Las entretejidas del tiempo

10/10/2018

    No recuerdo en qué colectivo íbamos, era uno de esos atardeceres eternos de largos. Tal vez las seis o las siete de la tarde. Sé que iba por Dorrego y agarró por alguna avenida… no me acuerdo bien, fue hace siglos. Estaba atestado de gente. Íbamos abrigados por eso recuerdo que era invierno y puedo inducir el horario. Lo que no se me borra de ninguna manera es la curva que dio el bondi abandonando Dorrego. Creo que veníamos de Belgrano, no sé de hacer qué, tal vez de pasar horas en completo letargo en el Jardín Andaluz del Museo Larreta o leyendo algo tirados en las Barrancas en el pasto o en alguna de las glorietas.

     Años después, cuando ya la ciudad era una difusa niebla en mi memoria, esa curva conservaba su total intensidad vertiginosa y volvía sobre ella repetidamente.

     Hubo un semáforo antes de que doble y ahí él empezó a hablar del asunto. Mi mirada estaba clavada en la ventana mientras me mantenía haciendo equilibrio toda apretujada y cuando escuché la noticia me morí un poco. Sabía que esa parte de mí se había terminado.

     Yo andaba por la vida recolectando historias pero las historias no se dejan recolectar sin que pagues un precio por ellas, el precio es vivirlas, gozarlas,  sufrirlas y llorarlas; y de ser posible, sobrevivir para contarlas. Nunca me detuve mucho en la última parte, sobrevivir no era parte del plan, sin embargo sucedió.

     Hay coleccionistas de insectos que clavan mariposas muertas en pedazos de telgopor. Hay gente que anda por el mundo cazando historias y clavándoselas en la carne; al parecer, en ambos casos de coleccionistas los sujetos son bastante compulsivos, por no decir que ese acto en ellos es casi inevitable, inherente a la personalidad misma.

     Cuando me dijo que se iba supe que se había acabado una parte de mí que me venía gustando mucho. Se había enamorado de alguien que vivía lejos, en otra tierra y con otros ríos.

     A veces nos enamoramos, eso era lo de menos, son cosas que suceden. Podía superarlo si eso no quería decir que además ya no podríamos más recorrer juntos las calles durante horas yendo hacia ninguna parte, mirando la gente, colándonos en todos los edificios que podíamos con varios artilugios que aprendimos para ver la arquitectura desde adentro y discutir sobre los estilos, o mandarnos hasta las terrazas y contemplar la ciudad desde arriba. A veces también  usábamos las terrazas, así como las escaleras o los ascensores, para dar vuelo a nuestras simples y urbanas fantasías eróticas saboreándonos mutuamente.

     Después robábamos algo de comida de algún supermercado y nos sentábamos en la vereda a consumir el botín mientras hablábamos sin parar de cualquier cosa. Cualquier cosa, cualquier tema ameritaba horas de conversación y de análisis viendo la gente pasar y juzgando al mundo como el lugar más enfermo del universo y nosotros embutidos en él sin tener como zafarnos.

     Andábamos por ahí enfermos de mundo riéndonos a carcajadas sucias, tristes, cínicos y heridos, devorándonos la vida de a cachos; la vida devorándonos también a nosotros.

     Recuerdo en especial una noche en la que caminábamos por el rosedal y me habló de sus amores, de su padre que era un ser despiadado y despreciable parecido al de Bukowski/Chinaski en La senda del perdedor, de la nostalgia del país abandonado por los exilios… y de un montón de cosas más que se borraron pero que hicieron que su humanidad me conmueva profundamente.

 

     Algo que amo en algunas personas es que puedo reanudar las conversaciones en el lugar que las dejamos aun cuando hayan pasado una gran cantidad de años desde la última vez que nos vimos. Incluso cuando no están, la conversación continúa en mi mente, continúo contándoles cosas y adivinando sus respuestas.

     Así fue después de aquella temporada con ese chico. Esa gente sigue siendo la gente de la que uno se siente parte, de la que uno nunca se despegó del todo. Una sensación de pertenencia que trasciende el amor, el placer o el deseo y se instala en la parte subcutánea de nuestro cuerpo, entre la piel y la sangre que corre como loca desde un corazón incendiado. Es como las células que nos conforman, somos eso, sin ellos, no somos.

 

     En el colectivo del que hablaba sucedió el primer paso hacia ese lugar que todavía me era desconocido. El lugar donde la presencia constante del chabón  que te acompaña en todas las andanzas, pasa a ser el hueco vacío del que ya no está y se convierte, mediante una alquimia bruta, en parte del pasado.

     Además a veces uno hace promesas que después no puede cumplir. Por ejemplo le prometes a alguien un encuentro dentro de veinte años en la esquina de Corrientes y Callao, en una mesa de la ventana del bar La Opera a las diez de la noche -independientemente si cada uno se casa, tiene hijos, gana un Oscar o hace la revolución - mientras miran un libro con fotos de las obras de Gaudí tirados en el sillón de la casa de un amigo. Tenés dieciocho años y podés prometer cualquier cosa. La vida todavía no tiene peso y creés que tanto la ingenuidad como la desesperanza no te van a abandonar nunca. Pero no es así, tanto una cosa como la otra desaparecen en algún momento.

