• Marina Klein

Las manos


Las manos.


Las manos siempre como un referente de nosotrxs mismxs. Mirarnos las manos nos recuerda que estamos, que somos.


Pensamos y nos miramos las manos. O las movemos para concentrarnos. O nos tapamos la cara cuando lloramos y nos abrigan y nos esconden.


Bueno. Esas manos.



Le toqué el hombro al niño que venía llorando por la calle. Iba solo hacía un par de cuadras y me puse a seguirlo porque me di cuenta que algo no iba bien pero quería ver qué pasaba y no abordarlo directamente, y por ahí avergonzarlo sin querer.


Era un niño chiquito, como de seis o siete años.


En la ciudad no se ven niños de esa edad solos por estos barrios.


Cuando yo era chica sí, era lo más común del mundo. Íbamos a la escuela solxs, o te mandaban al almacén, pero ahora ya hace años que no.


Como ando siempre con las antenas puestas, me fijé en él y lo seguí un rato a ver qué pasaba, si algún adultx salía de alguna parte o algo. Pero no.


Así que después de meditarlo un rato le toqué el hombro y le pregunté si estaba bien o si necesitaba algo.


Se me quedó mirando sin poder ni responder de tantas lágrimas que le salían por esos ojos chiquitos y de la respiración cortada que no le llegaba a llenar los pulmones.


Me agaché para que quedemos de la misma altura.


Las manitos estaban cerradas en puños que le cubrían la cara toda mojada.


Me quedé quieta un ratito en cuclillas, mirándolo a los ojos y esperando que pueda hablar.


De a poco empezó a normalizar la respiración y a mirarme más tranquilo.


-Me llamo Nadia – le dije como para empezar una conversación o algo.



-¿Me querés contar qué pasó así te puedo ayudar?


Hizo que no con la cabeza pero se quedó ahí conmigo. Petrificado en ese pedazo de vereda.


-¿Querés un poco de agua o alguna otra cosa así te sentís mejor?


Hizo que sí con la cabeza pero no contestó qué quería.


-No tengo nada acá en mi mochila pero si querés vamos hasta ese kiosco que está en la esquina y te compro algo rico.


Me agarró la mano sin decir nada. Y fuimos.


Le compré un helado de agua de frutilla y se lo puso a comer en el rayito de sol que encontramos en un banco que había enfrente del kiosco. Nos quedamos sentadxs ahí un rato.


Mandé un mensaje y dije que me iba a atrasar, que empezaran sin mí.


Sabía que no les iba a gustar pero qué iba a hacer. No podía dejar a un nene llorando solo en la calle.


-Bueno ¿ahora me querés contar qué te pasa o cómo te puedo ayudar?


Otra vez hizo que no con la cabeza.


-¿Y cómo te llamás me vas a decir por lo menos? Yo ya te dije, así que te toca a vos.


-Manuel.


Silencio otra vez.


Nada.


Mirada perdida en la nada.


Atragantado por la nada.


Se restregó las manos.


Nada.


Silencio.


Bocinas de colectivos.


Silencio.


La ciudad y sus ruidos agudos y estridentes.


Silencio.


Mirada en el piso. Clavada en lo más hondo del asfalto.


Algún taladro o máquina ruge por ahí.


Silencio.


-Manu, no te puedo dejar solito acá. ¿Me querés contar dónde vivís y te llevo hasta ahí?


No otra vez con la cabeza.


Voy hasta el kiosco y le pregunto al chico si lo conoce. Me dice que no, que nunca lo había visto.


Miro para todos lados y no veo nada que me haga pensar que lo están buscando o cuál es su casa.


-Mirá no quiero llamar a la policía o algo así pero no te puedo dejar acá solo. Si me contás qué pasó, a lo mejor te puedo ayudar a ver qué podés hacer. ¿Querés? Yo sé que no me conocés ni nada y no está bueno que hables con adultos o adultas a las que no conocés pero no te podés quedar en la calle solo porque es peligroso. En un ratito va a ser la noche y no puedo dejarte acá sin saber si vas a volver a tu casa o a algún lugar seguro.


-Es que se fueron todos – y otra vez rompió a llorar sin consuelo. Un mar inmenso de lágrimas, un torrente de agua que no paraba, que no tenía fin, salía de ese cuerpo tan chiquito y tan agujereado de angustia.


Lo abracé. No podía no abrazarlo.


Nos quedamos así. En un abrazo-nido.


Se paró, se secó las lágrimas, me agarró la mano, y me llevó por las calles.


El sol se había ido tras los edificios. Empezaba a refrescar. Las luces de la ciudad se iban encendiendo.


Caminamos unas cuadras, cinco, siete, diez. No sé bien.


Llegamos a una pared de ladrillos con una puerta de madera en el medio.


Manuel abrió. Estaba sin llave.


