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Selección natural


La humedad, el calor, y la cercanía de los otros. Todo eso detestaba Amelia en grado creciente, porque creciente era todo ello en este mundo sometido a un galopante cambio climático. Los zumbidos y chirridos del vagón de subte, el roce de la camisa contra el cuello, la corona de sudor que perlaba su frente, las medias de fibra elastizada, los dientes amarillos de esa vieja, el aliento fétido del túnel, los bigotes transpirados de aquel tipo, el neón del cartel chisporroteando y el broche de charol de su pollera la enloquecían mientras se dirigía a la oficina, la enorme mole de estilo realista aposentada entre las anchas avenidas.


De un tiempo a esta parte se sentía sofocada, agobiada de noche y desalentada al alba, abatida a excepción del escozor que le daba la ropa y la irritación desesperante que la embargaba. El traqueteo del tren le parecía el resuello de la ciudad, un revoltijo de entrañas, miasmas, flemas y una excitación imperiosa que de pronto le brotaba desde el vientre. Todo sucedió en un instante.


En un momento estaba sentada en la pana pegajosa del asiento, con la vista fija en la señal indicadora que anunciaba su estación, y al siguiente se encontró de pie en el andén, con sus bragas empapadas hechas un bollo en su mano, frente a la mirada reprobadora de los viajeros, mientras el tren se alejaba. Con desconcierto guardó en su cartera el bollito impregnado en una gelatina lechosa, y bajando el rostro subió la escalera, hacia la ciudad.



Frente al amplio ventanal que daba al río, en el doceavo piso del edificio, Drummond asintió consternado:


—Así es, señor. El proceso es inevitable. El propósito de los organismos protoplásticos es permitirse formas que utilicen los recursos disponibles en cada planeta, ya sean fóticos, químicos, radiactivos, etcétera.

—Y aquí habíamos tenido demasiada suerte. Un planeta recientemente esterilizado por una radiación de supernova, pero con mares azules y combustibles fósiles de una era anterior. Tan similar a la Tierra que la forma humana era la alternativa obvia.

—La forma terrícola, señor —replicó Drummond—. Los humanos estándar somos tan humanos como los terrícolas, aunque la forma que vaya adoptando nuestro organismo en diferentes condiciones planetarias pueda variar.

— ¿Tan humanos, Drummond? —preguntó Sommers, de espaldas al ventanal—. Pues ya lo veremos.



En el departamento minúsculo donde la luz del sol entraba tangencialmente, Laura Spiro se levantó con sorpresa del chato vientre de César, donde reposaba.


—No sabía que pudieras hacer eso —dijo, con un gesto de diversión y repugnancia.

—Yo tampoco —respondió César, entre preocupado y compungido. Había movido el ombligo como el cascabel de una serpiente, dándole un aspecto ahusado y filiforme, de un modo casual y completamente espontáneo, mientras dejaba pasar la mañana en la cama del atelier. Laura, curiosa, se irguió en la cama con mirada pícara.

—A ver… —lanzó—. Inténtalo nuevamente.


César hizo un pequeño esfuerzo. Ésta vez el ombligo se desenrolló completamente, columpiándose en el aire quedo como una cuerda: ahora realmente parecía una serpiente, incluso un helminto vermiforme, un plumero de mar que se balanceaba hipnóticamente. En el extremo superior, el pequeño cascabel mostraba una corona de finísimas vibrisas que se erguían lentamente en torno al capullo. Laura se acercó para tocarlo, el dedo índice extendido con inquietud.


— ¿Qué es esto, César? —preguntó fascinada.


El botón coronado se acercó a su yema y las vibrisas se cerraron suavemente en torno a la punta. De repente, todas a la vez la pincharon. Los ojos de Laura se pusieron en blanco, la cabeza echada hacia atrás, mientras las convulsiones sacudían su torso desnudo.


