• Marina Klein

Somos esos pasos


¿Qué nos deparará la noche? dijimos mientras su negrura se abría como boca de caverna delante de nuestras narices.


Y no supimos qué contestarnos.


Nos quedemos así, agarradxs de las manos y mirando la oscuridad durante el tiempo que duran algunas cosas.


Empezamos la marcha. Nuestros pies se dirigieron solos hacia el lugar que entendían que era para ser caminado.


El resto de nuestros cuerpos se dejaron andar.


Estábamos en el inicio de una ruta que subía una colina. La subimos. Del otro lado se veía un campo de pastos espesos y más allá de eso se intuía un mar denso y oscuro.


Del mar sólo se olía la sal y se sentía el rugido de las olas golpeando contra la arena con esa furia espumosa de látigo constante. No se veía el agua ni ninguna otra cosa. Nada. Un abismo de sonidos y olores.


El pasto crecido y desordenado que lo antecedía tenía en algún lugar otro bosque más chico y ahí una cabaña de madera abandonada. Eso lo sabíamos pero tampoco se veía en la noche.


La luna no andaba por el cielo. Las estrellas salpicaban todo pero no iluminaban más que su propio recorrido de luz.


El camino era ondulante y solitario.


Ni una vez pasó un auto ni ningún otro vehículo. Un zorro nos miró como de reojo, no nos tuvo miedo y se fue caminando lento otra vez por donde había venido.


Nada más.


A veces un viento en ráfagas, otras una brisa. Los sonidos del pastizal al agitarse. Algunos pájaros nocturnos que cantan como sólo ellos saben y son la mejor banda sonora imaginada.


Veníamos del bosque cerrado sin poder ver donde pisarían nuestros pies cinco metros más adelante, ni intuir el cielo. Y de pronto todo se hizo ancho y espacioso. Enorme.


Se nos helaban las manos pero había una ansiedad nueva en nuestro sistema. Los latidos se aceleraron y los movimientos se tornaron un poco más seguros y veloces.


Los pasos se hicieron más largos y vitales. Dejaron el titubeo que venían arrastrando.


En la parte de la bajada, corrimos. Cuando llegamos al llano, danzamos como enajenadxs inspirando con fuerza toda esa sal y esa furia marina. Dimos saltos en el vacío de la noche.


Cada vez que tocábamos el suelo nos abrazábamos o nos besábamos. Después caímos en la arena y nos revolcamos un rato, cuerpo cálido contra cuerpo cálido.


Nos rozamos los sexos que latían bajo capas gordas de ropa.


Sacamos una de las botellas de vino que aun sobrevivía y la bebimos calladxs mirando lo único que se veía del mar, la espuma blanca que desaparecía en la arena, y el infinito.


Nunca hubiéramos sospechado, ni por asomo, la mañana del día anterior que esa noche estaríamos ahí, así, de esa forma.


Y eso nos daba como una felicidad, ansiedad o risa nerviosa, que aún no se definía.


Éramos nosotrxs tres.


Lxs tres habíamos buscado un mapa y tratado de encontrar el mejor camino al faro evitando las carreteras transitadas y otros medios de transporte que no sean nuestros seis pies sedientos de caminos.


El faro estaba abandonado y no exhibía su halo de luz, si no lo hubiéramos encontrado antes.


Sabíamos dónde quedaba y vimos en el mapa el bosque entre el camping donde estábamos y la playa. También habíamos escuchado historias de la casa abandonada y de otras particularidades de lxs pobladores de aquella parte de la isla.


Le erramos en el cálculo del tiempo nada más.


Pensamos con esa mezcla de ingenuidad y optimismo exagerado que reina en algunas mentes de viajerxs, que en algunas horas estaríamos por ahí. Pero no.


Por suerte teníamos las mochilas con todo nuestro arsenal de cosas porque pensábamos acampar en el faro.


Comida había poca pero lo suficiente para el fuego que tuvimos que encender en medio del bosque, una vez que nos dimos cuenta que estábamos perdidxs y que no era buena idea continuar si luz.


