipo de neurosis, las cuales eran bastante comunes en la familia, y le dieron pastillas para bajar la angustia, para darle ánimo, para bajar la ansiedad, para dormir, para despertar, para comer, para comer menos, no era eso. Después empezó a tener alucinaciones, vivía sus pesadillas como si fueran reales y lo ponían en agonía, era insufrible verlo así, ese estar en tensión todo el día sin esperanzas dejó a mi madre hecha un trapo, la misma tensión de antes, pero con un destinatario que ya nunca le devolvería la imagen de su delirio exculpatorio. Ese estado de Orestes nos cansó y nos cerramos sobre nosotros mismos; nadie se animaba a dar fe ante el mundo del fracaso del elegido, no podíamos ser como los otros, porque, al parecer, alguna vez fuimos distintos, no estábamos listos para descender al mundo de los iguales.

 

Él hacía intentos, ensayó vivir solo por un tiempo, pero no lo logró, volvía sin sentir pudor alguno al amparo de la madre, a esa altura, la única certeza de su vida; y se ocupaba, ya de vuelta en casa, de tareas menores, que él pretendía necesarias y exigentes; esperaba, al concluirlas, la gratitud y el reconocimiento de un niño que ha acertado en el deseo de sus padres; pero no lo encontraba, sólo hallaba gestos de dolor y mentiras piadosas expresadas sin convicción. Entonces volvía a partir y trataba de retomar amistades abandonadas, amistades envenenadas por su antigua omnipotencia, y encima lo hacía desde la desmesura de la necesidad, aburría, saturaba, cansaba a la gente, le huían; de cada uno de los rechazos volvía a los brazos de mi madre, la vaciaba, la extinguía, acaso porque la obstinación de torcer la realidad cansa mucho más que aceptarla y adaptarse; entonces exploraba acercarse a mi padre que lo recibía abochornado e incrédulo, después lo intentaba de manera casi incestuosa con mi hermana; pero siempre lograba el mismo resultado mezquino, hasta que volvía a partir, así hasta las cartas.

 

 

Desenlace

Con seguridad todos fuimos crueles, por carencias, frustraciones o excesos, todos estábamos mal configurados; él también fue cruel a su manera, no podía ser como yo, me miraba a veces, y acaso al verme, entendió que esa poca cosa que yo representaba era lo máximo a lo que podía aspirar, ser otra sombra, otra redundancia más; acaso llegó a intuir que yo era la llave de algo que lo aliviaría, pero nunca habría de aceptarlo, fue cruel. En respuesta a esa crueldad yo también fui cruel, de niño se aprende rápido y para siempre, y después hay que cargar con el daño y el odio que ese aprendizaje acarrea; me dediqué a esperarlo, esperar fue todo lo que hice; esa espera me deparó el doloroso privilegio de ir a reconocer su cadáver cuando se suicidó. Las cartas eran dos; una para mi madre, la otra para mí; recuerdo que entonces no fui capaz de abrir la de mi madre, pero debí haberlo hecho; la mía decía mucho en pocas palabras: “Nunca podré devolverte lo que te quitado y tu perdón no me sirve, pero cuando leas este papel habrás dejado de ser invisible”, lo sabía, nunca hizo nada, pero lo sabía.

 

 

Lo imborrable

Fue entonces que, inmerso en la inseguridad habitual, asumí con perplejidad la inesperada progenitura de la familia; pero fue a mi manera y en mis términos, ya nadie debía, ni podía, esperar más que la luz difusa y tardía de un amanecer de invierno cubierto de nubes y neblina, o al menos debían presumir, con acierto, que eso que había delante de ellos era todo el resplandor de un sol enfermo. El único cambio posible era que ahora, en iguales e insalvables carencias y posibilidades, estaba asegurada la trabajosa resistencia nacida de la voluntad de seguir viviendo.