Un pasillo que se hundía en la manzana con puertas sobre el costado izquierdo y en el fondo.


Las puertas estaban todas abiertas y daban a habitaciones absolutamente desordenadas. La anteúltima era un baño y la última la cocina.


El desorden no era un desorden normal de cuando te da paja hacer la cama o guardar la ropa.


Era un desorden patológico, por decirlo de alguna manera, o más bien, intencional.


Estaban todos los cajones abiertos y la ropa desparramada arriba de las camas formando montañas aleatorias de colores, formas, texturas.


Pero no era solo la ropa, había desde tenedores hasta cremas de afeitar arriba de las camas.


El primer cuarto tenía una cama matrimonial, una cómoda absolutamente desvencijada, un banco que hacía de mesita de luz cerca de la cabecera, pero que también estaba desbordando de cosas, y así. El piso era de maderas muy antiguas y rotas.


El cuarto siguiente tenía una cucheta y una cuna. La cuna estaba llena de cosas. La cucheta de abajo también y la de arriba sólo tenía sábanas y almohadas.


El baño era un desastre directamente y la cocina ni qué hablar.


En el pasillo que se ve que también oficiaba de patio, había una mesa pintada de turquesa y a su lado, la única silla vacía.


Me senté un rato a pensar.


Ya era de noche aunque en realidad no era mucho después de las siete de la tarde. Pero en la casa sólo había un par de bombitas, así que el patio quedaba medio oscuro igual.


Manuel se quedó parado al lado mío mirando la nada.


-¿Me querés contar qué pasó?


-No sé qué pasó – dijo, como si hablar fuera el esfuerzo más grande del mundo y saliera de una caverna muy honda, de algún lugar perdido en su pequeño pecho.


-Me desperté un día y estaba todo así y ya no había nadie.


Se largó a llorar otra vez.


Yo me puse a llorar también. Me hice un lugar en su caverna y me anidé en su pecho chiquito y de pena.


No podía ni imaginar lo que sentía ese ser tan pequeño y desamparado en un mundo tan enorme, hostil y sin sentido.


Nos abrazamos un tiempo que no puedo medir.


-Mirá, yo no te puedo dejar acá solo pero tampoco te puedo llevar conmigo así nomás porque vos sós un nene y yo una persona grande. Así que vamos a tener que llamar a alguien y avisar, y después venís conmigo a mi casa. ¿Te parece bien?


Hizo que sí con la cabeza.


En realidad yo no tenía ni idea a quien llamar. No confío en la policía y menos en estos casos. Pero no podía dejar las cosas así.


Llamé a una amiga abogada. Me dijo que tenía que llamar al 911. No quería…


Me quedé pensando que lo podían maltratar. Que tal vez no me lo iban a dejar llevar a mi casa y lo iban a meter en una institución horrible donde le iban a hacer cosas espantosas como cuenta Enrique Medina en Las Tumbas.


Pero bueno, no podía hacer más que lo que tenía que hacer.


Llamé al 911 desde la silla del patio. Tuve que salir a ver cuál era la dirección y volví a sentarme mientras contaba la situación a la mina que me atendió.


Manuel me agarraba la mano.


Nos quedamos en silencio mientras las nubes cubrían el cielo y de a poco se iban tragando las estrellas y la luna.


Nos miramos cuando todo se empezó a poner intermitentemente azul.


Tocaron la puerta.


Me levanté sin que me soltara la mano y abrí.


Entró una piba y un chabón. Ambos cargando uniforme de la policía de la ciudad (fuerza a la que detesto profundamente, pero bueno).


Les conté lo que sabía. Les conté cómo había conocido a Manu y les conté que me lo pensaba llevar a mi casa hasta que las cosas se resuelvan.


-¿Sabés cuál es tu apellido?- le pregunto la chica mirándolo.


-Sosa. Manuel Martín Sosa.


-¿Y vas a la escuela?


Hizo que sí con la cabeza.


-¿Sabés cómo se llama tu escuela?


Hizo que no.


-¿Ayer fuiste?


-No, desde que se fueron todos que no voy porque no sé ir. Me llevaba mi mamá con mi hermanita en el cochecito.



Se fueron un rato a un costado a hablar entre ellxs.


Nos dijeron que esperáramos ahí y que ya volvían.


Salieron.


Al rato entraron de nuevo.


-¿Quién vivía acá?


-Mi mamá, mi papá y mi hermanita bebé – dijo mecánicamente mientras miraba el piso de manera insistente.



Volvieron a hablar aparte.


Volvieron a salir.


Nos dijeron que esperáramos un rato más.


Se pusieron a revolver en los cuartos buscando algo. Yo me imaginé que debían estar buscando documentos o algo así.


No encontraron nada. Ni documentos ni nada más que ropa, artículos de cocina, comida vieja y desorden.



Salieron otra vez.


