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El manifiesto de la locura y el olvido


Otto Müller

Llegué a casa con algunas latas de cerveza encima luego de una dura mañana de trabajo en la redacción de la revista. Mi celular personal, que había dejado cargando sobre una repisa, no paraba de chirriar en intermitentes sonidos. Lo agarré y comencé a leer una sucesión de mensajes que me dejaron incrédulo. La condenada zorra de mis pesadillas me había vuelto a escribir después de dos años de ausencia y litros de cerveza y de borracheras en mi línea de tiempo diacrónica. Sabía de antemano que no estaba preparado para aquello y que de alguna manera me iba a joder el día, las semanas, los meses, los años y tal vez, la vida. Era evidente que estaba pasando por una especie de crisis y que necesitaba de la persona que más tiempo invirtió entendiendo su psicología: Sol no era una chica ordinaria, así que lejos de hacer una entrada de presentación por los años olvidados, se limitó a escribirme una cadena de mensajes de los más dispares en los que me contaba cosas de su vida del día a día como si nada hubiera ocurrido entre nosotros. Era una chiflada y ella lo sabía. Mierda, apuré una lata de cerveza y dejé el celular a un lado, en silencio. Entré al lavabo, y aunque era un gélido invierno me bañé con agua fría, mientras, en simultáneo, bebía. No estaba mal, aquella ducha hizo de mí un colador. El agua me perforaba, vaya que sí, pero para entonces mi cabeza ya era un cohete despegando. Tenía un mecanismo patológico de lo más curioso; la mayor parte del tiempo (y de la vida) era un sujeto frío y algo calculador. Siempre fui introvertido: aun cuando podía ser alguien sumamente excéntrico y amigable en sociedad por dentro no dejaba de ahogarme en una monstruosa introspección. Lo que quiero decir, es que soy por naturaleza, alguien mental. Estoy demasiado conectado con las catacumbas de mi cráneo y en general le esquivo a todo lo que tenga que ver con lo sentimental. No me gusta sentirme fuera de foco, necesito dominar el espíritu, y domando la mente es que lo consigo. Cuando eso falla todo se jode. Me vuelvo enfermo y primitivo y navego paisajes extremos de un minuto a otro mientras el pecho me explota y la cabeza se me dispara como un misil al infierno. En definitiva, me vuelvo un idiota, un demente. Era lo que comenzaba a ocurrirme.

Al rato de salir del baño, abrí la última cerveza que quedaba y me senté frente al ordenador. Intenté escribir algo, pero nada más se me venían a la superficie escenas terribles de mi pasado con Soledad. El hecho de que no pudiera evocar su esencia de una manera justa y animada, me preocupaba. Sabía que ella me había hecho daño, pero también sabía que me había dado cosas hondas. Me había dado una primavera que recordar, y eso, teniendo en cuenta que mi biografía siempre fue más bien un campo de batalla, merecía algún valor. Sin embargo, mis defensas insistían en mostrármela como un ser despiadado y egoísta que únicamente velaba por su propio bienestar. El ser parecía querer bifurcárseme; por un lado, estaba la parte que quería traer a mí las buenas cosas de Sol, y, por el otro, la facción que quería arrastrame a sus demonios y recordarme lo que sus fauces podían hacer conmigo. No podía resolver la cuestión, así que pegué un largo trago de cerveza y dejé el ordenador sin poder aclarar un carajo mi situación. Necesitaba despejarme, o en su contrapartida, detonarme hasta los cimientos. De lo contrario terminaría melancólico y esquizoide. Decidí esperar a que abriera el bar para aclarar el asunto.

Bajé a comprar unas cervezas al quiosco y en el camino un borracho andrajoso que estaba tirado en una esquina con una manta me pidió dinero. Seguí mi camino sin dirigirle la palabra. Compré tres botellas. A mi regreso, el viejo al verme, abrió los ojos como platos y aulló:

—¡EH, PUERCO CAPITALISTA, POR LO MENOS TENÉ LA DECENCIA DE CONVIDARME UN TRAGO!

Al oír esto frené el recorrido y regresé sobre mis pasos. Le planté cara y le dije que retirara lo dicho si no quería rifarse una paliza. Enseguida el viejo comenzó a retractarse:

—Eh, muchacho, no seas tan agresivo con un pobre viejo. Nada más quiero un trago.

Me senté a su lado en las escaleras del zaguán del edificio, le pasé una botella y él enseguida la destapó con los dientes; «¡Bloop!». El viejo metió un trago largo y digno.

—Eso va a matarte, viejo.

—Hay tantas cosas que te matan, muchacho, que la bebida, creéme, es el menor de los males.

