• Christian Olmos

Masha


Hace cinco días que sus rodillas no curan. Se pasa horas arrodillada en la capilla, y cuando está en su celda hace lo que le enseñó la madre superiora. Se arrodilla sobre sal gruesa. La sal se va metiendo en las llagas y nunca llega a curarse del todo. Así no se olvida. Cada vez que siente el ardor lo convierte en fuego. Un fuego que la quema por dentro y por abajo, y por la boca, y por la punta de las tetas, y por el culo, y por el cuello. Ya no sabe que es dolor y que es fuego. Y si le dijeran que su castigo terminó, que ya no es necesario más autoflagelo, seguro que lo seguiría haciendo. Para no olvidarse.


Con sus veinte años recién cumplidos, su cuerpo conoce solamente el encuentro con Masha. Cuando vivía en la casa de sus padres, el temor a Dios era tan inmenso que jamás hubiera imaginado un placer que estuviera fuera del alcance de la mirada piadosa de Él. Pero desde la llegada de Masha como un viento soviético silencioso que se metió por debajo de las puertas y lo invadió todo, no puede dejar de pensar en ella y en cómo contener a su cuerpo. Como si las hormonas fueran más fuerte que la omnipresencia divina, se toca a cada momento, cada vez que puede, cada vez que quiere, y cada vez que el riesgo por ser descubierta es inminente. Ese riesgo es fuego y desea que el fuego no se apague. Cuando sus dedos están lo suficientemente húmedos en sus propios jugos, los huele, los chupa, envuelve con su lengua los densos hilos de fluido y se embadurna la cara para llevar encima el aroma de Masha.


Nada de esto se cruzaría por su mente y su cuerpo si Masha no la hubiera encontrado. Masha la señaló a ella delante de todas, en la nave principal, el día que llegó y la presentaron. Ubicada bajo el haz de luz del vitral de María Magdalena, Masha, sin saber una palabra de castellano, al oír su nombre levantó la cabeza dejando su gesto genuflexo, y por un instante la miró a ella a los ojos, y a la boca, y miró su mechón de pelo que siempre se le escapa cuando se cubre la cabeza, y la nariz apenas moteada de manchitas rojas. Sí, ella sabe que Masha la eligió ese día. La mirada de Masha, fugaz y extranjera, la hizo explotar en su puesto. Como si todas sus zonas sensibles hubieran sido estimuladas, a la vez, con la misma boca. Su garganta se cerró como si una mano firme y amorosa hubiera apretado sobre su cuello hasta justo antes de asfixiarla. Su pubis se inflamó bombeado por litros de sangre tibia y se tensó de tal manera que su cuerpo se estremeció. Tanto se estremeció que sus tetas, jóvenes y duras, marcaron su forma bajo la sotana, y esos pezones, nunca tocados siquiera por ella, le hicieron ahogar un grito leve, motivado solo por el roce con su ropa. No era Dios que la castigaba, era Masha que la excitaba.


No pasaron muchos días hasta que tuvieron su encuentro. Un momento único, tal vez irrepetible, de soledad y seguridad dentro del convento. Por circunstancias que ella define como divinas, nadie había ese día en el edificio para vigilarlas. Su celda fue el templo y su cama el altar.


Con las luces apagadas a la fuerza, como ordenaba la madre superiora, intentaba encontrar el sueño entre el calor de la noche y el camisón obligatorio. Tanto era el calor, que aún contra su vergüenza, no llevaba ropa interior debajo de éste. Cuando la puerta de su celda chirrió lenta y largamente, se petrificó en su cama mirando con sus ojos enormes a la oscuridad absoluta del lugar. En segundos, una mano tanteó su cuerpo y al reconocer sus pechos, esta apretó uno firmemente cubriendo la redondez con la palma y el pezón con el pulgar. No se asustó, claro. Se quedó más quieta aún, ahora con su boca abierta de sorpresa. Sin perder el contacto de su pecho, su boca, abierta hacia la nada, se lleno de una lengua carnosa y áspera que revolvió en su interior hasta atragantarla, buscando a su propia lengua tímida y retraída. Un aroma conocido la invadió, era el perfume de la piel sudada de Masha. Entendió rápidamente cual era su papel, el de la joven virgen que recibía con docilidad. Con la respiración ahogada por el beso que no acababa nunca y con un pecho electrizado esperando a que lo aprieten como al otro, su entrepierna se llenó de sorpresa y júbilo al recibir una mano que, con su palma, se apoyaba en una zona que más tarde reconocería bien como su clítoris, y un dedo que recorría sin detenerse sus dos cavidades vecinas. Juntaba jugo en uno, y lo depositaba intrépidamente en el otro. Por afuera, y de apoco por adentro, cada vuelta un poco más. Más adentro.


No sabía bien que hacer. La electricidad que la recorría tan pronto la paralizaba como tan pronto la hacía arquearse, recorrida por una onda poderosa y cálida nunca antes experimentada. Varios largos minutos duró este beso complejo. Un hilo de salivas mezcladas corrió desde la comisura de los labios hasta su oreja y la mano en su entrepierna se deslizaba ya, patinosa, entrando y saliendo con sus dedos, sin aviso y sin problema, en sus orificios.


Finalmente, un movimiento radical de Masha la confundió en la cegadora oscuridad. De golpe, lo que reconocía perfectamente como una boca, ahora era algo más extenso y novedoso. Podía sentir, sí, algo parecido a labios, pero también sentía unos pequeños vellos, breves, suaves. Sintió el impulso de moverlos con su lengua y un jarabe viscoso y tibio se mezcló con su saliva. Lamió, bebió con sed, y limpió con su lengua todo lo que encontró, aún sin ver. Masha comenzó a hacer lo mismo con su entrepierna. Podía sentir su lengua, y la tibieza de los jugos. Podía sentir como la lengua intentaba entrar, con éxito, en sus cavidades, y entendió inmediatamente que ella podía hacer lo mismo. Entonces, los dos cuerpos comenzaron a moverse con la sincronización de una máquina perfecta, lengua y cuerpos, hacia adelante y hacia atrás. Sin detenerse, sin pensar en el tiempo. Sin cambiar el ritmo.


Nunca se fue la electricidad que recorría su cuerpo, y varías veces se volvió a intensificar haciéndola arquear, y estremecer, y sonrojar. El sacrificio, consumado por ambas, duró toda una noche sudorosa de enero. Al acabar, las sábanas y el colchón y el camisón fueron un revoltijo de jugos y sudores.


Hoy ella se castiga por ese sacrificio y Masha la ignora por todo el edificio. Sus hermanas la ven penando, pero saben que los pecados son privados. La madre superiora, atenta a su autoflagelo, le preguntó compasiva qué tan grande era su pecado que merecía tantos día de pena. “No me alcanzarán los días por vivir ni la sal de todos los mares para apagar el fuego infernal que llevo dentro”, respondió satisfecha.


 

Autor: Christian Olmos


Soy químico de profesión pero siempre desarrollé actividades relacionadas con el arte.

Hice música en los 90’ con un trío de rock. Actualmente curso talleres de escritura permanentemente con escritores de Buenos Aires y realicé una especialización en corrección de textos. Escribo cuentos aunque todavía no tengo ningún material publicado. Recientemente, uno de mis cuentos obtuvo el segundo lugar en el 29º Concurso de Cuento Breve del Rotary La Falda.


La red dónde se pueden ver mis textos: https://ello.co/christianolmos