• Adrian Sandoval

Los frutos raros


22/2 – 22:22 P.M – Tucumán y San Martín


Le doy un toque al reloj de la radio. Veo a Ariel bajar de detrás del volante y dar varios pasitos como un pingüino hasta dónde los dos basureros se codean. Se arrecochina entre ellos. Desde el silencio de la noche escucho su cremallera abriéndose. El chorro dispersarse. Suspira exagerado. Suenan también los motores de incontables aires acondicionados, sistemas de ventilación. Un zumbar eléctrico constante que envuelve la noche. Ariel habla tanto que incluso meando y estando solo lo veo que todavía se está gruñendo. Abro la ventana. Enciendo un cigarrillo y asomo la cabeza por la ventana, brazo apoyado en la mesa. Todos los edificios del centro están encendidos, bajos y viejos y altos y nuevos por igual. Desde aquí se nota que están casi todos vacíos. El aire está fresco para febrero. Los postes de la calle zumban también. En la distancia se oye cuando pasa uno que otro autobús o camión. Cómo me han contado suena el oleaje.


Nuestro remis es el único vehículo en la calle, angosta como todas las otras del centro. Somos las únicas personas en la cuadra. La gente ya no sale de noche.


Arriba, en un piso nueve, veo una figura asomarse a una ventana, a lo mejor dese ahí ve a Ariel meando. Yo fumo. La figura es un contorno negro sin nada por dentro. Existe nada más por la luz. La luz se apaga y la figura desaparece. Escucho a Ariel quejarse de que se meó por accidente en la bota. Se ríe.


Suena la radio. Una voz femenina. Robótica. Hace tiempo ya, me había explicado Ariel, reemplazaron los telefonistas por el sistema automatizado. Disque por razones de salud mental. Ariel dice también que es cuestión de tiempo antes que nos remplacen a nosotros por un par de robots menos carismáticos.


<<Central Reporte: 335-33 en propiedad privada. Dirección reportada: Carlos Calvo y Santiago del Estero. Unidad activa en zona responda. Confirmar. Unidad activa en zona responda a 335-33 en propiedad privada>>.


Ariel dice mierda. Todavía no ha terminado de mear. Dice <<Aguantá, Aguantá>> pero no estoy seguro a quién. Yo chasqueo la lengua. Lanzo el cigarrillo por la mitad, me estiro desde mi asiento y agarro el receptor.


<<Aquí Unidad Activa 785. 4-11 a 335-33 en propiedad privada. Confirmado. TAE quince minutos. Confirmar>>. <<Central reporte: 785, 4-11, 335-33 en propiedad privada. Medidas de seguridad: recomendadas. Nivel de contaminación: amarillo. Información: Sujeto reportado como masculino, adulto, peso estimado en 78 kilogramos, altura estimada metro setenta y dos>>. La voz se apaga a si misma.


Ariel se sacude y vuelve a hacer su carrerita de pingüino a su asiento. Con su tamaño los pasitos dan risa. Al sentarse se me queda viendo como impresionado. <<Che, dos semanas nomás y ya sabés contestar. Por eso digo yo los venecos son los que trabajan duro>>. <<No soy veneco>>. <<Bueno pero si de ahí vienen tus viejos de ahí eres ¿No? Además, sonás>>. <<Bueno. ¿Vamos?>>. <<Vamos, vamos>>.

Ariel se echa desinfectante en las manos y luego se pasa las manos por la fina capa de cabello amarillo-tirando a blanco que le queda en la cabeza. Para su edad no está mal, la mayoría se contenta con la calvicie pero él se deja crecer eso que le queda. Ese concepto es de él. “Contentarse con la calvicie”. Nomás llevamos trabajando tres semanas juntos pero ya calculo que Ariel es el tipo de viejo que quiere quedarse joven. No lo culpo. Queda algo así como un tercio de la gente de su edad en comparación con diez años atrás.