—Puede que tengás razón, pero aun así te va a matar.

—Cuando tengás mi edad, muchacho, si es que una mujer no te mató antes, también el chupe te va a matar a vos.

Sonreí y le quité la cerveza de las manos. Bebí. Charlamos algo más a pesar del frío y de nosotros. Era un viejo agradable después de todo, que había pasado por demasiadas cosas como para no arriesgarse a mendigar un trago cuando tenía la oportunidad. Era astuto y como muchos, era esclavo del pasado. Al marcharme le dejé algunos pesos para que se comprara una buena petaca de vodka, porque como él mismo me dijo: «Aquello sirve para combatir el frío y los fantasmas de la mente».

Con la cerveza haciendo estragos en mi organismo, comencé a sentir como si una bestia emergiera del barro que me corroía por dentro y me recrudecí. Comencé a ver y a sentir el mundo en una forma estrafalaria y grotesca: Todos esos condenados edificios levantándose ante mis ojos, y los autos y sus bocinazos martillándome los sesos, y la gente desfilando como errante con aquellos malditos celulares en las manos, y los perros hurgando la basura en mitad de la tarde y los desamparados arrojados a la calle intentando exprimir la poca compasión ajena que quedaba no hacían más que engullirme los sentidos y obligarme a divagar como sonámbulo dentro de mí. Los aullidos mudos de la civilización parecían querer materializarse. Salir. Apuré el paso y paré sólo para beber un trago de cerveza a la vista de todos. Eso acalló las voces por un momento. El mundo enloquecía a mi alrededor y nadie parecía darse cuenta, y mientras el circo continuaba la función, yo seguía mi descenso hacia un infierno más personal.

Algunos infiernos vienen en forma de mujer, otros, en jaulas podridas con pasados podridos. Algunos descensos son progresivos y enfermos, y llegan de la mano de la bebida, la violencia o el sexo. Y están los otros, que parecieran no tener una explicación racional y que llevan al sujeto al paroxismo de la locura como si pese a todo fuera arrastrado por un destino maldito. No creo en las maldiciones ni en los destinos, únicamente conozco demasiado a los hombres como para saber que dentro de cada uno hay una llama que arde y crece y se desarrolla y que progresivamente lo quema todo. Yo tenía mi método para retrasar la combustión; beber como un Cosaco una cerveza tras otra hasta reventar. Luego, algo más ligero de equipaje, comenzaba el circuito de ascenso y descenso de nuevo. Mi cabeza era como una cuarenta y cuatro cargada que a veces al disparar se encasquillaba. Nada parecía funcionar del todo bien en mí. Lo único que sabía con certeza para entonces era que cuando la bala salía siempre daba en el blanco. Aquel día, sin embargo, pese a mí, la realidad se representó con un crudo y agridulce humor.

En casa, enturbiado pero ya con algo más de disposición anímica, me puse a escribir. La cosa fue bastante mejor. Estuve abstraído un buen par de horas machacando el teclado. Escribir, es con diferencia la vocación humana que más satisfacciones me ha traído. Si no fuera por ello y por la lectura, hace tiempo que habría saltado del balcón. Escribir ahuyentaba mis fantasmas. Me hacía mejor de lo que era. Mejor que cualquier cosa que podría haber sido de no haber tenido una fijación literaria. El tiempo pasó muy rápido, como siempre sucede cuando te interiorizas en una actividad que te llena. Escribir me colmaba. Corregía mis defectos y suprimía todos los agujeros que me atravesaban —al menos lo hacía por algún tiempo—. Para cuando dejé la ermita a reventar de libros y mugre alimenticia que era el escritorio, estaba sobrio.

