• Andrés Guerra

Torre de roca


Una toalla rosada que alguna vez fue roja era mi soporte en la playa de los molles. El sol me llenaba el cuerpo de marcas rojas de quemadura, el bloqueador pegaba granos de esa arena al pedazo de mi piel y un palo de helado de agua sabor naranja estaba adosado con azúcar a mi pecho.

La brisa marina mitigaba el calor que caía desde el cielo. Aunque en pequeños lapsos de tiempo esta dejaba de pasar, y te recordaba donde estabas. En un pedazo de algodón, sobre miles de piedritas ardientes y bajo el abrazador sol del verano. Con un sobrero sobre mi cara solo esperaba que, esa sensación de estar en contacto con metal al rojo (insoportable), se terminara.


Uno de estos calurosos lapsus no fue detenido por el viento, sino que, por la llegada de mi hermana, que mojada por el agua del mar irradiaba frescura. Las gotas me salpicaron y recordé que existía una sensación más allá del calor. Una certeza que olvidamos en verano, y en especial cuando no corre la brisa marina en la playa. También pasaron a llevar las gotas a mi amiga Carmen, que yacía, roja como jaiba, en una toalla morada a mi lado


-Estoy muerto de hambre, ¿les tinca comprar unas empanadas? - dijo mi hermana.

Mariscos nadando, ya no en agua salada, sino que en queso mantecoso.

-No se me podría ocurrir una mejor idea, irme de aquí antes de terminar como tortilla de rescoldo. Comer frituras y ducharme para sacarme lo pegajoso. – le respondí.

-Chucha parece que tenemos al fan número uno de la playa – dijo Carmen – vayan ustedes yo me voy a quedar un rato más. Nos vemos en la noche.


Juntamos nuestras cosas, no sin notar que la arena se había colado desde el traje baño hasta el celular, cosa que solucionamos con una sacudida que tiramos a las toallas de unos bañistas que estaban jugando paletas. Salimos de la playa hacia su final norte, donde empiezan los roqueríos y hay una escalera a la calle. Esta última sigue bordeando al mar, pero con piedras a su costado. Sobre estas, decenas de huiros se secaban al sol, entre los cuales había dos grupos bien diferenciados.


Los primeros eran los amarrados, estaban secos y doblados de forma que fueran maniobrables, verdaderos fardos de algas café. Estos solo esperaban que los subieran a un camión, en dirección a una fábrica de cosméticos o un plato de ensalada. Dispuestos y útiles al ser humano, situación que abruma al mirarlos en el contexto que se encuentran, ya que a los pies de estos paquetes de practicidad humana estaba el océano, la antítesis a esta condición.


El otro grupo eran los huiros sin secar, largos y enmarañados. Como no estarlo si en la tierra, la rigidez es regla y gracias ella nos mantenemos de pie. Todo cambia en el habitad de estos seres, pocos metros más abajo se alzan grandes alturas solo sostenidas por un cuerpo blando. Ahora, entregadas al nulo soporte del aire se golpean y yacen sobre su dura cama, fundiéndose entre la piedra y el sol, pero que en vez de derretirlas la endurecen hasta volverlas comestible.


El negocio de las empanadas es de un porte mayor al de un quiosco de plaza y menor que el de un restaurant. Está en una curva, donde mirando al sur se ve la playa y mirando al norte sigue la calle que sufre otra curva siguiendo la costa. La ruta ocupa los pocos metros de planicie entre la caída de los cerros y los roqueríos. Tan pocos metros que las pocas casas que se ven son unas feas de color verde que están en la empinada falda de los cerros, agarrándose con sus cimientos para no desbarrancarse. Las empanadas se pedían y se recibían en un mesón y a su lado una terraza con dirección sur dejaba espacio a unas mesas y sillas de plástico.


Me senté en una de ellas mientras mi hermana pedía dos ostión-queso. Me concentre en como seguía la calle al sur, la dirección en que estaba la casa en la que nos estábamos quedando. Busque la vereda, consumida por la arena que el viento le tiro. Para luego, casi instintivamente mirar hacia el mar, un espectáculo mucho más apasionante que el resto. En el roquerío que servía de frontera entre la tierra y el mar, algunas piedras se destacaban por su forma, aunque parecía ser que mientras más se alejaban de mí más extrañas se ponían.


