• Germán Suárez

Luna casi llena


Mientras yacía desnuda en la cama, miré hacia atrás, por arriba de la cabecera, y a través de la ventana abierta de par en par, vi la luna de cabeza, deslumbradora, casi llena, casi… excepto por una astilla de obscuridad a un costado.


Casi llena. Y por algún motivo, eso me irritó. Quería que Selene estuviera completamente radiante en el cielo estrellado y sin nube alguna. Estaba pensando que tal vez debí haber esperado un par de días hasta que su faz fuera completamente blanca, cuando escuché el leve susurro de la tarjeta insertándose en la cerradura, y luego el sonido más perceptible de los pestillos. Obedientemente cerré los ojos.


Había entrado al hotel más de dos horas antes, con la reservación a mi nombre, por supuesto, y dejé órdenes de que le entregaran a mi acompañarte la otra tarjeta cuando llegara y la pidiera. Entré al cuarto y tras dejar mi ropa en el armario, me terminé de desnudar y entré a darme un laaaargo baño, para después acicalar mi cuerpo, revisarlo meticulosamente, y perfumarlo. Di un vistazo al reloj y determiné cuánto tiempo faltaba para que llegara. Siempre es irritantemente puntual.


Escuché que la puerta se abría y cerraba, y segundos después sentí que me colocaba una venda sobre los ojos, ya cerrados. Con firmeza, pero sin apretar ni incomodarme. Lo oí entrar a la regadera y darse un baño mucho más corto que el mío. Poco después, sentí su peso al sentarse en la cama junto a mí, y me acarició suavemente la mejilla con la punta de los dedos. Olí el aroma del jabón, y sin levantar la cabeza de la almohada, la giré y le mordí suavemente un dedo. No se movió, pero dejó de acariciarme y lo mordí más fuertemente. Seguía sin moverse y apreté más los dientes hasta que estaba segura de que le dolía. Después de unos segundos, lo liberé. Se levantó de la cama y escuché que se movía.


Unos momentos después, sentí la caricia de sus manos en mis pies y un simultáneo estremecimiento. Cerré la boca y abrí las piernas, esperando a ver que vendría ahora… siempre era diferente. Las yemas de sus dedos recorrían en turno la longitud de cada uno de los dedos de mis pies. Los depilados vellos de mi cuerpo entero se erizaron, ¿cómo le dicen?, ¿carne de gallina? Levanté una mano y acaricié mis erectos pezones levemente, suavemente, casi imperceptiblemente. Hacía frío, y más con la ventana abierta.


Pero pronto volví a dejar las manos sobre la cama para poder concentrar toda me atención en la parte inferior de mi cuerpo, de mi hermoso cuerpo que en ese momento sabía que era el más bello del universo. Sentí sus besos en mi rodilla izquierda, la levantó ligeramente y continuó con la parte interna del muslo.


Comenzó a subir lentamente, lánguidamente, alternando besos, roces de su lengua y leves mordidas con los labios, no con los dientes. No quería usarlos porque decía que esa parte de la piel es muy delgada y sensible y no quería lastimarme… pero yo en ese momento lo que deseaba era que me mordiera, que me hiciera sentir con mayor intensidad… pero no dije nada. Todo el tiempo continuaba recorriendo los dedos de mis pies con su enloquecedor roce.


Después de una eternidad, de una extática eternidad, llegó a mi ingle, y le dio un beso. Mordiendo una vez más con los labios, le dio un juguetón tirón a mis sedosos vellos íntimos y sentí el primero… pero no el último… mi espalda se arqueó, me embargó un incontrolable temblor, y escuché unos pequeños y deliciosos sonidos animales que tardé un instante en percibir que emanaban de mis labios.


Sintiendo mi orgasmo, se detuvo por unos segundos, le dio un beso ardiente al centro de mi entrepierna, y apartó la cara. Yo no quería dejar de sentirlo. Ciega como estaba, estiré las manos para tomarlo de la cabeza, pero él las retiró con las suyas y las colocó firmemente en los barrotes de la cama. ¿Barrotes? no los había visto… me di cuenta de que sólo me aferraba a los costados de la cabecera, y dócilmente las mantuve ahí.


En unos segundos volví a sentir sus dedos acariciando mis pies, el arco y los dedos de mis pies, y besó ahora la rodilla derecha, para después repetir su trayecto en el interior de mi otro muslo... se tardó bastante más, y esta vez, como si hubiera leído mi mente, a medio camino me dio un par de ligeras mordidas con los dientes, no suficiente para hacerme daño, pero sí para hacerme sentir una nueva oleada de placer. Me sacudió el incontrolable temblor que en mí es el preludio de un nuevo orgasmo, y pronto escuché mis ridículos chillidos de ratita atrapada.


Esta vez no modificó el ritmo de sus atenciones en lo más mínimo y continuó con su lento y rico recorrido a lo largo de mi muslo, hasta por fin llegar a darme un beso en la ingle, como antes, pero del otro lado. También repitió sus deliciosos tirones con los labios a mis vellos, pero después de un instante de pausa, recorrió con la lengua mis labios mayores, alternando besos y caricias con la lengua. Cada vez mi respiración estaba más acelerada y sentí un calor insoportable en los oídos y en el cuello. Ya no sentía frío.


De repente me di cuenta de que ya no acariciaba mis pies, sino mis pechos, y no supe desde cuándo. Tan ligeramente, tan levemente, como el roce de una pluma, y en momentos no sabía si era el toque de sus dedos o solamente el calor o la electricidad de su piel.


Su lengua en ese momento se abrió camino hasta mi clítoris y lo rozó ligeramente, para retirarse de inmediato. Me olvidé de las caricias en mis pechos. Por largos minutos continuó explorando con labios, dientes y lengua en mi hermosa flor, ahora llena de rocío, experimentando, escarbando… el tercer orgasmo me tomó de improviso.


