• Marina Klein

Un paso, una ventana, una calesita tragada.


Vi la ventana vacía.


No había cortinas y del otro lado del vidrio quedaba desnudo el cuarto que se ofrecía abierto desde la vereda.


Detrás de la cama cubierta con un acolchado bastante viejo pero aún rojo, se veía una puerta abierta y detrás de esa puerta, un patio. La luz que llegaba del patio era la que iluminaba la habitación y el pasillo que los unía.


Hice carpita con las manos y me pegué al vidrio.


En los estantes de una cómoda, aún más vieja que el acolchado, había fotos en portarretratos de todos los tamaños existentes en el mundo.


Fotos blanco y negro, otras de color gastado, otras antiguas pero que mantenían su color original.


Imágenes de seres atrapados en esos papeles con imágenes.


El piso era de madera en tablas largas y finitas. A un costado de la cama había un silloncito un poco rasgado, también rojo.


Debajo de la cama asomaban zapatos, pantuflas rosadas y chancletas.


El armario que estaba contra la pared, justo enfrente mío, tenía una puerta abierta, la que tiene el espejo de cuerpo entero, y adentro, un montón de ropa colgada en perchas pero que yo, desde donde me encontraba, no llegaba a distinguir más que los colores. Había algo que era verde brillante y otra cosa muy naranja. Lo demás, opaco y lejano.


Por la calle no pasaba nadie así que no tenía miedo de ser confundido con un fisgón. De todas formas lo era. Así que no sería confundido sino descubierto.


Esa idea me pareció graciosa así que me sonrojé y me reí un poco.


Igualmente si alguien se asomaba y me veía, podía decir que había tocado la puerta, el timbre, había palmeado y nada. Y además era la casa de mi abuela.


Es verdad. Era mi abuela. Nunca lo había pensado así pero eso era.


Ella no lo sabía, pero era la realidad.


Nadie de mi familia paterna estaba al tanto de mi existencia.


Un buen trabajo me había dado encontrar a esta señora en un barrio tan lejano al mío, con una estética tan distinta a la de mi casa, y con todo un mundo de cosas posibles y desconocidas.


Pero bueno. Me imaginé que esta señora en algún momento se iba a morir de vieja y no quería pasarme el resto de la vida pensando en lo que hubiera pasado si hacía lo que en este momento estaba haciendo.


Volví a palmear, a tocar la puerta y el timbre.


Nada, una vez más.


Agucé el oído.


Sólo perros ladrando a lo lejos.


Un gato gris entró a la habitación y se acomodó en el sillón viejo donde justo había un rayo de sol.


Me senté en el escalón de mármol blanco de la puerta.


Estaba helado pero el sol me calentaba la cara.


Me hice un rodete pensando que era mejor tener la cara despejada para cuando alguien apareciera.


El pelo lacio tiene eso que es como una lluvia arriba de los ojos. En un sentido está bueno porque esconde, en otro no por la misma razón.


Tenía una birome negra en la mochila así que fue con ella que conseguí atrapar cada pelo negro que quería escapar al rodete.


Los minutos se fueron acumulando un poco sobre mí. El sol iba haciendo su jueguito de modorra sobre la piel.


A pesar de estar bastante tenso y nervioso por la situación, la calidez de los rayos hicieron su magia y me quedé dormido un rato apoyado en el vértice exacto que se formaba entre la puerta de madera y la pared de la derecha.


No sé cuánto después sentí ruidos de llaves del otro lado de la puerta y me paré de un salto. Estaba seguro que adentro no había nadie así que no esperaba que alguien apareciera por ahí.


Esperaba, más bien, que me sacudieran para entrar a la casa. Imaginaba que la mujer que la habitaba estarían haciendo las compras o algo así, y que cuando volviera, me preguntaría quién era y qué hacía ahí, y recién entonces tendría que dar explicaciones sobre mí mismo que no estaba tan seguro ni siquiera de saber cuáles eran.


