• Bárbara Etchegorry

Manzana envenenada


El primer recuerdo consiente que tengo de mi abuela es el de un domingo en el que tomamos dos colectivos para llegar a su casa. Lo que recuerdo sobre todo es que yo no quería ir. No sé si era porque me habían hecho trenzas tirantes, porque tenía que usar el nuevo equipo de gimnasia naranja o porque no iba a estar el abuelo, pero no quería. Papá me compró una Vauquita y me prometió que la abuela cocinaba riquísimo. Pero poco, acotó mamá.


Caminamos en silencio las dos cuadras que había entre la parada y el barrio de monoblocks donde vivían la abuela y las nenas, es decir, las tres hermanas menores de mi papá, que tenían entre diez y tres años más que yo.


Cuando empezamos a subir las escaleras, mamá me apretó la mano y me dijo que tuviera cuidado con las escaleras, lo que la verdad me ofendió un poco, porque llevábamos toooda la vida viviendo en un departamento en un primer piso y me consideraba una experta en trepar.


Entramos y tuve que saludar a todas con un beso. La cara de la abuela estaba helada.


Me dijo:-¿Qué hacés, pibita?


Y bueno, ya empecé a odiarla. Porque yo no era una pibita. Tenía nombre. Y era hermoso y único, como decía siempre mi nona. Pero claro, ¿qué podía esperar de esta vieja, que vista de cerca parecía de la misma edad de la nona, pero que no sonreía ni un poco al recibir a su única nieta? La nona me hubiera dicho algo como: -¡Acá está mi Barbarella! Y seguro me hubiera hecho upa y me hubiera dado un montón de besos.


Esta vieja nada. Un cachete frío, los ojos duros y muy azules, sus rulos tan parecidos a los míos, pero tiesos como los de papá, hasta con el mismo corte de señor, la ropa de colores pardos, sin forma, pero impecable y planchadísima.


Las tías me invitaron a su pieza, más allá de la pieza del abuelo, que ahora estaba vacía, con las persianas bajas. La abuela no nos convidó ni papitas ni queso ni fruta y cuando llegó la hora de almorzar yo estaba desesperada de hambre. Apenas si murmuré amén cuando bendijo la mesa, agarré los cubiertos, pinché un raviol y prácticamente lo tragué sin masticar.


-Soledad, agarrá bien los cubiertos- dijo la abuela.


Traté de hacerlo mejor, aunque me hubiera llamado por mi segundo nombre tan tristón, y me miró feo de todas maneras. Después comentó que si me seguía sentando así iba a tener problemas de columna.


Pasó todo el almuerzo indicándome cómo comer, cómo sentarme, cuándo y de qué hablar. De postre sirvió la compota de manzanas en porciones diminutas. Mientras tanto, sin hablar directamente a mi mamá, se quejó de lo permisiva que era, porque me dejaba jugar a la pelota y a los soldaditos toda la tarde con “los negritos del Noroeste.” Si seguía así, sería una burra, seguro ni leer sabía.


Ahí me enfurecí. Yo sabía leer. Era la única que leía de corrido, la única que había leído enteritos los libros de lectura, la única socia de la biblioteca de la escuela de todo primer grado.


Por primera vez, levanté la voz y se lo dije:- Yo sé leer.


Me puso a prueba. Me trajo un librito de tapas duras, con el canto de las páginas coloreado de rojo. Me hizo leerle un rato largo una descripción de los horrores del Infierno para los mentirosos. Al final, satisfecha, me dijo que me lo regalaba y me pasó una mano por el pelo.


-Por ahí, vos te salvás y no vas al infierno como el abuelo- comentó.


Me acababa de regalar tristeza y pesadillas, la muy maldita. Porque ella estaba viva, correcta, pulcra y helada como un témpano y el abuelo no podía sino arder en las llamas del infierno vaya a saber por qué culpas, porque era desordenado, gritón y divertido, el polo opuesto de la abuela y sus ojos de escarcha.


Mil veces leí el librito, un misal de los años 40. Era hermoso y aterrador, con promesas de un cielo difícil y un infierno que estaba más allá, pero también en la tierra. Ese era su regalo, brillante como una manzana envenenada. Antes, ese veneno me hacía retorcerme de rencor. Ahora sé que no era más que la miseria que tenía para dar. Por eso, me da lástima. Y no sé si no es peor.



 

Autora: Bárbara Etchegorry Soy docente de Lengua y Literatura, de Literatura Griega y Latina y Alfabetización. Trabajo en nivel medio y superior y escribo siempre que tengo la oportunidad. Me vine a las montañas porque pensaba que odiaba el calor. Resulta que solo me molestaba la humedad.