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Nadie murió de amor



Jueves 4 de febrero


Quiero saber si pensás en mí. Recuerdo algunas escenas nuestras de los mejores días, que fueron los primeros. Deformo los recuerdos, los corrijo. Temo haber inventado la ternura con la que me mirabas a veces. Nunca creí que resultara tan fácil olvidarnos mutuamente.



Viernes 19 de febrero


El servicio de hoy me tocó en City Bell. En esa funeraria con nombre de peluquería, Betti. Pocos familiares en la vereda, separados en grupos reducidos y estancos. A las 12:30 partimos hacia el Jardín de Paz. De los pocos que había, la mitad me siguió en sus coches particulares. El amor para algunos también tiene sus límites. Me gusta trabajar en esa zona porque para llegar al cementerio se debe atravesar el parque Pereyra, eso le agrega cierta poesía al final de una vida, que tal vez la haya necesitado antes. La entrada al predio parece una cancha de golf o un country club. Está pegada al cruce de Alpargatas donde siempre hay largas filas de empleadas domésticas y albañiles que esperan colectivos y siempre miran pasar la caravana y se secan el sudor del sol del mediodía. El cuerpo muerto que llevaba detrás de mí la estaba pasando mejor que ellos. Una vez dentro del cielo privado se acercó el carrito para portar el cajón hasta el gazebo con sillas vestidas. Imaginé el momento en que la señora le mostró a su marido el folleto y juntos decidieron comprar esa parcela, tan limpia como su propia casa. Los familiares más cercanos tomaron las manijas del ataúd. Al frente el hijo único de la mujer muerta y el único que apenas lloraba.


A las 15:00 emprendí la vuelta a Capital pero un accidente en la autopista me tuvo parado una hora. Aproveché para tomar notas.


Sábado 27 de febrero


Me puse a revisar el correo buscando fotos perdidas. Encontré decenas de fotos tuyas en las que estabas hermosa y te odié. En un mensaje de whatsapp pegué todas las imágenes para mandártelas y borrarlas de la memoria. Estábamos felices en la fila de un recital en Vélez; vos dormida en el asiento de un colectivo; vos vistiéndote para salir de noche; vos a contra luz. Cada vez que agrandaba una foto para verte de cerca sentía más miedo de morir solo. Borré todo, sin enviar.



Domingo 7 de marzo


Fue uno de esos días de otoño en pleno verano. Salí a caminar para sentir en el cuerpo esa temperatura perfecta que es ni muy muy, ni tan tan. Hice un recorrido por inercia, tomé la avenida y después doblé por el parque. Vi un pequeño amontonamiento de gente en la esquina. Había un hombre tirado contra la persiana de un negocio abandonado. Estaba rodeado de bolsas llenas de cosas sucias y estaba muerto. La gente que pasaba detenía su marcha para mirar y al entender lo que sucedía apuraba el paso. Me quedé solo frente a ese cuerpo que antes era una persona y llamé a la policía. No tenía documentos, no tenía nada que identificara su nombre. NN. Nadie.



Lunes 8 de marzo


En Chacarita el dolor está mejor encuadrado que en cualquier otro cementerio. Todo acompaña, todos los caminos llevan a los deudos al drama y nadie se siente desubicado. Ahora las familias deben despedirse de sus muertos sin el amparo de las capillas, al aire libre, y eso los empuja a subir el volumen.


Estacioné de culata, abrí la puerta trasera y retiré levemente el cajón. Escuché la congoja estrangulada de la viuda que se acercaba en transe. Al llegar junto a su marido muerto, lo primero que hizo fue golpear con la palma abierta la tapa del cajón cerrado, varias veces, como queriendo despertarlo a bofetadas. Vi como intentaba volver el tiempo atrás, haber estado para ayudarlo, haber amado lo suficiente. Las lágrimas brotaban de sus ojos y recorrían cara y cuello, lavando la sensación de culpa que era evidente. Luego sacó un parlante bluetooth y puso una canción a modo de ceremonia. Los amigos presentes se preguntaban entre ellos cual era la relación entre el difunto y ese tema en inglés, pero igualmente todos lloraban, menos el hijo adolescente, que ya había cerrado las puertas a cualquier emoción. Durante el trayecto hasta el crematorio, la viuda en el asiento del acompañante dudaba de su decisión de cremar al marido y consultaba por teléfono a los allegados. Como si hubiera alguna posibilidad de cambiar de planes.


Este servicio me llevó toda la mañana, había lista de espera en el horno, ya nadie quiere estar eternamente bajo tierra. Por suerte el calor agobiante despejó a los familiares que no encontraban sombra donde ponerse. Las mujeres empezaron a organizar los autos para salir del laberinto que es Chacarita y se saludaban entre ellas con abrazos y un “a pesar de todo feliz día”.


