Dith Pran

01/07/2016

    Dith Pran pensó que ese era el fin de su rota existencia;  sus cuatro años de confinamiento en el campo de concentración de Choeung Ek en Camboya llegaban a su fin de la manera esperada pero la menos feliz de todas las posibles, iba ser fusilado. Después de más de tres años viviendo subalimentado y obligado a  la recolección en un campo de arroz intentó hacer un corte en la piel de una vaca para beber su sangre; uno de los guardias detectó la maniobra y alzó la voz de alerta.      La ceremonia no tenía demasiados preámbulos, ya la había visto miles de veces; desde el húmedo pantano donde crecía el arroz iba a ser llevado a un páramo cercano más cómodo para ese tipo de faenas y precisamente ahí se le aplicaría la pena capital sin juicio, ni juez ni fiscal ni abogados defensores, sólo un minúsculo grupo de improvisados soldados hijos de campesinos a las órdenes de la etnia gobernante que había triunfado en la guerra civil solo cuatro años atrás, en 1975: Los Jemeres Rojos.

   Los Jemeres Rojos eran una organización guerrillera que se opuso y combatió contra la dictadura del general Lon Nol y que, a partir de que tomaron el poder,  propugnaron el retorno a la civilización agraria con la consiguiente evacuación de las grandes ciudades consideradas por ellos como pestilentes reductos de la burguesía reinante.

   Nacido en Siem Riep, una hermosa y tranquila aldea creada a la sombra del los templos ancestrales de Angkor en el centro de Camboya. Dith hablaba francés e inglés a la perfección, además de haber completado satisfactoriamente el colegio secundario. Miembro de una familia de seis hermanos e hijo de un ingeniero que lideró la construcción de muchas de las rutas importantes,  Dith hubiera sido  considerado perteneciente a la casta  que había que exterminar sino hubiera sido por que se hizo pasar por un indigente; aquello lo salvó de una muerte segura.

   Mientras caminaba hacia el lugar de ejecución, golpeado y con las manos atadas, vio de reojo el verde paisaje velado por una turbia neblina que de a poco se iba transformando en lluvia. La caminata se hizo felizmente larga; en lo que duró el trayecto Dith se dedicó a observar a los improvisados soldados, seguramente miembros de familias campesinas, que respondían a las  órdenes de Pol Pot quien una vez que  la guerra finalizó y posteriormente a la toma de Phnom Phen, la capital de Camboya, estableció un férreo control militar sobre la población civil sometiéndolos a largas horas de trabajos forzados y a asesinatos selectivos en masa basándose en la excusa de la «búsqueda del enemigo interno».

   Había que poseer mucho odio contenido y muchos años de  postergaciones para prestarse a tamaña empresa, cinco años atrás estos muchachos solo faenaban gallinas y cerdos o pescaban sobre el río Mekong, ahora devenidos en asesinos de uniformes rotosos y fusiles celosos a la menor insurrección.

   Dith recordó su último empleo, había sido asignado como intérprete para acompañar a una delegación de periodistas del New York Times que venía a cubrir el fin de la guerra, Dith los fue a buscar al aeropuerto en un Mercedes  Benz negro, reluciente y señorial; mientras volvían hacia el hotel un soldadito que los acompañaba oficiando de custodia no ocultaba su emoción de estar viajando por primera vez en tamaña maravilla tecnológica, símbolo del poderío alemán y la marca de automóviles más vieja de la historia; cuando descendieron del vehículo Dith tomó un guijarro que halló tirado en la calzada, martilló la clásica insignia que consistía en un círculo con una estrella de tres puntas en su interior y se la dio; el chico - soldado esbozó una emoción incontenible y la tomó tímidamente con sus dos manos, y cuando lo miró a los ojos Dith le dijo “Mercedes, number one”.

   “Pobres” se dijo Dith con resignado enojo y cierto dejo de amargura, “piensan a sus compatriotas como enemigos y admiran fascinados las delicias de occidente vedadas para el común de los mortales”. La pobreza, el hambre y una educación deficiente convirtieron a esos muchachos en  frágiles máquinas de matar. Durante el trayecto uno de los soldados se mostraba más ansioso que el resto, y mediante arengas inconexas que iban <<in crescendo>> predicaba su sed de venganza; el resto del pelotón lo escuchaba en silencio sin emitir expresión ni comentario alguno.

