• Adrián Sandoval

Los paquetes prepagos




1-


Hay siete revistas disponibles en la mesa de café que hace de núcleo a la sala de espera. A primera vista tienen una edad traslucida. Páginas medio consumidas y resquebrajadas en esquinas, arrugas en las portadas, manchas de café. Las revistas son las siguientes: PostData 87 número 78, “Los movimientos bélicos en el norte de Europa – tensiones se alzan”; Municiones y Armas número 156, “La AR-14, el rifle de América – El Humvee tipo 73, senda máquina”; France24 edición selecta, “Una historia de los intentos de robo de la fórmula Coca-Cola – Espionaje industrial en Latinoamérica: nombres que hay que saber”; Criminología Moderna número 56, “Los crímenes pasionales y usted – La venganza a veces paga”; Fairway número 235, “Diez golfistas jóvenes para vigilar este año - Birdies por excelencia”, y por último: Caninitos número 697, “Nueve atuendos para ovejeros para hacer en tu casa – Adentro: muestra de perfume para poodles”. Ninguna de estas revistas te interesa.


Un instinto nervioso, de mantener las manos ocupadas, casi te tienta a tomar la Municiones y Armas, pero te das cuenta que en la portada hay una modelo con bikini de tela de camuflaje y te parece se vería de mal gusto.


La sala de espera consiste en esta mesa y un escritorio y doce sillas incomodas atornilladas a paredes de pintura blanca y textura rugosa; una puerta con reja negra que se abre por interruptor y pisos de losas beige y dos cámaras de seguridad en las esquinas; cinco réplicas de cuadros de Dalí en las paredes (nada más reconoces “La Persistencia de la memoria” y “Metamorfosis de Narciso”), un pasillo que tira hacia la derecha y un aire acondicionado perpetuamente en 23. Luces blancas. Un reloj detrás de la secretaria marca 11:45 a.m. Un wáter-cooler con vasos de papel cónicos, encima del wáter-cooler hay un cartel en la pared:

Se recomienda seriamente a los usuarios no hablar entre ellos”


Hay otras cuatro personas en la sala de espera sin contar a la secretaria. Están en los otros asientos. Uno es un hombre en traje de negocios con el pelo largo y en trenzas rastafari perfectamente cuidadas. Desde que llegaste ha repartido su atención entre su reloj y la secretaria, no de una manera notablemente apurada. Una mujer que está fumando a pesar de miradas feas iniciales, cenicea en uno de los vasos de papel, está vestida normal, te recuerda en algo a tu madre. Un adolescente recostado de una manera improbablemente cómoda y jugando con algún tipo de videojuego, lleva puesto unos audífonos grandes. Al lado de éste una señora que evidentemente es su abuela, vestida como si viniese de misa, aletea inútilmente un abanico en su papada, le pega inútilmente a su muchacho para que se ponga erguido, te recuerda en algo a tu madre. La secretaria es joven, tiene la nariz grande y el pelo recogido, teclea sin parar en un ordenador y los ignora a todos, te recuerda en algo a tu madre.

Todos están aburridos, banales. Tus nervios no podrían estar peor. No es tanto lo anormal de la situación sino todo lo peor, lo normal del asunto. El consultorio está en el quinto piso de una torre a su vez sobre un centro comercial, entre una oficina odontológica y una agencia de contaduría. No tendría que ser tan normal todo esto. Han pasado cinco minutos desde que llegaste. Te empezó a temblar la rodilla. Sientes tus poros abrirse en tu piel. Pronto vas a empezar a sudar y sufres de una epidermis a la cual el sudor (propio y ajeno) castiga. Respiras hondo y pellizcas la Caninitos hasta tu regazo dónde finges un profundo interés en rutinas de cuidado cuticular de bulldogs.


<<¿Es tu primera vez?>> la mujer vestida de manera normal y que está fumando te pregunta con una voz susurrada. No llegas a responder antes que la secretaria se aclare la garganta. No quita los ojos del monitor pero levanta una mano de su tipeo para apuntar al cartel. A ti no te molestaría. No quieres hablar con nadie, mucho menos con una mujer, mucho menos con esta mujer. Odias a las mujeres. Intentas no pensar eso pero lo pensaste, por instinto, como siempre. La mujer que fuma y te recuerda a tu madre, por como fuma te recuerda a tu madre, tuerce los ojos fastidiada.


