• ALEXANDRO XAVIER LÓPEZ VAQUERO

Que no me vean


1

Ella abrió la puerta sin avisar.


Arrugó el ceño, se le marcaron unas venas en la frente, sus ojos adoptaron una escala más suave del verde, me miró de abajo para arriba y se echó para atrás, casi se va de espaldas pero se sostuvo: como que no había visto algo así en toda su vida. Después se le cayó la mirada al piso porque nuestros ojos se iban a chocar, trató de hacerse la que no vio nada, cerró la puerta y no pude explicarle. No creí que se lo hubiera tomado a pecho, pero afuera se puso a cuchichear con los viejos detrás de las matas.

Hablaban sobre mí porque me estaban viendo.


2


Necesitaba largarme de aquí. Me había quedado sin plata, Don Mauricio de repente me despidió del restaurante con la promesa de darme quinientas tablas por todo lo que había sido de Marzo. Él era muy buena gente y todo, a Francisco Ucieda, uno de los meseros, y a la mujer, los alojó en la bodega del local cuando se quedaron sin casa, hasta comida les dio. Pero, coño, ya tenía tres meses sin darme la plata y eso estaba grave. Le molestó que haya ido dos veces a reclamar, creo que en la tercera no me iba a dar nada. Por si fuera poco, me quedaba en las peores cuatro paredes de mi vida: una casita a hora y media de la ciudad, y cerquita de unos barrancos donde la señal no llegaba; y una pareja de ancianos que, de pronto, decidieron hacerme trozos la vida: el viejo me prohibió cerrar la puerta de mi cuarto, después quiso montarme unas cámaras de seguridad. Y cacé a la vieja espiándome en la mañana de ese jueves: me había acabado de levantar y me puse a ver un avión por la ventana, me volteé y allí estaba, se salió rápido cuando le vi completito el moño lleno de canas y las cuentas de las gafas colgando. Fue extraño que se comportaran así después de ser tan bondadosos al principio, fueron los únicos que me admitieron en la casa cuando estaba desempleado, y ahora se ponían con éstas. Lo que habían hecho con las manos, lo arruinaron con los pies.


Éramos tres inquilinos, un mecánico de origen cubano y Samantha, una comerciante colombiana de cabello pintado y a la que solía atender en el restaurante. La misma que me abrió la puerta sin avisar.


A la señora le podía soportar que no quisiera dejarme solo en la sala, yo buscaba unas bebidas en la nevera y ella esperaba que yo me fuera al cuarto para poder marcharse, de lo contrario fingía hacer algo, envolvía unas legumbres o acomodaba la vajilla puro para no dejar de vigilarme, y con un silencio, además, propio de quien se hace el dormido o el muerto ¡Verídico! algo le tenían que haber dicho.


Pero el viejo, caramba, prácticamente me llamó ladrón con eso de las cámaras. Creí que se había cruzado la raya y, por Dios, que en la próxima le soltaría una mano. Me dije que me marcharía de esa mierda aunque me tocase dormir en las iglesias del Centro ¿oyó?


No me quedé con ésas, igualmente. Le robé al viejo unos dólares que dejaba todos expuestos en una taza de porcelana sobre Recepción.


No sé para qué los dejaba así de vulnerables: ¡Ahh! ¿no es que estaba hospedando a un criminal, pues?


Por eso creo que su hostilidad era más de mala sangre que de justicia bien fundamentada. Entonces, sin pensarlo mucho, me los agarré para que sus insultos tuvieran algo de propiedad.


Cuando me marché me sentí aliviado. Uno en esa casa no tenía privacidad de todos modos: toda mierda la compartíamos; el baño, la sala, la cocina, los cubiertos, las tazas; las habitaciones estaban apenas separadas por drivors y se escuchaba hasta cuando los inquilinos se estaban cogiendo. Un pequinés siempre les informaba de nosotros; uno no podía hacer nada porque el perro salía a ladrar, de inmediato. Y se metía en todas partes, en las cobijas de Samantha y en mis maletas, una vez me robó las llaves de la cama. ¿Para qué cámaras si tenían a ese perro? Yo sentía que sus ladridos eran incluso más severos conmigo, me calculaba bien con la mirada y sus patas se mantenían más tiesas de lo habitual. Me atrevería a sospechar que fue el único en darse cuenta que me les había robado unos dólares a los viejos, porque salí del baño y empezó a ladrar durísimo, se le salía la baba de la boca y hasta se lanzó para morderme la pierna. Siempre me daban miedo los perros ajenos. Mi mamá solía decirme “Robert, no te les quedes viendo…¡ignóralos!”, y es verdad, hay que ignorarlos, pero es que uno siempre se queda viendo lo que le pone en peligro: las peleas en la calle, las balaceras, los saqueos, los golpes de Estado…


