• Alberto Fernández González

Soledad compartida


¿Tú tienes familia? No, claro, qué vas a tener, si te arrancaron de ella poco después de nacer para aislarte con tus hermanos en otra jaula, o no hermanos, que eso no se tiene en cuenta. Créeme, a la larga es mejor. Te evitas el dolor de su pérdida, la añoranza de lo que un día fue tuyo y ahora está lejos. Porque tú tendrás madre y padre, pero no les echas de menos.


Me miras y no me entiendes, agarras la pipa, la pelas, te la tragas y a otra cosa. Yo, sin embargo, padezco la frialdad de esta casa, la desolación de la lejanía, las ganas del regreso; no tengo pipa que pelar, salvo el doloroso recuerdo de la separación.


Te escondes, tal vez te asusta mi dolor, como si pudieras entenderlo; te das media vuelta, buscas la oquedad bajo el algodón y desciendes, bocabajo y con gran agilidad, el tubo de plástico que te lleva a las estancias inferiores de la jaula. Siempre has vivido ahí dentro, salvo cuando Merceditas te posa cariñosamente sobre su mano y le cuentas los dedos olfateando sus células infantiles. Yo tenía gatos, ¿sabes? Cuatro felinos que vivían en mi casa, con ella, mi mujer; se llama Estrella. Eran mi familia, se enredaban con mis pies, saltaban a la mesa para ver qué se cocía en ella, reclamaban piensos variados, figuritas vitaminadas de distintos colores, atención que conformaba un tipo de vida. Tú eres más silencioso. No reclamas, no te enredas… Pero ahora eres todo lo que tengo en esta habitación poblada de cajas en desorden. Es el equipaje de mi vida, otra vez en el andén de la partida hacia Dios sabe dónde. No quiero abrirlas para no enfrentarme a su orfandad, tan arrancadas de su mundo como tú cuando fuiste seleccionado por la madre de Merceditas para ser el regalo de la niña por su último cumpleaños. Ni siquiera te preguntaron si tenías equipaje que desordenar en tu jaula, y así te evitaron el trago de la desolación ante las cosas muertas. Quizá por ello eres feliz, tan distante de la angustia vital de los humanos que naufragamos nada más zarpar y abandonar la costa.


¿Sentiste miedo alguna vez? No contestas y no lo sé. Me miras desde tu colchón de cáscaras y virutas de corcho, te detienes unos instantes como si quisieras entenderme, pero terminas acicalándote los bigotes y dándome la espalda. Yo enciendo un cigarrillo a sabiendas de que rompo las normas de esta pensión saludable donde lo tienen prohibido, abro la ventana y veo cómo escapa el humo delator.

¿Te han asomado alguna vez a la calle? Ven que ponga tu jaula sobre el alféizar. Es de noche. Puede que sea la primera noche que ves, siempre sobre el aparador del comedorcito de Doña Paula. Desde allí quedan lejos todas las ventanas, y tú sólo entiendes de luz y oscuridad, de parloteo de cucharas y silencio de sobremesa.


¿Te gusta el callejón? Eso de ahí enfrente son ventanas, como esta. Dentro hay seres, como yo. …Bueno, espero que en mejores condiciones, que no tengan cajas amontonadas a sus pies, que no estén pasando por el duelo de una separación, que vayan y vengan por las estancias de la casa en lugar de estar sentados sobre la cama esperando que pase el tiempo para llegar a ninguna parte.


¿Ese chirrido es tuyo? ¿Acaso hablas? Ya, ya; tienes frío, o te asusta el soplo del airecillo. Esos ruidos lejanos son de la avenida: vehículos, carromatos, seres tejiendo la vida.


¿Eres hembra? ¿Macho tal vez? Claro, a mí no me importa, pero ten por seguro que a ti tampoco ha de importarte; nunca vas a emparejarte, para bien y para mal. Luego te encariñas, amas… y un buen día te abren la puerta de la jaula y te dicen que te vayas, que recojas el amor que te quede y lo metas en una caja para que te lastre hasta el fondo del mar.


