• Julián Otero

Negación


Lo mismo de siempre, el mismo polvo en los rincones de las casas con las telarañas que nadie piensa ya quitar; sin hablar de los objetos inválidos por el olvido. Mi casa se asemeja a la pintura que se descascara en las paredes de mi antigua escuela, abandonada de niños y niñas, pero poblada de insectos azules, vaya a saber uno por qué. El otro día que estuve allí observé lo que aún quedaba: la pizarra con un nombre en letras de escolar borrado a medias, un locked vacío con los goznes rotos y los pupitres podridos y oxidados, en una esquina el que era de Valentina, mi amor de infancia; que reconocí enseguida por llevar varias muescas en la madera. Ahora reconozco lo encantador que era ese lugar para un niño como el que fui, para el adulto que soy ahora, que se toma la molestia de empezar hablando del polvo para quizás terminar - ¿o comenzar? - hablando de sus culpas. Vivo en un pueblo pequeño llamado Villa Gracia, que lo más acercado a ese nombre elegido con candidez, es sus borrachos, éstos sí graciosos. No es sólo que uno les vea en la plaza tirados bebiendo desde tempranas horas y en labores infructuosas, sino que además muchos de estos descaradamente han asistido alguna vez al único grupo que es financiado por la alcaldía, me refiero al grupo de ayuda a alcohólicos, o por sus siglas AA. Para posteriormente abandonarlo por la noción de que es preferible ser borracho y ocioso que religioso y persona de bien. Aquí cabe aclarar, que los que aún asistimos al grupo no lo hacemos con la idea de que ¨hay que hacernos limpios y decentes¨, o religiosos, no únicamente por eso; los que asistimos lo hacemos para dejar la adicción a la bebida o para conocer esta condición humana devastadora, o como yo, quien hace esfuerzos para abandonar una adicción que no es la del alcohol. Mi mentira consta de hacer creer en la AA que soy un alcohólico, cuando en realidad mi perdición es otra.


Tengo 40 años y vivo en la que era la casa de mis padres. Ellos tenían una tienda de telas y artículos para el hogar en Villa Gracia hace 17 años. Primero falleció mi padre y luego mi madre; después vendí la tienda para trabajar de secretario del ingeniero de obras del pueblo. Una tarde entré al bar de Raúl y pedí una copa, de a poco el lugar se fue llenando. La gente del pueblo suele ser tranquila hasta cuando alguien comparte una opinión política distinta. Por ese tiempo el primo de Raúl de la ciudad había venido a visitarlo, a la vez que le ayudaba atendiendo el bar. El caso fue que en aquella ocasión entró el ayudante del alcalde, hombre burlón y abusivo, y eligió una mesa; luego invitó al primo de Raúl a que se sentara junto a él y sus acompañantes. Llevaban un largo rato charlando cuando a un comentario de aquel, el invitado se levantó con prisa y le gritó que por gente como él es que esa parte del país seguía en ese relativo atraso ¨eso se llama robo hijoputa¨. A lo que el ayudante respondió empujando al ofendido primo del dependiente. Este le devolvió la agresión con una bofetada mientras lo llamaba ladrón. Raúl grito a su primo ¨Jorge venga déjelo¨ mientras lo jalaba del brazo. El ayudante con la boca sangrando sacó un arma de una cartuchera que portaba en la chaqueta, Raúl a esto se dirigió hasta detrás de la barra y sacó una escopeta que sostuvo con firmeza a la altura del pecho; sin titubeos gritó al herido que se fuera, que luego iría a hablar con su jefe. El inconveniente se cerró ahí. Yo en el mostrador lo vi todo, tal si fuera una escena de película. Después invité una copa a Jorge celebrando lo que le había dicho a ese buscapleitos, él ni se inmutó, pero únicamente me dijo que le disgustaba que alguien amparado en la ley se riera por cómo le había quitado la casa a una viuda y sus hijos. Le dije que era cierto que acá se cometieran esas cosas, y lo peor, que uno se acostumbrara a ellas. Me hice rápidamente amigo de Jorge.