3


Pero, listo. Por fin me fui.


Les firmé un papel a los viejos y me fui antes que descubrieran el robo de los dólares. Mi presupuesto era muy bajo, apenas contaba con esa plata: 350 en total, 180 estaban en mi cartera y lo restante en mis interiores por si me atracaban. Algo es algo aunque no me alcanzara para lo que me convenía: un departamento pequeñito, para una persona, con baño privado. El resto, que fuera como fuera, no quería lujos: sólo un cubículo bien cerrado donde nadie me estuviese viendo.


Pero fue en vano, lo que tenía no me alcanzaba para nada porque me dieron las 9 de la noche y no encontré cuartos. Me senté en la acera al lado de una basura. Entré en desesperación, las manos me sudaban y empecé a jalar mi cabello para atrás. Me paraba, me volvía a sentar, tenía miedo de pasar la noche en la calle, que me robaran o que me asesinaran. Escuché una moto acercándose, y casi me cago encima, pero por fortuna siguió de largo. Vi unos ratones rasgando la basura y después escuché unas campanas, porque una iglesia quedaba a dos cuadras de una jefatura que ya había cerrado. Me acordé cuando dije que dormiría en las Iglesias. Pura mentira, no era capaz, ¡Qué pena! Me cubrí la cara y me reproché: pa qué coño dijiste eso.

Luego, una niña a punto de subirse a un carro, se quedó viéndome unos segundos y se puso a llorar y a pedirle brazos a la madre, estaba en pánico. Y por si fuera poco, escuché clarito cuando la mamá le apartó la mirada y le susurró: “Eli, no te le quedes viendo, ignóralo…vamos”


¡Coñuesumadre! ahora si que soy un perro de verdad!


Antes de decidirme por la iglesia, recordé que estaba a un par de cuadras del restaurante donde trabajaba, me podría dirigir para ver si me brindaban refugio, al menos por una noche. Aún había tiempo.

4


Francisco, estaba retirando los desperdicios y limpiando las mesas, había un olor a caldo de pollo. Sólo quedaba él y una monja en una esquina con un plato vacío y limpiándose con la servilleta. En lo que Francisco me vio puso los ojos para arriba y soltó un suspiro como si le hubieran estado apretando la cintura, estaba obstinado de mí, ya sé. Le mencioné que no venía por dinero y que necesitaba con urgencia dónde quedarme.


—-Robert, ¡por Dios! ¡Que el jefe no te vea!

—-¡Cálmate, chico!, no es nada de plata…no tengo pa’ donde ir. Sálvame con ésa.

—-Como si yo fuera dueño de esta vaina, Robert. Te llega a ver el jefe, y ni tú ni yo tendremos para donde ir. ¿Qué te pasa? ¿Por qué andas así todo mamarracho?

—-Me fui de esa mierda, no aguanté. Y no he conseguido nada.


Sonó algo en las cocinas, un ruido a ollas, y Francisco me llevó a la calle para seguir hablando. Le dio miedo que le vieran.


—--Robert, la otra vez don Mauricio te agarró idea, por favor ni te vuelvas a aparecer por aquí así… al menos avisa, guevón…


Francisco hablaba de aquella vez cuando Don Mauricio me abrió la puerta sin avisar… y me vio. No pude ver la expresión que tuvo al verme, pero si no fuera por estas resoluciones nunca hubiera sospechado que lo que fuera que vio (ni yo sabía muy bien qué era) le había incomodado tanto la médula.


—-Equis, no creo que vayan a ser tan ratas de dejarme por allí afuera, ya son las diez, ese señor es buena gente, con los jóvenes sanos y echaos pa lante.

