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La noche sin sueño


En lo más extremo de la noche, la soledad me da tanto vértigo que lo que más temo es la llegada del mundo diurno. La imaginación de los noctámbulos es el mejor combate que puedo dar al pánico que me da la angustia de la vigilia cotidiana, no tengo a la mano los sueños. No recuerdo cuando fue el último. Sonaría grandilocuente decir que ya no tengo sueños, no tiene que ver con ninguna desesperanza o una búsqueda vacua de un significado trascendente en lo onírico. Simplemente que hace un año y medio que no tengo sueños. En el ultimo que recuerdo es uno el que estaba en un barco tratando de pescar, en esos catamaranes que cobraban quinientos pesos por persona, había sol, mucho sol, o creo que era el reflejo en el agua; tenía que encontrar a mi papá para darle algo. Después nada. Los posteriores a ese, no me los acuerdo, son pura niebla y esfuerzo vacío por recordar.


Ahora cada vez que duermo despierto exhausto, casi que no sé bien donde me estoy despertando. La sensación de extrañez me acompaña todas las mañanas. El trabajo, los conocidos, los vecinos y hasta alguna minita con la que esté jodiendo se me hacen difíciles de asimilar. Como hasta las once de la mañana, recién siento que la vida que me estoy calzando, se me empieza a acomodar a la piel. Entendería que después de volver de un viaje o de un doloroso desengaño costara ponerse el traje de la vida, esa que siempre de alguna manera nos traiciona; ese no es mi caso, esta o cualquier vida me vendrían bien, si pudiera tener más plata o un patio más grande no me quejaría, pero como digo, el desencanto no es el motivo, la decepción que me habita es, desde hace mucho, fácil de conllevar. Los lunes y los martes me los banco, tengo algo de energías para fingir el ánimo de una vida que ya tiene algo de experiencia y sensatez. Cuando llega el miércoles la energía se me empieza a agotar, capaz que los engranajes que disparan la asimilación de una nueva vida hacen que el cerebro, esa cosa gris y biológica, se canse una bocha, para miércoles a la noche ya ando dando vueltas o por ahí. Deje de tomar, eso hacía que mal, que mal... el sueño me voltee en cualquier parte; una cosa es reiniciar él bocho en el sofá en mi cama, otra muy distinta es amanecer en una plaza o una vereda: un cagazo, pensaba que me afanaron un riñón y me botaron por ahí; una resaca que se sentía como patada de mula. No, no me banco los reinicios, creo que el cuerpo me generó una suerte de aversión. Veo una propaganda de colchones y me empiezo a perseguir. Por eso lo de ir por la ciudad de arriba abajo, ya sea a pata o en el auto, cada vez se me está haciendo un padecer más afable. Me di cuenta de que, si solo dormito por unos veinte minutos, no hace falta pasar por el desconcierto del reinicio, que es como ir cuesta arriba en un camino de tu propia carne.


Probé con pastillas, yerbas de mis amigos hippies y su mariguana, también. Nada me dio ninguna clase de descanso reparador. Cuando me empecé a asustar le mande mucha joda, mucha chupa y hasta un realce con merca, tenía la idea de que si me reventaba la cabeza, me iba como que a apagar, y de ahí todo se volvía a la normalidad. Cuando nada me sirvió para una mierda, empecé a acordarme que hace un montón que no tenía un sueño. Esa tele que se te hace tan real. Era normal que cada tanto alguna novia o alguna mina me despierten porque estaba llorando, o que le contara a un amigo que me había soñado cogiendo a una mina que me hizo mierda, en el despertar me sentía muy gozoso. Ahora esos eran recuerdos lejanísimos. Después de andar unas noches en la merca me hice amigo de unos que vivían re duros. Ellos eran normales, dormían de día; vendían merca o eran “hijos de”, no laburaban al otro día. En ellos pude encontrar una forma de sobrellevar la noche por un tiempo. Íbamos de acá para allá, era como que un laburo cuidarlos y así pagaban todo, entre esas casi siempre podía terminar cogiendo con una mina que estaba re buena, supongo que la merca las atraía. Me preguntaban: ¿Vos, que honda? ¿No dormís? Si me pedían un número o alguna forma de seguir en contacto, me hacía el boludo, no valía la pena, no iba a poner en riesgo mi modo de soportar las noches.


