Josefa

10/04/2019

El olor a hierba mojada y el estiércol de las mulas y caballos habitaban el aire. Durante el primer tramo del camino la lluvia entró por los agujeros de la carreta. La humedad se mezclaba con la suciedad de la hueste caminante. Un grupo de soldados de aspecto mendigo se rascaba la cabellera pringosa saturada de piojos expuestos por el viento.

 

Josefa Saravia y su hombre debieron esperar al acampe alrededor del fuego para dormir mientras la ropa se secaba. Viajaban también otras mujeres consideradas poco más que animales.

 

Durante los cinco días que duró el viaje a las cercanías de la Laguna Ranchos la superficie reflejaba el frondoso vacío de la pampa. Sólo interrumpido por algún relámpago cortando el horizonte.

 

Moscas de todos los tamaños se pegaron sobre ellos y Josefa sufría con las patas de los insectos caminando sobre su rostro. Así fueron muriendo las horas en una atmósfera cada vez más densa por el calor y el tedio de un avance lento.

 

Los caballos andaban agotados y los jinetes dormidos a veces sobre las monturas. Las palabras escaseaban tanto como la comida; la carne seca terminada por los hombres dio lugar a las galletas guardadas en lienzos y a los mates con yerba gastada como único alimento.

 

Josefa caminó algunos tramos junto con su hombre, a sabiendas que ninguna mirada compasiva llegaría. Recibió en cambio empujones para apurar el paso y apretones en los huesos que más le dolían. La impiedad del clima se sentía adentro y su renguera la exponía a las miradas de desprecio.

 

El teniente Turdera, viajaba con ellos. Destruido por el agobio de una vida sin reconocimiento, castigado a ejercer mando en uno de los lugares más pobres de la frontera, la miraba por demás. Sus ojos claros se fijaban en su pierna corta y seguía sus vaivenes con atención. El tenía el pelo largo, la barba crecida y la bravura con la que hablaba era la única cosa que hacía avanzar más rápido a Josefa.

 

Llegaron a una construcción elevada de piedra y barreras hechas de tronco. Alrededor viviendas más pequeñas de paja y barro.

 

Fueron recibidos por hombres de rostros hinchados, marcados por el sol. Vestían alpargatas y otros botas de potro. Se instalaron en un rancho que parecía la cueva de unos zorros.

 

El teniente destinó al  hombre a la limpieza del establo y la vigía del mangrullo. Las mujeres por voluntad u obligadas eran instrumento de todo uso.

 

 

Pasaron los días con olor a barro y corral. Los hombres del fortín enfilaban para comer las tortas fritas que ella amasaba sobre las pilchas. Una masa sucia con pelos de caballo y tierra. Pero aquí no había lugar para la finura.

 

Los juegos de naipes que se sucedían día tras día entre la caña y un calor asfixiante eran el momento justo para que los hombres se empacharan de destrato a las fortineras. Entre apodos de lo más despreciables Josefa pudo ver como su hombre se montaba a otra en el suelo. El resto se reía abriendo la boca con pocos dientes.

 

El revoltijo de sus tripas no dejó dormir esa noche a Josefa. El zumbido de los moscones se acentuaba con el amanecer. Creyó oír el cabalgar lejano de un malón. Se asomó a través de uno de los huecos de las paredes de barro, confundía las sombras de los fachinales de juncos que se alzaban como murallas con los cabellos espesos de los aborígenes. En la lejanía supuso distinguir los cuerpos oscuros, los músculos surcando las piernas y brazos sobre los caballos. Se le puso la piel de gallina cuando el aire le golpeó la cara con olor a suciedad sacándola de semejante fantasía. Preparó el mate y sacudiéndose los jejenes que ennegrecían la entrada del rancho, se dispuso a cocer los harapos de los cuarteleros.

 

Se alzó una bandera roja en la precaria construcción que funcionaba como lugar de borracheras y encuentros de machos. Eso significaba que el teniente había traído vino. A Turdera había que esconderle las balas en las borracheras. El traslado a este fortín de mala muerte luego de reiteradas cabronadas lo tenía señalado como débil de gatillo. Apuntaba generalmente contra mujeres y no dudaba en disparar, ante una negativa o mínima rebelión.

 

El olor de la sangre en la entrada del fortín, parecía enloquecerlos. Una yegua había sido carneada y esa carne dulce pasaba frente a los ojos hundidos de todos. Josefa esperó, los demás se agrupaban de tal forma alrededor del fuego que un trozo de carne de menos podía desencadenar varias cuchilladas entre los hambrientos. El olor ahumado de las tripas bendijo el campo y luego de la riña de gallos los fortineros bebían los últimos vasos de vino destinados a su jerarquía. Con las mujeres sobre sus faldas vociferaban bestialidades y producían sonidos de garganta acercando su boca a los asqueados rostros de las infortunadas. En el amanecer Turdera solicitó más tinto a gritos, también pidió una mujer en su rancho. No cualquier mujer, pidió la renga que amasaba. El cobarde que trajo a Josefa a este infierno, no emitió palabra, tampoco mostró disgusto. Un cerdo hubiera sido más receloso de su hembra. Uno de los más cercanos en rango a Turdera le aconsejó retirarse con otra mujer. Claro está, que esto fue tomado como una insubordinación por parte del teniente que tambaleante sacó pecho e intentó golpear en la cara al otro.