—-Tu ni eres sano ni eres echao pa lante, Robert. Él cree que tú estás más loco que una cabra. No puedo hacer nada, Robert…


—-¡Coño diganme qué fue lo que pasó! Se deshacen de mí y no me dicen nada. Necesito donde quedarme al menos esta noche…


…En ese momento apareció la monja detrás de nosotros. Es fácil imaginar que ver a una monja repentinamente a esa hora, en una calle donde la única luz es la del restaurante, no es muy bonito que se diga. Nosotros nos asustamos, dimos un pequeño brinco, como si hubiéramos visto a un demonio en lugar de un milagro.


—-Mijo, aquí cruzando la calle nos queda una habitación—-dijo la monja. Ni idea de cómo nos había escuchado.


Hicimos una pausa antes de responderle. Mi mirada osciló entre ambos. ¡Qué vaina! Irme con la monja era entrar a la iglesia, de alguna forma. Pero era la monja, Francisco o quedarme en la calle. Estaba entre el cielo, la tierra o el infierno.


—-¿Cuánto me va a cobrar?

—-Eso lo hablamos ahora, vamos y se pega un baño, primero.


5

La casa no estaba pintada, las paredes tenían humedad y olía a inciensos. Pero había privacidad y sentí que, de pronto, me habían devuelto algo. Había quince habitaciones a lo largo de un pasillo oscuro que terminaba en una puerta llena de atavíos religiosos, creo que era la habitación de la monja. Tan sólo estaban mi amable anfitriona y un muchacho de nombre Jhonny que creí ser familia suya porque tenían un parecido en los ojos y las cejas. La monja no estaba tan vieja y aún se le podía ver la semejanza con su más joven descendencia. Quizás era raro que dos personas vivieran solas en una casa tan grande, pero en ese momento yo estaba fascinado y sinceramente no le paré.


Jhonny era un sujeto de pocas palabras, apenas me estrechó la mano y sonrió, como inseguro de que fuera correcto tocarme, yo lo sentí así. Creo que ni siquiera recuerdo el tono de su voz, de verdad no sé si alcancé a escucharlo, y estoy seguro que fue la monja la que me dijo: “Él es Jhonny”. Era joven— de unos treinta años—, delgado y medía como metro ochenta. Un porte de mucha energía y vitalidad de no ser por las tremendas ojeras que había alrededor de unos ojos llenos de conjuntivitis.


Muy callado y tímido, sí, pero me dio la impresión que era de esas personas que cuando dejas de mirarlas sientes que te están haciendo algo, insultándote, sacándote el dedo del medio, o echándote un mal de ojo. Por eso le devolví una segunda mirada cuando nos dirigimos al cuarto, y vi que se sorprendió: no le gustó que lo vieran, peló los ojos como un gato.


La casa contaba con una cocina entera para mí porque no había otros huéspedes. A las otras habitaciones no se me negó acceso, pero nunca se me ocurrió entrar en ellas y mucho menos sin avisar. Por lo demás: un patio para lavar y tender la ropa y una sala en la entrada, con revistas por si deseabas leer o descansar antes de meterte al cuarto. La habitación que me tocó llenó mis expectativas: unos cinco metros cuadrados, baño privado y una puerta maciza que cuando la cerrabas todos los sonidos quedaban afuera. Nadie tocaba la puerta, nadie jodía, nadie te espiaba; podías morir allí y pudrirte con tranquilidad.


6


Preparaba toda la comida en la noche para poder sacarle la crema al siguiente día, ya que, durante la mañana y la tarde, redactaba hojas de vida y enviaba cartas por internet, hasta comencé a hacer ejercicios. Una de las pocas veces que vi a la monja, le pedí el favor que me regalara un cable para ponerme a saltar la cuerda, no me impresiona si en una semana bajé un par de kilos.


Todo marchaba bien no obstante si pudiera haber algo inusual en todo esto, era que a ninguno lo veía dentro de la casa. A la monja la habré visto un par de veces más en cuatro semanas que estuve hospedado, pero sólo en la calle, lanzando arroz a unas palomas que caían de arriba como unos ángeles. Dentro de la casa ni se sentía. Con Jhonny fue peor ya que no lo vi después, me imaginé que no residía allí.