Cuando salía de mi trabajo, que ya no era el de secretario de ingeniero, iba hasta el bar a buscarlo, y si no le encontraba allí iba a la casa de Raúl donde se alojaba. Era un sujeto bastante libre en sus ideas; con él volví a fumar marihuana. Mientras oíamos los discos de Raúl en su equipo de sonido, Jorge me comentó repetidas veces que, aunque no ocurría nada en Villa Gracia, tampoco le incomodaba la idea de que no pasaran mayores alborotos, como el que él provocó en el bar de su primo y que al día siguiente era de conocimiento público. Yo le dije que no es que no ocurrieran hechos, sólo que la gente se los sabe guardar bien; e incluso si uno quiere conocer alguno tiene que ir a buscarlos. Le hablé acerca del grupo de alcohólicos anónimos que, en un pueblo como éste de poca gente resulta fácil saber quiénes son, se reunía los miércoles a la noche. Agregué que realmente era de asombrar las situaciones que a veces se daban.


- ¿Y tú asistes…? –me preguntó Jorge interesado.

- Si –contesté.

- ¿Eres un alcohólico anónimo?

- No exactamente –acerté a decir pensando en mi adicción.

- ¿No me vas a decir que asistes por el hecho de que como no ocurre nada en este pueblo es lo único interesante por ver?

- Sí eso es –y me reí por el tamaño de la pregunta –le pegaste al asunto.

- ¡Asistes por diversión! –subió el tono de su voz- Debería corroerme un poco eso, pues creo que no es gracioso ver que la gente sufra, pero no te condeno, y creo que yo mismo hasta lo haría después de saber lo aburrido que es este pueblo.


Nos quedamos pensando largo rato. Había sonado casi todo el disco que habíamos elegido de la biblioteca de Raúl mientras terminábamos nuestras copas de whiskey. Se me ocurrió la idea de que sería bueno invitarle al grupo.


- ¿Y por qué no vamos mañana? –le pregunté con cautela- bueno, si no te disgusta.

- Habría dicho que no antes de saber que lo más emocionante que podía haber en este pueblo era una pelea, en la que participé… –luego pensando en lo que diría-. Pero dada la situación actual, creo que no sería en exceso ni tan malo ir y ver un poco.

- Lo piensas demasiado, verás que uno resulta mirando cosas al menos distintas…


Jorge se levantó cuando hubo acabado el disco, abrió la compuerta del equipo de sonido, sacó el CD y lo guardó en su respectiva caja; me preguntó que si oiríamos Elvis Costello o a Joe Cocker mientras él armaba el otro cigarro. Raúl es un poco más Elvis, dije. Exacto cerró el primo.

***


Al siguiente día tuve una larga jornada de trabajo, el mío actual era el de visitar las veredas aledañas de la región y hablar con la gente para que me refiriera los problemas que tenían con los servicios públicos o básicos. En la vereda La tranquilidad una señora me habló acerca de un problema que incluía un largo dilema con el santo de su nacimiento; lo que ocurría era que hace ya varios días había perdido la energía de su casa, luego había llamado a los encargados del mantenimiento en Villa Gracia, éstos no habían dado con el asunto, así como por una semana. Hasta que, sin quererlo, una noche se tropezó con el altar de San Benito en su cuarto y el santo se cayó, por fortuna no se rompió ningún miembro del iluminado, pero, me dice ella, que cuando colocó la estatuilla en su lugar y le acomodó todo a su alrededor llegó la luz a toda la casa inmediatamente. Todo esto me lo contó invitándome a una taza de tinto. Sólo le pude decir que pondría el caso en consideración para que hicieran un mantenimiento general del cableado y de la fuente para la vereda, pues lo cierto, era que no sabía cómo explicar lo del santo. En otra vereda hace unas semanas se había dado un derrumbe sobre la carretera, situación que entorpeció por unas horas el flujo vehicular, y que por fortuna no había tenido trágicas consecuencias. Allí hablé con don Carlos, que me pidió encarecidamente, así fueron sus palabras, que considerara la opción de mandar poner sensores que pudieran prever el movimiento de tierra y piedras en avalancha, ¨como esos que hay en la Europa¨. Si dependiera de mí los pondría pensé, mientras le decía que la administración ya había sido avisada de que podía hacer la solicitud de los sensores, pero que los trámites tardarían su buen tiempo. ¨Cuando haya un desastre ya pa qué¨ me lanzó a la cara su realidad que no dejaba de ser cierta. Mi última visita fue a la finca del señor y la señora Castro, que estaba a unos cuarenta minutos del anterior punto, allí debía echar un vistazo al pequeño estanque natural que provenía de las aguas de la montaña, y que proveía a unas cuantas fincas de los alrededores; debía ver que el uso de éste no fuera dañino para el mismo. Siendo benéfico para el uso humano tenía que ser cuidado, por ejemplo, de que no le vertieran desechos o de que fuera secado a propósito. Me quedé viendo mi reflejo en las aguas que a esa hora también reflejaban al cielo que progresivamente se iba oscureciendo. Bajo la superficie vi nadar a unos cuantos pececillos de color naranja. Cuando salí de la finca ya había caído la noche, la carretera estaba tan oscura que no se veía nada a los alrededores excepto una que otra luz dentro de una casa. En algunas partes del camino el alumbrado iluminaba cortos tramos de asfalto, como en otros, las luces de un carro mostraban algunos objetos u otro sendero que salía al paso.