Dejé el auto en el estacionamiento de la cochería y tomé el tren de regreso a casa. Llevaba un ramo de flores que compré al salir del cementerio. Una mujer joven que viajaba sentada frente a mí me miraba con lástima, supe que piensa lo mismo que vos acerca de las flores. Bajé en la estación Drago, encendí un pucho que me acompañó hasta la otra punta del andén para salir por Mariano Acha. Casi al llegar a los molinetes recibí un mensaje tuyo: Feliz cumpleaños. Guardé el teléfono y seguí caminando con una sonrisa boba. Pasé por la esquina donde murió el NN y apoyé el ramo de flores en el lugar donde ya no había un cuerpo sino un mural pintado por alguien durante la noche que decía “Nadie murió de amor”.

Hice tres capturas del mural con el teléfono, desde distintos ángulos. Entré a comprar en una panadería y cuando llegué a casa respondí a tu mensaje con nuestra foto de Vélez seguida por una de las tres de la frase en la pared. No agregué la palabra gracias porque hubiese sido como terminar la conversación, pero tampoco la empecé, no sabía qué decir. Abrí el paquete de sánguches de miga, destapé una cerveza y me senté a escribir.



Martes 16 de marzo


Hoy me tocó trabajar en Santa Rita. Un barrio inventado dentro de un barrio real, Villa del Parque, la comuna con más población anciana de la ciudad. La ceremonia se hacía en las escalinatas de la parroquia que da vida y nombre al vecindario. El cura pidió a la cochería que enviara la carroza blanca, la más cara. Tuve que pasar a buscarla por el garaje. Cuando por fin llegué vi que la persona que había muerto era alguien importante por la cantidad de gente que asistió a la despedida. Era como un domingo de pascuas a la salida de misa. Estacioné justo en la puerta de la iglesia en el espacio que ya estaba reservado. Bajé del coche y atravesé esa marea de viejas que se contaban mutuamente las enfermedades del último año. Me acerqué al párroco para confirmar que estaba todo listo y leí la frase que acompañaba el cajón: Leonor, presidenta de la Liga de madres de familia. Todas las vecinas mayores de 70 años estaban reunidas hoy en esa catarsis colectiva. Todas lloraban la partida inesperada y se preguntaban, seguramente, quién podrá reemplazarla.



Miércoles 24 de marzo


Busqué entre los cajones de la cocina. En algún lado tendría que haber una de esas servilletas blancas que me mandó mi tía junto con un mantel horrible, después de la muerte de mi vieja. Encontré una con un bordado tipo broderí en una punta, la doblé en triángulo y escribí en la parte lisa con un lápiz de carbonilla la palabra Presentes. Fui al patio y colgué el ahora pañuelo en uno de los alambres que vos usabas para secar las sábanas al sol. Desde que te fuiste no usé más el lavarropas, simplemente voy a un lavadero cuando no tengo más qué ponerme. Me quedé tomando mate bajo el sol del patio que se escapaba de a poquito por la esquina, si hubiera tenido una o dos servilletas más hubiera terminado la frase, ahora y siempre, pero no tenía.



Jueves 6 de mayo


Me llamó Luisito para pedirme que lo remplace hoy en un servicio porque a él le tocaba ir a vacunarse. No pude negarme, es el único tipo que no me jode cuando me encuentra anotando algo en mi libreta mientras hacemos tiempo en los autos. Me llama “el escribiente” y siempre tiene un vaso de café para compartir.


Era uno de esos casos en los que la familia no puede acompañar al cuerpo. El procedimiento es muy estricto, por eso se ocupa Luis. Me dio todas las indicaciones necesarias aunque solo me tocaba conducir. Retiré el cajón en el Hospital Español. Me dieron unos papeles con los datos de la difunta. Debía llevarla directamente al crematorio de Chacarita sin acompañantes en el auto. Los deudos podían esperar en la puerta de Jorge Newbery para dar el último adiós, desde lejos. Antes de arrancar miré el nombre de la mujer muerta, como hago siempre, por una cuestión de respeto. Me sentí aturdido al reconocer el apellido que me sonaba demasiado familiar. Marquesano. Y luego, el nombre de pila. María Rosa. La mamá de mi mejor amigo de la secundaria. El Pitu y yo estábamos siempre juntos, eso que pasa con los amigos en la adolescencia. Su casa era una peña constante porque los viejos eran cantores. Buena gente. Imaginé la escena en la puerta del cementerio. Temí no reconocer al Pitu que debe estar tan viejo como yo. Encendí un pucho en un semáforo larguísimo y más adelante me agarró la barrera de Warnes. Me sequé la transpiración de las manos con la franela. Por detrás de esa ráfaga que deja el último vagón vi que en la misma entrada a la que yo me dirigía había una multitud. De pronto sentí que avanzaba en cámara lenta, porque mis pensamientos se llenaron de recuerdos de aquellos años en la casa de los Marquesano, donde aprendimos a tomar los primeros vinos y a chamuyarnos a las pibas usando las letras de las canciones, poesía que nos iba entrando de tanto escuchar cantar a María Rosa.


