Para los amantes de las noches oscuras, y de perderse en ellas

10/12/2018

Era esa época del año en que las noches se presentan más largas y oscuras que nunca. La ventana de su habitación estaba parcialmente tapada por la condensación del agua, dejando pasar la luz de la farola de la calle algo difuminada. Frío exterior y calor interior. Esa combinación era la gran culpable de que no se pudiera distinguir de forma clara lo que existía a ambos lados del delgado separador. Dos mundos completamente distintos, aislados a través de una torpe vitrina que pretendía aislar la paz, el silencio y la pureza de un hogar del salvajismo de la cruda noche callejera. Pero Víctor aún no sabía que esa fraudulenta cámara no era su hogar. Su hogar era precisamente la calle. Alguna calle de esa ciudad lúgubre y tenebrosa con las noches más largas que él jamás habría soñado, acompañado de cualquier criatura nocturna que esté dispuesta a todo y a nada, igual que él. Y llevaba toda una vida sin pasar por casa. 

 

Se revolvía en la cama y miraba fijamente la marca de pintura del techo. Su preferida, esa que dañaba el entorno con una asimetría existencial descontrolada. Le encantaba esa forma de quebrantar la armonía que generaban el resto de los objetos en el conjunto de ese cuarto, cuidadosamente planeada por algún ingeniero sueco de Ikea que claramente no contaba con la presencia forastera de esa mancha de pintura. El intruso al que nadie llamó, el que lo destrozaba todo solo por estar ahí. Le resultaba fascinante, examinaba con esmero cada uno de los detalles de esa imperfección, en interior y contorno, los cuales ya conocía mejor que nadie en el planeta. Hasta que era el día siguiente. 

 

Y con ello, con el despertar del sol, comenzaba una particular rutina a la que Víctor ya estaba algo acostumbrado, aunque para nada contento con ella. Más bien resignado. Un viejo amigo se presentaba ante él. Alguien a quien a Víctor le gustaba llamar Nikolay. Era un tipo con aspecto joven, de unos 25 años, que evidenciaba estar lleno de energía en todos sus movimientos, una cualidad que a Víctor siempre le pareció, en cierto modo, envidiable en la gente con la que se cruzaba, pero que no podía evitar detestar a esa hora de la mañana. Nikolay vestía un traje azul marino y montaba sobre su gruesa nariz unas gafas de culo de botella que tapaban gran parte de su pálido rostro. De su cuello pendía una sutil cadena plateada que terminaba en una cruz de oro a la altura del pecho. Esa maldita cruz, chillona y desagradable. Su barbilla perfectamente afeitada junto con el pelo engominado combinaban de forma impecable en un aspecto que irradiaba responsabilidad. Ese hombre misterioso se limitaba a entrar en su habitación sin llamar a la puerta. No hablaba la misma lengua que Víctor, eso seguro. Lo sabía porque lo único que hacía era sentarse en la mesilla de noche, al lado de la cabecera de la cama, y cantar algo que parecía sonar como una ópera rusa. Ignoraba completamente los insultos castellanos que Víctor le ofrecía, a veces de inaudita originalidad, y cantaba, cada vez más alto, cada vez más agudo, hasta que Víctor terminaba por olvidar la sensación matutina de cuánto le pesaba el cuerpo sobre el colchón de su cama, y se levantaba. En el momento en que se incorporaba, ese hombre ruso marchaba por donde había venido, sin dejar más rastro que un molesto dolor de cabeza que desaparecería mágicamente tras una ducha fría, muy fría. Tan fría que recordaría a Víctor que no estaba muerto, algo que le necesitaba ser constantemente recordado, pues a menudo lo pasaba por alto.

 

Víctor trabajaba en una oficina en el centro de la ciudad, en el distrito de negocios. Llevaba empleado en aquel lugar tan solo un par de años, aunque le parecía haberlo estado toda su vida. Su día a día consistía en diseñar inteligentes modelos matemáticos para la predicción de lo que fuera que se quisiera predecir, un trabajo supuestamente exigente que no le costaba realizar en absoluto y por el que le pagaban más dinero del que sabía gastar. No era ningún genio, simplemente se le daba bien ese trabajo en concreto, se decía a sí mismo. Cuestión de habilidades sin mérito alguno. Y, al fin y al cabo, su contribución a la humanidad era reprochable; según él mismo, su vida estaba dedicada a hacer más ricos a los ricos. Algo con lo que no veía la necesidad de lidiar pues su aprecio por aquello que constituía la humanidad era también cuestionable. 

 

Estaba sentado en su silla en la oficina mientras le daba vueltas a lo mucho que detestaba a Nikolay a pesar de parecer un tipo agradable. Pensó que quizás debería ser algo más clemente y rebajar los insultos por un tiempo. Al fin y al cabo, si Víctor movía el trasero por las mañanas últimamente era solo gracias a Nikolay. Entonces apareció Robert, a quien la estructura social preferiría etiquetar como “su jefe”. Se dirigió a él con el informe que reflejaba el resultado del último modelo matemático que diseñó Víctor. En resumidas cuentas, se esperaba un 0.5% y resultó ser un 0.3%. Víctor estaba sorprendido e intrigado a la vez. Realmente esperaba que ese modelo, su trabajo de los últimos dos meses, diera la talla y creía que terminarían el proyecto con otra felicitación por su excelente trabajo. Pero resultó ser un 0.3%, y con ello vino el enfado y la decepción de todo su departamento.