Pero no.


La puerta se abría desde adentro.


Me levanté y me puse a un costado, dejando paso pero esperando ser visto por la primera rendija que se abriera.


Y se abrió.


-Buenos días – dije con cara de boludo pero esperando la mirada en los ojos.


La mujer levantó la vista y sus ojos dieron con los míos. Bueno, uno de mis cometidos primarios estaba cumplido en ese sólo acto y gesto.


Pero no me reconoció ni dio muestras de alterarse en su tarea de volver a cerrar la puerta y trancarla con la llave que le temblaba entra las manos.


-Buenos días – insistí con ganas de tratar de parecer un poco más normal.


-Sí, nene, qué querés. Ya les dije mil veces que no se sienten en la vereda de noche porque hablan muy fuerte y no me dejan dormir. Yo duermo ahí ¿ves? La ventana de ahí da directo a mi pieza. Si ustedes se pasan toda la noche hablando a los gritos yo no puedo dormir. No vale venir ahora a disculparse. Ya no sé qué más hacer con ustedes. No quiero hacer una denuncia, sólo que se vayan a la placita de acá a la vuelta o a otra casa donde la gente tenga otra edad y no le moleste. Yo ya estoy vieja, me cuesta dormir. Y cuando me duermo, vienen ustedes y me despiertan. Después estoy horas y horas dando vueltas en la cama. Se los pido bien pero ya no sé qué hacer… No sé qué hacer… ¿Qué querés ahora?


-Perdón señora, yo no soy de los que se sientan acá a la noche. Me llamo Fernando y ni siquiera vivo en este barrio. ¿Usted es Sandra? ¿Sandra Pereira?


-Sí, sí. Soy yo. Ah, no sós del barrio… Te me hacías parecido a un muchacho que vive acá a la vuelta y que se reúnen acá en la puerta con los demás. ¿Y de dónde sós vos?


-Soy de Parque Patricios y vine a verla a usted. O a vos. No me gusta tratar de usted a la gente. ¿Te puedo tutear? Me llamo Fernando. Eso ya lo dije… Bueno.


-Sí, sí. Me podés tutear – se ríe bajito.

-Bueno. Vine porque soy hijo de tu hijo Víctor. – Ahí bajé la mirada. No quería verle la cara ni la reacción. Traté de decirlo con mi mejor voz tranquila pero no estoy seguro si me salió y no me animaba a mirarla en eso que me imaginaba que iba a ser un golpe.


Yo ya había tenido miles de momentos para ensayar eso y para elaborar todas las reacciones posibles, pero ella no. A ella era la primera vez que le pasaba eso en la vida y no sabía cómo iba a reaccionar.


Pero no duró más de unos segundos mi mirada clavada en las baldosas acanaladas medio rosas de la vereda.

La levanté porque no me aguantaba la curiosidad.


Y ahí estaba doña Sandra, con la mirada colgada en la nada.


-Tengo que ir a hacer las compras porque no tengo ni un pedazo de pan. ¿Querés acompañarme? Vamos charlando por el camino, igual es acá nomás, un par de cuadras. Y cuando volvemos nos tomamos unos mates y me contás mejor.


Hice que sí con la cabeza y medio sonreí. Me pareció un plan excelente. Por lo menos era mejor de lo que me había imaginado.


Le agarré el changuito tricolor y se lo llevé por las calles medio vacías.


Fuimos un rato en silencio. Pero no era tenso ni nada. Ella se había quedado en algún lugar de su memoria o algo así pero igual estaba ahí conmigo, de una forma u otra.


En la panadería saludó a todo el mundo y dijo que yo me llamaba Fernando y que era su nieto. Nada más. No explicó más ni nadie preguntó nada. Pero me saludaron de forma muy amable.


En el almacén fue lo mismo.


En la verdulería sólo compramos tres manzanas verdes y la presentación fue igual.