<<No hay que tomárselo en serio, es una recomendación, no pueden obligarnos a no hablar ¿Primera vez entonces?>>. Asientes con la cabeza, la caninitos todavía abierta en tu regazo. <<No hay que estar nervioso. Yo ya soy una regular>> la mujer apaga su cigarrillo en el borde metálico de la silla, tira el resto en el vaso de plástico y el vaso de plástico a su vez en una papelera que no habías visto antes. Se inclina hacia a ti y susurra y te disgusta que te gusta cómo huele.


<<Los demás también. A señor-trenzas lo he visto al menos tres veces. A la doña con su nieto al menos dos. A ti no, por eso preguntaba>>. Ves por encima de tu hombro hacia las cámaras, hacia los rostros aburridos de los demás esperantes que parecen no escucharles. Ahora tú también le susurras a la mujer normal. Le preguntas porqué ha venido tanto. Ella hace una cara como si fuese una pregunta rara. <<Por la buena compañía, obvio>>. Se ríe de la cara que has debido de poner ante la respuesta. <<No, no, nada de eso. A ver. Porqué es más barato que irme de vacaciones y más divertido supongo>>.


Esta es la conversación más larga que has tenido con una mujer desconocida desde hace aproximadamente cinco meses.


Una puerta se abre en el pasillo y todos voltean por instinto, como gacelas hacia una perturbación en el pasto. Dos hombres salen del pasillo. Uno de ellos es un pequeño japonés que calculas es el cliente. Se detiene ante el otro hombre y le habla en japonés y hace varias pequeñas reverencias mientras se dan un apretón de manos. No sabes japonés pero el hombrecito suena agradecido. El que lo atendió le da un par de palmadas en la espalda apuntándolo hacia la salida y le responde en un japonés que calculas debe ser fluido. El hombre pasea ligeramente su mirada por la sala de espera y luego voltea hacia la secretaria y le asiente. Vuelve al pasillo. La secretaria presiona el botón de la puerta para que el hombrecillo japonés pueda salir. Te disgusta el hombrecillo japonés, esos apenas cuarenta segundos que lo ves. Te parece una raza horrible. La secretaria lee un número en voz alta. <<Número siete, adelante por favor>>.


Buscas en tu bolsillo y ese es el número que tiene la ficha que te dieron al entrar. La mujer normal te da una mirada cómplice y tú le sonríes amablemente mientras piensas que lo mejor sería que se pudriese. Te recuerda a tu madre. Odias a tu madre.


<<Segunda puerta a la derecha>> es la instrucción estúpida de la secretaria cuando le das tu ficha.


2-


Otra vez es, inicialmente, la normalidad de todo lo que te exaspera un poco. La oficina tiene el aire y estructura similar de cualquier consultorio anónimo de los muchos que has visto en tu vida. Algo en la disposición de las paredes, el escritorio, los muebles de archivos y la ventana te sugiere que solía ser una sala de dentista. Especialmente las losas del piso y el tipo de luz blanca. Los muebles son de estos reciclables y sin carácter particular. La gran ventana al fondo da a una parte del centro comercial que nunca has visto. Para tu alivio está entintada y solo pude verse a través de ella de adentro hacia afuera. No detectas ninguna cámara de seguridad pero te sientes observado. Te das cuenta que las paredes han sido revestidas para ser a prueba de sonido. El primer silencio al cerrar la puerta tras de ti es ensordecedor, te destapa las orejas.