Armamos una sola carpa, la mía que era la más amable en su armado y desarmado.


Cenamos unos fideos con aceite que era lo que traía uno de los chicos y nos tomamos un vino de los tres que traía el otro. Dejamos los otros dos para celebrar la llegada.


Comimos contándonos cosas de las vidas de cada unx y después de un rato hubo una pausa de palabras.


Hasta el día anterior éramos tres viajerxs en viajes solitarios. Cada unx con sus historias y fantasmas.


Ahora estábamos ahí, en la noche uterina acurrucadxs frente a lo inhóspito.


El fuego y su sonido ondulante y de chispas copó todos nuestros sentidos y nos rendimos al cansancio de la jornada.


Nos quedamos así un rato, tomando vino tinto del pico y envueltos por el calor del fuego y de las mantas que habíamos sacado para darnos calor mutuamente. Cuando se terminó saqué una petaquita con ginebra que siempre llevo conmigo.


Seguimos un rato más tomando y hablándonos cosas cada vez en un tono más bajo, casi de susurro y prácticamente monosilábico.


Se había formado un nido bajo las mantas y era tan cálido que embriagaba en el contraste con el contacto de la noche fría.


Las respiraciones se fueron volviendo más espesas y dulces. Me recosté sobre las piernas cruzadas de J, el chico de la izquierda. Mientras seguíamos con el silencio interrumpido por pequeñas acotaciones. M me sacó una media y me masajeó el pie.


Sentí en la espina dorsal, sobre el suelo de hojas secas que soportaba mi cuerpo en medio de un bosque en una tierra desconocida, una electricidad punzante y extática.


Me dejé hacer, maleable, blanda.


Sentí el primer beso de J cuando tenía los ojos cerrados y no lo vi venir, pero no me sorprendió. Lo estaba esperando.


Tenía los labios muy tibios y la lengua suave y dulce de alcohol.


Sentí que la otra media también salía del pie y que después M subía por mis piernas. Le agarré las manos y se las besé. Le pasé la lengua por los dedos y me saqué el pantalón. Le mostré donde ponerlos y abrí las piernas.


Me hundí en sus mundos. Me hundí en sus bocas. Sentí dentro de mi sus vergas hinchadas, en mis manos y en mi boca.


Sentí sus labios húmedos y suaves por todos lados.


Sentí que había noche. Que la noche nos había succionado a su zona más íntima y oscura. Que no habría después, que nos tragaría para siempre el goce.


Sentí sus salivas mezclarse en sus bocas y me uní a sus besos. Éramos tres lenguas borrachas contorsionándose en medio del espacio.


Los sentí abrazarse y acariciarse y me desparramé en éxtasis sobre sus cuerpos hermosos.



En algún momento el cansancio ganó esa partida y nos dormimos, cada unx apoyadx en alguna parte del cuerpo del otrx.


Dormimos al cielo. La carpa quedo vacía. No la necesitamos.


El fuego en algún momento también dejo de arder y no importó.



Nos levantamos cuando el sol se coló entre las ramas y los pájaros del día cantaron sus primeras notas.


En un arroyito que corría por ahí nos lavamos las caras y juntamos agua para el café. Nos dimos unos besos más y nos acariciamos las cabezas lxs unxs a lxs otrxs.


Nos miramos lindo y nos reímos un poco.


Desayunamos y partimos a ver si conseguíamos salir del laberinto de árboles gigantes, antes del atardecer.


Pero no. No lo conseguimos. Anduvimos errantes toda la jornada mientas cada unx hablaba de su ciudad, de sus estudios y trabajos, de sus amores, de sus familias y esas cosas, comíamos frutas y galletitas que nos habían sobrado, y nos maravillábamos con cada maravilla del bosque.


