• Daniela Romina Manfredi

Nagchampa


Este hombre aseguró que venía a las once. Falta poco. Miralo al taxista… ¡qué caballero! Dijo que iba a darme tiempo para que yo terminara las clases, cenara y me bañara. Da igual, total no pienso abrirle. Acá, lo importante es lo que me pasó hoy… no con él, sino con mi evolución, con mi gente, que ya no la siento así. No puede ser que yo ande corriendo por elles todo el tiempo. Me quitan la paz… tienen una vibra que no se aguanta, eh. Bueno, yo no quiero más de eso. Lo lamento por tantos años de amistad, pero ya no me hacen bien. Termino descuidando el trabajo y mi equilibrio interior. Hay que soltar, cerrar ciclos. Lo de hoy fue la gota que rebalsó el vaso.


Entro a la ducha mientras recuerdo que no me daban las piernas de caminar tan rápido. Para variar, me había retrasado en lo de Florencia. Pero si no es ella la que necesita ayuda, es Graciela o Emilce, y si no mis hijes, hermanes, etcétera. Al darme cuenta de que no iba a alcanzarme el tiempo para llegar a dictar la clase, empecé a buscar un taxi. El semáforo en rojo me ayudó. “Odio correr, no me gusta accionar de esta manera. No tiene nada que ver conmigo”, pensaba. Con la puerta ya en mi mano, intuí que lo mandaba el Universo para “asistirme”.


Me senté; cerré con un portazo y una velocidad que no domino. Estaba fuera de eje y además se me enganchó la pashmina que pronto destrabé. Entretanto, saludaba al taxista sin mirarlo siquiera:


—Hola, disculpe, es que estoy apurada.

—No hay problema, mujer.

—Sí hay… estoy muy apurada —le dije a medida que levantaba la vista.


Entonces vi sus ojos verdes, en el retrovisor, que me estaban traspasando la babucha. “Más o menos tiene mi edad, o un poco más, unos 55”, pensé. La mente siempre metiéndose, pero no impidió que me subiera un calor que llegó hasta mi tercer ojo, mínimo. Desconcertada, llevé la conversación a… ¿Lo central? ¿Las calles? Le dije que íbamos a Honduras y Humboldt, donde vivo y tengo la escuela de yoga. No sé por qué le conté todo eso… como si lo conociera de toda la vida.


—Tiene usted un aroma a sahumerio… una delicia —dijo, sonriendo de una manera… su voz me abría todos los chakras.


Llegué a visualizar su boca, rodeada de su tupida barba negra, bajando por mi cuello. A esa altura ya había perdido la consciencia, así que tomé el mala1 que traje de la India, que llevo siempre colgado a la altura del pecho y comencé a repetir mentalmente: “¿Qué me pasa, Brahma, Vishnu, Shiva? Gran trimurti2, ayúdenme y contrólenme, por favor”.


—Ehh… amo los sahumerios y creo que terminé el último en la casa de mi amigue. —No sabía qué decir entremedio de tanto “elemento fuego”. Abrí mi bandolera para corroborar y era cierto, ya no había más. Me volvió el fastidio—. Ahora no tengo para la clase. Eso pasa por estar de aquí para allá. ¿Entiende? Estoy cansada de estas fugas energéticas que me provocan algunas personas del pasado. —La verborragia se apoderaba de mí, cuando él se inclinó hacia la guantera, y sacó una caja de Nagchampa3, de los azules, un clásico que siempre te salva.


—Suyo —dijo y me los pasó. Su mano era forzuda, a su vez prolija. Sentí que en el intercambio se había quedado lejos de la mía—. Es una de las cosas que conservo de la vida de yogui: quemar sahumerios. Era maestro como usted. ¿Su nombre?


Mataji Durga Devi. ¿Y el suyo?

—Ya no uso mi nombre espiritual. Me llamo José.

—¿Qué pasó? ¿Le fue mal? No es fácil sostener una escuela de yoga… —Él me interrumpió:

—No, al contrario. Me fue muy bien. Me abrí del supuesto camino sanador. Ahora soy taxista y mucho más espiritual que antes.

—¿Usted me está diciendo que yo no soy realmente espiritual? —le pregunté molesta, pero intentando ser respetuosa, como siempre.

—Sabemos los dos el significado del yoga. ¿No es así? Unión, todos somos uno, integración, y bla… bla… bla. Y entonces, ¿por qué usted habla de cansancio hacia sus afectos? Si usted tiene paz, nadie se la puede quitar.