Volvimos.


-Ahí a la vuelta estaba la calesita donde veníamos con tu papá cuando era chiquito. Ahora no está más. Hay un lavadero de autos. El barrio cambió mucho. Fue hace mucho.


Y yo me quedé pensando que el tiempo puede cuantificarse en los cambios en la arquitectura y de los espacios urbanos. Si no sabemos medir el tiempo por nosotrxs mismxs, podemos medirlo así.


Ni los relojes ni los almanaques nos sirven mucho para entender cabalmente las distancias que nos separan de hechos que nos presionan el pecho, o nos queman o nos desgarran.


Pero algo pasa cuando pasás por un lugar, un punto geográfico específico donde fuiste feliz o algo parecido. Espacios tridimensionales donde te pasaron cosas que ni sabías que un día iban a ser recuerdos. Y ese pasado se constituye en recuerdo y adquiere una densidad que mientras estabas transitando ese pedazo de historia propia, jamás se te ocurriría que tendría tanta relevancia en tu vida, en tu constitución vital, en cada acto posterior.


Y esos lugares que fueron tragados por el pasado, por la maquinaria del tiempo, te lo demuestran, te lo vomitan. Es inapelable. Es así, categóricamente.


Y no hay forma, no hay manera, no se puede, no se podrá jamás, volver.


No hay retorno.


Ya no es una sensación o un pensamiento, ni siquiera una nostalgia. Ahí el tiempo deja de ser algo incorpóreo o impreciso y se torna fáctico. Ya no podés volver ni siquiera al lugar donde podías recordar. Donde podías sentarte afuera de la calesita y pensar, acá venía con mi hijo cuando tenía cuatro años, mientras ves como sube y baja el caballo de madera y te lo imaginás ahí arriba tratando de alcanzar la sortija. Y después recordás cuando bajaba y venía a abrazarte o a pedirte una vuelta más o un helado.


Nada. Ahora hay un lavadero de autos que para vos no significa nada. No encierra ningún pedazo de vos esa nueva realidad.


Sólo es la constancia del mundo-monstruo que se tragó ese pedazo de vida tuya, y que ya no hay derecho ni al recuerdo.


-Me hubiera gustado conocer la calesita – fue lo único que pude decir mientras miraba para otro lado tratando de que no me salte ni una lágrima y esperando que a ella tampoco.



Pasamos por el pasillo exterior que iba directo al patio y que tenía puerta a la cocina. Me imaginé que ella debía estar ahí en el fondo cuando yo golpeé y por eso no había escuchado. Pero no lo sé, nunca le pregunté.


Preparó el mate, unos panes en rodajas con manteca y dulce de durazno, llevó todo a la mesita de afuera que estaba debajo de una parra medio pelada.


El sol empezaba a venir para ese lado. Era la hora justa donde el mundo se ponía lindo en ese exacto lugar del planeta.


El gato gris se subió encima mío y se acurrucó ahí, tranqui.


-Lo extraño mucho a tu papá ¿sabés? –Se le quebró un poco la voz pero mantuvo la sonrisa mientras chupaba la bombilla.


-Yo no lo conocí y no sabía si tenía que venir o no, no sabía si ibas a querer saber de mí pero no me aguanté y vine igual. Pasé un par de veces por la puerta pero siempre me volvía a mi casa sin golpear. Hoy decidí quedarme hasta que pasara algo.


Nos miramos un rato. Había silencio y canto de pájaros a veces.


Ella era mucho más dulce e inteligente de lo que me había imaginado.


-Tengo veintisiete años. –Dije la edad como si eso pudiera orientarla en algo. En cuándo su hijo había estado con mi madre y habían engendrado a este que ahora soy yo.


-Eso quiere decir que hace mucho que no te conozco. Ni a vos ni a tu mamá.