Finalmente se concentró en mi clítoris, que ahora sentía tan firme como una resolución de año nuevo. Una vez le había dicho, “¿Sabes que mi clítoris se pone tan duro como tu pene cuando me excito?”, y él sólo me respondió, “Sí, ya sé”.


Eso me encrespó. Debió haberse maravillado, sorprendido… aunque su sorpresa hubiera sido mentira. Pero a veces era un arrogante insufrible, aunque no menos amado; siempre me trató como reina. Como lo que soy… por lo menos para él.


Con los labios apartó el prepucio de mi clítoris y lo atendió con la lengua. Sentí algo similar a una descarga eléctrica y me dejé llevar por las sensaciones… con los labios, con los dientes, con la lengua, hizo esto y aquello. Perdí la noción del tiempo y del espacio, no era ya él quien me tocaba… no era un hombre, ni una mujer ni ningún ser vivo… no era nadie, tan sólo un conjunto de sensaciones que no existían más allá de mi cuerpo. La manos me dolían por la fuerza con la que me aferraba a la cabecera de la cama, pues no me soltaba, no me soltaría por nada del mundo. ¿Por qué? No sé, pero no lo haría. Perdí la cuenta de los orgasmos que sentía… mi existencia misma era una larga explosión continua, con altas y bajas.


Finalmente, sentí que introducía la lengua en mi vagina y exploraba como una serpiente que busca a su presa. Hasta que encontró su objetivo… mi legendario punto G.


Él decía que el punto G no es otra cosa que la parte interna del clítoris, pero nunca supe si creerlo o no. Sin embargo, no me importaba lo que fuera; simplemente lo disfruté, alcanzando nuevas alturas de placer.


En cierto momento, sentí que la vista se me nublaba, a pesar de que había mantenido todo el tiempo los ojos cerrados debajo de la venda. Y nuevamente me perdí en… no sé en dónde.


Me recuperé cuando sentí que sus labios ahora besaban los míos apasionadamente, y disfruté de mi fragancia y sabor de mujer. Después de unos momentos, decidí abrir los ojos y lo hice. Desde luego no vi nada, pero me pareció percibir el resplandor lunar a través de la tela. El resplandor de la irritante luna casi llena, pero no del todo.


Se levantó y escuché varios sonidos: un cierre, el rumor de un paquete plástico que se desgarraba, otros leves sonidos indescriptibles, y se volvió a sentar junto a mí.


Sentí que insertó algo en mi vagina dejándolo ahí por unos momentos, y lo identifiqué como una salchicha vienesa. No era la primera vez. Escuché que se la comía a mi lado.


Después de un par de mordidas me preguntó al oído en un susurro escasamente perceptible: “¿Quieres?”.


No fue hasta entonces que solté la cabecera y tomé el embutido. Pero no me lo comí; solo lo limpié con la lengua y se lo regresé diciéndole que él se la comiera toda.


Cuando terminó de comerse la deliciosa vianda, se acostó en la cama, me abrazó y después de los preliminares arriba narrados, entonces, entonces, empezamos a hacer el amor en forma. Volví a aferrarme a la cabecera.


Perdí la noción de tiempo nuevamente, pero en algún momento salió de mí y me retiró la venda. Yo no abrí los ojos.


Ni solté la cabecera.


Escuché el rumor de su ropa, y poco después el sonido de la puerta al abrirse y cerrarse.


Todavía esperé unos momentos antes de abrir los párpados. Levanté la mirada, y descubrí que la luna ya no se veía a través de la ventana. Sin duda habían pasado horas.


Intenté abrir los puños para dejar la cabecera, pero no pude moverme. Me dejé llevar por la languidez. Me sentía como una gelatina que lentamente se derretía. Mi cuerpo se convirtió en una mancha de aceite que se extendió en el lecho y poco a poco empezó a desbordarse por los lados hasta derramarse en la alfombra.


Quizá me dormí. Finalmente, no sé cuánto tiempo después, me pude soltar de la cabecera y me dirigí tambaleante al baño donde de inmediato deposité mi desnudez en la tina. Luego de largos momentos me bañé, y descubrí en mi cuerpo varios puntos irritados y un tanto adoloridos. Solté una risita satisfecha.


Tardé más de una hora en vestirme, arreglarme, peinarme y maquillarme concienzudamente. Me contemplé en el espejo:


Una visión celestial cuya mirada, sin embargo, era una invitación al camino del infierno. Al abrir la puerta, tomé del tocador el paquete de embutidos. Para entonces ya faltaban tres.


Bajé riendo las escaleras, y después de entregar la habitación y la tarjeta en recepción, me puse los lentes obscuros.


El sol del amanecer era demasiado para mis sensibles retinas.


Me fui caminando por la avenida a mi oficina, frente al parque, mientras me comía las vienesas que quedaban.


Tenía algo de hambre.


 

Autor: Germán Suárez


Estudió en México sistemas de computación y economía (IPN), y en Vancouver, Canadá, Sicología, y teatro Su primera obra, La Mitad del Poder, fue producida en Vancouver en 1981. En México. tiene más de 30 años escribiendo, produciendo, dirigiendo y/o enseñando teatro. En ocasiones actuando. Durante

siete años manejó el teatro del Centro Cultural Pirámide (entonces llamado Centro Cultural Luis G. Basurto) además de dar clases de teatro en el mismo. Produjo y dirigió en el propio teatro temporadas de obras como A Puerta Cerrada, de Jean Paul Sartre, o Antígona de Sófocles, además de numerosas puestas de la propia compañía del Centro Cultural. Antes de la pandemia se presentaron dos de sus obras en Los Ángeles, y otra obra en Microteatros en México.