Había mariposas azules, flores con rojos estallados y amarillos que encandilan. Pájaros de plumajes increíbles. Y los sonidos tan hondos, tan de las regiones de éxtasis del mundo, de lugares que no se pueden tocar porque son la esencia de las cosas, que no hay registro narrativo ni de lenguaje para poder describirlo. Son el ser del ser del mundo. Lo profundo que existe en la esencia de las cosas, lo no mensurable e inabarcable para la comprensión humana, siempre tan limitada frente a la infinitud.


Cuando ya no quedaba más sol fue que el bosque llegó a su fin y nos vimos sobre la ruta que llega al mar.



Decidimos pasar esa noche en la playa.

Hicimos otro fuego sobre la arena, comimos y descorchamos otro vino, y después otro.


Nos embriagaba todo. El rugido del mar, el cielo estallado de estrellas, nuestros tres cuerpos contorsionándose bajo las mantas, todo nosotrxs, en esa danza hedónica del goce.


No había nadie por ahí. El mundo era enteramente nuestro y nosotrxs éramos enteramente suyxs. No había distinción entre nuestros tres cuerpos enroscados y el cosmos con su caos.



El faro se erguía sobre la izquierda que era justo por donde asomó el sol cuando empezó a amanecer.


Yo era la única que estaba despierta.


Me quedé acostada un rato más mientras el día desvelaba cada pedazo del lugar donde nos encontrábamos y que la noche anterior no habíamos visto.


Era alucinante.


La arena no era ni blanca ni amarilla. Era negra, brillante, mineral y firme.


El mar tenía un turquesa inimaginado.


Algunas aves marinas ya revoloteaban por ahí con sus picos naranjas y sus alas blancas y negras, en bandadas ruidosas y frenéticas.


Me lavé la cara con agua de mar. Era cálida y muy salada.


Puse agua dulce que cargábamos en un bidón en una ollita para hacer café y me volví a enjuagar la cara. Reavivé el fuego y contemplé todo.


Todo. Toda la inmensidad. Mis dos amantes dormidos y hermosos. Las mochilas. Todas nuestras cosas y nuestros cuerpos. El cielo, el sol, el agua, la arena, los pájaros, nuestra piel, nuestros pelos alborotados. El pastizal a nuestra espalda. El camino que bajaba a la playa. Pedazos de madera que habrán quedado de alguna tormenta o crecida.


No se veía ni una casa ni ningún otro rastro humano. Solo nuestras huellas en la arena.


Me gusta la soledad. Me gustan las playas desiertas. Me gusta poder estar con otrxs solitarixs en esos espacios desolados.


Olí salado un rato más.



 

Este cuento forma parte del libro Fragmentos de Mundos que se publicó durante el 2021 en Ediciones Frenéticxs Danzantes y que se puede conseguir acá


Autora: Marina Klein


Soy autora también de los libros de cuentos “De Fauces al Subsuelo”, “Danzando entre la Nada y la Furia”, la novela “Trashumantes”, y de las plaquettes “La vida secreta de quien come en la cocina”, “SEAMOS Libres que lo demás no importa nada”, “¿Te gustó coger?”, “Georgina Orellano Puta Feminista” y “Donde los muros eran de niebla” editados por Ediciones Frenéticxs Danzantes. También dirijo la Revista Extrañas Noches y la editorial recién mencionada.


Nací en Buenos Aires en el 74, viví en esta ciudad hasta más o menos los 20 años y desde ahí hasta el 2012 anduve por el mundo viajando y quedándome largos períodos en distintos lugares de América Latina. En ese tiempo realicé un tour por distintos oficios, escribí para varios medios crónicas de viaje, tuve un programa de radio, limpié casas, hice gorritos de hilo y hasta llegué a tener una pequeña fábrica de joyería artesanal.


Cuando volví hice la carrera de sociología, donde además de aprender, una vez más me di cuenta que la academia no es lo mío.


Todos los libros se pueden descargar de forma gratuita en la biblioteca libre de Ediciones Frenéticxs Danzantes

O adquirir en físico en el catálogo de Ediciones Frenéticxs Danzantes



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Imagen de Egon Schiele