     Nosotros nos prometimos eso, ese encuentro.

     La conjunción entre los adioses y las promesas de ese tipo son bastante singulares.

     Los adioses se componen de un chau y el posterior vacío circundante, las calles huecas, los cuartos deshabitados, las camas con un lado frío. Nada más. Construir el fantasma del ausente proveyéndole de toda la mística que se merece, acentuando en cada recuerdo los más ínfimos detalles, colocando en relieve cada suspiro que en el acto pasó inadvertido pero que el inconsciente captó y en las posteriores marchas solitarias se repiten incesantemente en la mente del que, una y otra vez, vuelve sobre el mismo recuerdo y que lo atrae con un poder al que es incapaz de resistirse.

     Después pasa, la vida sigue. Tal vez no sea ni el primer ni el último fantasma en honor a alguien que se ha ido que fabriquemos, tal vez sí, pero da lo mismo.

     Las promesas de este tipo de las que hablo, promesas a largo plazo, se guardan en el cajón de la mesita de luz y se olvidan rápidamente. Sin embargo, sucede a veces en el planeta que habitamos y que es un lugar sediento de hechos incongruentes, que por algún motivo se niega a que las cosas aterricen a la fuerza fuera de lugar. Se tejen en alguna parte los encuentros y los pequeños seres humanos desavisados no pueden más que acatar valerosamente su destino.

     Sucedió entonces que habían pasado veinte años, yo no había ganado un Oscar ni había hecho la revolución, tampoco había hecho muchas otras cosas de las que soñaba cuando tenía dieciocho, por suerte había hecho muchas más que cuando tenía esa edad ni siquiera me hubiera atrevido a imaginar.

     Ya no estaba en Buenos Aires, por supuesto no me acordaba de la promesa ni de la fecha en la que habíamos quedado ni siquiera sabía la fecha en la que vivía en ese momento.

     Estoy entonces en Santa Elena de Uairén en la Gran Sabana venezolana tomándome una cervecita arrodillada en el suelo y mirando la tarde caer encima de los Tepuys, viendo las nubes devorándoles la cumbre, los hilos de agua caer como locos en picada hacia el suelo, imaginándome los ríos que se forman y que mi vista no podía distinguir por la lejanía. Siento que estoy en el lugar más bello del mundo lo cual me llena bastante el alma, aunque no del todo porque mi alma anda siempre con algún agujero. Sin embargo el sentimiento es bastante parecido a la plenitud y el éxtasis.

     Hubo una carcajada seca a mis espaldas, una carcajada tan conocida que no tuve que darme vuelta para saber de quién era la boca que la producía. Venía solo, subiendo el camino hacia donde yo estaba, venía buscando el lugar de la buena vista y me vio de espaldas. Él tampoco necesitó que me diera vuelta para saber que yo era yo.

      Estuvo tan bueno ese encuentro, nos devoramos tanto y con tantas voraces ganas que fue lo suficientemente poderoso como para fijar el próximo, en algún momento, donde sea que suceda, con la certeza absoluta de que ahí estaremos. O por lo menos, eso es lo que quiero pensar.

 

Autora: Marina Klein

 

Soy autora de los libros "De Fauces al Subsuelo", "Danzando entre la Nada y la Furia" y de "Trashumantes", y de las Plaquettes "La vida secreta de quien come en la cocina", "SEAMOS Libres que lo demás no importa nada", "¿Te gustó coger?" y "Georgina Orellano Puta Feminista", editados por Ediciones Frenéticos Danzantes. También dirijo esta revista y la editorial recién mencionada. 

Nací en Buenos Aires en el 74, viví en esta ciudad hasta más o menos los 20 años y desde ahí hasta el 2012 anduve por el mundo viajando y quedándome largos períodos  en distintos lugares de América Latina. En ese tiempo realicé un tour por distintos oficios, escribí para varios medios crónicas de viaje, tuve un programa de radio, limpié casas, hice gorritos de hilo y hasta llegué a tener una pequeña fábrica de joyería artesanal.

Cuando volví hice la carrera de sociología, donde además de aprender, una vez más me di cuenta que la academia no es lo mío.  

He colaborado con varias publicaciones de habla hispana y en este momento paso mi tiempo haciendo libros y revistas, y yendo a ferias y demás movidas del mundo de la literatura independiente. 

 

Los libros De Fauces al Subsuelo y Danzando entre la Nada y la Furia pueden descargarse acá, en nuestra biblioteca. 

https://www.revistaextranasnoches.com/biblioteca

 

Facebook: Marina Klein

 

 

Imagen tomada de 
https://es.wikipedia.org/wiki/La_Gran_Sabana#/media/File:Tepui_in_Gran_Sabana.jpg

 

 

 

 

 

 

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Revista Extrañas Noches –literatura visceral- 

ISSN: 2524-9266