Al principio eran puntiagudas, y daban la sensación de que al tocarlas te rasgarían la piel. Más allá estaban pulidas, al punto de no saber si podrías pararte arriba sin resbalar. Formas de media luna, de pirámide, delgadas como un hilo o con una superficie tan plana como el piso. Y ya bastante lejos, calculo que, a unos 300 metros, había una que destacaba por ser la más grande de todas. De forma cilíndrica, tan cilíndrica como la naturaleza se permite a si misma crear. Tendría, al ojo, un diámetro de unos dos metros, pequeño comparada con su altura. Unos 10 metros roca marina que se alzaban en el borde costero.


Aquí me gustaría decir que nunca la había notado, decir que, como un sueño apareció desde las entrañas de la tierra, buscando el sol. Y tal como los huiros que tira el mar fuera como el vómito, la tierra había echado fuera esta piedra. Pero esta al contrario de las algas, no se derretía y caía, sino que se mantenía firme.


La verdad es que no le importaba esconderse y se mostraba sin miedo a la población. Tanto así que no estaba acompañada por ninguna otra piedra ni la mitad de su altura, estaba sola y abrupta en el paisaje. Supongo que le tendrían un nombre los pescadores, los actuales o los anteriores, o al menos eso cabría esperar. Lo que es yo, la veía todos los días camino a la casa o la playa. Quería contemplarla tranquilamente y no yendo a otro lugar. El problema es que la casa esta después de la otra curva, por lo que no se veía desde ahí. Por lo que en el único lugar que podría contemplarla detenido eran esas casuchas verdes y la mesa plástica del local de empanadas.


Solía mirarla de abajo hacia arriba, subir mis ojos por la no uniforme superficie de la roca. Llena de gritas y colores diferentes pero continuos. Parecía que en su piel pretendía mostrar el esfuerzo que le había significado crecer hasta ahí, como lo hacen las estrías.


Al llegar arriba vi, sobre su techo plano una mujer. Vestida con un bikini melón, chalas cafés y pareo traslucido del mismo color. Este se movía desesperado por el azote del viento que parecía querer botarla, pero sin atreverse a hacerlo. Mientras ella, en la desnudez de su traje de baño, no parecía darle importancia la vulnerabilidad de su situación.


Observaba el agua chocar contra las piedras, generando olas violentas que hacían lo posible por tocar su piel morena con alguna gota. Dejo de mirar las rocas y me miro a mí, eso quise creer, pude ver sus rasgos, sus pómulos marcados, su pelo negro y sus ojos obscuros. Sonrío y siguió mirando las olas. Sentí como se me apretaba el pecho mientras la brisa le daba frio a todo mi cuerpo.


Al llegar mi hermana noto mi consternación, pero la engañe diciendo que me estaba muriendo de hambre. Preferí guardarme la imagen de la mujer sobre la piedra como si fuera únicamente mía, un descubrimiento. Ya camino a la casa decidí agachar la cabeza y no mirar. Solamente, cruzada la curva que hace invisible la piedra le dije a mi hermana que se me había caído algo en el kiosco y ella siguió mientras yo me devolvía. Volvió a aparecer el cilindro y la mujer estaba aún allí arriba mirando el mar, pero ahora estaba sentada en el borde. Sentí que si miraba un poco más se voltearía hacía mí, pero no lo hizo.


Esa noche fuimos con mi hermana a carretear a un bar, este quedaba al otro lado de la playa, al sur. Caminamos de noche, estaba muy obscuro, las nubes tapaban la luna, por lo que más allá de la luz de los focos, un telón negro impedía ver más allá de la calle. Si no fuera por el ruido de las olas, perfectamente se podría dudar de la presencia del mar, como sí se podía dudar de la presencia de la roca, la mujer o incluso el negocio de empanadas. También era una noche caliente, las noches en pacifico sur son frías, incluso en enero, pero esta parecía Camboriú. Maldito calentamiento global.


