La música del molino

    El viento precedió a la lluvia. Las damas de noche, otra lluvia que me trajo el viento. Y la alfombra de olor en el patio: a dama mojada, a pasto y a azahares; la tormenta eléctrica, los rayos, los truenos; el viento sin tanta pretensión, y a mí. Yo, entre todas las damas, en el piso, siempre en el piso, tomando la energía con el aguacero. Fueron treinta y nueve minutos de felicidad; aunque la cajita de música, sin música para el molino. Empapada, dejé que el agua chorreara y lloviera adentro de la casa: sobre los acrílicos, sobre los montículos de literatura inédita y sobre la cajita musical, con un Cupido que, en la altura de la estancia, gira roto  —yo sé que está pegado—; la flecha, en el piso, apunta a mi corazón; la mano se me acalambra de tanto rodar la noria que activa el molino, a Cupido y la música de la cajita que, al final, fue Para Elisa, es y será Para Elisa: fue Para Elisa y me enamoró a mí. 

            El molino musical me lo regaló mi primer novio a los diecisiete. Cuando me dejó, lloré en el piso de su departamento, pataleé en el patio de la casa de mis padres, y le regalé el molino a mamá: no quería ni un solo objeto de Hilario y a Elisa, claro estaba, nunca la iba a encontrar. Hilario me dejó con un molino de viento sin viento y un Cupido cuya flecha se dirigía hacia mi corazón. Rota como Cupido me dejó el hombre con el que iba a casarme y tener muchos hijos. Rota como Cupido me dejó, con un agujero que tapo con una almohada de plumas con las que he escrito y desde el que pueden verse todos los vientos que corrieron, corren y correrán en todas las latitudes, al mismo tiempo, con soplido de brisa, con arrastre de polvo, con fuerza de huracán. Estaba segura de que iba a morir. Yo o Hilario íbamos a morir al lado del otro, pero al amor de él le faltó viento y el amor, desde entonces, no existe.

Cuando me fui a vivir sola, le saqué el molino a mi mamá, lo trasladé y lo tiré a la basura. Mamá visitó mi basura, pegó mejor a Cupido y se lo llevó. Tras el duelo de diez años, lo descubrí arriba de la televisión de la pieza de mamá. Yo me lo agarré y ella me gritó que era de ella, que yo lo había tirado, y yo le dije que no. Que era para Elisa, y me lo llevé igual. Resistió tres mudanzas y ahora, después de la lluvia, lo bajé del techo de mi televisor viejo, me senté en el piso y escuché la música. Me di cuenta, por la miríada de recuerdos que me traía el molino, que nunca había sido, con justicia, para Elisa, aunque así parezca y sea. Me acordé de ese día en que había mucho viento y yo me senté en el umbral de la puerta de mis papis y un señor mayor se detuvo frente a mí porque le picaba; de los ojos que me enseñó a dibujar Gabriel; del cura que exorcizó la casa de mi abuela; del día de campo en que pasó el Quijote y le pegó al caballo a la altura de un molino; del día en que un vendedor ambulante pasó por los adoquines de mi cuadra arriba de un elefante y vendía aire en globos y yo compré, pero no lo pude agarrar porque el elefante era muy alto. Siempre en el piso o como en el piso, tan inferior, tan pequeña.

Al hombre le picaba un montón. Detuvo su bicicleta frente al umbral de la entrada al pasillo que daba a la puerta de mi tía Romilda, de mi abuela Magdalena y de mi papá Facundo y de mi mamá Celeste. Me gustaba sentarme en el umbral a la calle cuando había viento y el barrio dormía la siesta. Al hombre, pobre, le debía picar un montón: se tuvo que bajar el pantalón y el calzoncillo y, mirándome, se empezó a rascar. Y yo miraba para la esquina y él se seguía rascando. ¡Menos mal que empezó mucho viento y mucha lluvia y al hombre se le pasó el salpullido con el agua y se fue pedaleando rápido justo cuando papá vino a buscarme para que entrara! El viento siempre salva. Y si después llueve mucho, mejor.

La cajita, no por nada, también me trajo a Gabriel, el dueño de la florería de la vuelta, que me enseñó a dibujar ojos muy reales con lápices negros. Tan reales eran que, el día que me regaló la cajita, los vi en la mirada de Hilario.

Lo más tenebroso que volvió con el viento, tan tenebroso como la cara del Quijote, fue ese día en que entré a la casa de mi abuela y toda la familia estaba parada alrededor de la mesa y había un viento imposible ahí dentro porque estaba todo cerrado y la abuela no tenía ventilador. El cura agitaba como una lámpara y salía un humo espantoso con olor a gladiolos que me daba arcadas como las paletas del pediatra que me revisaba la garganta. Yo ahí no me quedé. Llovía y me fui al patio de la abuela, me senté en el piso para rescatar del ahogo a una vaquita de San Antonio, para llevársela a San Antonio que era el dueño de las vaquitas.

Y la cajita de ahora vino además con esa tarde en una granjita a la que fuimos con la señorita de excursión. Fue increíble. Había un molino gigante, monstruoso y, cuando la chica nos explicaba por qué los chanchos estaban todos sucios, pasó el Quijote, vio el molino y le empezó a pegar a su caballo, tan fuerte que a los segundos solo veía la cola del caballo zarandearse por donde andaba el sol. Me explicaron después que el Quijote hacía esas cosas como cuando a la noche a nosotros nos da miedo una sombra en la pared y nos tapamos hasta los ojos con las frazadas.

Sin embargo, ninguno de estos días que me trajo la cajita fue el más triste de todos. El más triste, el día en que más triste, chiquita y seca me sentí fue cuando un señor me vendió aire en un globo rosa y yo le di todas mis moneditas y él se agachó un poco desde arriba del elefante, pero yo no alcanzaba la punta del hilo. También papá salió a rescatarme, pero parece que la cola del elefante había doblado varias esquinas porque papá nunca encontró a ese estafador, vendedor de aire que no entregaba.

Por eso me gusta tanto el viento. La lluvia. La cajita musical. Las aspas giran y suenan mis recuerdos grandes y me siento inmensa, tirada en el piso, después de la lluvia. Cuando giran las aspas toda el agua se viene para mi molino. Y recuerdo. Recuerdo que una vez, por amar tanto, como nunca más, Hilario me recompensó con la música del molino y la memoria entregándome algo que no era para mí y por eso Cupido ahora tira hacia atrás la fecha en el arco y está por rajarme otra vez el corazón. Pero no. Afuera volvió el viento. Y ya viene la lluvia, ya están los rayos y los truenos. Suelto la noria de la cajita. Cupido se detiene. Y me voy a la lluvia justo en el momento en que empezaba a secarme otra vez.

 

Autora: Gisela Vanesa Mancuso

 

Técnica Superior en redacción - Escritora - Coordinadora de talleres literarios

 

Web: http://giselamancuso.wixsite.com/gisela-mancuso

  

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Revista Extrañas Noches –literatura visceral- 

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