Bajé las escaleras, salí del edificio y enfilé en dirección al bar con la esperanza de encontrar una respuesta a mi situación, o en su contrapartida, a procurar olvidarme de las preguntas por completo. La noche era dura y descarnada y le arrancaba la careta a los hombres. Esa noche había más gente de lo habitual en las calles, y sobre todo, por alguna razón, marchaban muchas parejas. Varones y mujeres se tomaban de las manos y juntaban sus labios y sus sexos en todo los rincones del mundo. Algunos se revolcaban en pomposos lechos, otros en desiertos arenosos del Líbano bajo un sol que cocía la piel, otros en chozas en el corazón de la selva peruana y otros simplemente cogían en construcciones ruinosas de ciudades del primer mundo. Detrás de todo eso, en las profundidades de un silencio negro, estaba lo otro, eso de lo que la gente no solía hablar con frecuencia salvo en casos excepcionales, cuando monstruos excepcionales surgían de repente en pantallas de televisión y se le recordaba, a ésos, de su existencia; violaciones a niños en estados emergentes, mutilación genital en masa en colonias de Yemen, hombres de familia irrumpiendo en mitad de la noche en departamentos vecinos de estudiantes para someterlos y asesinarlos en Norteamérica, Yihadistas detonando sus chalecos y volándolo todo en Francia, torturas en cárceles militares clandestinas en Cuba, lavado de dinero y corrupción de funcionarios populistas en Argentina, locura civil y censura en Venezuela, muerte por inanición en Corea del Norte, familias enteras alimentándose de la basura en India y necrófilos sedientos con cadáveres de seres amados en todas las madrigueras de servicios fúnebres y morgues del planeta tierra podían ser algunos de los largos etcéteras. En la periferia de todo aquello, dentro del campo de lo que no le interesaba a nadie, estábamos los otros: los mezquinos viviendo una pálida existencia. Con nuestras mezquinas preocupaciones y nuestras mezquinas esperanzas. Pujando por sobresalir en un hormiguero a reventar de ineptos semejantes a nosotros. Haciendo exactamente lo que se esperaría que hiciésemos y de vez en cuando rompiendo alguna regla idiota que el sistema esperaría que rompiésemos. Rezando por enamorarnos y enloquecer. Tan automatizados que ni siquiera el vaticinio de nuestra propia muerte sería capaz de conmovernos. Así estaba el globo, envilecido por perversas criaturas sin culpa que todavía creían en la inocencia.

Más tarde, en el bar, me encontraba bebiendo una cerveza del pico, dándole cuerda a la cabeza y enloqueciendo otro poco, cuando tres lindas criaturas tomaron asiento en la mesa de al lado. Una especialmente tuvo mi atención. Era una curiosa chica que llevaba un sombrero flapper. El cabello oscuro como el ébano le caía pesado sobre parte del rostro, que poseía la extraordinaria cualidad de tener un reguero de pecas sobre los pómulos y la nariz. No podía sacar mis ojos de aquella carita magníficamente pálida que engullía unos ojos avellanas muy vivos. Por entonces yo era un sujeto noctámbulo y solitario que disfrutaba de la cerveza y de la compañía ocasional de extraños. Había ido a parar al bar después de escribir un ensayo sobre Chandler y su alcoholismo. Cargaba conmigo un libro que esperaba dilapidar esa misma noche por si el asunto de mi exchica no me llevaba a ningún lado. Es curioso como pueden funcionar algunos lectores, yo era capaz de enfocarme y abstraerme en una lectura en cualquier situación y lugar. Esa noche lo intenté, pero cada vez que lograba interesarme en la novela, sentía una mirada cortar el aire y caer sobre mí como un machete. No podía concentrarme en la lectura, todo lo que podía hacer era beber y fijarle los ojos a la chica del sombrero. El bar olía a cigarrillo y a gloria. Todos estaban muy distendidos. Bebí un buen trago y volví a mirar hacia la mesa vecina, ella estaba indiferente ante la charla muy animada que mantenían sus dos amigas. Pronto, todas las caras que desfilaban ante mí comenzaron a ponérseme borrosas. Todo era visto como a través de un lente que sólo hacía foco nítido en un objetivo; ELLA. El bullicio del bar se volvió cada vez más insustancial y amorfo, y al final, terminé por maldecir y cerrar el libro. Me dediqué a beber. La curiosa chica del flapper tras un momento, se paró y vino hacia mí con una naturalidad que me dejó duro. Vestía como una joven parisina de los años veinte; cargaba una camisa holgada, sin sostén, de un dorado brillante que metía bajo un shoort renegrido. El pantalón de tiro alto se empeñaba en ajustar, tenaz, el abdomen y los muslos. Tenía también unas medias de nailon gastadas que iban en perfecta comunión con unos zapatitos como de colegiala; todo iba a juego con la indumentaria. Sí, todo en ella me parecía salido como de una novela de aquella década. Me figuré enseguida la siguiente imagen; una representación de cabello oscuro de Zelda Fiztgerald. Luego recordé lo que Hemingway escribió sobre Zelda en París era una fiesta y temblé. Ante mí tenía una figura salida como de las páginas de un cuento de uno de los mejores años que hubiera visto la literatura.