 

Con resignación Josefa se incorporó y  con la mirada baja se acercó al teniente. El tramo de rengueo fue cubierto por un silencio tenso. La última elegida debió ser curada varios días, luego de ser encontrada en el pastizal de la laguna. El primer impulso de Turdera fue aflojarse el cinturón - ¿Te estás haciendo la difícil? No me toriés - dijo tirándole de un mechón de pelo. Mandó a buscar a “Vicario” el potro semental del lugar. Un escalofrío recorrió la columna torcida de Josefa y se apretó la pollera. Una tormenta de verano comenzaba a latir y se encaminaron hacia la llanura.

 

El bramido de un trueno hizo saltar al caballo, Turdera a pesar de su estado controló bien al animal y se excitó con la fuerza del apriete en su cintura de las manos de Josefa. Un tanto alarmado vio como una  franja del cielo estaba cargada de nubes negras, enseguida sin darle tiempo a nada, una cortina de agua se descargó sobre ellos. El caballo bufaba nervioso abriendo grande los ollares. Buscaron las arboledas bajas y se detuvieron. Allí improvisó una atadura para Vicario. Sin dirigirle la palabra a la mujer y con un gesto directo le ordenó arrojarse a la tierra. El cuerpo de Turdera sobre Josefa se movía torpe sin reacción. Su aliento caluroso fue interrumpido por los vientos pampeanos que levantaban los pastos, cuando incorporándose nauseabundo vio venir un grupo de aborígenes montados en caballos. Tambaleante intentó montar a Vicario pero la torpeza de sus movimientos aminoró todo intento de escape. Cuando se quiso dar cuenta, seis indios los habían rodeado. Un par de ellos desmontaron rápidamente. Josefa a pesar del terror que la invadía no pudo evitar observar la pelambre lacia y oscura del indio más corpulento que chorreaba el agua de lluvia. El, desde las alturas los miraba fijo mientras se acariciaba el collar de huesos que colgaba de su cuello nervudo. Turdera vomitó sobre su penoso uniforme y los indígenas comenzaron a reír. Uno de ellos se acercó a Josefa y tocó sus senos, luego sus caderas, empujándola por la espalda la hicieron avanzar unos pasos como si fuera una potranca nueva. El indio sobre el caballo, con un solo movimiento de cabeza ordenó dejarla en paz al verla renguear; era una yegua defectuosa. El teniente en un arranque de ridícula valentía amagó con sacar su arma. Fulminante la chuza de uno de ellos atravesó la garganta del teniente. Josefa se cubrió la cara y esperó el dolor de la lanza cruzando sus vísceras. El aire pampero le golpeó la espalda como avisando un horizonte despejado. Los gritos de festejo de los indios alejándose con Vicario le permitieron ver un diminuto rayo de sol asomar entre las nubes. La tormenta ya no suena. En dirección contraria al fortín, Josefa se enfiló a lo desconocido.

 

 

 

Autora: Eugenia Casuso (Buenos Aires, 1978)

 

Docente. Su desempeño artístico involucra al teatro, la danza, la escritura y la fotografía. Su formación actoral estuvo a cargo de Graciela Dufau, Helena Tritek, Hugo Urquijo, Néstor Sabatinni , Juan Carlos Trichilo, Escuela de Alicia Zanca, Pablo Ini y diversos talleres en el Centro Cultural San Martín desde el año 1999, entre otros. Participó del seminario “Teatrodanza, el ser danzado y la performance” a cargo de Veka Ayanz Peluffo. Danza jazz, nivel intermedio. CCGSM. a cargo de María Eugenia Giudice. Comedia Musical y Teatro Fusión, a cargo de Juan Carlos Pereyra. Técnica vocal, a cargo de Valeria Lynch. Esc. comedia musical V.L. Cursos de fotografías Nikon School Argentina. Formó parte de la compañía teatral Lamalgama. Con esta compañía realizó los espectáculos“13 minas bravas hablan de amor” (2010) “Bellas y bestias” (2012) y “Lorquianas” (2013).Realizó su primera muestra fotográfica “PROYECTO MÙSICA” en espacio arte taller G.B.F.San Fernando. En el año 2015 participó del espectáculo de teatro danza " Hotel Eleanor " en la Sala Muiño del CCGSM. Actualmente participa del taller de escritura de Fernanda García Lao y en el Taller intensivo de poesía a cargo de Pamela Terlizzi Prina en La Coop. Ha publicado cuentos y poesía en la Revista Extrañas noches. Publicará en el próximo número de la Revista 27. Se encuentra trabajando en su libro de poesías surgido de las estadías en la ciudad de París, Francia, donde realiza desde el año 2016, diversas actividades de formación.

 

Email : eugeniacasuso@hotmail.com

Facebook : Eugenia Casuso

 

La ilustración está tomada de la siguiente web

https://www.etsy.com/mx/listing/470962668/retrato-de-caballo-caballo-blanco

 

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Revista Extrañas Noches –literatura visceral- 

ISSN: 2524-9266