-No se me ocurrió nunca que Víctor hubiera tenido un hijo. Me gustaría que tu mamá me cuente un poco cómo fue, qué pasó… Por qué nunca me habló de vos…


Me quedé un rato así mirando la mesa y los panes con manteca y dulce antes de contestar nada. No estaba seguro qué era lo que tenía que decir.


-En realidad ella no sabía casi nada de él. No fue un noviazgo ni nada, más bien una especie de amistad que terminó en embarazo. Pero justo unos días después de que ella se diera cuenta, él desapareció de su radar y no supo dónde encontrarlo para decirle. Preguntó a los amigos en común y a las novias de los amigos pero nadie sabía nada. Era como que de repente se hubiera fugado del mundo o algo así.


-Sí, no me sorprende... Le costaba mantener los vínculos. Era parte de lo que él sufría. A veces simplemente no podía soportar nada y se borraba. No era que no quería, no podía. No podía y listo. A mí me constó un montón entenderlo, tal vez también por eso no pude actuar a tiempo o a veces me ponía tan triste y tan mal que no podía ayudarlo, o me enojaba y ahí era peor.


-Mi mamá sabía el apellido y el barrio, pero nada más. Conocía a sus amigos pero de manera muy superficial así que después de buscar un tiempo, sin la tecnología que tenemos hoy para buscar, dio por finalizada esa etapa y se puso a preparar mi nacimiento y a encarar ella sola la situación. No le fue fácil porque ella acá no tiene familia ni nada, si hubiera sabido dónde buscarlo o que él sí tenía familia que le podría dar una mano, lo hubiera hecho sin dudarlo un segundo. Pero no pudo o no supo cómo hacerlo.


-Después el tiempo fue pasando y me fue contando las cosas que se iba acordando –seguí-, tratando de que Víctor tuviera una cara para mí, que no cayera en el olvido. Que aunque yo no lo conociera, existía o había existido.


-Y un día se enteró que estaba muerto –dije y miré el suelo otra vez, como si el suelo me diera el soporte necesario para continuar un relato que me era tremendamente doloroso y recurrentemente conocido-. Llegó a casa cuando yo tenía siete años y me sentó a upa, aunque ya hacía rato que no me sentaba así, y me lo dijo.


-Se había encontrado con uno de esos antiguos amigos por la calle y él le contó. Ella en ese momento no habló de suicidio. Supongo que es una palabra muy difícil para una madre. Me contó que había muerto en Colombia y que tal vez por eso nunca más lo volvió a ver. Capaz se había ido justo cuando ella quería contarle de su embarazo y nunca pudo hacerlo. Así que se murió sin saber que yo existía.


-Después de ese momento, la vida siguió. Pero cuando fui más grande y las tecnologías avanzaron, me puse a buscar a los amigos que mi vieja recordaba, y así, de a poco, fui haciendo ese mapa que me conducía a mí mismo, y a vos, y a tratar de entender un poco quién soy también.


Sandra me miraba directo a la cara y a los ojos. Yo lagrimeaba un poco porque el aire se había tornado espesísimo y no me pasaba a los pulmones.


Me agarró las manos y las anidó un poco entre las suyas.


Estuvimos así un rato largo. Ella a veces lagrimeaba también. Se ve que su aire también estaba espeso y no podía más que estar así, en esa posición, tratando de mantenerse a flote dentro de sí misma.


-Yo no me di cuenta o no tenía los recursos emocionales suficientes para darme cuenta de su depresión. No era como en las películas donde las personas se quedan semanas enteras en la cama o lloran todo el tiempo o algo así. Víctor no era nada de eso. Era un muchacho muy activo, tenía muchos amigos, iba y venía… Sí es verdad que cada tanto entraba en pozos de mucha angustia pero yo pensaba que eran cosas del momento, de la edad, de la falta de oportunidades de trabajo, de las dificultades que teníamos todos… Qué se yo… No vi la gravedad. No me di cuenta que era algo en serio. Cuando se ponía así, por ahí se emborrachaba y se tiraba en la cama un día o dos, pero después se levantaba y se iba a hacer su vida.