Llegué al pueblo, dejé mi motocicleta en el parqueadero de mi casa y fui caminado hasta el ayuntamiento, allá se reunía semanalmente el grupo de AA. En el portal de entrada me estaba esperando Jorge fumándose un cigarrillo.


- ¿Qué tal? –me saludó él.

- Bien, un largo día, ¿cómo te fue hoy?

- Igual, estuve ayudando a Raúl en el local

- Genial, ¿vamos o qué?

- Si, de una.


Finalizó el cigarrillo y lo aplastó contra la pared en la que estaba recostado. Metió su colilla en la cajetilla que llevaba en el bolsillo de la camisa y entró antes que yo. A decir verdad, era Jorge un tipo que acá podía resultar todo un espectáculo, no sólo sus movimientos sino la forma en que hacía las cosas; otro tal vez habría botado la colilla sobre los parterres, sobre las flores del antejardín del ayuntamiento. En la última sala a la izquierda estaban sentadas en círculo algunas personas, cuatro hombres y dos mujeres, con nosotros dos completábamos ocho. Buenas noches, dijimos, y el grupo nos respondió; se levantó de su silla Manuel, quien era el guía del grupo y nos tendió la mano. Yo le presenté a Jorge diciéndole que se encontraba interesado en asistir a estas charlas y a todo lo demás. Él en su tono elocuente de líder dijo: ¨Perfecto, que vengan los que se han perdido y quieren encontrarse¨. Llevamos dos sillas del fondo de la sala y poniéndolas en el círculo procedimos a sentarnos.


- Buenas noches –empezó Manuel a hablar con su voz de predicador- amigas y amigos, que bueno verlos esta semana otra vez reunidos, espero que en sus hogares todo esté saliendo de la mejor manera, así Dios lo quiere si ustedes se esfuerzan en luchar con el pecado. Esta noche tenemos a un nuevo compañero que quiere volver al sendero, se llama Jorge y es primo de Raúl, el propietario del bar (vi en el rostro de un hombre un cambio de expresión al oír esta palabra). Él como ustedes o yo mismo han sido flagelados por una adicción alguna vez, que como bien saben son tentaciones de Satanás para los que están lejos de la mano de nuestro padre; pero por eso estamos acá, para combatir sus embates. ¿Les parece si empezamos para que nuestro nuevo compañero entienda la dinámica? (Todos aprobaron la idea y empezó a hablar una mujer).

- Hola, buenas noches, mi nombre es Marta –a un coro dijimos ¨hola Marta¨, a mí me daba risa, pero la contenía- No he vuelto a probar bebida hace un mes –celebrando aplaudimos a Marta por su fuerte convicción- Yo antes tenía problemas con mi esposo porque me la pasaba bebiendo, a él no le gustaba, por eso de lo que pueden andar diciendo en el pueblo… Además, mis hijos no me obedecían y lo más duro fue que mi hermana me dejara de hablar. Si mi mamá estuviera viva le habría dado un no sé qué si me hubiera visto borracha todo el santo día y con las ropas sucias... Pero desde que asisto al grupo y he dejado el trago me ha ido bien, volví a trabajar de modista, todo gracias a Dios.