7


A la tercera semana, comenzaron a escucharse ruidos. Intentaba dormir cuando empecé a oír estos golpes secos, sin resonancias, con un segundo de espacio entre uno y otro: parecían unos pasos, recordé el libro de la isla del tesoro, cuando el pirata caminaba en la tasca con su pata de palo. Parecía eso, exactamente, unos pasos, una pata de palo saltando. No era claro de dónde provenía: al principio pensé que del techo, después me pareció que desde afuera del cuarto. El primer día lo pude llevar muy bien, el segundo ya menos, al tercero comenzaron a sonar incluso hora y media más temprano.


Para entonces, mis actividades cotidianas se habían vuelto un checklist que no sufría excepciones. Como consecuencia, me fui obstinando de la rutina al punto de poner mi atención en cualquier cosa nueva que surgiera. En cualquier cosa nueva que, en realidad, había…


…los pasos.


8

No dormí por días, los ruidos cesaron a las 6 de la mañana una vez. Exactamente a la séptima noche, dos horas después de estar reproduciéndose, no aguanté más, y como en las películas de terror me enfilé hacia la boca del peligro. Había pasado ya la medianoche, creo que eso era lo que me asustaba. Me alumbré con el celular para no tropezar, y comencé a pasar las habitaciones del pasillo una por una mientras el ruido de los pasos aumentaba. Llegué a la única habitación que despedía una luz muy leve por la rendija. Allí estaban.


El impacto con el piso era más fuerte, ahora, como si un soldado desfilara. Yo quería tocar la puerta porque no me gustaba entrar de golpe sin avisar, pero tampoco quería que me vieran. Rocé la superficie para ver si podía escuchar unas voces o una música, pero allí me topé con la ingrata sorpresa de que la puerta no estaba del todo cerrada y por eso cedió hasta abrirse con levedad, por fortuna sin hacer ruidos adicionales. Aproveché está ingenua complicidad y metí mi cabeza en la habitación para ver qué ocurría.


Jhonny estaba allí…

9


…de espaldas a la puerta, caminando de lado a lado al igual que un león enjaulado. Manoteaba al aire como si estuviera dando órdenes o impartiendo un discurso político, maniobraba sus dedos como si controlara marionetas de cuerda; calculaba y describía tamaños de cosas, magnitudes y formas que yo no veía. Y caí en la trampa de intentar descifrar sus mensajes: ¿Qué quieren decir esas manos? Además, movía sus labios como si conjurara hechizos, y yo trataba de leerlos todos en el acto ¿Qué es lo que dice Jhonny? ¿Qué es lo que está haciendo?


En resumen, era como si estuviera hablando con alguien, pero estaba hablando solo…¡estaba completamente solo!


Tuvo dos lagunas en las que pensaba y detenía el paso, creí que me iba a mirar pero retomaba la marcha y la misma plática en solitario. No puedo decir que sentí miedo, fue más bien asombro, nunca había visto a alguien tan abstraído, ensimismado…o tan loco. Me eché para atrás, me dolió la cabeza. No logró pillarme, Jhonny estaba muy concentrado, así que no abrí más la puerta ni la cerré, corrí de inmediato a mi cuarto.


Los pasos de Jhonny dejaron de sonar, pero yo me quedé toda la madrugada pensando. Podía hacerme el que no vio nada, pues el sonido en sí no me molestaba, y el significado de todo tampoco, podía ser que hablar solo era parte de su introvertido carácter, había leído alguna vez que Adam Smith lo hacía en su estudio y en la calle. Pero lo que definitivamente resultaba inquietante, era su lenguaje corporal. ¿Y si el tipo estaba medio loco? La idea me asustaba muchísimo.


En fin, la monja debía saber muy bien a quién metía en la casa. Podía tocarle el tema, pero no me atrevía, era un asunto delicado. Además, la forma en que me di cuenta de todo no me dejaba bien parado en la escena. Entonces decidí guardar silencio mientras tanto. Una decisión que no duró mucho, puesto que a medida que los sonidos continuaban, mi posición respecto a la locura de Johnny agarraba firmeza, y se volvía menester que comunicara algo de tal magnitud a mi anfitriona. Yo me contuve igualmente, pero una noche los pasos de Johnny sonaron más seguidos y fuertes, no sé si fue cosa mía. Los latidos de mi corazón no tardaron en adoptar ese mismo ritmo. No lo soporté y fui directamente a hablar con la monja ¡Ya no más!