Pero los amigos de la falopa duraron poco, en una ocasión, en esas caravanas que hacíamos por las noches, el que iba en el auto de adelante se la puso contra una pared, estaba demasiado duro. Casi se mueren todos. Comencé a ir a las estaciones de servicio a tomar café y hacer boludeces en la compu. Ahí también encontré un personaje, por lejos más interesante y alguien con quien se podía mantener una conversación. Se llamaba Jorge, periodista, novelista mercenario, esos que escriben cualquier cagada, así lo describía, después le ponían el nombre de alguno gil famoso de Instagram y le daba para pagar el alquiler. Hacia eso desde que la mujer lo dejo y le pidió que se fuera de la casa, me contó que antes era un escritor frustrado honrado. Las dos cosas habían sido una pérdida de tiempo, el amor por la mujer y por la escritura. Hablamos un buen tiempo. Me animé a contarle porqué andaba todas las noches como un zombi sin ningún objetivo. Creo que no me entendió o me explique como el culo. También, como todos los que rebotan entre sus miserias, no le interesa nada escuchar a los demás, solo quieren ser escuchados y sentir que su historia rebalsa de originalidad. Me conto algo interesante. Soñaba mucho con un hijo, uno que nunca tuvo. Su exmujer tuvo varios abortos, de esos que no se pueden hacer nada, ella quería hijos, él no. Lo que lo asombraba era que el hijo, en el sueño, iba creciendo, era el mismo en todos los sueños, un poco más grande. Las cosas, como en los sueños normales, eran impredecibles y de una locura sin cabeza, lo que se mantenía en consonancia era ese chico que crecía a medida que lo iba soñando. Dialogaba con él, que aparte de tener memoria de las historias que lo habían puesto a vivir, también tenía conciencia de ser un sueño. Me decía, el otro día me dijo tal cosa o crece muy rápido, era un hombre inteligente, supongo que eso le da más verdad a esa convicción que se veía en sus ojos cuando me contaba todo. Un día me dijo que iba a volver con su mujer, no lo volví a ver por la estación de servicio.


Para que no pensaran que era un loco fui cambiando de estación de servicio. Descubrí que las que estaban en la ciudad eran más caras que las que se encontraban sobre la ruta o en las zonas menos urbanizadas. Rotaba por las que me iban gustando. Conocí a una chica, recién arrancaba a trabajar en una de mis estaciones de servicio favoritas. Tenía una linda sonrisa, pero lo que me llamaba la atención sobre ella, era su silencio. Tenía una manera muy… muy única, de quedarse mirando las ventanas. Varias veces me encontró mirándola. Ella tuvo que invitarme a salir, ese paso no iba a ser dado por mí; con mucha entrega y cobardía le dije que sí, me daba miedo perder mi rincón de noche. Las discusiones de donde y cuando encontrarnos fue de lo más entretenida, una cita por sí misma. Ella no quería que nos viéramos en donde trabajaba, logré que se mantuviera lo más alejado posible de lo vespertino. En un café, uno de esos rarísimos que no se sabe por qué sigue abierto hasta que amanece. No tenía la esperanza de encontrar nada más que unas cuantas sillas pesadísimas desvencijadas. Fue raro cuando a las dos de la mañana un miércoles encontré varios jubilados, unas parejas maduras, y a uno que otro joven solitario. Es una pena dividirlo por rango etario, pero es como mejor logré entenderlo. El café era pequeño, aun así podía dividírselo por secciones, en la parte de adelante estaban los más solitarios, al fondo las parejas y los viejos que se juntaban en la noche.


Debe ser que los de adelante tenían el deseo de sentarse a mirar lo pocos cuerpos que pasaban por el frente. Los otros, los “dicharacheros”, estaban al fondo, intuyo que porque querían tener privacidad en su ritual o en su joda, tan descolocadora de los prejuicios y los horarios. Cuando entramos yo me quería quedar adelante, allí con los otros solicitaros, conversando bajito, entre nosotros, ella quiso ir hasta el fondo. Nos saludaron con honestidad, con reconocimiento, “estos que historia se traerán” decían los ojos de nuestros contertulios. Pudimos hablar un rato entre nosotros hasta que los vecinos nos avanzaron con las palabras. Ahí estaban Hortensia y Roque, llevaban siete meses de novios, ambos eran viudos de unas parejas que los habían acompañado por casi de cuarenta años, en el deambular de la pena, en esa nocturnidad de las plazoletas y los bingos de trasnoche se habían conocido; estaba Rufino, un excombatiente, que los fantasmas de sus amigos muertos no lo dejaban dormir bien; Tania, una prostituta que no había podido encontrar entre sus amigos, esos que pertenecían al departamento de cardiología, la acogida apropiada para su nueva profesión que, haciendo algunas salvedades, tenía la pinta de ser una vocación. A todos les sentaba bien ese cuadrado talante de “personajes de la noche”. Resulta claro que a ninguno le pesaba la carencia ni lo marginal que termina siendo la tierra natural de la selva nocturna. Esa nocturnidad “paqueta”, era cómoda; la verdad no iba a tener ganas de vivir en la otra.


