Crónicas desde una ventana

01/12/2017

    Fue en el 97. Llegué a Manaos remontando el río durante siete días y siete noches. A la madrugada del día número ocho el Amazonas se fundió con el Río Negro  -a duras penas porque parece querer mantener su color a rajatabla-, y el gran barco estacionó en el puerto.

     Los oficiales nos dieron la recomendación de no bajar a tierra hasta que la mañana estuviera instalada para evitar los salteadores nocturnos.  Obedeciendo, la mayoría de los cuatrocientos pasajeros que veníamos durmiendo en nuestras hamacas, nos acurrucamos y seguimos con nuestro sueño tranquilo hasta que el sol se dejara ver.

     El nuevo día se iniciaba, dejábamos atrás los botos y los niños de las márgenes que se acercaban a nosotros jugando en sus canoas o nadando y que nos habían acompañado en distintos momentos durante toda la travesía. La geografía ahora cambiaba. Nada de verdes bosques y marrones del río salvaje, volvíamos al imperio de lo humano; a una ciudad emplazada en medio de la selva creada por una locura frenética de lucro y progreso.

     Bajamos del barco. Los pasajeros más cercanos con los que conviví durante ese tiempo y que nunca más volví a ver, que durmieron, comieron y se bañaron junto conmigo, me dieron un caluroso abrazo y cada uno continuó con su camino. Yo me había embarcado con gente que conocí por ahí, una chica y un chico suecos y otro chico medio argentino, medio mexicano.

      Atravesamos la ciudad con mis tres amigos en busca de algún lugar para quedarnos al alcance de nuestro bolsillo. Pasamos por la plaza, por el teatro de la ópera y por favelas de palafitos; finalmente caímos en el Hotel Luz.

     Era éste un hotelito para viajeros con escasos recursos y para algunos otros que, en vez de seguir viaje, habían decidido quedarse y alquilaban una habitación por mes; también había gente, que por negocios o algún otro motivo, tenía que pasar algunos días en la ciudad.

     Fue allí donde transcurrieron los hechos que quiero relatar.

     La mañana posterior a nuestra llegada, en la sala del desayuno, conocí a un señor de unos sesenta y pico que se había instalado en Manaos con la firme convicción de encontrar El Dorado.

   Según su relato, esta mítica ciudad se encontraba perdida en algún lugar del Amazonas y él, a fuerza de reunir documentos, mapas, historias y chimentos, estaba armando una comisión de viaje para encontrarla. A mí en particular no me interesaba en lo más mínimo El Dorado pero me había picado la curiosidad de la historia personal del tipo, cómo alguien llegaba a creer algo así y cómo ponía al servicio de eso el resto de su vida.

     Como dije, lo conocí en el salón del desayuno, no me acuerdo cómo fue que llegamos al tema de la búsqueda de la Ciudad de Oro pero sí que quedamos en un encuentro para esa misma noche en su habitación, en el cual me mostraría la información que había recaudado.

     Yo tenía 20 años y no era para nada una chica ingenua. Me imaginé que era el típico chamuyo de viejo lascivo y que una vez en su cuarto iba a tratar alguna maniobra de la que por ahí no pudiera zafar pero la curiosidad de ver los documentos pudo más que la prudencia, así que agarré la navajita que siempre me acompañaba, me la metí en el bolsillo y fui igual.

     Cuento aquí que la convicción del hombre era genuina. Cuando llegué vi la cama tapada de papeles de todo tipo y que se extendían hasta el piso, donde además, había una gran cantidad de libros que trataban del tema de la leyenda y de otros aventureros que ya se habían embarcado en la empresa de rescatar el tesoro olvidado y habían fracasado.

     El cuarto olía mal pero la ventana estaba abierta así que me acerqué a ella tratando de limpiar mis pulmones y fue entonces que algo del exterior, dos pisos abajo de donde me encontraba, me llamó más la atención que el hombre que parloteaba adentro.

     El terreno lindero al edificio del hotel era baldío y entre la oscuridad de la calurosa noche y los pastos altos se podía ver que una bandita de niños y niñas habían hecho pequeñas cabañitas improvisadas con cajas de cartón. Los seguí con la mirada y descubrí que un muro de ladrillo los circundaba y que debía tener algún hueco que usaban como entrada porque los veía entrar agachados y luego erguirse.