¡Ah, ¿te escondiste?! Es natural; la calle te asusta, o quizá sean mis palabras. Si pudieras entenderme te daría un pitillo y nos sentaríamos los dos sobre esta cama para contarnos nuestras cosas. Posiblemente también tengas cosas que contarme, quizá necesidades de compañía… ¡Pero ahora estoy yo aquí!, aunque puede que no sea lo que necesitas. Hasta es posible que compartir esta habitación sea un castigo para ti: el humo, la ventana abierta…


¿Tienes vértigo? Mejor te dejo sobre la mesita. Merceditas vendrá luego a recogerte, antes de acostarse, dijo. Sólo ha sido un detalle de bienvenida al huésped nuevo que llegaba tan abatido del otro lado de la vida. Aquí todos somos náufragos. Cinco habitaciones con derecho a uso del baño y silla alrededor de la mesa del comedor, cinco marinos perdidos en esta isla que gobierna Doña Paula, todos escondidos tras la puerta, todos fumando prohibiciones y abriendo ventanas para respirar el aire que respiran en la costa de la que zarpamos para buscar aventuras, o deportados por el Consejo de Administración de la vida.


Sigues escondido bajo el colchón de virutas y cáscaras, pero sé que no me ignoras. Quizá en tu cerebro de hámster se aloje algún conocimiento sobre el dolor de la pérdida.


¿Te quitaron algo alguna vez una pipa, un trozo de algodón? Claro, no es lo mismo. A mí podrían robarme todas estas cajas y yo seguiría vivo; todas menos una, esa donde empaqué el amor a lo mío, el cordón umbilical con el pasado, lo único que existe cuando te quedas solo. Tú siempre has estado solo. Subes por tu canuto de plástico hasta el dormitorio del piso alto bajo la bóveda de color caramelo, das unas cuantas vueltas hasta encontrar la postura y te quedas dormido durante una, dos horas… no sé. Si te apetece bajas y te enganchas a la rueda, y venga a correr sin aparente sentido. Yo no conozco mucho acerca de vuestra vida, pero se me antoja pensar que quizá en esas carreras infructuosas y aparentemente tontas, quemáis cualquier conato de infelicidad. ¡Que os amenaza la sombra de la soledad…!, veinte vueltas; ¡que os sentís atrapados en un mundo de barras disimuladas en medio del plástico…!, otras veinte vueltas. Si tenéis miedo ante una presencia extraña, más carreras infructuosas. Al menos yo no te causo más que indiferencia.


¿Vuelves a asomarte? Otra pipa, ¿o quizá una excusa para estudiarme desde la seguridad de tu cárcel? Aunque puede que pienses, y no sin razón, que la cárcel está fuera de tu jaula. A ti se te ve feliz ahí dentro en tanto yo sigo sentado sobre el duro colchón de mi mazmorra.


¿Que te gustaría salir? ¿Nunca te dejó corretear Merceditas por estas tablas gastadas? Creo que un buen entendimiento pasa por un buen conocimiento, y si tú jugueteas entre las cajas rescatadas de mi naufragio, algo aprenderás de mi vida. Sí, me gustaría verte saltar de una a otra, preñar de compañía esa orfandad que me produce contemplarlas como si fueran cadáveres pendientes de enterrar. Mis gatos ya lo hicieron cuando estaba a punto de abandonar mi casa. Restregaron sus lomos como si entendieran que era un equipaje a punto de subir a un tren que se perdería en el horizonte al que ellos nunca se asomarían. Querían dejar su calor en ellas, sus pelos en el cartón, su olor. Y mientras tanto yo los miraba para aprenderme sus ojos, todos los detalles de sus expresiones. Están ahí guardadas, en la caja más grande, la que no lleva marcas. Si supieras cómo duele recordar, palpar con el alma todo aquello que no tienes…


¿Tenéis alma los hámsters? No sé si eso es bueno o es malo. Es ahí donde se acumula el sentimiento, la felicidad, el dolor… la trascendencia… A ti eso no te preocupa; ser trascendente, aspirar a una vida plena… Se te ve tan satisfecho pelando pipas en tu aparente soledad… El alma es una estancia muy vacía cuando no hay pipas, y a este lado de tu jaula a veces no hay nada que llevarse a la boca, y es entonces cuando necesitas de esa rueda que tú haces girar vertiginosamente. Buscas y buscas por ese cúmulo de sentimientos y sólo encuentras la horma de todo lo que ya no tienes, y eso duele.


¿Horma? Sí, son voces que sigues escuchando, pero que ya nadie pronuncia, sensaciones en la piel sin que nadie te acaricie, ojos que te miran y a los que ya no puedes mirar. Claro, tienes razón: es lo que está en la caja sin marcas, el alma empaquetado, ese equipaje que no ocupa espacio y cuya caja pesa más que ninguna de las otras que nos rodean.


