• Rocío Laria

Postear el desierto y otros textos


POSTEAR EL DESIERTO

(Vuelvo y no puedo apartar los ojos del polvo que se ha vuelto a depositar en la base del pie que sostiene el monitor de mi computadora. La mano es una franela perfecta. Muchas veces me pasa esto mismo, las primeras frases e incluso párrafos se parecen a eso, al sacudón de la alfombra, a desperezar con violencia las cosas sueltas que en su natura ácrata muchas veces dejan las primeras migas para la imaginación. O un desagote inútil).


El mate brilla perfecto bajo esta luz tan inofensiva y celeste, contaminada por el pastel otoñal del cielo de las ocho am. Cuando unx está en calma logra distinguir belleza fotográfica en cada centímetro cuadrado. Cuando se está roto a veces también. A propósito de la belleza, la calma, lo roto, lo fotográfico… ¿Qué es lo que nos hace querer fotografiar una parcela de lo que percibimos? Es lo que ese minúsculo, cotidiano paisaje me transmite y queremos transmitirlo como una repetidora de señal de wifi, o es el brío que yo le transfiero a eso que veo, y solo una vez objetivado siento que puedo repartirlo?


¿No es acaso, en ambos casos, una ilusión? Voy a volcar ahora con unas volteretas nacidas de una gravedad marciana y derrapar decidida como un camión en una escena de acción bollywoodense para linkear directo con las redes sociales. Porque no hablo del arte de la fotografía, sino de la foto posteable. ¿Qué es lo posteable? ¿Cuántas cosas se incluyen en esa categoría? ¿Lo que me conmueve súbitamente camino al trabajo como arte callejero o una mini flor a la vera del asfalto? La algarabía de un encuentro aburguesado? La ternura de las infancias y los animales peludos? La convocatoria de un evento, un afiche indignado que busca justicia?


¿Qué es eso que nos hace crearnos un usuario y empezar a compartir imágenes con cierta esperanza? De mis épocas de mayor actividad en las redes tengo mucha tela para cortar. Nada muy nuevo puedo decir. Ya sabemos lo impostoras que son y en lo que nos transforman. Sin embargo siempre necesito volver a problematizarlas con urgencia cuando percibo un momento bello y mi cabeza piensa en “subirlo”, postearlo, compartirlo. Me hace sentir enferma, una adicta en recuperación. En milésimas de segundo la mano puede dirigirse al bolsillo y los dedos danzar cuan patinadores sobre hielo sobre el espejo negro y en menos que cante un gallo se puede arruinar la intimidad del presente.


Después de 12, 13 años de usar Facebook y unos ocho Instagram (con pausas en el medio en los que me fue imposible aniquilar mi cuenta) me pasa que los paisajes y momentos realmente bellos, significativos para mi, se arruinan inmediatamente cuando los comparto en un posteo. Se siente como criar pájaros en cautiverio. Es descalificar la libertad, envejecer lo eterno. Manosear lo intempestivo es de una carencia absoluta. La indigencia del espíritu que además de sentirse solx, también se siente abandonadx. Todavía sigo enredada en las lógicas de las redes cuando admito que de un tiempo a esta parte, siento que el hecho de no postear ciertas experiencias parece suficiente para aumentar su valor estético y sensible. Es como abrazarlas más, cuidarlas.


Volver a conquistar lo impermanente y la soledad tan bruja y solemne es un logro. Dejar pasar el impulso de compartir es en realidad abandonar el impulso de algún loco y escurridizo sentimiento primitivo de supervivencia 2.0


Es menester recobrar la intimidad de la sensación, de nuestra sensibilidad, dejar de venderla un buen día. Porque el sistema es una piraña que consume y apunta no solo al bolsillo, sino sobre todo al alma, como se le escapó en un lapsus a Margarita T.