-Pensaba que si encontraba una novia, un trabajo o algo que lo motivara, se le iba a pasar. Tenía veinte años. Todos a los veinte años tuvimos crisis. Cuando me dijo que se iba a viajar, me pareció una buena idea. Creí que descubriendo cosas nuevas se le iba a pasar. Pero no. Parece que esas cosas no se pasan así nomás. Que no es cuestión de cambiar de aire, como dicen por ahí.

-Tal vez sí se trataba de que charláramos más o qué se yo… Nosotros nos llevábamos bien, pero nunca hablábamos de cómo nos sentíamos de verdad. Yo nunca en todos los años que vivimos juntos pensé que eso era algo que había que hacer.


-Él llegaba del colegio y le preguntaba cómo le había ido. Me decía que bien, prendía la tele, yo le servía la leche y listo. Después salía a la vereda a jugar a la pelota con los amigos, volvía para bañarse, comer y dormir. Cuando era chiquito lo llevaba a la calesita o a la plaza, cuando fue más grande iba solo… Hablábamos de las noticias, a veces un poco de política o de fútbol, y listo. De lo que él sentía, de los cuadros que pintaba (que yo no entendía mucho), de qué pensaba de verdad de las cosas, no. Nunca.


-Y en el momento yo pensaba que trabajaba todo el día y que estaba cansada. Que más que lo que hacía tampoco podía. Que era yo sola la que me había puesto al hombro todo después de que su papá se fue. Por suerte tenía esta casa y así pudimos salir adelante. Pero muy adelante no salimos. Y yo no lo pude ver. No pude ver lo que venía y no lo pude ver a él mientras vivió ni cuando murió. La vida cotidiana, las necesidades del día a día, me tenían absolutamente la mente ocupada. Y así fue… Y ya no hay remedio.


-No sabía que pintaba. Eso mi mamá tampoco lo sabía… ¿Te parece que podría ver algo de lo que hacía? No sé si tenés sus cosas todavía.


-Claro que las tengo. Es su obra. Él creía en la obra más que en ninguna otra cosa en el mundo. Eso tampoco pude verlo. Yo quería que consiga una novia y un trabajo, pero eso para él no tenía ningún sentido. Él era la obra. Era lo único que de verdad quería hacer y lo que lo sostenía.


Fuimos hasta un cuarto que daba al patio y que no se veía desde la ventana de la calle.


Ese había sido su cuarto. El cuarto de Víctor. Mi papá. Un papá que se murió sin saber que tenía un hijo.


Había una cama de una plaza, una biblioteca con libros viejos y apoyados contra la pared, de una punta a otra, en filas de a varios, una cantidad enorme de cuadros.


No sé cuánto tiempo pasé en ese cuarto mirándolos uno por uno.


En un momento Sandra se fue a la cocina. Un rato después volvió y me dijo que vayamos a almorzar y que después podía seguir mirando.


Comimos milanesas con puré.


Era la primera comida de abuela que probaba en toda mi vida. Siempre se escucha por ahí, la comida de mi abuela esto, la comida de mi abuela lo otro. Yo no tenía ni idea lo que era eso. Sí había comido lo que preparaban las abuelas de mis amigos, pero nunca la propia.


Mi abuela materna murió cuando mi vieja era chiquita. Su papá y sus hermanos eran unos violentos, así que apenas pudo rajó para Buenos Aires y nunca más los volvió a ver.


Esta era, literalmente, mi primera comida de abuela.


Se lo dije y sonrió. Estaba riquísimo.


Lavé los platos y volví a encerrarme en el cuarto.


Para mí era una experiencia trascendental. Los libros de la colección Robin Hood con sus tapas amarillas, todos acomodados, algunos diccionarios escolares, otros libros tipo Arlt. Pero no muchos, sólo los que quedaron cristalizados tras el tiempo.