Nosotrxs nos apretábamos las manos.


-¿En qué kiosco comieron el helado?- me preguntó el chabón.


Le di la dirección.


Supuse que querían corroborar si lo que yo les decía era verdad.



Salieron.


Entraron.


Entendí que hablaban algo del Consejo. Ni idea pero me imaginé que se referían al Consejo del niño, niña y adolescente.


-Bueno, hasta que esto se aclare vamos a hacer así. Vos decís que se puede quedar en tu casa, vamos a llevarlos en el patrullero hasta ahí a ver tu casa y que lo que nos decís sea verdad, y si todo es así, hacemos unas llamadas y posiblemente pueda quedarse provisoriamente ahí hasta ver qué pasa con el Consejo.



Yo seguía sin saber qué era el Consejo pero decía que sí con la cabeza.



Nos subimos al patrullero.


La ciudad se iba tornando intermitentemente azul. Manu miraba por la ventanilla y no lo podía creer.


Tenía los ojos enormes y estaba pegado al vidrio.



Llegamos. Abrí la puerta del edificio. Subimos al ascensor lxs cuatro. Manuel se pegó a mí.


Entramos a mi departamento. Les mostré los dos cuartos, les mostré todos mis documentos, les mostré papeles que demostraban donde trabajaba (más o menos, pero que era relacionado con el teatro), la cocina, el baño, el lavadero con tres plantas, mi gata blanca, el balconcito con otras cuatro plantas, la computadora…


-Vivo sola y puedo arreglarle este cuarto para que se quede. Ya tiene una cama tendida que es donde se quedan mis amigas cuando se quedan a dormir. Cuando descubran a qué escuela va, puedo llevarlo. O si no puedo anotarlo en la escuela que queda acá a la vuelta. Nos vamos a arreglar bien, ya nos hicimos amigos.


Me miraron como si estuviera diciendo una pelotudez atómica. No me importó porque me di cuenta que a Manu le había gustado lo que dije y que lo tranquilizaba pensar que había planes. Y también me di cuenta que le gustaba mi gata porque le acariciaba la cabeza cada vez que pasaba por ahí.



Se apartaron otra vez. Se dijeron cosas en un sonido muy bajito y no oímos nada. Salieron al pasillo a hablar desde sus teléfonos. Tampoco llegábamos a oír nada.


Al rato volvieron y me dijeron que bueno. Que esa noche se podía quedar conmigo y que se iban a encargar de ver dónde estaba la familia. Que era muy raro lo que había pasado así que iban a tener que investigar. Que me mantenían al tanto, que atienda siempre el teléfono aunque viera que era un número desconocido o sin identificación.


Sacaron foto de toda mi casa, de mí, de Manuel, de todo lo que les pareció relevante, y se fueron.



-Bueno, ahora vas y te das un baño y después comemos. ¿Querés? Yo voy a la casa del vecino del sexto que tienen un nene de tu edad a ver si nos presta algo de ropa.


Hizo que sí con la cabeza pero en lugar de ir al baño se pegó a mí y me dio la mano otra vez.


Ta, entendí que todo bien pero que solo no se pensaba quedar. Bueno, ahí fuimos al ascensor, él apretó el piso seis y toqué el timbre.


Era el vecino más lindo del edificio así que me daba medio pudor ir a esa hora por ese motivo pero no tenía opción. Seguro que algo tenía, además el nene sólo estaba algunas veces por semana, así que sí justo no era hoy, nos podía prestar algo y se lo devolvíamos al otro día cuando pudiéramos ir a algún lado a comprar algunas cosas.


Abrió la puerta descalzo y comiendo una manzana verde.


Traté de acomodarme los pensamientos.


Expliqué la situación mientras Manuel colgaba la vista en la nada.


-Sí, claro. Pasen y elegimos algo.


Nunca había entrado a su departamento. Era relativamente nuevo en el edificio.


Fuimos hasta el cuarto de Joaco y a Manuel se le encendió todo. No lo podía creer. Un montón de posters en las paredes, el acolchado de estrellas, un cajón rebosante de juguetes, un escritorio de lo más prolijo y así, innumerables detalles que yo no debo haber percibido pero él sí, porque todo era novedoso e increíble.


Abrió el armario y se puso a separar cosas que le parecía que podían servir. Manuel se fue automáticamente para el cajón de los juguetes pero solo se quedó ahí parado contemplando sin siquiera intentar agarrar algo.


Cristian sacaba ropa y lo media a ojo. Después se acercó al cajón de los juguetes y le dijo que se eligiera tres así podía tener algo para estos días.

Manu lo miró como sólo él sabe y puso manos a la obra.


Nos fuimos al living a buscar una bolsa para llevar todo.


-Cualquier cosa que necesites, avísame. Joaco viene mañana, si querés lo podés traer un rato a la tarde así juega con alguien de su edad o podemos coordinar de ir a la plaza.


