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01/10/2016

Que tiren todo por la ventana, les dice. Que no le importa deshacerse del sillón negro de dos cuerpos de tela haig. Ni de la mesa ratona de vidrio y madera laqueada. O de la lámpara de mesa tiffany flor. Que necesita hacer espacio. Que ahora lo único que le importa es el nuevo LED de doscientas tres pulgadas. Un lujo, les dice a los instaladores. Que tengan cuidado, que no vaya a ser que se lo rayen.

Una grúa introduce el televisor por la ventana  del departamento, en el doceavo piso. El hombre se relame los dientes, se frota las manos. Que quiere que le instalen todos los paquetes posibles, dice. De películas, de porno, de cocina, de deportes, de música. Que el dinero no es problema para él. Se mira el reloj caro y dorado que lleva en la muñeca izquierda. Los instaladores desembalan cajas. Conectan cables de colores. Usan destornilladores. Arman un aparato negro. Es el decodificador, le explican. Lo configuran. Le cambian el idioma, la región y las preferencias. Subidos a una escalera, despegan el plástico protector de la pantalla. De la caja sacan un control remoto blanco y plano. Tiene sólo un botón en el medio, el de encendido y apagado. El resto de las opciones funciona a través de un comando de voz. Hable fuerte y claro, le recomiendan. Que sí, que sí, les contesta. Que mejor ya se vayan yendo, ¿no? Que seguro tienen muchos otros clientes. Los instaladores se miran arqueando las cejas. Uno de ellos revuelve en la caja y le extiende al hombre una tabla de madera con una hoja enganchada. Saca una lapicera del bolsillo del uniforme y se la extiende. Que no, que él tiene su propia pluma, dice. Se ausenta un momento y regresa con un estuche negro de cuero. Lo abre frente a ellos y saca una birome plateada con las iniciales H.C grabadas en la punta. Que tiene que firmar acá, aclarar acá y escribir el DNI acá, le dicen. Que no, que él no va a firmar algo sin leerlo, contesta. Los instaladores se vuelven a mirar apretando los dientes. Que sólo se trata de una factura, le explican. Que a él no le importa eso, responde. Se pone los anteojos para ver de cerca. Finge leer el documento. Asiente con la cabeza cada vez que termina una oración. Qué está todo perfecto, les dice. Firma con fuerza. Deja marcas en las hojas que siguen. Les entrega la tabla de madera. Que ya pueden irse, les dice. Que no necesita nada más. Los instaladores se van sin mirarlo. El hombre se sienta en el sillón negro. Acaricia el control remoto. Le gusta cómo queda en su mano. Aprieta el botón. La pantalla se enciende con un mensaje de buenos días. Sonríe. El televisor le pregunta que desea ver. Todavía no lo sabe. Canales nacionales, dice. Un menú desplegable aparece frente a él. Hay más de veinticinco opciones. Elige un programa sobre una competencia de baile. El presentador viste un traje azul y zapatos grandes y oscuros, bien lustrados. El estudio es enorme y la tribuna está llena de gente. Algunas personas llevan carteles y pancartas con los nombres de los participantes escritos entre corazones. Que van a bailar las últimas dos parejas de la noche, anuncia. La cámara enfoca a la primera. Una rubia liposuccionada vestida con una pollera verde y un top con lentejuelas. El pelo lo lleva suelto, los labios pintados de negro. El bailarín usa pantalones cortos y una camiseta azul. Tiene los ojos delineados y el pelo peinado hacia atrás con gel. Se toman de la mano. La segunda se compone de una chica morocha, bastante joven. Tiene los ojos tan claros que no necesita resaltarlos con maquillaje. El pelo le llega hasta la cintura. Usa un top celeste y una pollera gris con volados. El bailarín usa pantalones largos negros y lleva el torso desnudo. La morocha se ríe, se apretuja las tetas con los codos. El conductor no la mira a los ojos. Que se le está por terminar el programa, les avisa, que mejor se apuren. La primera pareja se acomoda en la pista de baile. Se apagan las luces. Empieza la música. La rubia liposuccionada va a destiempo. Apenas mueve el cuerpo. Su compañero le agarra los brazos y se los mueve. Enreda sus piernas con las de ella y la hace danzar como un títere. La chica sonríe y entrecierra mucho los ojos. Se mira los pies. Se acuerda de que también tiene que moverlos, la canción está llegando a su fin. El bailarín se la sube a los hombros, sus piernas caen a los costados. Intenta bajar haciendo un truco pero se tropieza. Disimula la caída. Termina la canción. El jurado aplaude, la tribuna también. Que tienen que ganar, dicen, que se lo merecen. Levantan sus carteles y gritan sus nombres. La pareja les agradece. El presentador los felicita y llama a la segunda pareja, la de la morocha. Le mira el culo mientras camina hacia la pista. Suena la música. Su compañero se le acerca meneando la cadera y moviendo los hombros. Ella se pasa una mano por la pollera y deja ver una tanga dorada. El hombre agradece la perfecta nitidez de su nuevo televisor. Aprieta con fuerza el control remoto. La morocha se le cuelga de un costado. Lo abraza con las piernas. Se mueve hacia adelante y hacia atrás. Giran. Después de tres vueltas, él la deja en el suelo. La agarra de las manos y la arrastra por toda la pista. Casi se le ve un pezón. Se da cuenta, se acomoda el top. Ella levanta la pierna en un ángulo imposible y la canción se termina. La tribuna aplaude. Que no tienen palabras, dice el jurado. Que ambas coreografías fueron hermosas, pero que la decisión la tiene el público. Que llamen, dice el presentador. O que manden mensajes con la palabra VOT1 o VOT2 al 25025. Que las líneas están abiertas. Enfocan de nuevo a los participantes. La morocha pide que la voten, que ganar es su sueño. Y que si no gana, está feliz de haber llegado hasta la final.

