Melisa la dominadora

10/06/2018

Vivo inmerso en mis sueños, cada vez más sedentario, sin embargo. El verano es siempre, para mí, una época de soledad y ociosidad. Playas tropicales solamente soñadas en una pantalla de televisión. Viajes con el corazón en lugares donde el mar es siempre azul, donde las palmeras casi doblan a lamer el agua, como para inclinarse delante de las olas, hacia el arrecife. Paso las noches en el Internet, en busca de un sueño de escape.

 

Comencé a participar en sitios de chat room y anuncios, me sentí atraído por figuras magníficas de dominadoras vestidas de cuero negro, armadas con látigos y otros accesorios, capaces de someter cualquier hombre a su poder. Mujeres hermosas y altivas como diosas, mirándome fijamente desde el monitor, invitándome a mil perversiones. Una noche me dije a contactar con una dominadora, me decidí y llamé.

 

Parece trivial, pero en estos casos es la voz en el teléfono, que va a ganar, mucho más que fotografías en anuncios o cualquier otra cosa. Todo es imprevisible en las relaciones entre hombres y mujeres, especialmente las armas y las técnicas de seducción.

Una dominadora me conquistó con su forma de hacer las cosas, pero sobre todo con sus hermosos pies que me volvían loco. Estaba muy emocionado cuando podía inhalar el aroma embriagador, besarlos, sentirlos en mi boca y como me pisoteaban el cuerpo con fuerza. Siempre me ha atraído el contacto con los pies de una mujer hermosa, pero ahora me pegaba para succionar, moviendo la lengua entre los dedos, en todos los huecos, lamiendo con pasión plantas, talones, tobillos.

 

Aquellos que podrían parecer actos de humillación o de depravación se convertían en un valor incalculable, expresiones de amor y de goce estético. Nació luego una armonía de amor. Ella percibía el entusiasmo, la alegría y el placer que yo sentía con la adoración de una parte de su cuerpo.

Se hacía llamar Melisa, un nombre falso que le gustaba. Mi ama me embrujó así que empecé a seguirla, incluso cuando se trasladaba a otras ciudades. Tuve la oportunidad de viajar en coche hasta a trescientas millas, ida y vuelta, para estar una hora bajo sus pies, o hacerme golpear sin piedad, con las manos o con un batidor, que infligía dolorosos golpes, hasta que me hiciese el culo caliente, color de púrpura. Esta acción le gustaba mucho más que mi sumisión a sus pies, o más bien las dos se complementaban... lo que le daba placer, pronto también me gustaba a mí también. Me quedaba privado de toda dignidad. Jugaba ovillado a sus pies, como un perrito.

 

Me gustaba cuando quería pisarme, bajo sus pies desnudos, provocarme con patadas o incluso pinchar mi carne con tacones afilados y elegantes, yaciendo en el suelo de su habitación o al aire libre en el césped de su jardín hermoso, rodeado de altos muros. Al aire libre el tratamiento era mucho más emocionante. Ella se volvía loca al verme todo rojo y sudoroso, manchado de tierra e hierba. Era capaz de empujarme con la punta de la bota y rodarme hasta las ortigas en el fondo del jardín. El ardor, en esos casos, quedaba por lo menos durante cinco días, después de nuestra reunión.

 

Como un niño en el amor, me despertaba sudando en mi cama, en el corazón de las noches de verano, soñando con besar y tocar los pies de Melisa. La visión llenaba mi cerebro, como si yo acabara de alejarme de todos los placeres del paraíso. Cuando el deseo de verla y de someterme realmente, aunque sea por unos minutos, se hacía demasiado fuerte, le enviaba un mensaje con el teléfono y corría, para hacerme pisotear.