Agarramos la bolsa y guardamos la ropa y los tres juguetes que había elegido. Uno no era un juguete, era un perro de peluche que estaba sobre la cama. Pensé que Cristian le iba a decir que ese no, pero no, se lo dio con todo gusto y le dijo que era un perro guardián de sueños así que si dormía con él sólo iba a tener sueños lindos.


Le agradecimos todo y nos fuimos.


Prendí la ducha. Le pregunté si se sabía bañar solo, me dijo que sí. Preparé la ropa y una toalla y le dije que cualquier cosa me pegue un grito, que iba a estar en la cocina preparando algo rico para comer.


Mande un audio al grupo de la obra explicando lo que había pasado y disculpándome por haberlos dejado colgadxs en el ensayo.


Me llovieron mensajes de apoyo y también de preguntas tipo ¿cómo vas a hacer? ¿ya pensaste bien en lo que te estás metiendo? Y el típico, si necesitás algo avísame.


Pero no contesté más. Ya había explicado la situación y me concentré en las tareas que me quedaban en esa noche.


Cociné dos omelettes porque no tenía idea de las preferencias culinarias del nuevo huésped.


Acomodé la mesa de la forma más linda que se me ocurrió y fui hasta el baño, toqué la puerta, y del otro lado le dije que la comida estaba lista, que venga cuando quiera.


Escuché la ducha apagándose. Al rato vino con la ropa de Joaco y en patas a sentarse a la mesa.


Comió todo y dijo que estaba muy rico.


-¿Me puedo acostar con el perro?


-Claro que sí. Vení que te acomodamos en el cuarto.


Pusimos la ropa que nos habían dado en los cajones del armario que estaba casi vacío, el autito y el muñeco de Toy Story que eligió los pusimos arriba del escritorio que también estaba medio vacío, y se metió adentro de la cama con el perro de peluche. La gata se acostó cerca de sus pies.


Dejé la luz de la mesita de luz prendida y le pregunté si quería que la deje así todo la noche.

Después de meditarlo un poco me dijo que no, que en un rato la podía apagar.


Le señalé otra vez donde estaba mi cuarto, le dije que cualquier cosa que se despierte o le diera miedo, o si estaba triste, que venga, sin problema y a cualquier hora.


Hizo que sí.


Se abrazó al perro y se desmayó.


Andá a saber desde hacía cuánto que no dormía tranquilo.



Me serví un vaso de vino y me fui al balcón a mirar el mundo.


¿Sabía en lo que me había metido? No, claramente. ¿Me importaba no saber? Tampoco, claramente.


Listo. Nada más que pensar.



Unos días más tarde me llamaron y me contaron que el papá había matado a la mamá y a la bebé.


Que las había llevado en el auto destartalado que tenía y lo había prendido fuego en algún matorral de la provincia pensando que así no descubrirían los cuerpos.


Lo atraparon en Monte.



Se lo conté a Manuel de la forma más sintética y menos escabrosa posible.


-Siempre pensé que me iba a matar primero a mí –fue lo único que dijo. Me apretó la mano más fuerte y seguimos caminando bajo el cielo frío de las mañanas de junio rumbo a la nueva escuela.


 

Este cuento forma parte del libro Fragmentos de Mundos que se publicó durante el 2021 en Ediciones Frenéticxs Danzantes y que se puede conseguir acá


Autora: Marina Klein


Soy autora también de los libros de cuentos “De Fauces al Subsuelo”, “Danzando entre la Nada y la Furia”, la novela “Trashumantes”, y de las plaquettes “La vida secreta de quien come en la cocina”, “SEAMOS Libres que lo demás no importa nada”, “¿Te gustó coger?”, “Georgina Orellano Puta Feminista”, '"El día de Adela" y “Donde los muros eran de niebla” editados por Ediciones Frenéticxs Danzantes. También dirijo la Revista Extrañas Noches y la editorial recién mencionada.


Nací en Buenos Aires en el 74, viví en esta ciudad hasta más o menos los 20 años y desde ahí hasta el 2012 anduve por el mundo viajando y quedándome largos períodos en distintos lugares de América Latina. En ese tiempo realicé un tour por distintos oficios, escribí para varios medios crónicas de viaje, tuve un programa de radio, limpié casas, hice gorritos de hilo y hasta llegué a tener una pequeña fábrica de joyería artesanal.


Cuando volví hice la carrera de sociología, donde además de aprender un montón, una vez más, me di cuenta que la academia no es lo mío.


Todos los libros se pueden descargar de forma gratuita en la biblioteca libre de Ediciones Frenéticxs Danzantes


O adquirir en físico en el catálogo de Ediciones Frenéticxs Danzantes


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Foto de Marina Klein de un mural (que ya no existe) de Gurí @guri.arte