Un largo hilo de saliva resbaló por su barbilla, pendiendo sobre el abdomen de César. El joven parecía haberse retirado en su interior, ajeno a todo lo que ocurría frente a él. Poco a poco, el delicado cáliz avanzó sobre el cuerpo de Laura.



—La dieta del homo sapiens era ciertamente restrictiva —recitó Luis Thorne, estudiante de segundo año del instituto "Fragata Celeste". Tomás Bynnon, aferrado al pupitre del fondo, se sentía desfallecer—. Con excepción del ocasional consumo de hongos, los nutrientes de los que se servía eran exclusivamente de origen animal o vegetal. Hasta la creación de los humanos estándar, constituidos por células totipotentes, los homínidos nunca habían desarrollado mecanismos para la fotosíntesis o la radiosíntesis, como otros organismos terrestres.

—Entiendo —asintió el profesor Mills —.Y asumo que la creación de los estándar tuvo por finalidad incrementar las posibilidades de adaptación humana a los ambientes planetarios de la colonización galáctica.

—Efectivamente —respondió Thorne entusiasmado (¡no había esperado este empujón del profesor!)—. Las células de los humanos estándar conservan su potencialidad, y pueden servirse de todas las formas que la evolución ha manifestado, de los estromatolitos a las flavobacterias comedoras de nailon.

—Pero entonces —preguntó Mills —. ¿Por qué eso no ha sucedido en Teegarden?


Thorne sintió el estómago en un nudo. Lo habían atrapado. No había estudiado realmente, no le interesaba el tema y se había limitado a memorizar el texto con la esperanza de aprobar el curso sin mayor esfuerzo.


Pero a Tomás le concernía de cerca. Llevaba varias semanas desarrollando un sistema radicular que le crecía desde las pantorrillas hacia abajo, como la promesa de una larga estadía entre las feraces praderas de Teegarden. Siempre le había gustado la naturaleza, especialmente al caer el verano: permanecer frente al viento largas horas, entre las frondas que declinaban la luz con su agitada danza de ruido gris. Incluso ahora añoraba esos trances de infancia, borrado de pensamiento y de palabra, perdido en la propia sustancia de las cosas y su majestad. Pero su salud empeoraba. Mills notó su semblante macilento y le espetó:


— ¿Tiene algún problema, Bynnon?


Tomás negó con la cabeza. Thorne había ganado algo de tiempo para aclarar sus ideas y quiso continuar su exposición. Pero el profesor se lo impidió, prosiguiendo:


—Quiero decir: todos nosotros somos humanos estándar ¿verdad?

—Sí, profesor —respondió la clase.

—Todos llegamos en los veleros estelares, o al menos descendemos de aquellos colonos botados desde la Tierra. Todos llevamos latente la posibilidad de expresar las formas más variadas, de la medusa al tiranosaurio, para garantizar la supervivencia y la multiplicación. ¿No es así?

—Sí, profesor —corearon los estudiantes.

—Entonces, señor Thorne —dijo Mills dirigiéndose al tembloroso alumno, con su huesudo dedo de lector engarfiado como un anzuelo—: ¿Dónde están todos esos monstruos?


Tomás sintió que se derretía como un helado, como si su carne demasiado expuesta a la influencia nociva del entorno hubiera cedido paso a un esqueleto más robusto y perdurable. Se avecina un mundo devónico, quiso decir. El calentamiento global acelerado dará paso a nuevas formas humanas, pero sólo pudo barbotar:


—La contaminación…


El profesor Mills frunció el ceño. La clase se rió.


Las raíces (Tomás lo había comprobado) funcionaban como un eficaz sistema de bombeo. Una multitud de pequeñas boquillas penetraba en el suelo blando, en las canillas del lavabo, o incluso (a Tomás le avergonzaba admitirlo) en los ductos del retrete, debajo de la casa, donde la red de incontables cañerías se abría al país entero, y transportaba líquidos ricos en nutrientes orgánicos. Ahora las verdes venas se extendieron velozmente por el piso de baldosas, emergiendo de sus botamangas como rollizos sargazos palpitantes.