El hombre que te va atender está tras su escritorio. Lleva lentes de lectura y con un bolígrafo kilométrico barato sigue las líneas en un archivo. Tú archivo, supones. Está vestido con una camisa que te recuerda a las que usaba tu padre. Es calvo, cuarentón, en forma, nariz grande, una chiva bien mantenida en el mentón cuya presencia te molesta. Sin levantar la vista hace un gesto mínimo hacia una de las dos sillas vacías de cara a él. Te acercas fingiendo coraje. Sobre el escritorio además de una sarta de papeleo bien ordenada y una laptop de hace dos generaciones hay dos fotos enmarcadas y una postal de una virgen. Una de las fotos es de una familia. La otra foto es de una graduación. El hombre no está en ninguna de ellas. Se aclara un poco la garganta y sube la mirada hacia a ti y te regala una sonrisa cordial, profesional, ensayada. Te da los buenos días y te llama por tu nombre, estirando una mano para que la tomes. No le preguntas como sabe tu nombre. Tomas su mano. Te da vergüenza, siempre lo ha dado, lo débil de tu apretón. Él no lo nota o si lo nota finge que no importa, igual que tu padre. Se presenta como M., encargado de manejar tu portafolio con la agencia de ahora en adelante. Hace un par de comentarios sueltos y vanos sobre el clima y el tráfico. Tú los devuelves con el mismo nivel de vanidad.


Cierra tu archivo entre ustedes. Cruza las manos sobre el escritorio, sobre el archivo. Ahora te está viendo con lo que calculas es un ojo entrenado, quirúrgico, que busca reacciones y detalles. Sin perder la cordialidad profesional te dice que para empezar le gustaría saber cómo se te fueron referidos los servicios de la agencia. Ahora eres tu quien se aclara la garganta. Antes de si quiera empezar él levanta una mano y dice que evidentemente ellos ya saben quién te refirió, pues así funciona el negocio, pero igual le gustaría escuchar tu versión del asunto. Te aclara que no hace falta que te molestes en usar nombres falsos ni nada por el estilo. Te vuelves aclarar la garganta. Él abre una pequeña agenda y con el kilométrico en mano amenaza a tomar notas.


Decides no empezar por el comienzo de tus miserias porque nadie tiene tanto tiempo sobre la tierra como para escucharte hablar sobre desde tu nacimiento hasta el minuto presente. Le cuentas acerca de B. B. era un amigo del bachillerato y los primeros años de la universidad que se había mudado y con el que habías perdido contacto. Era uno de estos tipos de carácter bonachón y contento hacia los que que tu patetismo tanto te hace gravitar, igual que tu padre. Agregas esta última parte casi por accidente pero sigues hablando, no tienes tiempo para arrepentirte de todas las cosas que has dicho porque si no nunca hablarías. Después de haber perdido contacto por al menos diez años se encontraron de vuelta en una conferencia y de una cosa a la otra terminaron tomando cervezas en un bar. El alcohol siempre te ha mareado, lo odias, pero entiendes que es bueno para fingir relacionarse con otros. El tiempo no había cambiado la buena actitud y general alegría de B., ni siquiera demasiado su cuerpo o cara. Lo odiaste por esto. Le dijiste esto último a M. y eso fue lo primero que anotó. A mitad de la noche, una vez hubo terminado de restregarte todos sus logros sociales y profesionales en forma de anécdotas de su vida te preguntó a ti como estabas.


Aquí te detienes en el relato. El señor M solo ha tomado un par de notas. No estás seguro de con cuanta honestidad proceder. Ya hasta ahora, exceptuando la conversación con B., has sido lo más honesto que has sido en meses. Para ser justos también ha sido la conversación más larga que has tenido en meses. Continuas. Le comentas que en el momento que B. te preguntó cómo estabas, quizás en la manera en que sonreía o el hecho que fue la primera vez que alguien te lo preguntaba en casi dos años, algo se te rompió. Le terminaste vomitando a B., ahora a M., una verborrea poco consistente y gimoteada sobre el horror de vivir en el mundo y dentro de tu propia piel. Todo un listado de la miseria de la vida. La imposibilidad de avanzar. La profundísima y fría soledad. La violencia que pica como hormigas bajo la piel, dentro de las uñas. Lo insufrible de la normalidad. La inevitabilidad injusta de la muerte. Que todo el mundo lo sabe, lo horrendo y nomás fingimos, seguimos moviéndonos, como si nada. Las putas mujeres, los malditos hombres, la desidia del internet, los impuestos, las corbatas, el precio de los mocasines, los ventiladores rotos, las manchas de salsa picante, la cerveza mala, las películas imperialistas de superhéroes, los políticos inútiles, los progresistas imbéciles. Lloraste un montón entonces con B. y ahora con M.