El grupo la aplaudió nuevamente y doña Marta se sentó satisfecha por su testimonio.


- Y cuéntanos Marta –le preguntó Manuel- ¿Tus hijos cómo son contigo ahora?

- Me han vuelto a hacer caso, e incluso me he vuelto más exigente con ellos.

- Como ven, Dios da, pero también exige algo a cambio, es necesario ir a la casa de Dios todos los domingos, ¿no Marta?

- Sí señor, yo llevo a mis hijos bien madrugados.

- Felicitaciones Marta.

- Gracias.

- Ahora, ¿alguien que desee hablarnos? –preguntó viendo hacía su derecha e izquierda.

- Sí, yo –habló un hombre a mi lado mientras se levantaba.

- Entonces te escuchamos Sergio.

- Buenas noches a todos, mi nombre es Sergio –como con la anterior presentación dijimos ¨hola¨ - Llevo tres semanas sin beber –y como con doña Marta le aplaudimos- lo cual ha sido un gran reto para mí, pero como dice el señor Manuel: ¨Dios da, pero también exige sacrificio¨. Yo antes no era muy devoto, pero ahora lo soy. Antes no me importaba si iba a misa o no, o si conmemoraba los días sagrados… En la casa de Dios he hallado paz. También le pedí perdón al Señor por mi mala conducta con mi familia y conmigo mismo. Antes llegaba a la casa tarde en la noche y lo primero que hacía era formar problemas; agredía a mi mujer y a mis hijos; pero también me gastaba el sueldo en trago y en la casa nada que comer, ni siquiera un pan. Si no es por mi mujer mis hijos se mueren de hambre (Y como le había dicho a Jorge, aquí comenzaba lo interesante) –y Sergio se puso a llorar mientras balbuceaba- Hasta que un día golpeé tanto a mi mujer que la dejé grave y me asusté tanto que no sabía qué hacer, y los niños llorando, ay Dios perdóname –Sergio se arrodilló- Ese día supe que tenía que dejar esa vida que estaba llevando. Después de eso me metieron al calabozo varios días, para que tomara escarmiento… y allí tras las rejas, juré que dejaría la bebida y empezaría a ser un buen padre de familia.


Manuel se acurrucó junto a Sergio y puso su mano en el hombro de éste, le preguntó que si quería que orasen, Sergio dijo que sí. Entonces todos se levantaron de sus asientos y oraron siguiendo a Manuel.


- Sergio, Dios no te va abandonar, pero tienes que dejar que él entre en ti, y tú debes cumplir la promesa que le hiciste, es lo más importante, no fallarle al gran padre.

- Si señor –dijo Sergio volviendo a su silla ayudado por un compañero.

- ¿Alguien más quiere contarnos su historia?

Me quedé viendo a Jorge y él a mí, con mi mirada lo invité a que hablara, pero él no quiso, entonces hablé yo.

- Hola, buenas noches, mi nombre es Santiago –a un coro me saludaron y aplaudieron cuando dije que llevaba quince días sin beber- Yo no suelo salir mucho de mi casa y es allá donde siempre me embriagaba, lo triste es que hace poco tomé una copa y caí… Antes tenía con más regularidad problemas en el trabajo, me distraía y sólo deseaba unas cuantas copas... Cuando llegaba a casa empezaba a beber hasta quedar como una cuba... Yo vivo solo y es muy triste no tener a alguien cerca que te pueda querer… Me preocupa también mucho mi familia que está lejos de aquí y no me gustaría que vieran en lo que me he convertido gracias a ese seductor mal que es el licor… Eso es lo que más me importa ahora: poder ver mi familia, pero que no me vean así. Cuando caigo tengo pensamientos lúgubres y la vida no tiene sentido, hasta he tenido ideas suicidas; estas dos últimas semanas han sido de las más duras que he vivido, pues por desear una copa me he sentido el peor. Lo que me ha traído hasta aquí ha sido una fuerte voluntad.