Ariel maneja. A mí no me dejan aún, no oficialmente. Es un asunto de senioridad. Bajamos por la 9 de Julio. Once minutos y una vuelta. No hay tránsito que nos pare. Ariel se detiene en una sola luz roja. Una única persona cruza la avenida. Un tipo joven, pelo marrón. Un loco de la noche. <<Pelotudo>> se gruñe Ariel cuando pasa medio ciego frente a nuestros reflectores.


Una vecina avisó al super que cuando fue a tocar a puerta del vecino para pedirle que parase la música (tenía día y medio sonando sin parar) no recibió respuesta. La señora entendió que algo no andaba bien. El super fue el que puso la llamada. Nos comenta todo esto cuando llegamos a la entrada como si hiciese falta. Cuento repetido. La única razón por la que supimos era este edificio era porque el super y la señora nos estaban esperando en la entrada.


La señora sigue en su piyama y el super tiene un corte de pelo estúpido. Ariel le dice que la próxima vez especifique dirección. El super dice que se le olvidó. Mientras nos ponemos guantes y máscaras y lentes de seguridad le pido a la señora que se fuese a su casa. Se echase a dormir. Dice que el vecino era buen niño, que nomás ya la molestaba el ruido. Le dije que no se preocupe, nosotros nos encargábamos, se fuese a dormir. Parece pensar que es su culpa, lo delatan los ojos.


Piso 8. Apartamento H. Es uno de estos edificios viejos, que solían ser palacios, reconvertido por dentro con todas las comodidades modernas que la gente cree necesaria. El super nos deja en el pasillo con la llave. Se supone que tiene que supervisarnos pero nadie nunca lo hace. Nadie quiere. No los culpo. El pasillo está rebotando la música ahogada al otro lado de la puerta. Por el ritmo calculo que es Trap, pero no específicamente occidental, coreano o a lo mejor japonés. Ariel abre la puerta y yo la cierro detrás de nosotros. La sala está oscura al principio. Se enciende cuando un sensor detecta nuestro movimiento. Son lámparas led en las esquinas de los techos, muy de moda en los últimos años para evitar las colgantes. Alguien, se nota, mandó a sellar el balcón francés de la sala. Ninguno de los muebles que vemos desde acá pareciera ser más alto de veinte centímetros, ninguno tiene picaportes. A pesar de, el sujeto está ahí colgado en el medio de la sala.


<<Apagá esa mierda>> me carraspea Ariel apuntando al techo. Las cornetas deben estar integradas a la Home-O.S. Hay un panel al lado de la entrada, naturalmente, debe haber otro en la sala, uno en el cuarto y otro en el baño. Conecto el decodificador del trabajo y en menos de quince segundos ya estoy al tanto de todo. Apago la música y otra vez silencio. El cable con el que se colgó el sujeto chirria en su balanceo, se restriega contra algo que no veo. Ariel se está quitando los guantes, la máscara. <<Estos niños de hoy en día. The Killers, The Strokes, los Foo, Franz Ferdinand, mierda, hasta los Chili Peppers, esa sí eran bandas, boludo>>. Ariel se acerca hasta el cuerpo. Desde el pasillo de entrada asomo cabeza hacia la cocina, hacia un una habitación con la puerta abierta. Es amplio pero cómodo el apartamento.

No está mal. <<No pareciera haber más nadie. Ni familia ni compañero de cuarto>>. <<Gracias a Dios por esa, veneco>>. Ariel mete mano en los bolsillos del sujeto. Está vestido con jean y camisa y chaqueta por lo que es seguro asumir que estaba pensando en salir cuando se suicidó, o a lo mejor llegaba del trabajo. Ariel saca una billetera, saca los billetes y se los guarda. Le hago una seña. Hace un gesto con la cabeza. Apunto a mi máscara. <<Prefiero respirar. Buscá: Joaquín Barabelo, fecha de nacimiento 1998, Soltero, numero: 899670698>>. <<Es de Tucumán. Padres muertos, una causa natural y otro ahorcado. No especifica religión ni requerimientos mortuarios>>. <<Joya. Vení a ver esto>>.


