Microcentro

01/07/2017

Se toca la cara y la siente áspera. No se afeitó. Un punto menos, piensa. No sabe por qué piensa en un sistema de puntos. Las cigarras chillan. Camina. Camina rápido. La gente le pasa por los costados. Por la derecha y por la izquierda. Por debajo de sus piernas, si pudiesen. Un tipo de traje y zapatos habla por teléfono. Grita. Es demasiado temprano, piensa. Demasiado temprano para estar enojado. Dobla una esquina donde hay un café y gente vieja. En todas las esquinas hay un café. En todos los cafés hay gente vieja. Hace dos cuadras. Tres cuadras. Desacelera el paso. Se toca las axilas. Está transpirando. Lleva camisa blanca. Que conveniente, piensa. Se pregunta por qué pensó en la palabra conveniente. Se pregunta si no debería usarla más tarde. Sí, dice en voz alta, pero no tan alta. Debería usarla más tarde. Se mira las zapatillas. Se pregunta si están bien. Si no hubiese sido mejor usar zapatos. Cómo el tipo enojado que hablaba por teléfono. Mira el nombre de la calle. No sabe en dónde se encuentra. Todos le parecen hostiles. Las cigarras gritan. Se pregunta en dónde están si todo es asfalto. Quizás están en su cabeza, piensa. Saca el celular. Mira la hora. Un cordón de su zapatilla está más largo que el otro. Intenta no pensar en eso pero su toc no se lo permite. Frena el paso. Una señora lo choca de atrás. Que lo disculpe, le pide él. A la señora no le importa. Se desata los cordones. Los vuelve a atar con firmeza. No puede frenar el paso a cada rato para arreglarlos. No puede seguir chocando señoras. Se desabotona la camisa. Está transpirando más que antes. Si no mueve mucho los brazos quizás no se note, piensa. Semáforo en verde. Repasa en su cabeza lo que va a decir. ¿Su mayor virtud? Cruza la calle. ¿Su peor debilidad? Un auto le toca bocina. Enumerar virtudes es egocéntrico. Habla mal de uno. Quién se cree él que es, piensa. Andar por ahí diciendo lo que hace bien. Así como si nada. Llega a la vereda. Mira el cartel con la numeración. Mira la dirección que anotó. No coincide. Vuelve por donde vino y piensa en sus debilidades. Enumerar debilidades es humilde. Pero demasiado humilde. Si uno conoce sus puntos débiles, debería mejorarlos. Habla mal de uno. Quién se cree él que es, piensa. Andar por ahí diciendo lo que hace mal. Así como si nada. Da igual si su mayor virtud es pisar sólo las líneas blancas en un paso de peatones. Da igual si su mayor debilidad es detenerse por un cordón de zapatilla. Mira su reflejo en una vidriera. Da igual lo que sabe o no hacer. No es importante, no va al caso. Atender un teléfono. Hablar. Cortar. Eso sí es importante. Se abotona la camisa. Se pregunta si en verdad sabe hacer todo eso. Mira su celular. Está llegando tarde. Piensa en qué animal le gustaría ser. Dobla la última esquina. Un delfín. Apura el paso. Su nombre. Su edad. Sus estudios. Su nombre. Su edad. Sus estudios. No puede olvidarse. No puede titubear. El que se olvida de su propio nombre pierde, piensa. No sabe bien qué, pero pierde. Las cigarras ya no se escuchan. Se detiene en un edificio. Le parece que es ahí, aunque no lo sabe. Mira la dirección que anotó. Dos chicas y un chico salen del edificio. Una de ellas fuma. Sí, es ahí. Los chicos hablan. No sabe bien de qué. No los conoce. Uno tiene la mano manchada de frituras. Está un poco encorvado. No siempre estuvo encorvado, piensa. Una de las chicas habla fuerte. Demasiado fuerte. Le parece que así habla todo el tiempo. Como el señor enojado. No sabe por qué piensa lo que piensa. Pero piensa que jamás podría ser amigo de esas personas. Se mira las zapatillas con los cordones atados. Mira el edificio. Se mira la camisa abotonada y transpirada. Mira el edificio. Se mira el pelo. Mira a los chicos. Las cigarras chillan. Da media vuelta. Mira el edificio alejarse.

 

 

Autora: Camila Alonso

 

 

Nazco el día más aburrido del año y le corto el desayuno a mi papá. Como soy del ’97 todos en el colegio siempre son más grandes que yo. A los diez años empiezo natación. Lo dejo. Empiezo básquet. Lo dejo. A los once me creo capaz de escribir novelas de ficción románticas y cuentos de terror. A los doce me doy cuenta de que no puedo. Empiezo gimnasia artística. Lo dejo. Empiezo teatro. Lo dejo. A los catorce me ofrecen ir a un taller de literatura, y en la segunda clase me doy cuenta de que no quiero dejar de ir nunca más. Pasa un año o dos hasta que encuentro mi estilo y me inclino a escribir textos cortos haciendo críticas sociales. También me gusta matar a mis personajes. Termino el secundario y empiezo la facultad. Decido estudiar abogacía porque creo que el mundo es demasiado injusto cómo para no hacer nada, pero en realidad es porque vi una serie sobre abogados que me gustó mucho. A los dieciocho participo con un cuento sobre un suicida en un concurso. No gano, pero igual mi familia me lleva a comer a Mc Donald’s. Sigo escribiendo. Tengo veinte y no tengo ni idea de lo que estoy haciendo, pero sé que quiero seguir haciéndolo.

 

 

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Revista Extrañas Noches –literatura visceral- 

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