- Interesante testimonio –dijo en tono de veredicto Manuel- pero el camino es largo Santiago, sé que eres una persona buena, pero no te dejes invadir por la tentación; ya me has dicho antes que no eres muy creyente y que no compartes la misma creencia, pero confía en que Dios siempre va a estar ahí… Lo que demores en ir hacía él, así mismo tardará tu penitencia. Ya sabes que cuando quieras venir a hablar conmigo puedes hacerlo.

- Gracias Manuel.

- Yo quisiera hablar después, ¿puedo? –Fue Jorge quien se lanzó a hablar. Lo miré sorprendido.

- Claro, me gusta esa iniciativa.

- Hola a todos y todas, mi nombre es Jorge –e igual: saludo, pero sin aplausos ya que dijo que había tomado la decisión de dejar de beber el día anterior- Soy de la ciudad, y como dijeron antes, primo de Raúl, el dueño del bar (el mismo hombre de antes hizo la misma expresión de preocupación al oír el bar), me vine de allá porque necesitaba alejarme de la urbe y el vicio por el que tuve varios problemas. Por lo general me emborrachaba y empezaba a buscarle problemas a los compañeros de mi trabajo con los que tomaba; empezaba uno discutiendo algún tema político y terminaba en una riña callejera, por cualquier excusa, que no quedaba ahí… He peleado con policías por no gustarme como se dirigían a mí, y estos sin más se excedían conmigo; tengo varias multas por agresión a servidor público, de lo cual no me arrepiento en gran medida, pero sí de que he preocupado mucho a mi hermana, con la que vivo en un mismo apartamento. Ella siempre yendo por mí a la estación de policía o ayudándome en cualquier situación en la que tuviera dificultades. Creo que no me he portado muy bien con ella, tampoco le he agradecido todas las veces que me ha sacado de algún lío. Como esa vez que borracho robé un casco de policía…; me agarraron y dieron una paliza que no olvidaré. Al día siguiente fue ella por mí al otro lado de la ciudad, ya que éstos malnacidos me dejaron sin un sólo peso para coger un taxi o un bus; además de que no podía caminar de los golpes que me habían dado... Esto entre otras muchas situaciones incómodas.

- Como ven todos aquí, la bebida puede llevar a hacer muchas cosas que le meten a uno en tremendas situaciones –no dijo más al respecto e invitó al siguiente a que decidiera hablar.


Por durante cuarenta minutos escuchamos a los que faltaban por contar su experiencia; en una de ellas un hombre llamado Antonio lloró y suplicó por ayuda, sus gritos en todo el recinto se oyeron hasta la calle; entró una mujer y preguntó si todo andaba bien, Manuel le aseguró que sí, y la sesión continuó. Salimos del ayuntamiento a las ocho de la noche, luego nos dirigimos como casi todas las noches a la casa de Raúl. En la sala de éste hablábamos sin parar mientras bebíamos vino y fumábamos marihuana.


- ¿Qué te pareció el grupo de alcohólicos anónimos? –le pregunté a Jorge.

- Muy trágico, no estoy nada acostumbrado a reunirme con gente que habla de la necesidad de ser ayudado.

- Sí, entiendo, para mí también fue raro al comienzo –paré de hablar para poder fumar- pero ya luego fue divertido.

- Sí, como hoy –y riéndose me dio una palmada en la espalda.

- ¿Qué parte de tu historia era cierta y cuál no? –indagué sobre lo que había contado esa noche.

- Toda –y mirándome con sus ojos cafés-, habrás descubierto que mi adicción es entrar en conflictos por política, como ya viste en el bar.

- Sí me di cuenta, lo que creo es que tu hermana entonces es una gran persona.

- Lo es –me aseguró- por eso estoy aquí, creo que le he dado mucho por hacer… necesita tener su propio espacio.

- Luego la puedes ayudar en algo –dije con la mayor ingenuidad.

- Espero que sí, no quiero involucrarla en más cosas como éstas, aunque en el mundo en que me muevo uno siempre está corriendo riesgo…

- Cuéntame –le pedí mientras le llenaba su vaso.