El señor M., su expresión en una neutralidad ahora que no llega a ser ni simpatía ni asco (pero obviamente hay asco, siempre hay asco) saca de una gaveta una caja de pañuelos a medio usar y te la tiende. Te soplas la nariz y limpias los ojos en ese orden. Tragas un llanto. Prosigues.


B. se dio cuenta mientras hablabas, como se da cuenta también M., que al centro de todo esto, o mejor dicho incrustado en el costado a lo astilla en pata de león, estaba Salazar. El maldito de Salazar. Salazar el maldito. Casi toses otro lloriqueo. Sientes que tu cara se está poniendo roja, como lo ha hecho desde primaria hasta hoy cada vez que te molestas. Salazar que trabaja contigo desde hace siete años en la misma compañía; Salazar que te dice Señor Alitas-de-Pollito por lo pequeño de tus brazos; Salazar que a pesar de haber empezado en tu misma posición es ahora un sub-gerente regional porqué es sobrino de uno de los dueños; Salazar que todos los días tiene algún comentario inútil e hiriente sobre tu trabajo, nomás para verte repetirlo; Salazar que de una manera u otra se enteró te gustaba C., la secretaria, y se la tiró en el cuarto de fotocopiado durante la fiesta de navidad, te mandó fotos; que en un ejercicio de compañerismo de la oficina te tiró a una piscina con toda tu ropa puesta; que una vez le puso un candado a tu casillero en el gym de la oficina obligándote a ir hasta tu carro húmedo y desnudo; que se ríe junto a los otros y otras a tus espaldas y se hace el loco; que al detectar el tinte rojo de la indignación en tu cara estúpida y honesta te dice que aguantes el chalequeo que es cosa de cultura y de hombre. Salazar que más que salirse con la suya va a, sin duda alguna, triunfar en la vida. Salazar que, escuchaste, va a ser promovido a gerente regional en un par de semanas, sino a más.


Toda la mierda de la vida podrías aguantar, le dijiste a B. y le dices a M., si no fuera por la existencia continua de hombres y mujeres de la calaña de Salazar. Que se salgan con la suya.


Estás apretando ahora los puños tanto que se te clavan las uñas en las palmas. No te atrevías a ver la reacción del rostro de M. sino hasta que sientes el último gimoteo salir de tu garganta. Su rostro no ha cambiado. Está confirmando una última nota en tu archivo. Le dices que entonces B., sin mucha duda ni secretismo, te recomendó el servicio de la agencia, con un número telefónico en una servilleta. Pasaste tres meses dudando si hacer una cita.


<<Sí. Muy bien. Eso todo concuerda con lo que tenemos nosotros.>>


M. ahora hace algo de espacio en el escritorio. Busca en su gaveta y saca tres carpetas más. Una de color amarillo, una anaranjada, una roja. Las enfila sobre la mesa mientras terminas de soplarte en un último pañuelo. A pesar de lo mucho que te lo han dicho llorar no te ha hecho sentir mejor. Algo en los ademanes del señor M., la rectitud con la que se siente y la paciencia con la que toma un aliento para empezar la siguiente parte de la entrevista traiciona entrenamiento militar y disciplina. El tono de su voz también. Esto no te recuerda a tu padre.