—El libro de la risa y el olvido... —murmuró Zelda una vez que tomó el libro de mi mesa y leyó la tapa. Luego abrió una página con cuidado, y ante mi perplejidad, leyó lo siguiente:

«La borró de la fotografía de su vida no porque no la hubiese amado, sino, precisamente, porque la quiso. La borró junto con el amor que sintió por ella. La gente grita que quiere crear un futuro mejor, pero eso no es verdad, el futuro es un vacío indiferente que no le interesa a nadie, mientras que el pasado está lleno de vida y su rostro nos excita, nos irrita, nos ofende y por eso queremos destruirlo o retocarlo. Los hombres quieren ser dueños del futuro sólo para poder cambiar el pasado. Luchan por entrar al laboratorio en el que se retocan las fotografías y se rescriben las biografías y la historia».

—Quiero a esa zorra... pero es momento de que la borre de mi vida —dije como murmurando para mí, con los ojos clavados en la botella. No sabía del todo porqué había salido con aquello. Nada más lo dije. Sentí entonces como si el eclipse en mis entrañas comenzara a desvanecerse.

La chica del flapper me quedó mirando con los ojos entornados, dubitativa. Luego habló así:

—Deberías decírselo, sea quién sea. Las personas tenemos la costumbre de desaparecer, de alejarnos de los otros y de nosotros mismos. A veces necesitamos encontrarnos en una forma nueva y por eso nos vamos lejos. Pero hay caras que no se olvidan, ¿sabés? Y situaciones que llevamos con nosotros, y, aunque la mayor parte del tiempo no lo notamos, somos también parte de los demás y de los momentos que nos marcaron. Insisto, deberías decirle a esa persona lo que sentís.

—¿Vos creés?

—Absolutamente. Nunca se sabe cuando puede ser la última vez que podemos hablar con alguien que nos importa. Por otra parte, también pienso que podemos tomar decisiones en el presente y ser lo bastante fuertes como para sostenerlas en el tiempo.

—Puede que deba decírselo. Puede que tenga que decirle demasiadas cosas a demasiada gente. Pero también puedo no decir nada. Hacer un voto de silencio.

—Si sos capaz de vivir con esa decisión toda tu vida, entonces estoy de acuerdo. Yo lo veo así, mirá: Mientras estemos, así como ahora estamos vos y yo, vamos a ser algo así como un cuenco bajo un INMENSO ramaje de un árbol que lo nubla todo... Tenemos sed, queremos que el cuenco se llene para poder beber. Dependemos del árbol, de lo que nos dé. Y el árbol depende de todo lo que lo rodea, y así sucesivamente, de menor a mayor, de lo más pequeñito hasta lo más grande. Nosotros, el cuenco sediento, no vemos lo que hay más allá del árbol, pero eso no quiere decir que no exista nada más fuera de él.

—No entiendo... ¿esto tiene algo que ver con El Mito de la Caverna de Platón?

—Pará... escuchame, tonto. Y entonces, como te decía; cuando llueve, el árbol se moja y unas cuantas gotas caen en nuestro cuenco por medio del ramaje. Nos parece poco, no nos quita la sed. Queremos más. Pero pasa que el cuenco, a través del tiempo, se va llenando de forma progresiva, ¿me seguís? —afirmé con la cabeza. La pequeña Zelda hablaba muy pausado—. Y resulta que algunas veces, así, de repente, viene el frío, el polvo, el ruido y después; LA TORMENTA. Diluvia, entonces pasa que nuestro cuenco recibe más agua de la que es capaz de soportar... Escupimos, nos ahogamos. Es demasiado, no lo soportamos, pero por alguna razón que no entendemos seguimos adelante, soportándolo todo y más... A lo que voy, lo que quiero decir, es que nosotros somos como ese cuenco, solamente que nosotros, las personas como vos y como yo, no acumulamos agua en el cuenco para saciar nuestra sed sino que la sed la saciamos acumulando otra cosa: experiencia. Para algo tiene que servir después todo esa experiencia que juntamos, ¿no te parece? Ya sea para que en el gozo o en la agonía, despabilemos, despertemos de una vez por todas... Siempre es un buen momento para despertar, así sea en nuestra última hora, cuando estemos exhalando nuestra última bocanada de aire... Porque como dice la gente por ahí, más vale tarde que nunca... ¿Te digo qué es despabilar para mí? Es vivir. Vivir con la mente y con el cuerpo —me dijo mientras me miraba fijamente con sus preciosos ojos iluminados—. ¡Bah! No sé ni lo que digo, me hice un enredo, mejor ni me escuchés... ¿Puedo? —dijo luego, toda risueña, señalando la botella. Asentí.