Sin quitar los ojos del techo Ariel me tiende un par de billetes y apunta hacia arriba. Yo los tomo y veo a lo que me dirige. El techo está roto. Joaquín Barabelo se colgó de lo que debe ser una tubería de calefacción o de agua. Es un milagro que sostenga su peso. Yo volteo y apunto al piso al martillo tirado en una esquina, todavía tiene pedazos de concreto y yeso. <<Cómo tenía las ventanas selladas y ningún mueble o viga tuvo que taladrar al techo. ¿Cuánto calculás que le tomo? ¿Tres horas?>>. <<A lo mejor. ¿No se le hubiese hecho más fácil hacerlo en calle, o en las escaleras del pasillo?>>. Ariel se encoge de hombros. <<¿Cuánto crees que salga un depa así?>>. <<Ni tanto estos días. Aunque las expensas deben ser muerte>>. Yo estudio la sala otra vez. Ariel lee mi intención. <<Cómo no hay familia la inmobiliaria se encargaría de ponerlo en mercado otra vez. Calculá que en mes, mes y medio. Por ley tendrían que ser tres pero ya sabés como son estos judíos del orto>>. <<Ya>>.


Ariel se quita la gorra y se rasca a cabeza y se la vuelve a poner. Lo veo buscar en su cinturón el alicate.

Me dice que baje al remis y traiga una bolsa y la camilla desplegable de setenta, no, ochenta kilos. Me dice que calcula cabemos los tres en el ascensor si lo ponemos en vertical. Yo le dije que a lo mejor el super no nos deja ponerlo en el ascensor como la otra vez. Me responde que si se pone idiota me ponga más idiota yo. Me encojo de hombros. Ariel termina diciendo que cuando lo bajemos tengamos cuidado de no atropellarlo con la pareja que ya cargamos. Que si lo veo, me acuerde, me ponga más idiota y avise al super que ya pronto terminamos.


Mientras salgo del departamento arrastra la misma mesa que asumo Joaquín Barabelo usó para alcanzar el techo.


En mi camino a la remis me topo con la vecina. Sigue en la entrada. Está viendo nuestro vehículo como si de la parte de atrás le fuese a saltar encima un par de culebras.


<<Señora>> le digo <<le recomiendo que se vaya a dormir>>.



23/2 – 02:27 A.M – Av. 25 de Mayo y Sarmiento –


Ariel me comentó la primera vez que fuimos que el lugar se llama “El Nacional” porque queda atrás del banco pero el banco ya no está ahí. Sólo queda el edificio y sus luces. Yo no sé que tan cierto es eso. En las varias barras y mesas desahuciadas hay uno que otro comensal. Un par son recolectores como nosotros. Hay un policía dormitando en una mesa. Otros dos son nocturnos. Esa gente rara que sigue viviendo sus vidas en la noche, ya sea por necesidad o falta de miedo.


Me arde detrás de los ojos. En la frente. Puede que me cedan las rodillas.


<<Concha de tu madre>> le gruñe Ariel a la máquina dándole dos bofetadas. El sonido hueco y metálico medio despierta al paco. Atrae la atención de los dos tipos raros. Las máquinas que sirven la comida, similares a las de la mayoría de los restaurantes sino un tanto más viejas, dan la impresión de ser neverotas negras y estúpidas. La máquina escupe el resto del pedido de Ariel y además le suelta una bondiola extra. Se carcajea victorioso. Los otros comensales vuelven a los suyo. Yo le doy con el codo a Ariel y lo apunto hacia una mesa con un gesto.


No hay música. Las luces son igual de amarillentas que las paredes y cerámicas del piso. En cada esquina hay un televisor pasando un deporte distinto, los partidos de cricket que se jugaron temprano en la mañana; las carreras de galgos, las carreras de palomas, las carreras de liebres; las peleas de MMA y boxeo y sumo. Ninguno le llama la atención a Ariel, para mi sorpresa. <<Ya no hay fulbó, a quien le importe>>. Nos sentamos y las sillas chillan con nuestro peso.