   La caminata finalizó en un paraje rodeado de añosos árboles, una zona boscosa a la que solo accedían los soldados, los sentenciados a muerte y las fieras carroñeras, un ecosistema perfecto. La lluvia se transformó en una insoportable tormenta cuya cortina de agua casi          no permitía ver más allá de unos pocos metros.  

   Dith fue atado a un tronco tal cual indicaba la siniestra ceremonia. El soldado que se había mostrado exultante con un gesto de odio que le brotaba de las venas le propuso al resto que se fueran, que él solo lo iba matar, que no era necesario que se queden en aquel lugar inhóspito, que no se preocupen que él luego volvería solo  y que conocía perfectamente el camino de regreso. Dith esbozó una última mirada al cielo y vio un grupo de aves carroñeras volando en círculo, “ellas saben lo que va suceder, ya están acostumbradas” se dijo.

   Minutos  después y luego de una largo intercambio de opiniones el soldadito de gesto adusto y locura incontenible se quedó solo con su presa, sacó un cuchillo de amplia y filosa hoja y se acercó a  Dith con gesto decidido; con solo un par de ademanes cortó las cuerdas y Dith se desplomó cual saco de tubérculos, luego se arrodilló y acercó su boca al oído de este y emitió  un susurro casi imperceptible que se fue perdiendo entre el golpeteo rabioso de la lluvia, el crujir de las ramas con el viento y los eventuales truenos que coronaban la dantesca escena: “Mercedes number one”. 

   Luego se marchó y Dith quedó solo, machucado por las circunstancias,  cansado del tiempo y cansado de todo, pero felizmente vivo y con un resto de esperanzas que irían creciendo con el pasar de las horas. 

   Tres días después comenzará su recuperación en un puesto de la Cruz Roja, en Tailandia, el cual alcanzará a pie atravesando mas de 60 kilómetros de horror, muerte y desolación. Un año después se instalará en Nueva York como fotógrafo del New York Times y comenzará a escribir un libro que se llamará The Killing Fields narrando su experiencia en los campos de concentración dando testimonio vivo de lo que más tarde se llamará el Genocidio Camboyano. Murió el 30 de Marzo del 2008.

 

   En 1984, el director de cine Roland Joffé tomó el testimonio volcado en aquel libro y filmó la pelicula homónima por la que recibió tres oscars de la academia de Hollywood. El  personaje de Dith Pran fue representado por  Haing Ngor, un médico ginecólogo camboyano que también estuvo alojado varios años en los campos de la muerte.

    Haing Ngor falleció  el 25 de Febrero de 1996 en Los Ángeles. La causa fue caratulada como intento de asalto.

   Luego de investigaciones posteriores, en 2010 la causa fue reabierta pues se detectaron pruebas fehacientes de que se trató una muerte por encargo. Los Jemeres Rojos no le perdonaron haber participado en la película. Al momento de su deceso Ngor manejaba un Mercedes Benz, pero esta vez la tan afamada marca no sirvió de mucho, solo para que los peritos advirtieran que ni el dinero ni las cosas de valor que Ngor llevaba nunca habían sido  tenidas en cuenta por los asesinos. Una de sus últimas frases y quizás la más recordada es: “No importa si muero hoy mismo. El testimonio de la película perdurará cientos de años”.

 

Autor: Jorge Tuzi

 

Nací en Villa Dominico el 30 de Junio de 1960 en un hogar de clase trabajadora.
 Me acerqué a los libros desde muy corta edad. Mi casa era pequeña; habitada por mis padres, mi hermana y mis abuelos. Como solo tenía dos habitaciones y ya estaban ocupadas, mi cama  estaba en el comedor, sobre un sofá al que la biblioteca le hacía la veces de cabecera. En las noches de sueño tardío descubrí que algo mejor que el somnífero era leer un libro. De ese modo me aproximé a los clásicos, fundamentalmente los libros de Julio Verne y las Narraciones Mitológicas. Fue así que comencé a preguntarme cómo podían habitar en la mente de una persona todas esas historias repletas de magia y realidades alternativas. El paso siguiente fue intentar ponerme en la piel de un escritor, algo que por cierto me fue muy difícil pero gratificante con cada logro obtenido. Nunca  publiqué trabajo alguno, Hasta ahora.

 

 

Facebook: Jorge Tuzi

 

 

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