<<Cuénteme. ¿Qué fue exactamente lo que le dijo el licenciado B. acerca de los servicios que proveemos?>>


Le comentas, con simple bruteza, que B. te dijo que eran una agencia que se encargaba de tomar venganza sobre otras personas y que lo habían asistido con el abogado de uno de sus exesposos. Algo similar a una sonrisa pareciera a punto de dibujarse en el rostro de M., quizás como respuesta a tu ignorancia, pero puedes ver que la contiene con eficiencia. Continúa:


<<Eso es una manera un poco reduccionista de explicar el asunto. Para ser más concretos, y sin entrar en demasiados detalles históricos que no creo le interesen, nuestra agencia se encarga de facilitar un servicio previamente considerado exclusivo a ciertos círculos. Lo que es decir, nos encargamos, muy literalmente, de hacerle la vida incómoda a las personas que nuestros clientes lo deseen. Para ello contamos con toda una red de profesionales de altísimo nivel y experiencia en sus respectivos campos, incluyendo mi persona si se me permite. Ahora, esta incomodidad, y sus niveles respectivos, dependen de toda una gama de factores con los cuales no lo voy a aburrir. Esencialmente, los que le interesan a usted y a mí, tiene que ver con su voluntad, es decir, con que tan incómodo quiere usted hacer al sujeto, y, por supuesto, con el factor económico. En lo que respecta a legalidad, tendemos a operar bajo ciertas restricciones. Nada de homicidios, ni asaltos directos, ni extorsiones, ni crímenes sexuales. Para evitar ciertas, digamos, complejidades con otras agencias y servicios>>.


Cada vez que el señor M. usa la palabra incomodidad o sus respectivas formas le agrega una inflexión que te gusta.


<<Y ya que estamos hablando de dinero, permítame que le explique exactamente cómo funciona el servicio. Lo que tiene frente a usted es una lista con la serie de paquetes pre-pagados los cuales nuestra agencia aplicará en el sujeto. Están ordenados equitativamente por precio e intensidad del servicio, además están escogidos y personalizados de acuerdo a su información bancaria y sus necesidades respecto al caso que viene a presentarnos hoy. Como viene a ser su primera vez contratando nuestros servicios, la verdad, la sesión de hoy además de ser gratuita tiene como propósito que usted se lleve estos paquetes y sus descripciones y escoja, según su propio criterio y ninguna forma de presión además del pago inicial, cual le va interesar más. Del resto nos encargamos nosotros. A medida que el paquete vaya siendo usado o ejecutado le van a ir llegando reportes de su efectividad, para que no tenga que preocuparse.>>


Hay otra pausa. Eres demasiado estúpido o demasiado astuto como para molestarte en preguntarle al señor M. como tienen acceso a tu información bancaria. El señor M. apunta a la carpeta amarilla.


<<Para hacernos una idea. Dentro del sector amarillo, los más económicos y de categoría simple, tenemos un paquete titulado “La rebelión de las máquinas”. La agencia incurre en todos los aparatos electrónicos y electrodomésticos que el objetivo use en su día a día y los alteramos de una que otra manera. Nos los dejamos enteramente obsoletos, sólo molestos de usar. Los volvemos lentos o demasiado rápidos o propensos a perder información a no tomar llamadas, a mandar llamada sin permiso, etc. Si el objetivo intenta comprar o remplazar los aparatos intervenimos estos también. Después de sólo dos, tres semanas de estos ya hay bastantes resultados de exasperación. En el caso más extremo hemos visto personas desarrollar tal nivel de paranoia que desarrollan “tecno-fobia”. Aquí en el sector anaranjado encontraría, por ejemplo, “El deslave controlado”, en que el sujeto es, una vez al mes, intervenido con un laxante experimental de rápida acción y larga duración, usualmente en público, obviamente sin que se dé cuenta. Esto por tanto tiempo como usted decida pagar por el paquete. En el sector rojo, mientras tanto, va encontrar paquetes un tanto más complejos, como, digamos, “Algunos animales más iguales que otros”. En este, a través de un sistema complejo de sugestión, micro-dosis de alucinógenos y operaciones de subterfugio se convence al sujeto de que está sexualmente atraído algún tipo animal de granja (de su elección claro está) hasta el punto que consume dicho impulso. Este encuentro es documentado extensamente por nuestros agentes. Después se reprograma, o de-programa, al sujeto de vuelta a su estado natural para que entienda y sienta el nivel del horror de lo que ha hecho. Por el tiempo que perdure el paquete, además, se envían copias anónimas de la documentación del acto al sujeto – de nuevo, usualmente en público – para proseguir con la presión psicológica>>.