Ariel le pega tres mordiscos ruidosos a su sándwich de bondiola. Se da cuenta que me tiembla una de las manos cuando paso de comer una frita a tomar nota. <<¿Todo bien, Caracas?>>. <<Sí. No. Estoy bien>>. <<Ajá>>. <<Nunca había visto. La última que fuimos a recoger. Nunca había visto una tan joven>>. <<Ah. La nena. ¿Qué era? ¿Menos de treinta kilos? No nos va a hacer la noche mucho más fácil>>. <<Pía Dominga Castillos. Ocho años. La mamá no paraba de llorar. ¿Cómo habrá hecho la repisa para no ceder con su peso?>>. <<Estas cosas pasan. No es común, tan común, con los nenes, pero pasa>>. <<¿Tu hija no tiene más o menos esa edad?>>. <<No, bolu, como creés. Mi nieta es la que ronda por ahí>>. <<¿Y no te afecta?>>. <<Ah, pero que preguntita ¿Qué, soy un monstruo que no me afectar ver gente guindándose a morir todas las noches?>>. <<Perdón>>.


Hay una pausa. Ariel espeta y me muestra una sonrisa medio rota, menos confianzuda que la usual.

<<Boludo. Mirá: hay tres tipos de pelotudos que hacen lo que nosotros hacemos>>. Ariel se da otro mordisco, como para hacer pausa. Se baja dos chupones de su soda para ayudarse a tragar. Se sacude las manos y cuenta con sus dedotes apuntándome. El índice tiene una mancha de mostaza. <<Uno: El pelotudo que no tiene de otra. Estos no duran. Piensan que ser pobre es peor que hacer lo que hacemos. Se dan cuenta rápido que no es así el asunto. La noche y los ahorcados se los comen. Dos: El pelotudo duro como el que tenés aquí. Somos los que no tenemos de otra pero además nos la aguantamos, no estamos cuerdos, no exactamente, pero no somos monstruos tampoco ¿me entendés?

Entendemos que lo que hacemos alguien lo tiene que hacer. Así como allá por los años de la peste bubónica tenían que elegir a un pobre imbécil para dar vueltas a la aldea recolectando los tiesos pestilentes y llenos de pústulas. Con el riesgo de ser uno de ellos pronto. No nos traga la noche.

Tenemos familias en el día. Hacemos asado, pagamos monotributo, cobramos jubilación, el rollo completo>>. <<Ya. ¿Y tres?>>. Ariel apunta por encima de mi hombro con su barbilla. Le brilla de grasa.

Volteo, disimulado, y veo a uno de los nocturnos que esta con la cabeza en la mesa, lamiéndola.


<<Los locos, boludo. Los que vienen a ver a la muerte a la cara por puro placer. Yo te conté del subido ¿no?>>. <<Me contaste sí. Que se les encaramaba encima. Se los “garchaba a todos”>>. <<Todos, Caracas, hombres y minas por igual. Lo agarraron la última vez nomás por qué no se aguantó y no terminó de bajar el cuerpo de dónde colgaba. Ahora, no te me vayás a confundir, trabajaba como una máquina el enfermito ¿eh? Pero de esos tres es la peor opción>>. <<¿Y entonces?>>. <<Que tengo tres meses pensando “Este veneco del orto es otro de la opción 3. No habla ni pío y siempre anda tomando notas. Me pudro de lo que me aburre” y que verte afectado está bueno, y que lo digas mejor incluso>>. Ariel se recuesta en su asiento, sigue serio, nunca lo había visto serio. Se rasca la calva y ve alrededor del Nacional como buscando la siguiente idea. Se vuelve a afincar en la mesa. Me ve a los ojos. Me incomoda.