Anonadado, el profesor Mills atinó a levantarse, pero los rizomas cubrieron rápidamente la distancia y se apoderaron de él. El griterío que siguió fue prontamente extinguido: un momento después, el lozano follaje ya revestía las ventanas del aula.



Sommers presentó el delgado folio sobre el escritorio vidriado del almirante.


—Ésta es la razón por la cual los estándar fueron prohibidos en la Tierra.


Toll no levantó la mirada mientras firmaba los documentos que tenía frente a él. Detrás suyo, la mole negra de un carguero que salía del puerto parecía reverberar en un borbollón de luces doradas.


—La evolución ha devenido revolución —se sintió obligado a añadir Sommers—. La transmutación fenotípica está llevando días, no siglos. Antes de finalizar el año habrá varias especies humanas compitiendo entre sí sobre Teegarden.

— ¿Qué recomienda? —preguntó Toll.

—Tomar la delantera, señor —respondió Sommers—. Disponemos de diversas alternativas para acelerar la expresión génica. Hasta ahora la transmutación es anárquica, silvestre. Démosle estructura. Formemos un ejército mutante.

—Entonces ésa es la razón por la cual los estándar fueron prohibidos en la Tierra —replicó el almirante, sin leer el folio—. Hágalo, Sommers. Avance.

—Sí, señor.


El delgado agente se retiró del despacho alfombrado, en dirección al ascensor. Un ejército mutante, pensó. A uno se le ocurren cada cosas…


Toll aguardó el sonido del ascensor, en el corredor, llevándose a Sommers. Luego levantó la cabeza y se tocó la garganta inflamada, donde una segunda boca, más grande y dentada, estaba creciendo debajo de la piel.


Hugo cantó en voz alta:


Que todos los satélites dupliquen mi voz… —subiendo con la perilla el volumen de la canción que sonaba en la radio. Justo en ese momento el automóvil lo embistió. Hugo abrió la puerta del coche y bajó al asfalto.


El calor era agobiante, y la densa hilera de vehículos reverberaba en ondas que proyectaban espejismos de plástico y cromo sobre el aire de la avenida. El tipo que lo había chocado se le vino encima a los gritos.


— ¡Estúpido! —le espetó—. ¿No ves que los de adelante están parados?


Hugo se había prometido conservar la calma en situaciones como ésta, y con un gesto atinó a extraer de la billetera en su chaqueta la documentación del vehículo, pero el tipo lo atacó a golpes antes que pudiera sacarla. Entonces perdió la cabeza.


De entre sus hombros emergieron dos pedipalpos relucientes provistos de ganchos y espinas; su brazo derecho estalló bajo la presión de una enorme pinza coriácea que le brotó desde el hombro; sus pies dejaron paso a garras afiladas que se clavaron en el asfalto recalentado de la ciudad.


El primer golpe de la pinza cortó al tipo en dos mitades, a la altura del abdomen. Hugo seguía creciendo. Con multitud de patas subió parcialmente al techo de su coche, que se inclinó bajo el peso: con la enorme quela serrada tomó el auto que lo había chocado y levantándolo en el aire lo aplastó como una lata de gaseosa. Las bocinas de los coches redoblaron su estruendo, los conductores intentando escapar en medio del tránsito.


Hugo golpeó con la pinza los coches que lo rodeaban, enviando la chatarra en vuelo sobre taxis y camiones cuyos ocupantes los abandonaban entre gritos, y lanzó un bramido.