El señor M. se recuesta en su silla después de su explicación. Lo imitas en la tuya, tu estúpido y honesto rostro delatando sorpresa ante todo lo que escuchas.


<<Como estos hay varios más>>.


Tomas una de las carpetas, la anaranjada. La ojeas. Abres la boca. M. vuelve a subir la mano.


<<Como le dije. No hace falta decida en el momento. Llévese los reportes, estudie los precios y las descripciones de los paquetes, dese un par de días incluso para meditar con cuidado que opción prefiere>>


Tomas las tres carpetas y las guardas en tu maletín. El señor M. se levanta e imitas el gesto. En vez de acompañarte a la sala de espera te acompaña solo hasta la puerta de la oficina.


<<¿Alguna última pregunta?>>


Llegas a pensarlo un poco. Le preguntas como sabes que se va a decidir en contratar el servicio, mucho menos uno de los paquetes prepagos. El señor M. te sonríe por primera vez y te dice:


<<Ya se decidió venir hasta acá ¿No?. Ese el primer paso importante>>


Y te palmea dos veces en la espalda como solía hacerlo tu padre. Odias a tu padre.


3-

No es que específicamente te está esperando a ti, la mujer que se viste normal, cuando te la topas en el pasillo, fumando. Pareciera más bien que sólo está perdiendo el tiempo y tú no hiciste sino toparte con ella. Al principio se ven el uno al otro. Ella te estudia de arriba para abajo. Observa las carpetas bajo tu brazo. Su ceja hace un movimiento que no entiendes. Tú le evitas su mirada, te tensas, frío entre los omoplatos. Como siempre. Ella apaga el cigarrillo en un cenicero en que su colilla es el único habitante abandonado. Le das la espalda y caminas hacia el ascensor al final del pasillo deseando que no siga por la misma ruta que tú. Tu deseo no se cumple. Los dos terminan frente a la puerta, oprimes el botón. Esperan.


<<¿Negocios o placer?>> cuando le respondes al comentario con una mirada medio confundida ella apunta hacia la carpeta con uno de sus dedos. Notas que las uñas están un poco carcomidas, mal pintadas. Te da algo de asco y te imaginas como se sentiría jalarle el pelo. Tiene un corte bastante normal que te recuerda al de tu madre. Le respondes que un poco de ambos. <<¿Tuviste problemas escogiendo?>> no dices nada, ella continúa <<La mayoría lo tiene la primera vez. Además saliste de la oficina rápido, o sea que no escogiste>>. Le preguntas que si ese es el caso porqué ella salió tan rápido. Ella sonríe, sus dientes también son normales, te molesta que haya complicidad en su sonrisa. Tú no eres cómplice de nadie, ni de esta mujer ni de tu madre, ni de nadie. Odias a las mujeres. <<Porqué se exactamente lo que quiero>>.


Una campanada. El ascensor se abre. Entran. Tú vas al estacionamiento dos, ella al piso uno. Son cinco pisos de descenso. Sin verte a la cara, estudiando los numeritos sobre la puerta encenderse y apagarse, ella te pregunta si no quieres ir a un motel y echarte un polvo. Lo llama así. <<Echarte un polvo>>. Tú resoplas. Ves tu reloj de pulsera digital. Cuarenta y cinco minutos antes de que se acabe tu horario de almuerzo. Te rascas la nuca. Supones que por una vez podrías llegar tarde, tomarte el resto del día incluso. Mientras van a tu auto avisas al trabajo por el grupo de WhatsApp que tienes problemas estomacales. Salazar responde con una serie de emojis de mojones con sonrisas. El resto del grupo del chat celebra la ocurrencia. Nadie te pregunta si estás bien. Uno de los supervisores insiste que adelantes trabajo desde casa. La mujer no te dice su nombre cuando se pone en el asiento del copiloto con una comodidad que te disgusta un poco. Echa el asiento hacia atrás y pone los pies sobre el guantero, quitándose las sandalias. Dice que tu auto es medio parecido a ti pero no explica dónde ni cómo.