¿Quieres que te acaricie? Ven aquí que te saque, no tengas miedo. Merceditas está con los deberes, y Doña Paula todavía está entre los fogones preparando el rancho de los náufragos. Eso es, sube aquí, a la palma de mi mano. Es más grande que la de la niña. La suya es suave y blanca; aquí hay callos de la vida, un anillo atascado en el dedo, muchas esperanzas muertas. Mejor aquí, sobre las cajas.


¿No te apetece recorrerlas? ¿Acaso te asusta la libertad? Mira, ahí guardo las corbatas, los gemelos y unas cuantas camisas, las mejores, esas de las ocasiones importantes. En aquella están los cepillos del calzado, el betún y un par de zapatos.


¿Sabes leer? No, claro, los hámsters no vais al colegio. Pues entonces leeré yo. Aquí tengo poesías, pequeños escritos de amor, de cuando el corazón se expande y quieres anegar todo con el sentimiento, palpar la vida por sus cuatro costados. En esos momentos no duelen las costuras, ni siquiera las sientes. Pero andando el tiempo te ves obligado a esconder tus emociones porque el mundo que abrazas empieza a enflaquecer y las costuras te producen callos en las manos.


¿Sabes lo que hay tras esa ventana? Un mundo que me han robado, unas calles cerradas para siempre. Es como quedarte ciego, o encerrado en una cueva con las únicas ventanas del recuerdo. Mira, si me quedo quieto y cierro los ojos puedo ver mis gatos, mis manos acariciándolos; puedo respirar el perfume de Estrella, ver las farolas del parque al que daban mis ventanas… Como sabía que mi tren no tenía retorno, me aprendí la posición de los objetos que se quedarían en tierra, las líneas de sombra que trazaba el sol a esta y aquella hora. Me aprendí, incluso, las betas de la madera del suelo. Ahora las veo, camino sobre sus dibujos, respiro, lleno mis pulmones de recuerdo… Sí, ya sé, que si eso duele por qué sigo empeñado en abrir las ventanas. Es una necesidad, un impulso, quizá una cobardía.


Ven, deja de morder esa caja. Voy a acariciarte, a sentir la vida a este lado de la frontera. No hubo beso en la despedida, ¿sabes? Ella estaba distante, deseando que saliera por la puerta con mi última caja. Retomar la vida, dijo.


¿Tú sabes qué es eso? Retomar tu vida, ampliar tu jaula, cambiar las pipas por caviar, salir a buscar un hámster para hacer camino, pensar cosas nuevas… Y trazar una línea tan profunda entre lo viejo y lo nuevo que espante al corazón ante cualquier debilidad que le haga plantearse un paso atrás. Imagínate que Merceditas llega esta noche y te dice que ya no eres su regalo preferido, que alguien le compró un vestido y prefiere estar mirándose continuamente en los espejos, lamentando su falta de tiempo para posarte en su mano y que le cuentes los dedos.


¿Irías a buscarme a mi jaula para que yo escuchara tus lamentos? Ya, seguirías exactamente igual que ahora, jugando a escaparte de mi mano, pensando en las musarañas y echando de menos tus pipas. Yo también echo de menos las mías. Nunca te has despedido, amigo. Eras muy pequeño para acusar el dolor cuando te arrancaron de tu madre.


Yo tenía todo el suelo tan empantanado como ahora, las cajas esperando que las bajara al coche, la ropa desmayada sobre el sofá, y las perchas asomando por los cuellos, todas juntas, como si fueran la parte visible de sus esqueletos decapitados. Uno de mis gatos se había sentado sobre la montonera pensando que estaba puesta allí para algún nuevo juego. Él no sabía nada, porque los gatos no saben de estas cosas… Y tú tampoco, pero yo te lo cuento por si algún día te viniera la luz y con ella algún recuerdo de este amigo desterrado que te habla. Luego todo fue bajar y empujar las cajas en el maletero del utilitario, comprimir mi historia y poner rumbo a la pensión de Dña. Paula. Por fortuna estabas tú a la vista, Merceditas hablándote como a sus muñecas… Dijo que te dejaba un rato conmigo para que me explicaras cómo es esta casa, que me enseñaras la habitación y me dieras ánimo, porque le debí parecer un tipo triste, pero no me dices nada que me alivie… Bueno, no me dices nada. Seguro que también tienes tus problemas, quizá ansiedad por tu clausura.