Llegué a conocerlos un poco a todos cuando estaba con Delfina. Casi seis meses. Era bello. No nos hacía falta mucho tiempo de intimidad, las caminatas de ida y las vueltas en colectivos o a pata, cuando la seguridad de la zona lo permitía, eran largas y nos hacían desnudarnos en palabras, cuando se estaban terminando, solo las miradas hablaban. El sexo casi nos mataba, estábamos muy cansados cuando llegábamos al final. No entendí cuando me dijo que me amaba. Yo también se lo dije, seguro los dos lo sentíamos. Lo que no me esperaba era que su amor, era un término que remitía a una realidad, una a la que debíamos de acercarnos. Finalmente me lo dijo. Me pidió que pasemos al mundo de las horas hábiles, eso llevaba a toda una lista de cosas: padres, amigos, horas libres, después una mascota o una suculenta, luego el domicilio a compartir. No tenía nada que ver con el compromiso, solo era la certeza de saber que todo se iba a reventar entre nuestras manos. Traté de explicarle mi padecimiento: no pudo entenderlo. Le dije que si despertaba con ella en las mañanas, se iba a desilusionar. El esfuerzo de digerir mi cotidianeidad era muy pesado cuando nada en mi vida parecía merecer mucha atención; estando ella, eso se me haría aún mucho más difícil, más grande sería su desilusionar con el paso de los días. Aun recuerdo su olor, olía a flores silvestres, a monte, con un poco de canela y lluvia, siempre que está a punto de largarse una llovizna inesperada, siento que sus ojos marrones me miran. Quisiera decir que cerré la puerta a encontrar a alguien que me pueda acompañar en el camino de la vida. Pero no es así, trato de que mis actos demuestren eso, aunque la verdad es que todavía guardo en mí una esperanza inconfesable de algún día encontraré a alguien.


Relamer las rutas que compartí con Delfina me sirvió para revisitar una que otra noche a mis compañeros de desvelo. Ninguno podía hacer más que solo ser un momento de distracción. Entiendo que no importa a quien conozca aquí, la noche conspira para dejarme solo. Miento, la noche es honesta, tiene una sórdida franqueza, más de la que cualquiera pudiera soportar. El día, lo diurno, la luz es la urde su interminable trama, desde que el hombre pretende domarse. La maldita vigilia es la que nos arrebata del no-plan de la noche. La puta madre. Quisiera poder reconciliarme con mi vida, desespera no tener las energías para afrontarla. Ni siquiera pretendo cambiarla, solo quiero que me vuelva a ser tan fácil transitarla como antes, que sea una comodidad irrelevante.


Toda la noche es soledad y temor. Me dan unas lágrimas silenciosas el saber que tengo que irme acercando a una vida que me es ajena, que tengo que dejar atrás esta con la que apenas arranco a encariñarme, todas las veladas soy un punto tirante entre dos direcciones a las que no termino de llegar, una, no es pasado sino solo memoria; la otra, no es futuro, es mi angustia. En una y en otra, me siento extremadamente solo. Pero ya va a amanecer, tengo que prepararme para el trabajo, acicalarme de esta brea del sin sentido, hundirme entre los otros mamotretos que desfilan con los ojos cegados de luz. Lo más terrible es que sigo esperando el alivio, que llegue el día, con ese sol que me dé un cansancio aliviador, uno honesto, que me libere del peso de la apatía: quiero sentir, pero no sé qué. No debo dejar que el corazón me lata muy rápido, no tiene que emocionarse cuando piense en el alivio de recibir a un nuevo día que llegue a su fin, y que al final, cuando la oscuridad emerja del suelo, me permita despedirme de la espera. Siempre voy a estar esperando. No importa cuánto me quiera ver resignado, la lucha se lleva latente en lo más recóndito, no puedo llegar a ella, probé matarla cientos de noches, y sigue allí aguantado, doliendo, luchando, retorciéndose en agonía, y es la misma agonía la que no se dejará someter.


 

Autor: Miguel Pérez


Lic. en comercio internacional que escribe, o escritor que labura de lo que puede


Instagram @ boceto_1993


Collage sobre imagen intervenida de Isabel Reitemeyer tomada de acá

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