<<Escucháme. No te voy a decir que te vas a acostumbrar a ver estas cosas. Vos sabés que no. Pero sí te la voy a decir cómo es. Hay noches más rudas que otras. Vos lo que tenés que hacer es seguir. Seguís morfando, seguís manejando, seguís recolectando, seguís garchando y seguís viendo repeticiones de los partidos que te gustan. Y eventualmente vas a poder dormir tranquilo. Seguir viviendo como dicen>>.

Yo no respondo por un segundo. <<¿En verdad pensaste que estaba loco? Es casi un halago>>. Ariel espeta. Yo me rio. <<Andá, morfá que se nos va la hora>> y se traga la segunda mitad del sándwich en tres mordiscos más.


Sigo tomando notas mientras me como mis últimas papitas. Ariel está fumándose uno de mis cigarrillos. Una de las cajas negras que va rodando por ahí haciendo de mesero le recordó al detectar el humo que esto era una zona de no fumadores. Ariel pateó la caja y esta se fue rodando a otra parte. Me pregunta que tanto es que anoto en mi agenda. Le digo que no le voy a decir por qué se va a burlar de mí. Responde que eso depende de que no esté haciendo una pelotudez, si estoy haciendo una pelotudez obvio se va a burlar de mí. Le digo que quiero escribir una novela sobre los ahorcados, a ver si eso nos ayuda a entender el fenómeno un poco más. El me pregunta si una novela va a poder hacer algo que dos décadas de científicos no han podido. Yo me encojo de hombros. No entender en ese sentido, digo, le digo en que hay una diferencia en saber porqué pasa algo y comprender lo que ese algo que pase nos hace. <<Sonás universitario, Caracas>>. <<Lo soy. Bueno. Casi. No termine>>. <<Ahora está joya la cosa.

Quedé asentado con el primer recolector licenciado de la historia>>. <<Y yo con el último machirulo porteño del siglo XXI>>. <<Ah, le subió el humor>>. Me encojo de hombros otra vez. <<Bueno. Terminá, Piglia, que ya se nos hace temprano. Págale a las calculadoras>>.


Me levanto e inserto un par de billetes en la caja-mesero. Silba una cancioncita electrónica de agradecimiento. Cuando vuelvo a la remis ya Ariel está terminando de responder un llamado. <<33-12. Parque Avellaneda>>. <<Mierda>>. <<Y, es una de esas noches>>.



23/2 – 02:59 A.M – Av. Pedro Goyena con Avenida José María Moreno


Se mueve la calle alrededor de la remís. Ariel no maneja rápido pero sin el tráfico, sin los otros vehículos, diese la impresión de que volamos cerca del piso. El carro es viejo pero eléctrico, no produce ruido. La radio de vez en cuando chasqua ordenes automáticas, otros Recolectores responden. La ciudad se desplaza con nosotros. Todas las ventanas ocupadas selladas. Todos los edificios aislados, coladores de luz. Uno sabe que apartamento está desocupado porque dejan la persiana subida y la luz encendida como para dar la impresión de que gentes siguen ahí. Cientos y cientos de rectángulos de luz blanca, pantallas LED flotando en concreto. Arriba, la noche es tan morada y aplastada como siempre lo ha sido en cualquier ciudad grande. No hay estrellas. Un frente de nubes desde el este. Noche sin luna. No tiendo a ser contemplativo, a lo mejor el huevo de mis a caballo estaba malo. Ariel viene contando no se que anécdota de un amigo que solía ser taxista. No lo estoy escuchando pero voy a asumir acaba como la mayoría de sus anécdotas. “Se colgó hace unos años”.


Ariel frena de golpe. Me sacude del asiento. Antes de poder quejarme noto la expresión medio confundida. <<¿Caracas, ese no sos vos?>>. Volteo. Ahí está. Ahí estoy. El parecido es tétrico. Un tipo flaco, vestido de chaqueta y pantalón jean desgarrado, cabello marrón, mal cortado, cuello largo. Más flaco que yo, diría más joven si no fuese un nocturno y no tuviese toda la podredumbre de uno. Cuando cruza frente a las luces voltea hacia el parabrisas. No nos puede ver. La luz rebota en sus ojos y le da parentesco con algún tipo de gato o búho. Lo vemos caminar hasta el otro lado de la calle con las manos en los bolsillos. Bamboleando. <<No, no soy yo>>. <<Boludo, el parecido. Bien podría ser tu hermano>>. <<Para nada>>. <<Me jodés>>. <<Bueno>>. Arrancamos de nuevo.