El hombre manda cinco mensajes al número en pantalla. Llama también. El programa se va al corte y él aprovecha para ir al baño. Vuelve a la sala. Arrima el sillón lo más posible al televisor. El conductor muestra un sobre. Que va a anunciar a los ganadores, dice. Se escucha un redoble de tambores. La cámara alterna entre la rubia liposuccionada y la morocha de la tanga dorada. Las dos hacen puchero. El presentador mete la mano en el sobre y saca el papel de a poco. La imagen se congela, se pixelea. El sonido se escucha con un intervalo de cinco segundos. Ahora siete. Ahora diez. La pantalla se vuelve azul. Conectando, dice en voz alta, conectando. El hombre aprieta el botón de encendido. Sigue siendo azul. Se levanta del sillón y grita. Lanza el control remoto contra el LED. El cristal se raja de a poco. Una grieta fina se va extendiendo y ensanchando. Se levanta. No puede creer lo que hizo. Golpea el televisor con las manos. Le sangran los nudillos pero no le importa. Da un golpe tras otro. Agarra el borde inferior del aparato con las dos manos y lo sacude. Tiene los dientes apretados y las pupilas pequeñísimas. El LED se desprende. Cae lentamente. El hombre apenas se da cuenta. No alcanza a reaccionar. Ciento cinco kilos caen sobre él. Lo aplastan. El problema de la conexión ya se arregló. En la pantalla quebrada sale la morocha de tanga dorada. Sostiene un trofeo de plástico en la mano. La tribuna grita su nombre, tiran papeles, alzan los carteles. Ella se ríe, salta, baila y revolea las tetas de acá para allá.

 

 

Autora: Camila Alonso

 

Nazco el día más aburrido del año (domingo) y le corto el desayuno a mi papá. Como soy del ’97 todos en el curso siempre son más grandes que yo. A los cinco años mi mamá me enseña a leer. Y a partir de ahí pido libros para mis cumpleaños. Empiezo natación. Lo dejo. Empiezo básquet. Lo dejo. Crezco y a los once me creo capaz de escribir novelas de ficción románticas y cuentos de terror. A los doce me doy cuenta de que no puedo. Empiezo gimnasia artística. Lo dejo. Empiezo teatro. Lo dejo. A los catorce me ofrecen ir a un taller de literatura  y en la segunda clase decido que no quiero dejar de ir nunca más. Pasa un año o dos hasta que encuentro mi estilo y me inclino a escribir cuentos o textos cortos haciendo críticas sociales. También me gusta matar a mis personajes. Termino el secundario y empiezo la facultad. A los 18 participo con un cuento sobre un suicida en un concurso. No gano pero igual mi familia me lleva a comer a Mc Donalds. Sigo escribiendo. Cumplo diecinueve y no tengo ni idea de lo que estoy haciendo, pero sé que quiero seguir haciéndolo.

 

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