Su nombre era Martina. Era una chica inusual que sabía hablar bonito y ser agradable con un extraño. Bebimos algunas cervezas juntos. No le conté mi historia ni ella me contó de qué iba la suya, pero nos entendimos rápido. Cuando se arremangó la enorme camisa para estar más cómoda pude ver que lucía una manga japonesa en el brazo izquierdo. También noté las rajaduras en su muñeca como vestidas entre el tatuaje. Era una superviviente. Brindé por eso.

—Tengo que irme, pero antes, voy a dejarte esto —me dijo Marti, y se sacó el medalloncito muy mono que le colgaba en cuello y me lo tendió. Había pintado en él una especie de serpiente azul con cabeza de dragón que se elevaba por sobre las olas del océano y se enrollaba en un barco—. Es un Leviatán. Simboliza la fuerza, la bestialidad, la justicia divina ante la barbarie del hombre. La próxima vez que te vea, te lo voy a pedir, pero de momento es tuyo. Es mi talismán. Si a mí me ayudó puede que a vos también. Así que cuidalo.

—Lo voy a cuidar... lo prometo.

—Y algo más... —continuó y sacó de su cartera una libretita. Cortó una hoja y escribió algo en ella. Me obligó a cerrar los ojos mientras lo hacía. Pude sentir cuando me colocó el papel en el bolsillo de la camisa—. Es mi manifiesto para triunfar en la vida. Leélo cuando estés solo y tranquilo, antes no se vale.

Una vez más asentí perplejo.

—Bueno, creo que eso es todo, ya me tengo que ir —dijo la pequeña Zelda.

Antes de que ella pudiera hacer nada me le arrimé y le di un fuerte beso en los labios. No fue un beso de deseo sino de correspondencia y agradecimiento. Aquel encuentro había sido para mí como una revelación. La pequeña Zelda lo entendió perfectamente.

—Chau, extraño —me dijo con dulzura y me presionó los pómulos. Luego se paró, me sonrió con aquella sonrisa suya y se volvió hacia donde estaban sus amigas. Les dijo unas palabras que no escuché o que no quise oír y se marchó.

Volví caminando algo desconcertado. Me sentía sin peso, liviano como una mariposa que recién se hubiese desprendido de su capullo. Parecía como si me hubiesen abierto al medio y me hubiesen extraído los órganos. Era una sensación extraña y nueva para mí. En el recorrido tomé un desvío, y en el camino vi al viejo derrumbado en el mismo lugar donde lo encontré por la tarde. Roncaba como un enorme oso en medio del frío que escocía la carne. Me acerqué con cuidado y puse el resto del dinero que me quedaba dentro de la petaca de vodka vacía que descansaba a su lado, después salí a paso lento en dirección al departamento.

Ya recostado, cerré los ojos y traje a la cabeza el rostro de Soledad. El pelo castaño le caía sobre el semblante blanco como la leche y sus enormes ojos verdes me observaban rodeados por una oscuridad ominosa. Su cuerpo delgado y frágil estaba desnudo, y a pesar de la penumbra lo divisaba con claridad. Su sexo me llamaba. Me enloquecía. Pero no acudí al encuentro. Su boca rosada no sonreía, sin embargo no estaba triste, estaba estática, como todo lo demás. Pinté un retrato mental de todo aquel monumento sacudido por fuerzas oscuras. Fue una visión hermosísima. Lloré.

Un tiempo después, cuando las lágrimas ya se habían petrificado y no eran más que cáscaras adosadas en el rostro, sosegado pero todavía pensativo, palpé la camisa y recordé la petición de la pequeña Zelda. Saqué la hoja que la extraña chica del flapper me dio y leí su manifiesto. Tenía nada más que un punto y decía lo siguiente: «Vive locamente y explóralo todo. Ama, llora y déjate matar (o morir) una vez. Luego, procura olvidar. Bórralo todo y comienza de nuevo: Estarás listo entonces para la verdadera experiencia. Algo semejante a la felicidad espera por vos».

Después de la lectura, algo apesadumbrado pero decidido agarré el celular, borré los mensajes de Soledad, quité el chip y lo partí en dos. Decidí que antes de encontrar algunas certezas, tenía que destruir los propios cimientos que me sostenían. Debía hacer resurgir mi mundo en nueva forma, y para ello, antes tenía que levantar un muro lo suficientemente alto para encallar todo el pasado que no formaba parte de la nueva visión. Tenía que emprender un nuevo camino. Surgir en una nueva forma. Fue exactamente lo que hice.

 

Autor: Germán Lev

Nacionalidad: Argentina

Edad:27

En la actualidad estudiante de periodismo.

Mi blog personal donde cuelgo la mayoría de mi obra es www.elartededecirdetodo.blogspot.com.ar

Imagen: Otto Müller

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