Púrpura

01/10/2017

Me tomaron las manos. Intenté despegarme resistiendo de una manera hostil y aguerrida. Me clavaron a la cama...Me inyectaron un tranquilizante que desconocía su origen. Alrededor luces, sonidos, estrépitos. Voces imperceptibles a lo lejos, aullidos, suspiros y sobretodo quejidos. Serían otros pacientes como yo, repletos de temor e incertidumbre. Nadie supo ni quiso decirme nada. Dos enfermeros fornidos, robustos, adustos, categóricos. Me sujetaron y clavaron su mirada colmada de autoridad sobre mis ojos que a esa altura estaban repletos de lágrimas....Tuve mucho miedo. Sin embargo lo que me inyectaron  logró sedarme...

 

En ese entonces serían aproximadamente las ocho de la mañana. Me practicaron una transfusión dado que había perdido demasiada sangre. Las luces invasivas, perpetuas, circulares que se clavaban por todo mi cuerpo. Relampagueaban mis párpados, hasta hacerlos temblar. Estaba solo. En mi somnolencia no podía distinguir las figuras, ni siluetas que transitaban a mi alrededor. Gente a mi alrededor que murmuraba sin dar indicios claros de mi situación, ni de mi existencia.

 

Ella esperaba en el pasillo, toda la noche estuvo allí... Desconociendo mi monstruosidad.

Clavaron mis muñecas contra los laterales de mi cama, rígida y fría, una vez más me inyectaron de forma brutal. Luego tomaron una muestra más de mi sangre. Nadie me hablaba, ni me miraba. No era nadie en aquel lugar. Pasaban a mi lado siluetas blancas, verdes, negras, violetas, cadáveres….Fantasmas tal vez, verdugos más exactamente. Nadie informaba nada. Mi familia no debía enterarse. Ya mi vida era demasiada calamidad para otro sobresalto... Luego cansados de mi ansiedad me vendaron los ojos, posteriormente a un puñetazo en la boca para que dejara de quejarme. Me sentaron en una silla de ruedas. De allí me trasladaron por un túnel oscuro donde no transitaba gente y terminé en una sala mucho más fría y tétrica. Allí me instalaron en una larga cápsula, ante lo cual me resistí ya que no entendía y me provocaba mucho temor. Volvieron a golpearme. “Es por tu bien, hijo de puta” me decían. Ya no pude resistirme. Tuve que ceder. Allí estuve maniatado, vendado y sedado. En la cápsula aquella permanecí un rato largo. Volví a orinarme.

Luego de un rato salí de allí mucho más trastornado, meado y repleto de sangre en mis encías. No soportaba el dolor. ¿QUÉ ERA TODO AQUELLO?

 

Cuando salí de la cápsula una amable señora, comenzó a insultarme por mis hedores nauseabundos y mis lágrimas.  – No sea maricón! deje de llorar.

 

-Drogadicto de mierda ¡!!

 

Volví a la habitación. Intenté recordar imágenes, nombres, lugares. Todo era en vano, había perdido la conciencia al menos por el momento.

Alguien pasó a mi lado, no pude divisarlo con exactitud y me dijo al oído: “estás en un campo de refugiados, no saldrás más de acá”. Fue difícil entender aquella afirmación, pero para aquel entonces ya nada me sorprendía. Mi conciencia y mi percepción estaban en tinieblas, totalmente huracanadas por esa vorágine. Preferí creer que aquello era un sueño o tal vez estuviera muerto. Daba igual. Sin embargo el dolor no cesaba, ni la sangre dejaba de fluir de mi boca.

 

Escupía sangre a mi alrededor, coágulos asquerosos. Intenté ir al baño y comencé a orinar borbotones de sangre. Mucha sangre. Dibujé objetos en las paredes del baño con mi sangre, flores, banderas, estrellas, su nombre. Acto seguido vinieron dos amables señores muy robustos y una vez más comenzaron a apelar al orden y las buenas costumbres, es decir me cagaron a trompadas.

 

En la cama otra vez, ahora excluido de los demás pacientes. El olor de mi sangre era muy intenso, mis pantalones orinados, mis dedos con coágulos secos que había quitado de mi boca. Los médicos pasaban lejos de mí. Ni un momento se quitaban el barbijo, ni siquiera para mirarme de lejos. Les resultaba asqueroso, repugnante.

 

Luego de muchas horas la dejaron pasar. Por fin podía verla. Sus ojos dulces, su mirada tierna. Era lo único que podría salvarme en ese infierno.   Ella comenzó a hacer preguntas a esos tipitos con licencia para matar, para descurar. Nadie le decía nada, la miraban sin comprender cómo una mujer tan correcta podía estar tan cerca de un monstruo tan despreciable, nauseabundo, asqueroso. Repleto de sangre en su boca, sus pantalones meados de sangre seca, disecada... Era incomprensible cómo esa mujer podía estar cerca suyo, tal vez la lástima, la piedad. Ella estaba temerosa, impactada. Finalmente un pseudo médico se acercó y le ofreció un esbozo de diagnóstico con la intención quizás de obtener su teléfono o por pena de verla tan compungida. El monstruo, yo, seguía dormido y desparramado en la cama.

 

El diagnóstico tentativo era “plaquetopenia “. Sonaba más bien a una rutina del gran humorista ya fallecido Fernando Peña. Nada concreto, basura, palabrerío falaz...