 

A mi hermano y su recuerdo lo cubrió un mudo compromiso de omisiones y silencios, no se trataba de borrarlo de nuestro pasado sino de anularlo del porvenir, a pesar de toda la carga de dolor y fracaso y culpas que la desmesura de su decisión nos tiró encima; durante largo tiempo traté de discernir las causas del súbito ánimo de un pusilánime inmovilizado por el miedo para lograr suicidarse; esa búsqueda de respuestas ocurría siempre con la mirada alerta de mi madre encima de mis razonamientos secretos; ella intuía mi necesidad de entender lo inentendible, para eso busqué en vano, en sus momentos de ausencia, la carta cuyo contenido yo desconocía; pero un día, en forma brutal y fuera de lugar me dijo: “No la busques más, ya no existe, la quemé”, hasta que un día, mi padre, cuando se encontraba agonizante, a solas conmigo y semiconsciente, acaso agobiado por el miedo al misterio, se equivocó de juez y pronunció la frase que lo encomiaba ante un probable tribunal: “A pesar de todo a los tres los quise por igual”, esa fue la punta de la verdad.   

 

Mi hermano mayor no era hijo de mi padre sino el resultado no deseado de un adulterio, al parecer casual, de mi madre; acaso para confirmarlo en la excepción, quizás para liberarlo de los desencuentros conmigo, tal vez en un enojo, nunca pude saberlo con certeza, ella, lo juzgó adulto antes de tiempo a Orestes, y le reveló su origen y también le dijo que mi padre lo sabía, ese mismo padre que él, en más de una ocasión, se había atrevido a despreciar por mediocre, por simple, y por conformista, el hombre que participó del simulacro de aceptarlo excepcional en detrimento de la parte que le correspondía a sus verdaderos hijos.

 

“Todo lo hiciste mal, gracias a la obtusa confusión de tu inconsciente, y lo que empieza mal, termina mal. No queda más solución que esta para mitigar en algo: ciertas culpas, ciertas usurpaciones y ciertas vergüenzas”, eso decía la carta que le dejó a mi madre, entre reproches puntuales y enumeraciones de oportunidades perdidas, al final pude verla con el tiempo; ella la había conservado y era la llama en la que cada noche quemaba los rezos de la culpa; mi madre había escrito, debajo de la letra pequeña, perfecta, e inclinada hacia atrás de mí hermano: “Hagas lo que hagas, te arrepentirás sin remedio”, con lápiz lo escribió, acaso para poder borrarlo si se arrepentía. Ahora sé que de ese ocultamiento se desprendía todo lo que yo no entendía, la razón que empujó a mi hermano al abismo fue algo, para mí, muy difícil de predecir por desconocerlo, él tenía el amor propio que yo nunca pude construir por imposible; yo, voluntad sonriente en el espanto, partí siempre del más descarnado conocimiento de mí mismo para seguir respirando.

 

 

Final

La carta ya es ceniza y la muda verdad me pertenece, ahora sólo creo en el mundo que he establecido, erigido con los principios que me son más afines y convenientes; en el mismo, ocultar, no es mentir; renunciar, evitar la frustración; aceptar, es entender; delegar, conocerse; negarse, es acertar; esperar, inevitable; alejarse de la duda, saludable; sentir pasión, obnubilarse, esa es la mejor manera que he encontrado de que las cosas ocurran a tiempo, de que la realidad no atrase ni adelante. Sólo a veces suelo pensar que él era el mejor de los dos, o que yo pude haberlo sido.

 

Da lo mismo.

 

Autor: Horacio Martín Rodio

 

Primer premio Concurso de cuentos J. L. Borges Ciberboock 1996

Primer premio Concurso de cuentos suburbanos 1997 Ediciones Baobab.

Primer premio  IV concurso de cuentos “Traspasando fronteras” Universidad de Almería (España) 2009

Primer premio Concurso Jacinto Santamarina Ciudad de Lobos 2010

Primer Premio Concurso de cuentos  El Zorzal 2012

Primer Premio Cuento Concurso Mario Nestoroff 2013 San Bernardo. Chaco. Argentina.

Primer Premio Cuento Concurso EDEA. Avellaneda Pcia, de Buenos Aires 2013

 

Imagen tomada de https://mundooculto.es/2016/11/erebo-el-dios-del-inframundo/

 

 

 

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Revista Extrañas Noches –literatura visceral- 

ISSN: 2524-9266