En Directorio y Lacarra el sistema central nos pone en contacto con la unidad que respondió al 33-12 primero. Ariel reconoce la voz. <<García. Ari aquí. Contáme donde es el asunto>>. <<Recibido Ari.

Entrá por el pasaje interno y seguilo dos minutos, vas a ver el árbol grande hacia el centro del parque. Pedimos una patrulla también no vaya a ser que algún imbécil vaya a entrar>>. Nos adentramos. Poca luz entre los árboles. Pasamos la patrulla con la luz roja y la luz azul la luz roja y la luz azul. Los pacos nos ven con asco, nosotros los vemos con asco a ellos. No tardamos en dar con el lugar. La otra unidad puso un reflector de los móviles que tenemos entre los equipamientos de apoyo. García está sentado sobre el capó de su remis fumando un porro. Lo reconozco de la estación. A su compañero no lo veo bien. Debe ser nuevo. Está a varios metros del árbol, doblado, vomitando.


<<Garca>>. <<Ari>>. <<¿Y a ese que le pasó?>>. <<Es su tercera noche, boludo>>. <<Opa. Bautismo de fuego>>. <<¿Qué tal, Caracas?>>. <<Bueno>>. Ariel acepta una seca de García, exhala humo hacia la luz del reflector. Estudia el árbol y sus frutos raros. <<Puta madre. ¿Cuántos son?>>. <<Contamos veinta. Cinco más y es 33-13, pero cómo no pasa el Sistema sólo nos dejó pedir una unidad más. Ningún nene, por suerte>>. <<Aquella ésta desnuda. Uno pensaría que la cana al menos pararía a uno en el camino hacia acá, la que los parió>>. <<¿Qué diferencia haría?>>. <<No tendría que verla el mundo entero en ese estado, Garca>>. <<Y, para eso estamos acá, Ari>>. Ariel le devuelve el porro a García, le hace mala cara. <<Caracas, ayudá al nuevo y empezá a bajarlos. Nosotros registramos>>.


Me acerco al nuevo. Todavía está doblado. Siente mis pasos detrás de él y se voltea. Está pálido. Es asiático, a lo mejor coreano. No le pregunto si está bien, le pregunto si terminó. Jadea, se limpia la boca, me dice que sí, que cree que sí. Que nunca había visto un 33-12, que los había escuchado pero nunca había visto. Que no entiende. Le digo que no hay nada que entender. Vuelve a voltear hacia el árbol. Veo sus ojos erráticos, abiertos, estudiar los pies, luego los cuerpos, luego los cuellos rotos y las caras llenas de la lágrimas azules. Se vuelve a voltear y a dar arcadas. Nada sale. Pareciera que sí termino. Le doy unas palmadas en la espalda y le pregunto su nombre. Jaime Kwon. Le murmuro que tiene suerte, Jaime Kwon, que no le cuente a nadie pero la primera vez que yo vi un treinta y tres doce no conseguí quitarme la máscara a tiempo para vomitar. Es mentira. La primera vez que vi un treinta y tres doce no me pasó nada, nomás no dormí un par de días. Lo de la máscara es cuento de Ariel que a lo mejor es mentira también. Igual ayuda, da apoyo digamos.


Kwon se consigue levantar. Se suena la nariz. Dice que está listo. Él también está mintiendo. La sombra del árbol y los ahorcados se mezcla con la nuestra. Le pregunto: <<¿Kwon, cuando fue la última vez que te encaramaste en un árbol?>>. El responde: <<¿Ah?>>. <<Que te subiste, la última vez que te subiste a un árbol>>. <<Nunca>>. Resoplo. Le digo que le voy a bajar los cuerpos, que tenga cuidado no caigan muy duro. Que busque en los que tengan bolsillos algún documento. <<Los que no uso el escáner>>.