10

Me preguntaba si estaba despierta o no. Pues ojalá lo estuviera, tenía que pedirle una explicación, no podía hospedarme allí con esa curiosidad, y si no era nada malo, pues que me disculpara el malentendido.


Los pasos de Jhonny se escuchaban fortísimos, llegué a su habitación y la observé otro momento. Reanudé mi paso hacia la última puerta del pasillo, la habitación de la monja, adornada con unas palmas de semana santa en forma de crucifijo y una foto de María Auxiliadora en toda la esquina. La última experiencia con la habitación de Jhonny me llevó a ver la cerradura antes de tocar. Vi que la puerta no estaba cerrada sino medio ajustada, y la luz dentro estaba encendida. “Qué bueno que está despierta” me dije con alivio, pero de pronto me invadió una tremenda zozobra y me introduje con precaución, para ocasionar apenas el mínimo ruido.


Con medio cuerpo dentro, no pude evitar congelarme al ver que enfrente de mí estaba la monja hablando sola, al igual que Jhonny.

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La monja estaba de espaldas a la puerta, justo enfrente de una ventana donde se podían visualizar los edificios vecinos con unos pájaros revestidos de un azul nocturno y vueltos una sombra uniforme. La monja sostenía sus manos por detrás de la cintura, como alguien esposado, y en ocasiones retiraba una hacia adelante para dar continuación a una secuencia de ademanes y manoteos, descripciones con los dedos, todo un lenguaje corporal—- un lenguaje de señas diría yo—-, como si estuviera enfrente de alguien más, pero no había más nadie.

La habitación contaba con una oficina y unos altares. La monja marchaba hacia los lados como lo hacía Jhonny, una marcha más corta y lenta.


Estaba aterrado, como los ratones cuando tienen al gato cerca, pero reaccioné a los pasos de Jhonny que de un momento a otro dejaron de sonar en el vacío, se interrumpieron por un silencio, de golpe como una puerta cuando se cierra, y yo me puse frío, nunca un silencio tan repentino me había sugerido tanto que algo se movía. Volteé de inmediato y vi a Johnny firme enfrente de mí erguido como una estatua: me miraba a los ojos sin parpadear, No podía quitarle la mirada, una mirada seca, sin expresiones. Cerré mis ojos y repetí lo que mi madre me decía “Robert, no te les quedes viendo, ignóralos”.


Lo empujé cuando sentí que la monja se acercaba a mis espaldas, fui corriendo a mi cuarto, se me cayó el celular del bolsillo pero no le di importancia y me metí en las sábanas.


12


La monja y Jhonny me siguieron, nunca me llamaron. Por la rendija se veían sus sombras. Sin embargo, no tocaron mi puerta, estuvieron allí por unos segundos y luego se retiraron. Escuché sus puertas trancándose, y el crujido de las cerraduras cuando le pasaron llave. Estaban furiosos.


El cansancio me venció casi a las cuatro de la mañana pero me desperté a las siete, con la misma preocupación y con dolores de hueso. Había concluido que mis anfitriones se comportaban al margen de lo racional. Ahora si bien es cierto que quería irme, también lo es que me daba un terror enorme salir de la habitación. Esta gente no me dejaría marchar una vez descubierto el secreto que tenían. Pero recogí mis cosas y aproveché el silencio: supuse que estaban dormidos…o hablando solos todavía. Abrí la puerta muy despacio, y cuando salí al pasillo vi que ambos estaban en la sala viéndome. Me esperaban. ¡Qué piensan hacerme estos, ahora! me dije.