Les toma unos veinte minutos llegar al motel más cercano. No está tan mal. Las sábanas están lo más limpias posibles. Las ventanas ensombrecidas. Las alfombras polvorientas. Ella fumó en el camino también. Le pediste que no lo hiciera en tu auto. No te hizo caso. En vez de eso te dijo que la podías llamar Té. <<Así, como la bebida, nada de nombres reales>>. Tú le dices que no pensaste en un nombre código. Ella dice que tienes cara de Frank y no te atreves a comentar que adivina correctamente. Su habitación fue la 201. Cogieron un rato no muy largo, no hubo demasiado preámbulo. Su lengua estaba un poco áspera y sus dientes chocaron un par de veces contra los tuyos. Incluso desnuda su cuerpo era normal. Estuvo bien, ni lo peor ni lo mejor. Ella estuvo encima al principio, luego tú, luego desde atrás. Fue, si la memoria no te falla, la sexta vez que tuviste relaciones sexuales con una mujer. La mayor parte de su cuerpo, en la masa de pieles en que convirtieron te permitía ver, no te gustó demasiado. Te gustó su cuello, su cadera derecha. Lo que más te disgustó fueron sus pezones. Tu parte favorita fue poder jalarle el cabello con corte normal así como habías pensado, pero duró poco, ella te abofeteó la mano ligeramente y te dijo que le dolía eso. A pesar de tener condón puesto no le acabaste adentro, sino hacia una de sus piernas. Ella no tuvo un orgasmo ni tampoco se molestó en fingir uno.


Se echan sobre el colchón. Te toma un momento para recuperar el aliento. Ella ya está enciendo otro cigarrillo. Una de las cosas que más te disgusta del sexo además del sudor, la intimidad y el olor y el contacto de pieles y los alientos, es el silencio decepcionado que siempre parece seguirle. Le preguntas si le gustó porqué es lo único que se te ocurre para partir esa tensión y ella responde con los ojos en su cigarrillo: <<No te lo tomes personal pero sólo un tipo particularmente triste de hombre hace esa pregunta después de echarse un polvo>>. No la corriges, tiene razón. Sin demasiado esfuerzo se cuelga de su lado de la cama. Cuando reaparece tiene tus archivos en mano. Los ojea y se sonríe con lo que calculas es nostalgia. <<Ah, los clásicos ¿A quién tienes pensado como “cliente”?>>. Le comentas que alguien de tu trabajo, ella pregunta que hizo y le das un resumen más o menos ambiguo de algunas de las quejas que compartiste con M. Té dice: <<Mierda ¿Y qué tanto te toma decidir? Yo mínimo iría por el paquete de “Diente flojo”>>. No respondes a eso.


Tú le preguntas a Té a quién está escogiendo esta vez. Ella dice que una imbécil de la asociación de vecinos que en una de las reuniones decidió que para la cena navideña de la vecindad se hicieran pastelitos para el postre en vez de tortitas. Le molestó el tono con que le llevó la contraria y el hecho de que lo hiciera en público. No le dijiste nada acerca de eso. Ella te vio como esperando ser juzgada y pareció apenas sorprendida de que no lo hicieses. Luego se sonrío otra vez y la odiaste por eso y dijo << Tú vas a encajar perfecto en este negocio>>.


Pasaron treinta minutos sin habla mucho. Se echaron otro polvo igual de mediocre y decepcionante después del cual ella se lavó en el lavamanos del baño y se vistió. Te pareció escucharla decir algo de que su esposo de mierda no podía recoger a los carajitos de la práctica de violín. Menos que pedírtelo te demandó efectivo para un taxi. Se lo diste.


Te quedaste solo en el cuarto una hora más. Sin pensar en nada.


Odias a las mujeres.