Tomé esa última curva y tuve al público mirándome de frente sosteniendo un silencio espantoso para todos, hasta que un tipo que estaba adelante comenzó con el aplauso. Fue un aplauso interminable, que todavía escucho. Mi amigo estaba parado al lado de la reja, agarraba a su padre de un brazo simplemente para evitar que se cayera ante el dolor. Yo iba a paso de hombre, cuando estuve lo suficientemente cerca de ellos bajé la ventanilla y me saqué los lentes negros. El Pitu me saludó con los ojos y yo reproduje la frase que leí de sus labios para que María Rosa de algún modo la escuchara: Viejita, te vamos a seguir cantando siempre.



Viernes 14 de mayo


Todos los días para llegar a mí trabajo paso por delante de una casa que no se sabe si está abandonada, si está descuidada o si está embrujada. Pero dentro de esa casa hay un perro que ladra. Cada vez que paso por la puerta escucho ese ladrido de angustia desde el interior misterioso de ese frente de ladrillo a la vista y sufro sin saber cuál será la historia del animal encerrado.

Y lloro, más que nada por mí, porque al menos, el perro ladra.


Sábado 3 de julio


El día que nos conocimos tenías puesto ese vestido negro con flores fucsias, de mangas largas y falda muy corta. Era invierno. Un 3 de Julio, en la calle Corrientes. Estábamos rodeados de mis amigos que también eran los tuyos. Hacía frío y vos no ibas tan abrigada como para seguir hablando de cualquier cosa en cualquier esquina. Cada tanto soplaba un viento helado y vos te abrazabas con tus propios brazos para darte calor y me mirabas de costado, como pidiéndome auxilio o no sé, algo me pedías. Yo te di todo en ese momento. Ojalá lo sepas.


Escribir este diario anestesia el impulso de salir corriendo a buscarte. Simplemente podría grabar un audio o mandarte un mail, pero prefiero escribir una carta. Te vas a reír cuando recibas el sobre y vas a saber inmediatamente que fui yo. Otra vez, me estoy contando a mi mismo lo que debería lograr decirte si no fuera tan cobarde. Busco una imagen correcta para empezar. Todo se nubla. Las ideas se superponen y me pregunto si estoy a tiempo de salvar algo. ¿De salvar qué?



Domingo 5 de julio


Me desperté por costumbre a la hora de siempre aunque era domingo pero con la incomodidad de recordar el sueño que tuve: yo manejaba un coche negro con una cola mucho más larga de lo normal, atrás iba yo mismo acostado boca arriba tratando de escribir con una lapicera que no funcionaba. Parábamos en una esquina y estabas vos con un ramo de claveles blancos, llorando desconsolada. Yo, el que manejaba, asomaba la cabeza por la ventanilla y pronunciaba tu nombre, pero vos me respondías: ¿y a vos quién te conoce?



Lunes 2 de agosto


Ayer terminé de escribir la carta. Hoy la releí antes de meterla en un sobre amarillo que encontré en un cajón. El sol era pleno en la mañana y decidí caminar hasta tu casa a pesar del peligro de cruzarte justo en la puerta. La adrenalina me llenaba los pulmones de aire fresco y me sentía enorme. Llegué a la puerta y fui a tocar el portero eléctrico para escuchar tu voz después de tanto tiempo, pero me interceptó el encargado que estaba a punto de baldear la vereda. Observó el sobre amarillo con desconfianza y me preguntó para quien era. Después de mi respuesta, me miró de arriba a abajo y lanzó:

-ah, pero ella no vive más…- y luego de varios segundos interminables agregó: -acá.


Empecé a caminar sin rumbo y sin saber qué hacer con el sobre, con todas las palabras que había encontrado para decirte lo que siento. Yiré por el barrio y pensé que si te habías mudado cerca podría tener la suerte de encontrarte de casualidad. Dos cosas en las que no creo desde hace mucho tiempo, vos menos que yo. Busqué un lugar donde poder sentarme a descansar un poco porque otra vez se nublaba todo. Caminé demasiado, hasta llegar al mural donde murió el NN. Me senté, saqué del bolsillo una birome y comencé a corregir la carta. Estoy acá desde hace varios días. Algunas personas se acercan y me dejan algo caliente para tomar o comer. Necesito encontrar las palabras justas, las que no pude pronunciar el día que te fuiste.


 

Autora: Laura Dantonio IG @lorindantuan

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