Eliana desde el Infierno

01/06/2016

 

Hace casi un año, descendí al infierno, empujada por un golpe casi mortal, que dejó en carne viva todas las heridas pasadas, presentes y futuras. Desde allí, con una copa de vino en la mano y dos quemándome el  estómago, reescribí esta historia que tenía escrita desde hacía un tiempo. Me gusta como quedó, la verdad, por eso la vuelvo a compartir, pero la próxima preferiría  escribir desde otro lugar, aunque sea algo mediocre, pero desde otro lugar, algo que empiece diciendo, por ejemplo "desde estas hermosas playas".


Eliana era nombre de nena linda. Así se llamaba la menor de las dos hermanitas lindas que vivían en la casa linda que estaba en frente de mi casa; en la calle Mercedes a dos cuadras de la estación Castelar del ferrocarril Sarmiento. Entonces yo suponía que todas las Elianas eran lindas, así como todas la Carolas eran feas, como la nena gorda de Jacinta Pichimahuida.
Mi casa no era tan linda; pero en el terreno baldío de al lado estaban construyendo una casa enorme, de dos pisos y, mientras se construía, yo jugaba entre los albañiles. A uno de ellos le faltaba un dedo. Me convidaba naranjas a la hora del almuerzo, naranjas con lo blanco. En casa las naranjas las comía sin lo blanco, porque mamá decía que lo blanco caía pesado.
-¿Y vos en el jardín cómo te portás?- Me preguntó un día el albañil al que le faltaba un dedo.
-¡Bien!
-Te tenés que portar mal.
-No, si me porto mal, la señorita me va a pegar.
-Si te pega tenés que decirle: señorita, métase la mano en el bolsillo.
Y se guardó la mano sin un dedo en un bolsillo.
Se retiraron todos, menos uno.
-¿Y vos por qué te quedás?-Le pregunté.
-Me quedo para jugar con vos.
-Ah, entonces voy a mi casa a buscar un chiche.
-No, con este chiche vamos a jugar.


Después de ese juego, empecé a jugar a llamarme Carola, que era nombre de nena fea. Pero Eliana era nombre de nena linda. Por eso le puse Eliana a la muñeca linda que me hizo especialmente mi abuela.
Mi abuela había hecho varias muñecas iguales o parecidas a Eliana, pero Eliana era única, era lo más lindo que había sobre la tierra.
-La mía la quiero sin flor, abuela.
Las otras tenían una flor muy incómoda cosida en la mano. Eliana no podía andar por la vida con una flor en la mano todo el tiempo, no era práctico.
-Sin flor-Me dijo mi abuela cuando me la entregó.
Mis primas también recibieron una muñeca. Pero mi abuela había hecho varias más que no eran para mí, ni para mis primas. Se las había encargado mi tía abuela Matilde. Me explicaron que eran para unas nenas que no tenían mamá ni papá.
-¿Porqué no tienen papás?
-Desaparecieron.
Matilde buscaba a su hija que también había desaparecido.

 

Eliana me hizo olvidar por un tiempo que había niños sin papás, padres sin hijos y juegos feos sin sentido.

-Que fea que sos, Carola tonta.
Miré a Eliana. Mi hermano la movía y la hacía hablar. Era divertido. Hacía una voz gangosa. 
Cuando estaba aburrida, decía en voz bien alta, para que mi hermano pudiera escucharme:
-Que suerte que Eliana hoy no vino a molestarme.
Entonces mi hermano iba a buscar a Eliana al cajón de los juguetes.
Hasta que un día la actitud cambió sospechosamente.
-¿Qué estás cocinando de rico?
-¿Pero cómo?¿Hoy estás buena conmigo, Eliana?
-Pero claro, si soy tu amiga. Contame qué estás cocinado.
-Estoy haciendo una masa para pancitos que me enseñaron a hacer en el jardín, y le puse azúcar a la masa, para ver cómo queda la masa dulce.
-¿La puedo probar?
-Si, tomá.
-Mmm, qué rico.
Que Eliana fuera una buena persona, hacía el juego mucho más divertido.
Al día siguiente le pregunté a mi hermano.
-¿Dónde está Eliana?
-Eliana se murió, se murió por tu culpa. Sabés muy bien que las muñecas no pueden comer masa dulce porque se mueren.
No pude convencerlo de resucitarla; y sin su voz Eliana ya no era lo mismo. La dejé entonces, descansar en paz en el cajón de los juguetes.

 

Eliana resucitó en mis recuerdos muchos años después. Su muerte, el dolor y la culpa, adquirieron un nuevo significado al encontrar un dibujo de mi hermano de aquella misma época. Ya de chiquito era un dibujante excelente, por lo que las imágenes con forma de historieta plasmadas en el papel, eran terriblemente claras.

La secuencia de cuadritos ilustraba a un personaje caminando por la cornisa de un edificio. Uno de los cuadros, tal vez el más genial de todos, mostraba la calle,  los autos y los pies en la cornisa,  observados desde arriba por el propio personaje. En el siguiente, saltaba y en el último se lo veía estrellado en la vereda.

Acaricié el dibujo y lloré.

Un año antes, a sus diecinueve años, mi hermano se había suicidado, a las tres de la madrugada, tirándose desde el décimo piso de un edificio en construcción.

 

 

 

Autora: Teodora Nogués

 

Nací en septiembre de 1975 en Buenos Aires, Argentina. De chica viví en un velero que zarpó de San Isidro en 1983 y naufragó  cuatro años después en el mar Caribe, luego de recorrer lentamente toda la costa de Brasil, la Guyana Francesa, las Pequeñas Antillas y Puerto Rico. El resto de mi infancia y parte de mi adolescencia las pasé en tierra, pero llevando con mi familia una vida bastante aislada y desarraigada. Viví en los Valles Calchaquíes tucumanos, donde terminé mis estudios primarios, a los trece años de edad,  en una escuelita rural de tan sólo cincuenta alumnos. Luego vivimos en distintas localidades cercanas a Orán, provincia de Salta. También en algunos  pueblos de Bolivia y en una comunidad wichi. Una desgracia familiar nos trajo de regreso a Buenos Aires donde puede empezar mis  estudios secundarios a los 17 años en un Centro de Estudios de Nivel Secundario acelerado para adultos y terminarlos a los 20. Desde entonces, no volví a mudarme fuera del radio de Capital Federal y Conurbano, ni tengo planes de hacerlo.

Por haber tenido una infancia y adolescencia tan “viajada”, mucha gente me sugirió que tendría que escribir mi historia. La verdad es que siempre me gustó escribir, pero las anécdotas de viaje pintorescas por sí solas no tienen mucho interés. Es más la búsqueda interna que vino después lo que me moviliza. El darme cuenta de que en todas partes hay infancias desamparadas y abusos de poder.

Soy coautora, junto con mis compañeros de elenco y mi directora, la mexicana, Sol Ulacia Fernández de la obra teatral Ex Niñas de la compañía Teatro Horizontal

 

Facebook: Teodora Nogués

 

Imagen: Aguada -Niña triste

 

 

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Revista Extrañas Noches –literatura visceral- 

ISSN: 2524-9266