Y las pinturas. Sobre el escritorio chico que había junto a la biblioteca, estaba lleno de óleos, acrílicos, acuarelas, todo. Los cajones rebosaban de pinceles y más pinturas.


Todo súper viejo. Todo vencido. Todo esperando una mano que ya no iba a volver a tocarlos.


Y los cuadros. Tenían una profundidad extasiante. Eran tristes y hondos. Había algunos con colores súper encendidos en medio de una negrura absoluta; en el medio de la oscura densidad, una llama incandescente.


También había paisajes que supuse que eran de viajes al Sur o a otros lugares del país.


Había muerto bastante joven, no creí que hubiera viajado mucho, pero parece que lo suficiente para que los paisajes lo penetraran profundamente.


Después de una suma de horas y minutos bastante extensos, salí del cuarto.


Sandra estaba sentada en la mesa de la cocina tomando mate.


Se la veía contenta. Abatida pero contenta. Sobreviviente pero contenta.


-Me tengo que ir. Tengo más de una hora de camino a mi casa. Muchas gracias por hoy. De verdad lo necesitaba.


-¿Y cuándo te parece que puedo conocer a tu mamá?- me dijo y levantó esa mirada tan hermosa como con fe en todo, todavía.


-Cuando quieras. Podemos venir un fin de semana y traemos unas empanadas. Ella ni se lo imagina pero estoy seguro que le va a encantar.


-Dale. ¿Este sábado? ¿Al mediodía?


-Sí.


Le di un abrazo tan grande y hondo que pensé que me iba a perder ahí adentro para siempre, en esa calidez nueva y perfumada.



Cuando salí el sol ya no estaba.


La línea que separa la tierra del cielo era de un dorado anaranjado que incendiaba todo el horizonte y los futuros mundos posibles que yo imaginaba en ese horizonte.


Las casas bajas de esa parte de la ciudad ya estaban iluminadas por dentro. Los árboles se sacudían un poco con el viento de mayo y sus hojas caían en danzas de colores.


Dancé con ellas en ese viento y ese frío mientras miraba lejos, lloraba de a lágrimas suaves, le sonreía al aire y renacía un poco.



 

Este cuento forma parte del libro Fragmentos de Mundos que se publicó durante el 2021 en Ediciones Frenéticxs Danzantes y que se puede conseguir acá


Autora: Marina Klein


Soy autora también de los libros de cuentos “De Fauces al Subsuelo”, “Danzando entre la Nada y la Furia”, la novela “Trashumantes”, y de las plaquettes “La vida secreta de quien come en la cocina”, “SEAMOS Libres que lo demás no importa nada”, “¿Te gustó coger?”, “Georgina Orellano Puta Feminista”, '"El día de Adela" y “Donde los muros eran de niebla” editados por Ediciones Frenéticxs Danzantes. También dirijo la Revista Extrañas Noches y la editorial recién mencionada.


Nací en Buenos Aires en el 74, viví en esta ciudad hasta más o menos los 20 años y desde ahí hasta el 2012 anduve por el mundo viajando y quedándome largos períodos en distintos lugares de América Latina. En ese tiempo realicé un tour por distintos oficios, escribí para varios medios crónicas de viaje, tuve un programa de radio, limpié casas, hice gorritos de hilo y hasta llegué a tener una pequeña fábrica de joyería artesanal.


Cuando volví hice la carrera de sociología, donde además de aprender un montón, una vez más, me di cuenta que la academia no es lo mío.


Todos los libros se pueden descargar de forma gratuita en la biblioteca libre de Ediciones Frenéticxs Danzantes


O adquirir en físico en el catálogo de Ediciones Frenéticxs Danzantes


Facebook: Marina Klein

Insagram @marinakleinx


Imagen de Leonardo Lamberta

Se puede ver su obra en @sol_planetario_amarillo y en @leolamberta