De entre los fierros retorcidos a su diestra, salió un crustáceo espantoso con trazas de hombre, apartando el plástico combado que ya empezaba a arder. Un segundo vehículo se prendió fuego más allá, y enseguida explotó. El cangrejo saltó sobre Hugo. Sus rasgos estaban en el vientre y semejaban el rostro de un poseído guerrero oriental: Hugo retrocedió para tomar impulso y brincó hacia la enloquecida bestia, pero antes que pudieran enzarzarse en gresca, los disparos de dos policías desde la vereda distrajeron al pinchudo decápodo, que se volteó hacia ellos. Apoyados por una patrulla que se acercaba, los policías dispararon de nuevo: del tórax del cangrejo rojinegro brotó entonces una masa de tentáculos que se precipitó hacia ellos mientras el crustáceo corría. Los otros policías dispararon contra Hugo, alcanzándolo en la armadura. Hugo proyectó un largo estolón como un látigo y brincó en su dirección antes que pudieran reaccionar, destruyendo el coche patrulla. Otro vehículo abandonado estalló en llamas, arrojando vidrios rotos y trozos de plástico ardiente a su alrededor. Haciéndose lugar entre los coches chocados surgió un nuevo cangrejo, verde y púrpura, que comenzó a cortar los techos de los autos atascados, atrapando a los que no habían podido huir. El cangrejo rojo, más grande y espinoso, avanzaba ya por la avenida, rumbo al centro. Hugo se miró las pinzas dentadas, de un amarillo furioso, abriendo y cerrando los artejos. Detrás de sí yacían los jirones de su cuerpo anterior, un reguero de andrajos irreconocibles dispersos sobre el asfalto.


Luego lanzó un rugido y galopó aplastando los coches.



David Vernet, distinguido miembro del círculo de magnates que habían convertido al planeta Teegarden en una potencia industrial, inventarió con delectación los numerosos entes que lo habitaban: halcones aguja, criptorquídeas, palmeras de dispersión y un apestoso fungo armónico cuyo señuelo no fallaba casi nunca. La transformación había sido horrenda y paulatina, dándole tiempo para investigar su pesadilla tan lejos como permitía su cuantioso patrimonio. Había leído el informe confidencial y sabía de las operaciones paramilitares que pretendían resolver el problema. Percibió movimiento y prestó atención.


Ahora ocupaba un volumen correspondiente a dos hectáreas de terreno, unas seiscientas mil toneladas si se tratara de un buque, pero sus cabellos subterráneos y otros órganos sensoriales se extendían aún más lejos. Había visto a los mercenarios de la Fuerza de Seguridad Operativa apostarse más temprano en las cercanías de la mansión, ultimando los detalles de un asalto que llevaban tiempo preparando.


Desde el principio, David había descartado la competencia como estrategia evolutiva, pues sólo podía conducir a la mutua aniquilación. En cambio, había optado por la asociación, reuniendo en su seno una diversidad biótica cada vez mayor: con esmero había apacentado legiones de cresas en sus pies, que remontaban triunfal vuelo al romper la membrana escamosa; pero también había resignado la tentación de una expansión indefinida, intercambiando algunos órganos con otros seres que se habían convocado a la inusual empresa. Con todo, el fastuoso palacete que coronaba la colina había ido quedando recubierto totalmente por esa mixtura de carne, flores, piedra y setas que constituía el verdadero cuerpo de David: un cuerpo nuevo, parcialmente en préstamo, compartido en gran medida, y ansioso de vida nueva.


Los uniformados avanzaron en tres grupos, fusil al rostro, creyendo que pisaban pasto. Armas, se dijo David. Preciosos componentes electrónicos que integrarían los sistemas de maquinaria bajo la colina. Y sobre todo, cuerpos. David reciclaría una parte, alimentando a los hombres hormiga. Y otra parte iría de vuelta a su cuartel, impregnada de David y su esperanza de superar la confrontación.


Los soldados se lanzaron al ataque. David, complacido, les dio la bienvenida.


 

Autor Maximiliano E. Giménez (Buenos Aires, 1973).


Ha incursionado en la música y las artes plásticas. Ha publicado dos libros (Historia natural; Pájaro de papel) y relatos en diversos medios de Latinoamérica y España.


Imagen de Macarena Panal.

Pueden ver su trabajo y seguirla por acá @macarenacpanal


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