- Bien, te lo resumiré –dijo dando un pequeño trago de vino- Ya sabes, en la universidad uno conoce gente, se encuentra con personas que muchas veces piensa parecido a uno, allí empecé en mi actuar político. Al principio con gente con ideales de izquierda, pero que no dejaban de ser aburguesados, eso me aburrió y me pareció una mierda… Después le hice el quite a eso e hice un tormentoso amigo llamado casualmente como tú… Pues bien, la gente con la que luego coincidí y nos organizamos no le jalaba tanto a la política tradicional, es decir la de votar, de democracia y demás. Lo nuestro era un poco más lo que llamábamos fastidiar, y es eso lo que hacíamos: fastidiar a ese tipo de organizaciones; pues creíamos que lo que hacían era mentir al resto de estudiantes. Saboteábamos sus mítines y encuentros que tenían como fin convencer a los otros del por qué necesitaban votar por ellos a los cargos universitarios. Pero ya hace tiempo de eso­­­­­­­­­­­­­­­­­. Cuando terminé la carrera no dejaba de sentir cierto odio hacia el sistema. Tuve varios empleos en los cuales no duraba porque no me gustaba tener que aguantarme a un imbécil que te diera órdenes. Pedí un descanso a la organización en que trabajo para venirme a Villa Gracia, no sólo por darle tiempo a mi hermana sino porque necesito pensar mejor las cosas.

- Creo que es bueno desconfiar de todo, como tú lo haces –y mirándolo tomé de mi vaso- Ese tormentoso amigo tuyo que también se llama Santiago… era…

- Si, éramos pareja, si eso quieres decir, pero no quiero hablar de él ahora, no quiero arruinar el momento.


Y acercándose hacía mí, me agarró la mano y me besó con fuerza, luego con lentitud. Yo le dejé que lo hiciera, pues también me gustaba que eso pasara, algo que había pensado muchas veces; que también se me había ocurrido mientras estaba sentado junto a él en el sofá de su primo y oyendo su música. Antes de ir a su habitación me preguntó cuál era mi adicción, le contesté que ya la conocería. Lo cual no pasó, ya que, al día siguiente gracias a Raúl, cuando fui a buscar a Jorge al bar, supe que él había regresado a la ciudad. Supongo que no aguantó la vida aburrida en Villa Gracia.

***

En la escuela de mi infancia, derruida por el tiempo que es inexorable como la vida misma, me encontraba el día sábado, ese día había una fiesta en el pueblo. Evento en que seguramente me sentiría bastante solo; por lo menos no tenía esa disposición que acá la gente tiene. Saqué de entre un montón de mobiliario deteriorado el pupitre que era de Valentina, el primer amor de mi infancia y de la que no sabía nada ahora; lo coloqué junto a la ventana, por donde entraba la cálida luz de la puesta del sol, después extraje una navaja del bolsillo de mi pantalón y tallé en la madera del pupitre, junto a otros nombres, el nombre de Jorge. Puede sonar o parecer ridículo, pero, mi adicción va en contra de la irregularidad del tiempo, ha sido la misma desde hace años: la melancolía de los amores que se van ¿Se puede llegar a ser culpable por eso?

 

Autor: Julián Otero


Mi nombre es Julián Otero, tengo 24 años y soy de la localidad de Engativá, de Bogotá-Colombia. Soy un promotor de lectura que realiza trueques de libros y actividades de autogestión que buscan incentivar el gusto por la lectura y la escritura, las artes y el apoyo mutuo. He colaborado en revistas y periódicos literarios como lo son la Revista L10, Revista La Anticosa y el periódico comunitario Décima Realidad, del cual participo en la actualidad. He apoyado procesos sociales mediante la resignificación de espacios públicos estigmatizados (desde tomas culturales, pedagogía, espacios de diálogo y encuentro con las comunidades). Tuve la oportunidad de apoyar en el proceso de defensa SOS HUMEDAL TIBABUYES, con el que se busca mostrar la importancia de estos ecosistemas para la vida. Este año colaboré en la creación de la FLAP -Feria del Libro Autogestionada y Popular (@flapbogota)- en su primera edición, donde se logró que asistieran distintas colectividades y personas de diferentes lugares del territorio de Bogotá.