Ambos estaban muy molestos y así se pronunciaba más el parecido que tenían. Yo me paralicé igual que cuando los vi hablando solos, y en el momento que la monja comenzó a acercarse me eché para atrás y estuve a punto de meterme otra vez a la habitación, pero me detuve cuando ésta abrió la boca y me dijo:

—¡Toma! se te cayó ayer— me devolvió el teléfono. Lo cogí y tragué antes de responder un “gracias”. Quería romper el silencio diciendo algo más, pero ella fue la que empezó—-Son las 7: 45, tienes hasta las 10:30 para buscar otro lugar, queremos que te vayas, mijo—-Jhonny estaba detrás de ella como una especie de animal doméstico, y estaba feliz el desgraciado.

—-Esta bien—les dije con el corazón a millón. Me dirigí a la salida, creí que me atacarían por detrás. Otra vez sentí a Jhonny diciéndome cosas o haciéndomelas. Me detuve, pero no volteé. Abrí la puerta, por fin me largué.


La monja me había echado del cielo… o del infierno, nunca lo supe.


13

Entré en pánico, me había gastado todo el dinero que robé a los viejos, tan solo me quedaban un par de billetes, pero definitivamente no tenía dónde ni cómo hospedarme en otro sitio. Como el restaurante quedaba tan solo cruzando la calle, me dirigí allí para insistir por última vez. Ahora estaba el jefe, Don Mauricio, que cuando me vio entrar, se crispó y saltó directamente hacia la entrada como si un perro de la calle estuviera a punto de metérsele. Era un tipo duro, de unos sesenta años, blanco y lleno de pecas. Cuando se acercó a mí me preguntó:


—--¿Te puedo ofrecer algo…?— me miró por encima de las gafas.

—--No tengo nada de plata—--le respondí.

—--Yo tampoco ¿eh? Entonces por favor agradezco que te retires—-estuve a punto de pedirle alojamiento, pero su cara parecía una roca, sabía que ninguna súplica le atravesaría.

—¿Sabe qué? Déme dos sandwiches y un café por favor, tengo hambre—Ahí me terminé de gastar lo que me quedaba.


Cuando fui a uno de los asientos, vi que Don Mauricio se estaba mordiendo los labios porque no me había podido sacar. De pronto me percaté que Samantha, la colombiana que vivía también con los viejos y la que les metió cizaña, estaba allí sentada, tomándose un café, con un periódico y checando unos mensajes.


Necesitaba donde hospedarme. Los únicos, a pesar de todo, que habían tenido un corazón bondadoso habían sido los viejos cuando me recibieron desempleado. Si no encontraba solución de inmediato, estaba condenado a mendigar en las calles y quedarme en ellas. Tenía que ir entonces con el rabo entre las piernas, yo que tan cansado estaba que me tratasen como un perro. Me aproximé a ella bruscamente, me golpeé con unas mesas, eso la desconcentró y la hizo apartar su mirada del periódico para ponerla sobre mí. Se sorprendió, no esperaba verme ahí e intentó hacerse la que no vio nada, pero esta vez le expliqué.


—--¿Samantha, cómo vas?—- carraspeó y tomó un sorbo de café.

—--Robert!, pensé que ya no trabajabas aquí. ¿Qué has hecho?

—--No no, es que ya no trabajo aquí.

—--¿Dónde estás viviendo?

—--Hasta ayer… allí—- y le señalé la casona que quedaba cruzando la calle.

—--¿Cómo que hasta ayer?

—--Me echaron, me botaron como un perro—--Mentiras, como un perro no me habían botado. Pero era para ponerle drama a la cosa.

—--¿Y eso?— dijo.

—--¿Cómo está el señor Eloy?— La corté. Con esta pregunta confirmó los caminos por los que iba y soltó un suspiro para luego volverse a meter en el periódico.

—--No tan bien… está delicado de salud, sí sabes que tiene diabetes ¿no? Ahorita le salieron unos gastos.

—--Sí sabía…que mala suerte, y todavía más con esta situación…

—--...Para colmo este mes se le perdieron cuatrocientos dólares…—-¡Por Dios! Con qué cara diría lo que iba a decir:

—--¿Crees que me dejen volver, Samantha? Necesito con urgencia dónde quedarme—Reaccionó de inmediato, sintió que mi pregunta era descarada.

—-Por el amor a Cristo, Robert, ¿no te diste cuenta todo el sistema de seguridad que te montaron? ¿Todavía te atreves a preguntar? Ellos ya no confían en ti. Ni se te ocurra aparecerte, están viejitos ya, cuidado los matas de un infarto—dijo esto muy segura de sí misma, parecía que llevaba un tiempo ensayando esa respuesta.

