Hermosamente fuerte

05/04/2018

      “¿Qué mierda te pasa?” y se me atragantaron las esdrújulas cuando pensé que me hablabas a mí. Así, de repente, se erizó el aire sobre la efervescencia de la cerveza y la mirada fija que te repiqueteó entera. Ni cuenta me había dado y ya la puteada suelta en el cuello peludo del mirón, crudo imbécil en ese lío de palabras sin feed-back, porque así me quedé: tieso y perfumado de silencio, cuando el “¡¿qué mierda te pasa?!” fue severo en sus signos de exclamación y tu cara fue el herrumbroso destino del invadido. El muñeco (porque eso es lo que era ese conjunto de piel caída por la cama solar, repleta de arrugas tecnológicas y plástico en los dientes) se revolvió en la silla y le echó una ojeada cómplice a sus compañeros de mesa, quizás como para ver si alguno le daba una palmada en la espalda de tanto lío en plato ajeno. En mi perplejo estado del que no entiende, te vi la cara roja, ese color espeso cuando de bronca se trata. Tus ojos, que a veces eran color miel para algunas voces, fueron dos faroles incandescentes que enceguecieron al contrincante que tenía ya la guardia baja pero no por eso pensó en levantar el banderín blanco del rendido.


     Me contaste el por qué de tu puteada y tus ojos dijeron el resto porque claro que ahí estaba el avejentado mangrullo que incomoda y reprocha si hay respuesta, ahí lo vi con la respiración agitada al que se pintó la escopofilia en el cuerpo, y que claro, acostumbrado estaba (por lo que se veía) a que la mujer se vistiera de espejo para que no le devolvieran palabras sino mero reflejo del que al ego alimenta para ser machote. No se esperaba que el vozarrón fuera el estilete que le atravesara la tráquea; porque quién iba a decir semejante disparate: que una rubia, mujercita y bien curvada le diera algo de picante a esa garganta seca de cobardía y sudor. Solito y solo, con la palidez ya por cara, el voyeur de ultratumba te clavó la vista y quedé roto de reacción porque de mí no se trataba. Pedí (como si fuera una esperanza de que el uno contra uno, o de que entre hombres nos entendemos) que me dejaras lanzarle voz al chamuscado de enfrente. Así como pedí se me arrepintió la palabra porque qué iba a hacer yo si no era conmigo. Me miraste y como para mostrar que así sola podías “¡¿qué mierda te pasa?!” y lo empapaste con el grito porque le vi el meo bajarle por el jean como un arroyo de cerveza sin espuma, y el perplejo estado me dio un bosquejo de alivio, un remiendo de alegría (si es que puede llamársele así a lo que sentía). “La lucha era tuya”, pensé, y te abracé para sentirte la piel segura. “Hermosamente fuerte”, tragué para que no te enojaras por lo descabellado de la palabra hermosa para tal asunto, pero qué orgullo eso de ser mujer y estar al frente, con la lucha en los ojos y en la voz contra los dientes de plástico, contra los de pantalla afilada; qué orgullo eso de ser mujer y ser colectivo despierto, y qué mal se siente, a veces, esto de ser hombre y por ser hombre ser molde y no ser lucha, porque la lucha te toca a vos, mujer, pensé cuando me mirabas y lo miraba, cuando me negaste y le disparaste el grito que lo empapó entero. Qué orgullo ser mujer fuerte cuando lo hermoso es mero aditivo, adjetivo que se le suma a un cuerpo que late en plazas y en rondas de tetaje que menstrua porque así bien vivas son en esa sangre erguida que las recorre enteras. Por eso, y no es para achicarme en lo que a mirada respecta, orgullo (y qué palabra) me dio entender que eso del “¡¿qué mierda te pasa?!” fue algo así como la espina que se le clava al perro para que deje de morder, porque si de rabia se trata, qué peor que el que a palabra la convierte en baba y lo demuestra. Orgullo me dio tu entereza (frágil ni por asomo) que plantó a las voces en una sola para arremeter contra el que por ojos entiende los-que-dominan y por lengua la-que-consigue. Qué pobre de adentro, pienso, pobre, de bien adentro. Trago y escupo para que sepas, aunque te enojes por lo descabellado de la palabra hermosa, que sos, mujer, y lo asevero en el mirarte, hermosamente fuerte.

 

Autor: Ariel Adler 

 

 

 Es diseñador de imagen y sonido de la uba y docente de la materia sociología (de la imagen) en fadu.

 

 

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Revista Extrañas Noches –literatura visceral- 

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