¿Te gustaría ver mundo, ir más allá del callejón, a la sórdida ciudad? No creas que con ello se palia la soledad, porque si en ella no tienes amigos, te verás más abandonado que en tu jaula. Aquí tienes los dedos de Merceditas, un lugar cálido sobre la mesa del aparador, y una rueda donde echar a correr para dejar atrás todo lo que te duele.


¿Quieres irte? Ya lo sé, prefieres las manos de la niña; sus historias no te hacen daño. ¡Venga, vuelve a correr por entre las cajas! La ciudad es algo parecido: moles de edificios apilados y formando calles entre ellos, luces y sombras, obstáculos, alguna pipa perdida y muchas cáscaras que dan lugar a confusión. ¡Vamos, recorre mi historia y empieza a hacerla tuya antes de que venga Merceditas! Esta noche puedes sorprenderla con tus nuevos conocimientos. Quizá así otro día te deje salir de la jaula para que explores la historia de otro huésped. ¡Oye, no sé cómo llamarte! ¿Tienes nombre? Seguro que la niña te puso uno. No te veo; ¿te gusta la ciudad de cartón? A mí ahora me da miedo. No quiero adentrarme en ella, nombrar sus calles, palpar sus paredes de recuerdo. Me angustiaría más. No, querido amigo; tú no sabes lo que es una despedida para siempre. “Siempre” es mucho tiempo, es la totalidad de la vida, y cuando asistes a ese momento de desconexión asistes al punto exacto de tu muerte, porque luego, aunque sigas vivo, es otro el que empieza a escribir los nuevos pasos. Todo el cuerpo lo sientes flojo, y un nudo en la garganta; ganas de llorar que sofocas con el gesto rígido del orgullo. No se pronuncian palabras y simulas entereza, decisión, pero con la mirada vas recorriendo todas las estancias a las que jamás volverás a entrar. Ni siquiera acaricié a mis gatos, ¿sabes? Pensé hacerlo, agacharme hasta sus patas y abrazarlos, pero en la escuela de la vida se aprende a no mostrar blandura, y sólo los miré de reojo. Ahora tengo unas infinitas ganas de llorar por ese pecado de omisión. Los necesito, pero están lejos, más allá del callejón, en un punto distante de esa ciudad que no conoces. Abrí la puerta sabiendo que lo hacía por última vez, que en ese momento todo el Universo estaba pendiente de mi acción, y sin embargo los niños seguían jugando en el parque, la televisión navegaba en sus cosas, las farolas se encendieron como cualquier anochecer del pasado. Dije adiós a Estrella, a ella que me despedía desde el sofá del mismo modo que lo haría pensando que bajaba a tirar la basura para verme regresar al momento, pero yo me iba para siempre, y el mundo convulsionaba en mis sienes mientras los pies me arrastraban fuera de esa casa, pero seguía erguido, apuntalado por la fuerza enflaquecida de la supervivencia. Agarré el pomo y sonó un pequeño golpe en el descansillo al cerrar la puerta. Todo mi mundo quedó tras ella.


Y ahora estoy aquí, con este equipaje a mi nombre, pero que ya no me pertenece y que tú exploras como algo fantástico y novedoso. Créeme: envidio tu falta de sentimientos, de razón. Envidio tu jaula y tu rueda, tus pipas y el colchón de cáscaras y viruta de corcho. En tu mundo eres feliz.


¿Qué haces? Ese es mi jersey, y mis pantalones. ¿Has abierto la caja? ¡Pero bueno!, ¿qué estás haciendo, qué pasa?


Cinco minutos después.

-¡Mamá, mamita, el hámster se ha hecho enorme y está sentado en la cama del señor nuevo!

Bueno, déjalo, y no molestes a Don Rogelio.

-¡Pero mami, que es que el hámster está vestido de hombre, con pantalones y jersey, y está fumando, y…

-¡Vamos, Merceditas, que se te enfría la sopa!

-¡Jobar, ese señor nuevo me caía bien, y ahora, tan pequeñito…

-¿Qué pasa ahora…?

-Que está encerrado en la jaula de Pirracas, que el señor triste está corriendo en la rueda, corriendo, corriendo, corriendo…

-¡Ay, Señor! No me daba buena espina ese hombre; tantas cajas, tanto abatimiento, tanto… ¡Vamos, ven a cenar!


 

Autor: Alberto Fernández González