Todos los días nos llegan las invitaciones a la gran fiesta de la banalización, a ser parte del cardumen vacío de océano. ¿No son acaso nuestras parcelas en el metaverso, las cápsulas donde los seres humanos sometidos, adormecidos alimentan a la máquina en Matrix? Morfeo habla del desierto de lo real, Han habla del desierto de lo igual. Nuestra singularidad se vuelve árida en el ensayo de mostrarla auténtica y fresca. Las lenguas del poder nos hablan y nos venden la identidad que más nos gusta. La intimidad ya no es un derecho, se volvió un ritual, una artesanía para aquellxs que sienten que eso que se percibe como la luz solar es en realidad la luz fría y abusiva de un flash que empieza a quemar. No alcanza con sentirse fuera del catálogo, porque existe el catálogo de lo marginal, de lo “outsider”, existe ropa vieja que se hace nueva para comprar la fantasía de comprar en la feria. Existe la publicidad de lo exótico que reclama su lugar. Existe la góndola de la identidad anti y viene con bandera. El furor dejó de ser el verbo tener, solo vale en tanto ayuda a construir el nuevo hit: la vertiginosa y cara aventura de ser. Las inmensas fábricas de la modernidad dieron paso a las tiendas nubes, todo se volvió pequeño y digital hasta penetrar en los símbolos de la carencia. Subjetividades en la vidriera. Todo lo que se manifieste como un deseo de ser, será bien fabricado, vendido y comprado.


Ante el eslogan dictatorial de compartir se esconde competir, se esconde repetir, se esconde pervertir.

Si el llamado a nuestra puerta suena tan violento es mejor ni asomarse, ni salir. Quizás ocultarse hace tiempo dejó ya de ser de cobardes, para ser patrimonio de lxs despiertxs.


CONTRA LA POLICÍA


Desde chica fui y vine con la poesía. Supe suscribir pasajes de mi infancia en cuentos cortos de una niña para niñes, letras pavas de canciones en la edad del pavo, y ya más grandecita muchos poemas de mierda. Por allá a las mil quinientas alguna imagen piola, interesante. Después el sanguche sigue con más poemas de berreteria. Todavía sigo escupiendo textos detestables (des-texteables, detectables) y quizás exista todavía aquello que se da a las mil quinientas. No me calienta mucho. Digo, sí, me ocupo de acercarme a herramientas que me permitan acortar la distancia de las mil quinientas, pero sin embargo hay algo que me desvela más que la cuestión del cómo, y es el qué. Qué cosa es la que escribo. Y para quién.


No quiero ser autora de textos falopa, de cuentos cortos para niñes adultes. No es la idea hacer catarsis con ustedes (o sí) sobre las vicisitudes tal vez burguesa de la poiesis poética. Traigo a cuenta todo esto porque llegué a la conclusión que quiero escribir más contra la policía.


Las balas de la poética son simbólicas, y ellos te disparan con plomo, te someten con puños y abusos. Esta claro que es un enfrentamiento desigual. Pero ellos también laburan con símbolos. Se excusan y protegen con chalecos anti balas y de genocidas, perforadores sentidos. Las balas de la poética son simbólicas sí, pero también tienen gatillo: el sentido también se puede tocar, por ende disparar. Quiero escribir contra la policía, quiero que las cosas que haga se empapen en contra de la lógica vigilante decir cosas que nunca se puedan reconciliar con la fuerza institucional o institucionalizada.


Quiero concentrar la furia, impotencia, la enemistad contra la gorra. La gorra es ese animal depredador en extremo peligroso que ve peligro en todos lados y dispara porque puede.


Uno de los últimos boquetes que hicieron fue en la cabeza de Lucas Gonzales. 17 años. Elías Garay recibió el plomo que la yuta guarda especialmente para la comunidad mapuche. La policía es una institución que instituye violencia genocida, que garantiza que la muerte sea legal y engendra, cría y aglutina personas enfermas de violencia que se protegen con la investidura, se creen la ley a la vez que te empujan, te plantan, financian, protegen, liberan las trampas. Representan un atraso para cualquier derrotero de transformación, de paz y justicia. Mienten, persiguen, golpean, matan, desaparecen. Nadan en impunidad. Por qué habría entonces de intentar decir algo sin decir nada en contra de la policía? Estar en contra de la policía es estar a favor de la vida y de la paz.


Construir una identidad anti yuta implica otras muchas cosas además de remitirlos en insultos. Implica una suerte de ejercicios hacia adentro, de revisión de nuestras formas de relacionarnos y actuar en la intimidad de nuestro cotidiano. Prestar atención cuando ventilamos poder y nos jactamos de balanza, cuando arriesgamos definiciones pero son modos de juzgar, cuando somos nuestros propios vigilantes, cuando extorsionamos a otres o nosotres, cuando aceptamos nuestras propias coimas en un despliegue de autoboicot, cuando reprimimos ganas de decir o hacer, cuando queremos imponer la voz, el cuerpo o el espíritu, cuando impostamos una chapa para mentir de objetividad nuestra singularidad.