4-


La pensadera no empieza sino hasta el día siguiente, el sábado. La mayor parte de ese día libre lo pasas leyendo y releyendo los planes prepagos. Analizas opciones y contra planteas tu propio presupuesto anual con cuidado. No estás hecho de plata, después de todo. Parte del proceso es también fantasear con máximo detalle posible como afectarían a Salazar. Los que más te interesan, inherentemente los más satisfactorios de imaginar que son también los más caros, te obligan a hacerte una paja. Ese sábado te haces la paja fantaseando con la miseria de Salazar cinco veces. En la noche te duchas y pides comida mexicana por delivery, sin darle propina al repartidor. Pasas la noche sin dormir.


El domingo es más bien una repetición de esto. Para obligarte al sueño decides ir a trotar en la noche. Piensas mucho. Acerca de la naturaleza de la venganza, la moral, la ética, acerca de estrangular a tu padre algún día hasta que la vida se vaya de sus ojos, acerca de los pezones feos de Té, acerca de tus ahorros, acerca de si en verdad eres el tipo de persona tan mezquina y mierdera que imaginas el mundo imagina que eres y por lo tanto te has formado a ser. Piensas acerca de lo aplastantemente solitario que estás y el ensordecedor silencio que pareciera ser el soundtrack de tu vida. Piensas en suicidarte. Entonces, ahí, en esa trotada de media noche, el vapor de tu aliento sobre el aire frío, cubierto de sudor, la epifanía te alcanza. La simpleza de la decisión es tal que empiezas a reír, carcajear en voz alta ahí en la oscuridad.


El lunes, temprano en la mañana, caminas hacia las espalda ancha de Salazar que está coqueteándole a una de las internas en su cubículo. Desmontaste uno de los extintores de la pared. Es tan pesado como lo imaginabas pero no inoperable. Salazar no llega a voltear antes de que conectes el primer golpe en la coronilla de su estúpida, estúpida cabeza. Se hunde y desinfla y gorgojea pedazos de cráneo y su interior esponjoso y rojo.


Estás gritando y llorando mientras sigues golpeando y golpeando. Te parece que la interna grita y llora ella también, o alguna otra mujer, o varias. Alguien más grita y sale corriendo, nadie pareciera muy interesado en intentar detenerte. Golpeas y golpeas, al menos minuto y medio. El extintor hace un sonido húmedo sobre la alfombra y la planicie de lo que queda de la cabeza de Salazar. Lo dejas caer.

Sientes un enorme, enorme alivio recorrer tu cuerpo desde los pies a tu cabeza. Lo exhalas largamente hacia el techo. Te desabrochas los pantalones y empiezas a mear sobre el cuerpo inerte de Salazar, cuyos brazos cayeron en una posición te parece un tanto rara.


Vuelves a exhalar. Se siente bien. Al fin te sientes bien. Una vez que terminas de mear y sacudes tres veces contemplas si echarte una cagada además, como por simetría. No te da mucho tiempo de pensar, escuchas pasos.


Ya vienen por ti.

 

Autor: Adrián Sandoval


Nace en Caracas en 1995 y hasta el día de hoy tiene sentimientos encontrados con todo el asunto. Produce historias desde que tiene memoria, porqué dibujar y hacer amigos se le hace difícil. Bachiller en Humanidades, estudiante de Letras en la Universidad Central de Venezuela y - tras su partida del país - en Casa de Letras (Buenos Aires). Actualmente cursa una licenciatura de Artes de La Escritura en la Universidad Nacional de Las Artes. El trasfondo de su educación viene de incontables Talleres de Escritura y numerosas lecturas. Ve muchas películas e insisten que pasa demasiado tiempo frente al ordenador. Jura que ha visto demonios, alienígenos y fantasmas no en ese orden y no todos a la vez. Un tanto taciturno pero afable, sus hobbies incluyen pasear a su perro y reírse de sus propios chistes. La escritura que le interesa producir está a medio camino de la literatura antológica y la experimentación con todas las formas narrativas posibles (Desde el cómic hasta el cine, desde el ARG hasta la miniserie digital). Le confunde como funciona el internet y los algoritmos y de vez en cuando le da por pensar que a lo mejor tiene algo de mágico el asunto. Eterno inmigrante de si mismo y de los demás, tiende a escribir sus autobiografías en tercera persona.


IG @aasnoya