Llegamos al bar, nos encontramos con Carmen y fuimos a bailar. Bailando mi amiga se comió a un tipo, con el pelo largo y moreno. Después de cerrado el bar-disco se nos acercaron.


- Cabros, vamos a donde el Jorge. Vive justo pa´ su casa – dijo la Carmen.

- ¡Obvio! Feliz vamos a un after y mejor si nos queda de pasada a la casa – respondió mi hermana.


Jorge, era grande y musculoso. Ocupaba un short muy corto y una polera que le quedaba muy apretada, y de la trataba de separar de la piel constantemente, como si no se sintiera cómodo en ella. Cuando nos lo presentó la Carmen, fue encantador. Por lo que nos dijo tenía la misma edad que yo, que era el más chico de nosotros tres, lo cual hizo sentirse un poco mal a la Carmen ya que sabía que la molestaríamos mañana. Pero al hablar parecía forzar la inmadurez que todos (fuimos varios a su casa) dejábamos ver por la borrachera, al menos en ese aspecto era el más viejo de entre nosotros.

Resultó que Jorge vivía en las horribles casas verdes del borde costero. En una en particular que quedaba tan arriba que tuvimos que subir unas escaleras gastadas para llegar. Más de alguno se resbaló, pero todos llegaron intactos. Las otras casas parecían vacías y el único reclamo que escuchamos fue el de (supongo) su papá que le grito desde el interior de la cabaña.


- ¡Pincoy si quieren tomar que sea afuera, me da lo mismo que se caguen de frio!

Siguiendo sus órdenes, fuimos a la terraza, que supongo de día tendrá una gran vista. Al momento de llegar yo no podría decir que estaba muy borracho. Me había tomado unos vasos de vino y el baile me había hecho estar más eufórico. Ahora con frío y la caminata se me había pasado, así que tenía dos opciones, o irme a dormir o beber. No fue una decisión difícil y me puse a tomar el pisco que el Pincoy (le decíamos así desde que su papá le grito) nos había ofrecido, solo con la condición de que quedará para cuándo llegará su hermana.


Tras unos vasos la risa empezó a apoderarse de los que estábamos en el lugar. Con mi hermana y otros invitados nos pusimos a bailar en una parte de la terraza. Cansado tras un rato vi que la Carmen jugaba un juego de cartas por el cual reía mucho. Un poco aturdido por el alcohol y la danza fui tambaleante a una mesa pequeña que quedaba a un costado, en donde había dejado mi vaso mientras bailaba y me senté. Cada vez que tomaba creía escuchar más alta la música. En eso llego Pincoy que se sentó en frente, le hice gestos de que no escuchaba bien y gritando le decía que quizás estaba muy fuerte la música. Él no se inmutó, de alguna forma habló lo suficientemente alto como para escucharlo. Si lo bajamos van a parar de bailar - dijo.


Mientras los bajos retumbaban al ritmo del reggaetón, el Pincoy, me había empezado a contar la proeza que fue construir esa casa, considerando el ángulo de inclinación no me sorprendió que fuera así. En la mitad de su historia miró a alguien detrás de mí. Una voz femenina se oyó calmada, aun a pesar del ruido. Supongo que me dejaste copete. A lo que él respondió. Obvio, mira. Y saco un pisco a la mitad, que si bien era grande yo creía que se había acabado.


Claudio, esta es mi hermana Inés – dijo el Pincoy.


Inés, que estaba en un carrete en otra parte según escuche, llego con al menos 7 amigos que se unieron al baile y al juego de cartas, mientras ella se sentaba al lado de nosotros dos. Donde se conocieron. Preguntó, mientras empezaba a destapar el pisco y servírselo en su vaso. El Pincoy se comió a mi amiga de allá, dije entre risas, mientras apuntaba a la Carmen. Chucha la Carmen, me dijo que fuera a jugar como hace media hora. El Pincoy se paró y se fue, lo vi como llegaba donde la Carme que con otros se reían y lo abrazaban dándole la bienvenida.