—-Coño, ¿pero queéles hice? ¿Qué hice? ¡Dime!—

—-¡Ay no! , ¡me voy! Ojalá encuentres algo, Robert. Mauricio! Ya no me dé nada, por favor…tengo que entrar ahorita.

—--No, Samanta, dime… no te vayas así.. ¡por Dios!.. Sino me va a tocar ir y preguntarles yo.

—Ni te molestes en ir, dudo que te hagan caso. Creen que tú estás loco y lo demás es cuento.

—-Pero, ¿loco? ¿loco por qué?

—-¡Porque te la pasas hablando sólo, Robert! ¡por eso! ¿ya? ¿ Querías que te dijera? bueno ahí tienes, y chao… déjame en paz.

Salió del restaurante como si la hubieran echado.


Lo primero que hice fue mirar a Don Mauricio, quien había parado de lavar los platos para ver la discusión. Reanudó al instante el oficio, quiso hacerse el que no vio nada. El sándwich que le pedí estaba servido sobre el mostrador, pero yo no comí y me largué.


Estaba ensimismado, abstraído en un silencio sin explicación porque no estaba ni siquiera pensando. Quizás es la única forma en que no se puede hablar solo, porque hablar solo no es más que pensar en voz alta. Lo primero que me dije fue: “Mierda, qué hago ahora”.


Caminé y llegué a una tasca un par de cuadras al norte; vi que en la próxima esquina había una Iglesia con las puertas abiertas. Me asomé: estaba vacía, estaba esa soledad como si se hubiera acabado una misa recién, apenas un monaguillo me ofreció unos volantes para el coro de la iglesia. “No, gracias” le dije.


Tocaba quedarme una noche allí, no había de otra. Entré para sentarme, no sé, tal vez así veía qué se siente. Había un mendigo harapiento y todo sucio con un perro callejero al lado. Llegué casi hasta los altares y me senté en un banco, me cubrí los ojos con la mano, no había dormido nada, y la vista me pesaba. Por primera vez me puse a pensar en lo que me había ocurrido.


¡Yo también hablo solo! ¿Cuál era el miedo, entonces, con Jhonny y la monja? Tan normal que es ¡Por Dios, Robert! Todo el mundo lo hace, no sé para qué se crispan cuando los descubren… o por qué nos crispamos, me incluyo. La única forma de no hablar solo es cuando no estás solo, creo yo. Claro, por eso me había despedido Don Mauricio, y te apuesto que el carajo es igualito cuando está bañándose o cuando está cocinando, qué sé yo. Deja nada más que lo vean un día, ¿Qué va a hacer? ¿autodespedirse? Capaz la niña que me había visto la otra noche, se puso a llorar por lo mismo.


Entonces sumergido en ese análisis, me di cuenta que me había quitado las manos de los ojos y estaba explicando al aire con ellas, Mierda estoy hablando otra vez solo. Miré a los lados por si me habían visto, ¡no me vean, que no me vean! Crucé los dedos.

Solamente vi en frente de los altares al Cura limpiando el cáliz. Me había visto hablando solo, ¡Coñuesumadre ¿de nuevo?!


Pero el padre ni se inmutó, todo lo contrario: se le vio una sonrisa de empatía y amabilidad… no sé, quizás pensó, ingenuamente, que había estado rezando un credo.



 

Autor: ALEXANDRO XAVIER LÓPEZ VAQUERO.


(Caracas, Venezuela. 27 de Febrero de 1995). Amante de la lectura desde los nueve años. Fanático indiscutible de la saga literaria de Harry Potter, mediante la cual mi madre inculcó el amor a los libros desde temprano. Destaqué, muy pequeño, en habilidades artísticas: escritura y dibujo. Estudié ingeniería en la Universidad Simón Bolívar; pude allí labrarme una reputación entre algunos docentes: a través de escritos y los cotidianos ensayos de tarea. Actualmente colaboro con revistas españolas como PLUMA Y TINTERO (Madrid), ALMIAR(Madrid), LETRALIA (Venezuela).