<<Bien. Claro. Eso igual tarda un montón por el sistema. Vamos a hacer los que están vestidos primero. Por ahora ve gritándoles nada más nombre, fecha y estado>>. Me suelto el cinturón de seguridad y me arremango el mono de trabajo. Me subo la máscara y los lentes por encima de la cabeza y pongo los tacos removibles en mis botas. Me pongo el alicate entre los dientes.


<<¡Acórdate de usar el arnés!>> me grita Ariel. <<¡No!>> le respondo, se ríe. Clavo mis primeros dos pasos al tronco. Empiezo a subir, con cuidado de que las piernas colgando no me rocen mucho la cabeza. No me toma mucho llegar a la primera rama, sentarme y deslizarme con cuidado hacia el más cercano. Kwon me sigue desde abajo, expectante. A pesar del crujir de madera y mi propia respiración podemos escuchar a nuestros supervisores hablándose. <<Boludo es duro el veneco>> dice García. Cae el primer ahorcado. Kwon lo recibe, Busca en su bolsillo. <<Matilde Romanoa. Fecha de nacimiento 1991. Casada>>. <<No sabés lo que es, medio mono incluso. ¿Te conté lo del asunto en el séptimo piso, el cabrón que se colgó por fuera de la ventana?>>. Cae otro más. Kwon lee: <<Pedro Battireti. Fecha de nacimiento 1983. Jubilado>>. <<Algo escuché, temerario el veneco>> García lucha con su encendedor.

Cae otro más. Kwon lee: <<Martín Cupé. Fecha de nacimiento 2002. Soltero>>. <<Bueno. Algo. Aquí entre nos no paraba de putear “coño, coño, coño” decía>> Ariel se ríe, tose. García se ríe. <<Juan Mediano. Fecha de nacimiento 1999. Casado>>. Me toma un momento ponerme de pie, llegar a la otra rama, volver a bajar a una posición en la que pueda cortar. <<Rosana Alberti. Fecha de nacimiento 1980. Jubilada>>. <<Raúl Chirinos. Fecha de nacimiento 2007. Soltero>>. <<Igual dice que no es veneco>>. <<Todos los venecos dicen que no son venecos, Ari>>. <<María Margolis. Fecha de nacimiento 2000. Casada>>. <<¡Repetí ese Kwon, no lo escuché!>>. <<¡Perdón! ¡María Margolis, 2000, Casada!>>. Cortando una última cuerda, hecha de trenzas de zapatos, veo que Kwon está llorando mientras todavía sostiene a María Margolis. Está repitiendo: perdón, perdón, perdón.


Bajamos así cinco más. Sudando, bajo del árbol y me acerco a los otros dos. García me ofrece el final del porro y se lo niego. Les digo que para los que están más arriba vamos a necesitar la escalera y no estaría de más empezar a registrar y mover los que bajamos a las remises. También me fije y hay un par del otro lado del árbol que no contaron. García me ve feo y me pregunta si esa es manera de hablarle a un superior. Ariel le da una palmada en el hombro. <<No seás conchudo, Garca, hay que ganarse el pan>>. Se quita la gorra, se rasca la calva mal peinada. <<Bueno. Vamos que se nos hace temprano>>.



26/2 – 13:05 P.M – Piedras y Avenida 25 de Mayo.


De día Buenos Aires se vuelve sobre si misma y su silencio con una venganza. Ya para las doce no importa que tanto uno asile sus ventanas y baje sus persianas el ruido de tráfico es inevitable. Música de urbe. Gritos. Frenazos. Parlantes a todo volumen. Todo lo que la gente no hace de noche lo hace por triplicado de día. La energía maníaca de los que quedan. En las mañanas abro la persiana y veo hacia El Congreso y el tráfico constante sobre la avenida y se me hace que lo blanco del sol es más plano incluso que lo neónico de la noche.