—Y, bueno… es que no tienen buena vibra. Es necesario, algunas veces en la vida, dejar atrás, desapegarse… De lo contrario, uno se rompe. Y no puede avanzar, seguir su verdadero destino por estar con personas con las que ya no nos une nada.

—¿No los une el amor? Todas esas palabritas… desapego, soltar… forman parte del speech del mundillo espiritual. Muy bien, siga así, señora. Se quedará sola. Yo ahora soy feliz. Tengo un montón de amigos, los de antes, los de fútbol, los de yoga, los que se comportan más conscientes, los más incorrectos, los divertidos, los que se equivocan, los antipáticos, los amorosos… de todo. Nadie queda afuera en mi vida, desde que dejé el yoga. Es paradójico, ¿no? El sábado pasado no sabía qué hacer para estirar la casa en mi cumple… no entrábamos de la cantidad que éramos y la mezcla de gente que había. Eso es yoga: música, baile, risas y compartir entre todos.

—Eso no es yoga, eso es joda. Uno atrae personas según la frecuencia vibratoria que tiene. Eso son sólo placeres terrenales…

—Estamos en la Tierra. Y somos las relaciones que tenemos.

—La calidad, no la cantidad.

—Nadie debería quedar fuera de un corazón evolucionado. Usted, hasta usa la “e”, pero quiere borrar a la gente de su pasado. ¿Qué clase de inclusión es esa? Seguro a sus alumnos les habla de “todos somos uno” y luego no lo puede llevar a la práctica porque sus creencias los hacen muy cerrados. Además…

—Pensamos muy diferente, señor —lo interrumpí e hice silencio.

—¿Y cuál es el problema? ¿Acaso sólo hay que tratarse con los que piensan igual? —Seguía buscándome y yo, en mi silencio. “Qué atrevido”, pensé y le dije—: Me quiero bajar.

—Faltan dos cuadras, y le recuerdo que estaba apurada, cosa que no se permiten los yoguis porque no encaja dentro del modelo a seguir: tener que hacer todo con calma… Om Shanti, shanti, shanti4—me decía mientras hacía el gesto de Namasté con sus manos, burlándose, y se reía.

—¡Bendiciones, José… y váyase a cagar! —se me escapó, mientras bajaba del auto en la puerta de casa.

—Ja, ja, ja… qué hermoso que una yogui me insulte. ¡Que se libere! —gritó. Por la ventanilla baja del acompañante, vi cómo se reía a mares, y más bronca me daba—. ¡Vendré esta noche a cobrarle porque no me pagó el viaje!


Mientras seguía riéndose, me dijo que lo haría para seguir conversando de todas las contradicciones del mundo espiritual y, también, para hacerme el amor, porque yo le encantaba. Así lo dijo. ¡Pero qué tipo loco! Le grité que no me interesaba su opinión. Así que supongo que vendrá por lo otro…


De todos modos, no voy a abrirle, obviamente. En fin, aquí estoy, con la toalla envuelta en mi cabeza, terminando de secarme y escribiendo en mis redes sociales sobre el “soltar”, que seguramente les gustará a mis seguidores: “Corta todo vínculo con gente de tu pasado que ya no vibra en tu presente. Estás aquí para vivir tu vida. No para complacer a la gente”. Aprieto “publicar” y suena el timbre. Se me cae el teléfono del susto. Me veo desnuda en el espejo. Y me siento desnuda. Con unas ganas locas de abrirle la puerta a ese tarado.

1 Mala: rosario hindú

2 Trimurti: las tres deidades en conjunto: Brahma, Vishnu y Shiva (creación, sostén y muerte)

3 Nagchampa: Famosos sahumerios de origen indio

4 Om (mantra del sonido universal) Shanti: paz. Se utiliza esa frase para enfatizar que todo sea en paz.

 

Autora: Daniela Romina Manfredi


De pequeña me gusta escribir, hice talleres literarios, de escritura y de teatro.

También hice cursos de guion de Cine y TV. Estudié Comunicación Social, Periodismo, Dramaturgia, Educación Física y Yoga, lo que me ha llevado a trabajar en revistas ligadas al bienestar y la salud. Ya no ejerzo tales profesiones porque decidí, hace un año, dedicarme por completo a escribir literatura. Tengo dos libros publicados (uno sobre espiritualidad y Yoga y el otro una novela de autoficción). El año pasado participé de una Antología, al ser seleccionado mi relato en un concurso. En la actualidad, estoy cursando un Programa Formativo en Escritura Narrativa de tres años.


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