 

Robert llevaba ya exactamente 22 minutos gritándole a pocos centímetros de su cara, pero Víctor no parecía inmutarse. Había aguantado muchas riñas ya. No es que habitualmente hiciera mal su trabajo. Más bien era que las riñas se habían convertido en esa empresa en un procedimiento corriente para mantener a los trabajadores motivados y alerta. Pero esta vez era diferente. Esta vez a Víctor no le importaba en absoluto. No era capaz de retener en su memoria ninguna de las palabras que le lanzaba Robert, aquel hombre gordo y calvo que siempre vestía la misma americana, día tras día. La indiferencia que le producía esa situación era tal, que se sentía abrumado por el poder de su propia mente y era lo único en lo que podía pensar. ¿Como podía ser que llevase toda su vida soñando con ese trabajo, y que, llegado el momento, tras un pequeño error, su cabeza no se preocupase en absoluto por nada más que por comprenderse a sí misma? La extensión del airado monólogo de Robert le llevó a discurrir profundamente hasta perder el foco. El mismo que, hasta ahora, alumbraba cada uno de sus pasos en dirección a lo que todo el mundo consideraba el éxito. Y en el vecindario del éxito, suponía Víctor, encontraría la felicidad. Pero ahora lo veía todo más borroso que nunca, tan borroso como la noche anterior, cuando no era capaz de distinguir la farola a pocos metros de su ventana. Quizás llevaba demasiado tiempo encerrado en esa habitación. Tal vez había estado demasiado ofuscado con sus objetivos vitales, hasta el punto en que la firmeza de sus pasos lo había cegado por completo ante todo aquello que sucedía fuera del camino del orden y la rectitud. Se sentía desestructurado. ¿Qué había fallado en su vida? Lo había medido todo, cada paso, cada idea, todo estaba calculado. Quizás no había considerado su vida nada más que otro modelo matemático, otro puzzle que resolver. Y, tal y como le había repetido Robert mil y una veces durante la última media hora, su matemática no era infalible. 

Estas preguntas le parecieron mucho más relevantes que cualquier problema que le pudieran plantear en la empresa, algo que le hizo entrar en pánico por momentos, y entonces pestañeó brevemente. Siempre lo hacía cuando se sentía alterado, para regresar a la serenidad que le proporcionaba la noche por un instante. Un alivio efímero y ficticio, pues la cuasi-oscuridad que le aportaba el pestañeo era siempre temporal, en cierto modo igual que la de la noche. Y cada vez que cerraba los ojos, aunque fuera por un segundo, allí estaban esos tres gatos de colores. Inmóviles, mirándole fijamente como si juzgaran cada una de sus acciones y cada uno de sus pensamientos. Y nunca le apartaban la mirada. Siempre era él el que terminaba por abrir los ojos otra vez, dándose por vencido en ese fugaz duelo entre especies nocturnas para sentir seguidamente una irremediable decepción ante la derrota. Pero mantenía su espíritu a flote porque una parte de él sabía que tenía guardado un as en la manga. Sabía que un día cerraría los ojos, y no los abriría nunca más. La noche entraría en él y él en la noche. Perdería el contacto con todo aquello que se dice pertenece al “mundo real”, y lo haría para siempre. Una vez llegado el momento podría mirar a esos tres felinos a los ojos eternamente, hasta que fueran ellos los que se vieran obligados a desviar la mirada, a regresar a su universo y a perderle de vista a él. Solo entonces descansaría en paz, tras la victoria. 

Abrió los ojos de nuevo y sin decir ni una palabra agarró las pocas pertinencias que guardaba repartidas por su escritorio, las puso de forma ordenada en su mochila y emprendió calmado el camino en búsqueda de tal victoria. Los gritos de Robert, quien no parecía entender la reacción, eran ahora ruido blanco en su cerebro. Veía la silueta de ese hombre gesticulando con furia y confusión, pero no oía nada. Entró en el ascensor del edificio sutilmente emocionado por la ilusión que le producía imaginar que ahora podía dedicarse plenamente a contestar esas preguntas que su mente no era capaz de contestar y que se le planteaban por primera vez ahora. Aunque tenía la sensación de que esas cuestiones siempre le habían rondado. Suponía que estaban escondidas en algún lugar de su cerebro, algún lugar desconocido. El ascensor tocó fondo. Planta cero. Fuga total. 

Víctor tenía un plan. Y por primera vez era uno que no podía calcularse al detalle, pero del cual sí conocía el primer paso. Eso le llenaba la cara con una sonrisa como no la habría sabido fingir jamás. Se dirigiría en búsqueda del rincón más sombrío de esa ciudad. Y lo haría de noche. 

 

 

Ámsterdam, Noviembre de 2018

 

 

 Autor: Pablo Jarne

 

 

 

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