Quería llegar entonces a esta invitación que permanecerá siempre abierta

Cantemos contra la policía

Escribamos contra la policía

Dibujemos contra la policía

Estudiemos contra la policía

Compongamos contra la policía

Creemos en general, contra la policía

Cuidémonos de la policía

Desbaratemos todo lo que tenga que ver con la policía y estaremos un poco más cerca de un otro, ese mundo que necesitamos.


INSTRUCCIÓN 2 (o cómo aceptarse funambulista)


Dispóngase en el mundo. Registre sus coordenadas más humanas. Acierte en sentir. Dese el permiso, sienta en los huesos la mortalidad y recupere de ellos el caldo primitivo. Salga de la cama y camine hasta el laburo. Prefiera el silencio, olvide sus auriculares, prefiera caminar dormida cruzando el despertar. Zambúllase de a ratos en usted, asómese cuando digan su nombre. Diga usted misma su nombre. Recuerde el punto en el entrecejo, no se abandone, es la única forma de recibir. Lea y escuche con asombro. Abra el repertorio. Vuelva siempre a la hora de almorzar.


Pregúntese: <<y ahora qué>>. Permítase el vacío. Tenga ganas de llorar, siéntase débil y problemática, pero despierta. Prefiera el cuestionamiento a la anestesia. Aférrese a la evolución aunque no entienda, aunque no sepa donde eso queda, ni cómo chingadas llegar. Dude si es que se llega. Intente descansar. Pruebe con algo aleatorio, preferentemente algo a su alcance, ojalá que se lo choque. Canté su propia canción. Navegue por la internet sin ganas. Naufrague y no se detenga. Lea que la guerra ha comenzado, sienta horror, sienta miedo, entienda menos. Ajuste la cara, sienta un atasco en el pecho. Usted sólo es una humana queriendo aprender.


Estudie. Lea por arriba, saltéese párrafos. Sienta que no podrá con todo. Conéctese al coloquio y fracase. Pida otra oportunidad. Usted no puede con todo. Recuerde que es humana, siéntase bien con los permisos, relájese: puede que no exista sitio al que se deba llegar. Hable con su hermana y sus amigos, véalos. Cuelgue sus preguntas en el perchero. Sea más liviana algunas noches. Traiciónese a sí misma y avance sin miedo. Dude de lo que llega a su cabeza: lo que aprendió no es siempre lo bueno, nada es del todo cierto.


Recuéstese y hágase el amor con sus dedos, disfrute su cuerpo. Siéntase una mujer deseante. Permítase no ser linda, no ser clara. Permítase comunicar sus dudas. Sepa que usted merece que la escuchen. Sepa que lo que sienta la guiará hasta su templo. De nuevo. Dispóngase al mundo, vuelva al trabajo a la misma hora. Lea de nuevo con asombro y desvelo. Elija una fruta. Abra la cortina y no se encasille, prefiera ser camino a ser morada. No diga que usted es un desierto, a lo sumo diga que está siendo uno. Recuerde que no durará mucho, que es valiente por mirarlo.


Vuelva al estudio. Saltee párrafos, tire las lapiceras que no andan. Anote. Conéctese al segundo examen de la semana. Deslumbre, salga triunfante. Un pequeño paso más. Sienta energía. No se olvide de respirar. Repase todos sus turnos. Elija masajes, elija re-encuentros. Elija un vibrador, siéntase pícara y vivaz. Es una mujer deseante. Elija y no deje de elegirse, así todo fluirá. Encuentre rodocrosita. Regodéese en el tren con momentos mágicos de sincronía.


El mundo puede parecer una ilusión, y la angustia es un apego. Tome decisiones. Aprenda que la queja es cómoda y a usted le gusta andar. Acepte que existe todo eso que no le gusta, que no le alcanza. Abrácese fuerte. Usted es valiosa. No se pierda en el pensar, piérdase en el sentir, dese el permiso.



 

Autora: Rocío Laria


Nació en algún punto remoto del planeta hace ya algunos años pero para nada tantos.

En 1993 fue premiada por sus progenitores otorgándole un nombre y un lugar en la tierra y en la humedad de las flores.

En 2017 publicó su primer libro de poesías “Autopartes del Naufragio” no sin esfuerzo y ayuda.

A lo largo de estos años ha sido reconocida por sus referentes afectivos obteniendo menciones especiales como “amiga”, “compañera”, “vecina”, “alumna”, “profe”, entre otras distinciones que marcarán su sentir y habitar.

No nos sorprende entonces, que en sus últimas declaraciones al alba, haya afirmado sentirse una mujer exitosa.


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La primera foto es de Agustín Araneda, la segunda imagen es de Bansky