Las causas; múltiples. Desde stress, consumo excesivo de carbamacepina, ingesta desmedida de hamburguesas callejeras, lecturas sonámbulas en los techos de casas vecinas, orgasmos epilépticos irresueltos, etc. Nada concreto, final abierto.

 

Nadie más podía acercarse al monstruo horrendo sangrante. Ella salió de la habitación, tal vez con algunas certezas y muchas confusiones. Debía descansar...

 

Maniatado y en silencio una vez más, se acercó una médica con cara de caniche y lentes muy delgados y me dijo; ¡usted tiene Púrpura señor! nadie se lo va a contar ni a confirmar pero ése es su cuadro. Ahora tuve más miedo que antes. Permanecí temblando de frío, esa noche no dejé de llorar. Las petequias eran arañas que invadían mi cuerpo. Los garantes del vigilar y castigar me observaban, no entendían mis lágrimas.

 

Sangre por todos lados, mis libros con sangre, mi ropa ensangrentada. Con mi sangre comencé a escribir poesías, a dibujar, a escribir canciones de amor.

 

Al otro día empezaron a visitarme mis familiares, ya no sangraba tanto. Los hematomas de los golpes recibidos ya no eran visibles. Parecía una persona. Ya reía, sonreía, almorzaba y hasta rezaba con algún pastor que se acercaba a darme fuerzas. Estaba en una sala con otros pacientes. Ya no era el monstruo repugnante y asqueroso del comienzo...

 

El pastor me explicó que el púrpura era una enfermedad de la sangre y todas esas afecciones sanguíneas eran propias de los pecadores, de los impíos, los blasfemos. Para curarme debía salvar mi alma. Demasiado tarde le dije.

 

Al día siguiente ya no escupía sangre, ni orinaba tampoco aquellos coágulos. Sin embargo no podía dormir tampoco en aquel lugar. Los reflectores permanecían encendidos todo el tiempo, gente que gritaba, aullidos, penetraciones tal vez.

 

Dos días después me dieron el alta, me sugirieron que tome las cosas con calma. Que simplemente había sido un stress, una plaquetopenia o pérdida de plaquetas de la sangre debido a vaya saber qué…. Tampoco era tan importante. Vaya cuídese, haga vida normal, tómese los corticoides, aliméntese bien, lea, descanse y olvide todo lo que vio. Recuerde que cuando uno está enfermo, semiinconsciente tiende a distorsionar las imágenes. Recuérdenos bien, no haga preguntas, rece por las noches y sea un buen ciudadano. No es fácil manejar la salud pública, es un apostolado.  Acto seguido los médicos se quitaron los barbijos, los guantes, la escafandra y vinieron a saludarme –  fue un honor cuidarlo profesor. Su función es muy destacada, no es fácil educar niños hoy en día...

 

Mi familia me llevó, por fin me iba de aquel horrendo lugar. Estaba ansioso por huir de allí. Debajo de mi cama aún quedaban gotas, borbotones color púrpura. Nadie los había notado. Eso quedaría allí durante mucho tiempo. Esperaba no regresar jamás a aquel campo de refugiados. Nadie habló de “púrpura”. Solo aquella señora, que no volví a ver, la única que me había insinuado aquella noche eso pero después nadie se atrevió a hablar de ese diagnóstico.

 

Por última vez fui al baño, aún seguían mis dibujos con sangre. Tal vez nadie los podía ver. El púrpura inundaba el aire. Sólo yo podía percibirlo, y algunos cadáveres que pululaban por allí. De alguna manera  me quedaba con ellos en aquel lugar. Era inevitable.

 

 

Autor: Juan Borges

 

Nacido en Bella Vista, provincia de Buenos Aires en el año 1972.

Residente en el distrito de Malvinas Argentinas, docente desde el año 2010. Antes de ello trabajó muchos años en fábrica.

En el año 2006 editó su primer libro de poesía "Nacimiento”. Ese mismo año comenzó a formar parte de la Feria del Libro Independiente nutriéndose de muchas experiencias y aprendizajes relacionados a la autogestión.

Participó en innumerables ciclos de lectura relacionado a los escritores autogestivos. En 2007 con otro grupo de artistas de la zona de San Martín forma el grupo “Humo Suburbano” y edita con ellos varios Fanzines para difundir su obra, presentándose en diversos ciclos de la zona norte y Capital Federal. Ese mismo año edita su segundo libro de poesía "Noche Roja” en forma artesanal.

En el año 2009 edita su tercer libro de poesía “El emperrado corazón”, aquí alejado de los circuitos literarios y más cerca de las vivencias sociales que lo nutrirían en su posterior narrativa.

Dictó talleres literarios en la zona con una mirada social y realista de la literatura, se adentró en las vivencias de los seres abandonados de la tierra.

En 2010 comenzó su trabajo como profesor dedicándose de lleno a su trabajo.

En 2015 edita su primer libro de relatos “Púrpura”, recibiendo buenas críticas y difundiéndolo en diversos ámbitos. Retomó la difusión y la escritura en forma autogestionada.

Actualmente prepara su próximo libro de relatos “El barro del suburbio” en un estilo realista suburbano.

 

Facebook: Purpura

                  El barro del suburbio

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Revista Extrañas Noches –literatura visceral- 

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