Cuando volví a ver a Inés me había servido otro vaso, y lo sostenía frente a la cara. Me toca tomar contigo ahora parece. Le di un sorbo largo con el que me bebí la mitad del contenido. Cerré los ojos mientras lo hacía. Volví a sentir saturados mis oídos por la música y el griterío de la gente. Del disgusto apoye muy fuerte el vaso en la mesa, este sonó muy fuerte y provoco que salieran gotas que dieron en el brazo de Inés. Abrí los ojos mientras ella se reía y secaba. Se me vino a la mente una imagen, las olas tratando de alcanzar a la mujer, las olas tratando de alcanzar a Inés. Era ella, era la mujer de la piedra, y yo sin querer había tocado su piel. Lo que ni inmolándose contra las piedras las olas habían logrado.


Inés, creo que te vi hoy. Te vi en la piedra, esa piedra alta que seguramente se ve desde aquí, estabas arriba de ella mirando al mar. El ruido era insoportable. Estuve ahí hoy, me acuerdo de haber estado. Pero no estoy segura de haberte visto. Tras decirlo tomo de su vaso y yo la imite, mi vaso se sentía pesado. No creo, difícil, claramente desde allá arriba debe ser difícil interesarse por los que estamos abajo. En especial porque estaba en el negocio de empanadas. No me imagino nada menos atractivo que mirar. La pesadez del vaso escalo hasta mi codo y luego hasta mi hombro. Es verdad, cuando estas arriba no hay nada interesante abajo. Mi cara se sentía caliente. Pero si tengo la idea de que me miraste. No estoy seguro de haberlo dicho bien, mi lengua se enredaba y tartamudeaba. Ya lo recuerdo, te miré. Mi vista empezó a hacer un poco borrosa. ¿Cómo subiste? El ruido no ha bajado, ¿Cómo hemos hablado sin gritar? Tenemos una cuerda con los que escalamos por quieres ir a verla. ¿Ahora? Ahora.


En unos segundos nos habíamos parado y la había seguido por las escaleras. Corríamos y nos reíamos, saltábamos y parecía que sería imposible caerse por ellas. Llegamos a la calle donde las voces y la música del carrete estaban ya lejos, aunque aún se oían.

-Las guardamos a los pies de la torre.


Me tomo de la mano y me sumergió en la obscuridad. Me guio saltando entre el roquerío. Pisaba las piedras afiladas, lisas, cuadras y planas. En un momento nos detuvimos y ella guio mi mano hasta tocar una piedra al frente mío. Estaba fría. Esta es la torre, me susurro. Sentir su superficie y sus imperfecciones. Toma esta cuerda y sube. Empecé a escalarla mientras escuchaba cada vez más abajo su voz, que me daba instrucciones que honestamente no me interesaban.


Llegué arriba y no me sentí exhausto. El viento soplaba fuerte. Una sombra negra me cubría los ojos, aunque no sentía miedo, sí mucho calor. Después de un rato la oí llegar arriba, se acercó a mí y me abrazo por detrás y me guio al borde. Sentí como la mitad de mis plantas dejaban de tener soporte en tierra firme.


Las nubes dejaron escapar un poco de la luz de la luna, que por un instante ilumino la obscuridad absoluta que nos rodeaba. Ahora el precipicio tenía cara, una caída enorme hasta unas piedras que eran violentamente azotadas por el mar. Por acto reflejo me aleje del borde. Me di vuelta y la vi, sentí como si me hubiera querido empujar, pero me aferré a ella. Las nubes se comieron a la luna, se oscureció, y cuando trataba de ver la expresión de su cara todo se tapó y sentí sus labios en los míos.


Sentí mucho sueño, pero no podría diferenciar si tenía los ojos abiertos o cerrados. Por lo que no note cuando caí dormido o si es que lo hice en verdad. Pero sí que algo suave tocaba mi cara, era la piedra que me serbia de almohada.


Me desperté sobre la torre con las primeras luces del día. Inés no estaba, y sentí frio por la brisa marina que acaba de pasar.


 

Autor: Andrés Guerra Meniconi


Nacido en Santiago de Chile en el año 1998. Estudiante de Derecho en la Universidad de Chile.



Imagen de Leonardo Lamberta

Se puede ver su obra en @leolamberta