Dormí cinco horas. Tengo bolsas ácidas bajo los ojos pero ya no se me hinchan. Ya no me dan dolores de cabeza. No se me seca la boca. Dicen que toma noventa días acostumbrarse a lo que sea. Noventa y cuatro noches.


Desayuno una manzana y media, media banana, avellana, dos tazas de café negro sin azúcar. Después de una cagada me pongo a traducir las notas. A eso de las dos y algo me siento frente a la laptop y escribo esto:

“Estas son las cosas que sabemos. El parásito está en todas partes, en todas las personas, se cree se repartió en el agua potable del mundo, no se conoce origen. Ataca indiscriminadamente. No importa la edad, el género, condiciones previas o no, dinero o no, poder o no. No hay síntomas visibles previos al punto álgido de contagio. Los incidentes siempre ocurren de noche, la gente ya no sale cuando baja el sol, más que nada por superstición. Una vez que el contagiado empieza a llorar lágrimas azules es demasiado tarde. El contagiado intentará bajo cualquier método posible colgarse del cuello hasta morir. Durante este período el contagiado no responde a estímulos externos, ni a amenazas ni a ruegos.

Si el contagiado no logra ahorcarse dentro de una ventana de quince minutos (por estar restringido por ejemplo) las funciones cardíacas y respiratorias simplemente cesan. No hay tratamiento disponible. No hay cura. Más allá de ciertas variaciones este es el ciclo usual de la enfermedad. Yo tenía nueve años cuando mis papás se ahorcaron. En ese entonces no había servicio de Recolectores. Tuve que esperar bastante tiempo hasta que alguien me ayudó a bajarlos del techo.”


Ahí dejé de escribir. Era una mierda. Lo borré.


Sonó el teléfono. Atendí. <<Comunicación desde El Sistema Central de Servicio de Recolección Automatizado. Mensaje para: Recolector Tadeo Caracas, código de labor 2552, unidad de servicio 758. Confirmar>>. <<Confirmado>>. <<Se le informa que su compañero de unidad: Ariel Gutiérrez, ha sido reportado como difunto esta mañana. Estado de contagio: no confirmado. Se le asignará un compañero nuevo dentro de las próximas: setenta y dos horas. Confirmar>>. <<Recibido>>. <<Se le recuerda que en caso de occisos dentro de la compañía se recomienda a los allegados evitar situaciones públicas y reportarse para un chequeo físico y psicológico. Tenga buenos días y nuestro profundo pésame. Si desea responder una breve encuesta sobre la eficiencia de este servicio presione uno>>.


Cuelgo.


 

Autor: Adrian Sandoval


Nace en Caracas en 1995 y hasta el día de hoy tiene sentimientos encontrados con todo el asunto. Produce historias desde que tiene memoria, porqué dibujar y hacer amigos se le hace difícil. Bachiller en Humanidades, estudiante de Letras en la Universidad Central de Venezuela y - tras su partida del país - en Casa de Letras (Buenos Aires). Actualmente cursa una licenciatura de Artes de La Escritura en la Universidad Nacional de Las Artes. El trasfondo de su educación viene de incontables Talleres de Escritura y numerosas lecturas. Ve muchas películas e insisten que pasa demasiado tiempo frente al ordenador. Jura que ha visto demonios, alienígenos y fantasmas no en ese orden y no todos a la vez. Un tanto taciturno pero afable, sus hobbies incluyen pasear a su perro y reírse de sus propios chistes. La escritura que le interesa producir está a medio camino de la literatura antológica y la experimentación con todas las formas narrativas posibles (Desde el cómic hasta el cine, desde el ARG hasta la miniserie digital). Le confunde como funciona el internet y los algoritmos y de vez en cuando le da por pensar que a lo mejor tiene algo de mágico el asunto. Eterno inmigrante de si mismo y de los demás, tiende a escribir sus autobiografías en tercera persona.

Foto de Ramón “Tonito” Zayas tomada de acá