El último encuentro

01/11/2016

Está sentado uno frente al otro. Se miran. Tienen demasiadas cosas para decirse, por eso callan, por eso Julián se levanta y estira las piernas, por eso Alejandro prende un cigarrillo y se asoma por la ventana. Por eso los vasos se vacían antes que el hielo pueda trabajar.
—¿vendrá? — pregunta sin dejar de mirar.
—eso fue lo que dijo— responde el otro, pero no está convencido de sus palabras.
—no sería la primera vez.
—¿querés llamarla?
—no, esperemos un poco más. 
Pero los dos mueren por llamar, no lo hacen por el terror al otro lado, a que nadie responda, a que alguien atienda y no tenga idea de lo que le están hablando, a que una voz diabólica, de payaso diabólico, se ría de ellos. Pero están delirando. Se les puede ver delirando, se les puede ver transpirando inseguridad, transpirando, transpirando, algo muy parecido, al miedo.
Alejandro mira al cielo, le parece la boca de un lobo a punto de atacar. Cierra la ventana. Las manos le sudan a ambos, sienten las bocas secas, empinan los vasos, el flaco llena el espacio que los separa. Julián se vuelve a sentar, va hablar, busca la frase correcta:
—Me parece que va llover.
—¡No seas boludo!
Los celulares vibran en la mesa y en la habitación y en las paredes y en el piso y en sus cabezas, todo vibra, saben que es ella. Dejan de respirar, todo deja de respirar. A lo lejos creen sentir una puerta que se abre.
—está entrando. —dice uno, no importa quién.

 

Todavía no era media noche cuando su dulce olor se hizo presente. Había pasado tiempo. Demasiado. Y ahí están los tres, abrazados, bebiendo, aflojando, afuera no importa. Lo único importante para ellos es esta habitación, acá está el pasado volviendo, acá su único mundo. De la puerta para afuera no existe nada, un precipicio o un monstruo agazapado esperando para devorarles las entrañas toda la eternidad. Las primeras horas son de pura rutina, se alegran de verse bien, se observan las nuevas arrugas, las pocas canas que van apareciendo, recuerdan las historias felices juntos, se ríen, chocan los vasos y las copas, se vacían y se vuelven a llenar, fuman un poco, cambian la música, hablan del trabajo, de la familia, incluso de los amores, y así podían seguir hasta que el amanecer se los trague. Pero no sería de esa manera. Ya lo sabían.
Un ritmito caliente suena, ya distendidos, ya alegres por el reencuentro y el alcohol que va queriendo, Julián y Agustina se ponen a bailar, Alejandro los observa y se levanta medio a los tumbos a buscar otro trago. Pero se queda a mitad de camino. Y se vuelve sobre ellos y dispara:
—Nunca pude perdonarlos.
La frase parte con un hacha la tregua. Tragan saliva, dejan de bailar, lo miran, él tiembla indefenso, los ojos vidriosos dicen que es verdad, y entonces recuerdan y entonces las risas y los festejos se tiran abajo por la ventana, al precipicio o al monstruo agazapado, entonces Agustina le agarra la mano a Julián y luego se la tiende a Alejandro, éste se acerca, despacio primero, desconfiado después, pero llega y se abrazan y lloran, y se arrodillan en el piso, los tres a merced de los latigazos.
—Carajo, cagamos todo, cagamos todas nuestras putas vidas.
—pensé que ya estaba olvidado, dijiste que estaba olvidado. ¡Pasaron veinte años! Perdón, perdón, perdón.
—y después te fuiste. —añade Julián.
Agustina lo mira antes de responder.
—¿Querías que me quede con vos? Cómo mierda iba a hacer eso…tenía que irme y vivir y ustedes también.
—nada de esto tiene sentido. Nada, que puta madre estamos haciendo.
El silencio, interrumpido por las respiraciones agitadas son los dueños de la escena.
Y luego Agustina se seca la cara con la mano. Y luego besa a Alejandro en la boca y éste le corresponde. Y luego besa a Julián con los labios humedecidos por Alejandro y también es correspondida. Y luego Julián separa sus labios de los de Agustina y posa una mano en el cuello de Alejandro y despacio se acercan y luego sus labios por fin se juntan. 
Ella se para y mira su reflejo en el espejo y ese reflejo esconde algo, luego pide que la desnuden y despacio los dos amigos la van desnudando, la abrazan, tal vez para confirmar que es verdad, que está sucediendo de verdad. Y luego se acuesta en el medio de la cama y espera a que también ellos pierdan las ropas y todavía queda mucha noche para amarse. Y así lo hacen. Primero Agustina con Julián, luego Agustina con Alejandro, luego Julián con Alejandro y luego los tres juntos hasta que el amanecer se los trague. Pero el amanecer no se los traga, todo transcurre como si no hubiera amanecer, a veces lloran, a veces miran por la ventana para saber que todavía hay tiempo y a veces se miran los pies, no sabemos por qué. Agustina se corrió cinco veces, Julián dos y Alejandro tres, la última de ambos encima del cuerpo de ella. Luego se abrazaron y durmieron.

 

Eran las seis de la mañana cuando Alejandro se despertó inmóvil, pies y manos atados y ve a Julián a su izquierda de la misma manera. La imagen lo hizo volver con violencia y no sabía si era una pesadilla o qué. Ella estaba encima de él blandiendo una cuchilla al aire. Éste estaba dormido o noqueado, entonces Alejandro grita:
—¿Qué haces? No, no, no, carajo, qué haces, te volviste loca, no, no, no.
—¿No entendés? Es la única forma. Para que siempre estemos juntos los tres. 
Acto seguido, la cuchilla se desliza suave y firme a la vez sobre el cuello de Julián y lo abre sin inconvenientes. Agustina chupa la sangre negra esparcida por la hoja plateada y se monta en Alejandro, éste lucha, y grita y le dice, maldita puta, hija de mil puta, pero Agustina, primero al sentirlo duro, le hace el amor una vez más, se corre y lo hace correr a él en su boca, luego dice: te amo, para siempre te amo, el amanecer no nos tragará y su cuchilla deja para la eternidad los ojos abiertos de terror y excitación de él.

 

Autor: Cristian Juliá 

 

Autor de Vivir en rebelión y El lado oscuro de la luna, ambos editados por Rey Larva artesanía editorial.

Nací en San Pedro Buenos Aires el 16 de marzo de 1989, viví en Capital y en Baradero provincia de Buenos Aires, ciudad en la que resido en la actualidad.

Encuentros furtivos: Relato inédito.

Punto de encuentro de mis libros:

La libre librería. Bolívar 646, Capital, San Telmo.

Puesto de diarios y revistas del uruguayo. Corrientes y Montevideo. Capital.

Boulevard libros. San Pedro

Oliverio libros. Medrano 490, Baradero.

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Revista Extrañas Noches –literatura visceral- 

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