     No pasó mucho tiempo en el cual mi atención estuvo dividida entre la historia del hombre, que si mal no recuerdo se llamaba Sebastián  y que según contó, era argentino, periodista y un día salió a cubrir una nota en Paraguay donde por algún motivo hubo un enfrentamiento con los militares y a él lo habían dado por muerto; con lo cual nunca volvió al país y abandonó sin más a su mujer y sus hijos. Si ésto era verdad o no, no tengo idea, pero fue lo que dijo. A partir de ahí se había dedicado a viajar por Brasil, lugar donde huyó después de lo ocurrido, hasta que llegó al Amazonas. Se instaló en Manaos y compró un barco que usaba para pasear turistas y juntar dinero para la expedición que vivía planeando.

     Mientras escuchaba atentamente, seguía mirando por la ventana.

    Las edades de los niños de abajo, a juzgar por su tamaño, iban entre los cuatro o cinco y no más de diez años.

     Se sentaron en una pequeña ronda, sacaron comida y bebida.  En eso estaban,  dedicados a saciar su apetito entre algunas charlas y risas cuando de pronto y sin previo aviso, irrumpió la policía. Habían llegado en un patrullero sin hacer sonar la sirena y estacionaron del otro lado del muro en completo silencio, tanto así, que yo que miraba desde arriba, no me había dado cuenta del movimiento hasta que vi que el primero que entró agachado, se paró y agarró de forma bestial a uno de los chicos. Después fueron entrando de a uno los otros tres que estaban en el auto.

     No sé bien cuántos eran los nenes pero sé que la paliza que vi fue terrible. Los agarraban de los pelos mientras trataban de correr y los golpeaban de forma atroz, sin reservas, sin culpa, sin miedo ni cuidado. Fue un instante. Dejé de escuchar lo que Sebastián contaba y traté de bajar a ver si podía hacer algo pero entre que mi cerebro decodificó lo que estaba pasando y reaccioné, ya era tarde, se los habían llevado. Duró una nada de tiempo, llegaron, los cagaron a golpes y se los llevaron. Punto. La eficaz eficacia del mal.

     Mientras sucedía llamé su atención para que se acerque a la ventana y viera, pero siguió en su tema inmutable y lo único que dijo fue: Sí, sí, así son las cosas por acá.

     No lo quise escuchar más. Me inventé una excusa y salí del cuarto.  No tenía intenciones de volverlo a ver ni de acompañarlo en su demencial iniciativa. Una sensación horrible me invadió, llanto y miedo de no saber qué fue de esos chicos y una serie de imágenes atroces se conjugaron en mi cabeza imaginando sus futuros e inmediatos destinos.

     Al otro día fui a ver el terreno. Tenía un hueco en la pared como había previsto. Me asomé y vi envoltorios de galletitas,  algunas botellas tiradas y las cajas de cartón. Nada más.

     No había más testigos que yo de lo que había pasado la noche anterior y mi ineptitud de no saber qué hacer con ese testimonio. Lo escribí en el diario de viaje que llevaba, pasaron unos días más y me fui al norte, rumbo a Boa Vista.

     No publique un artículo sobre la violencia policial en el Estado de Amazonas,  no me animé a ir a la comisaria a pedir explicaciones o buscar más información, intuía que nadie me diría nada.

    Esa historia quedó ahí hasta hoy, sin ser contada.

 

Este relato forma parte del libro De Fauces al Subsuelo

 

 

Autora: Marina Klein

 

Soy autora de los libros De Fauces al Subsuelo, Danzando entre la Nada y la Furia, y las Plaquettes "La vida secreta de quien come en la cocina", "SEAMOS Libres que lo demás no importa nada" y "Georgina Orellano Puta Feminista", editados por Ediciones Frenéticos Danzantes. También dirijo esta revista y la editorial recién mencionada. 

Nací en Buenos Aires en el 74, viví en esta ciudad hasta más o menos los 20 años y desde ahí hasta el 2012 anduve por el mundo viajando y quedándome largos períodos  en distintos lugares de América Latina. En ese tiempo realicé un tour por distintos oficios, escribí para varios medios crónicas de viaje, limpié casas, hice gorritos de hilo y hasta llegué a tener una pequeña fábrica de joyería artesanal. Desde que volví, además de colaborar con varias publicaciones de habla hispana, hacer libros y revistas, coordino algunos selectos talleres de escritura. 

 

Los libros De Fauces al Subsuelo Danzando entre la Nada y la Furia pueden descargarse acá, en nuestra biblioteca

 

Facebook: Marina Klein

 

 

 

 

Foto de Sebastian Salgado

 

 

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Revista Extrañas Noches –literatura visceral- 

ISSN: 2524-9266