Finalmente, llegó el mes de septiembre. Había pasado un mes entero disfrutando, por televisión, playas y arrecifes, con las palmas de coco que sacudían las hojas en el viento caliente del monzón. Había podido besar y chupar de paso, pero en realidad, los pies de una rubia hermosa que disfrutaba mucho también en azotarme. Había descansado, soñado, sudado mucho en el calor abrasador de la llanura. Por encima de todo, sin embargo, me había encontrado con una dominadora real, ejerciendo su dominio sobre los pequeños gusanos codiciosos, y me había promovido, de manera abierta y oficialmente, en uno de esos gusanos, un gusano patentado.

 

Anoche, soñé con estar a cuatro patas, en la jaula del león. Mi niñera estaba vestida como una domadora, muy elegante. Llevaba un traje ceñido, negro, con las largas piernas enfundadas en medias de red con reflejos plateados, las botas de tacón alto, y sosteniendo un látigo largo chasqueando, amenazando a dos centímetros de mi cuerpo. Yo estaba tratando, incluso con mis modestas habilidades atléticas, de hacer los ejercicios como ella me mandaba, y de subir y bajar sobre un taburete muy pequeño. No sé si – en mi sueño – había el público que podría observar el circo. No lo vi, yo tenía ojos y oídos sólo para la domadora hermosa. Su cabello rubio llenaba mi campo de visión y lo veía saltar por el aire, con un ritmo hipnótico, enfatizado por el redoble de tambores de la banda.

 

Cuando me desperté en la mañana, las imágenes del sueño seguían vivas en mi memoria como un recuerdo dulce. Siempre he sido un poco bestia de domar y finalmente sé que he encontrado mi lugar: a cuatro patas en medio de una pista de circo, haciendo ejercicios en un taburete, bajo el control del látigo de mi ama.

 

Cada decisión se deja a ella. Para mí bastará obedecer y ejecutar sus órdenes y, si no estuviere listo y preciso, sufrir como consecuencia del castigo merecido. Un modo concreto de ser recompensado cada día de mis errores, con un sufrimiento aún más soportable, casi más agradable en comparación con el total aislamiento en el que he pasado.

 

El verano está terminando con un poco de amargura y nostalgia por los paseos, por la ciudad vacía y los grandes sudores nocturnos. Este año, sin embargo, el verano ha cambiado mi vida y puedo empezar el trabajo del otoño con energía renovada. Mi piel guarda la memoria de la dominación de Melisa. Voy a empezar la temporada que viene con una nueva perspectiva, listo para entrar en una jaula y postrarme a los pies de una mujer, mi ama, notada domadora, que sabe que puede tener totalmente de mi voluntad, con un gesto sencillo de la cabeza, o un chasquido de los dedos. Una mujer muy consciente, como las damas de honor de antaño, que basta la visión de su tobillo, descubierto y dado a mis besos, para transformarme en una estera a su servicio, listo en el suelo, para cada su pedido.

 

Voy a pasar mis noches frente a la pantalla de mi ordenador, con el televisor encendido, soñando los pies de Melisa.

 

 

La obra ya fue publicada con anterioridad en Karma Sensual n. 13 “Memorias en la piel”, revistaliterartedigital.blogspot.com 

 

 

Autor: Alberto Arecchi

 

Alberto Arecchi (1947) es un arquitecto italiano, mora en la ciudad de Pavía. Tiene larga experiencia de proyectos de cooperación para el desarrollo en varios países africanos, como profesor y especialista en tecnologías apropiadas para la habitación.

Es presidente de la Asociación Cultural Liutprand, de Pavía, que pública estudios sobre la historia y las tradiciones locales, sin descuidar las relaciones inter‑culturales (internet:www.liutprand.it).

Es autor de numerosas publicaciones y libros sobre el património histórico y la história de su ciudad, otros asuntos de arquitectura, tecnologías para el desarrollo, Países de África. Escribe cuentos breves y poemas en diversos diferentes idiomas (italiano, español, portugués, francés), con reconocimientos en concursos literarios en Italia, España, América Latina.

 

Enlace a página personal: 
www.liutprand.it

http://www.liutprand.it/albertoArecchi.asp

 

 

 

 

 

 

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