• Rocío Laria

Impuntualidad y desamparo

I


Tengo unos pocos minutos para escribir si es que no quiero llegar tarde a la clase de Pedagogía II en la facu de humanidades de la UNLP. Termino de preparar el mate, le arranco tres, cuatro galletitas Paseo al paquete abierto que trago sin darme cuenta, y me dispongo a hacer lo que pueda con el deadline de la puntualidad. ¿Qué voy a escribir? un posteo para facebook? ¿Una carta de lectores a Página 12? Otro documento sin título en mi carpeta de escritos en Drive?


No hay manera de saberlo hasta que sangre un poquito más esta denuncia sobre el teclado negro.

Esta mañana me levanté temprano y justo después de bañarme me puse a buscar laburo de docente, que es para lo que estudié varios años y en lo que me sigo formando en la Licenciatura de Ciencias de la Educación. Todos los días chequeo el mail del ABC, la plataforma que usamos lxs docentes bonaerenses con la esperanza de que el mérito haya alcanzado para terminar con la precarización a la que el mismo Estado me somete, para arrancarme de una vez por todas la incertidumbre del cuerpo. Se me llena la garganta con nudos de rabia. Salir a cursar llueve o truene durante años para poder asumir un futuro que la familia laburadora vaticinó si había esfuerzo de por medio. Lo hubo, lo hay. Pero el futuro no llega.


Recibirse y seguir formándose para no quedar afuera del tren del mercado laboral que ya no le alcanza con un título, ni con la juventud y las ganas, la fuerza, la sensibilidad, el estoicismo, la garra. En el mientras tanto, obvio, laburar de lo que sea para poder elegir más adelante. Pero ese adelante pareciera ser una estafa. Nunca llega. Es el mesías del ascenso social, del cambio de paradigma, pero aún así recorre las narrativas populares. Mi caso es uno de un millón, y no me son ausentes los privilegios que me hacen. Pero aún así, con mi fe que no es religiosa sino bien materialista, siento que no puedo hacer nada y no porque no quiera: es de hecho, la claraboya de mi alma.


La impotencia de generaciones a los que de chicos nos prometieron el futuro por mezquinarnos el presente, y que ahora que estamos grandecitos sobramos de todos lados. Me da rabia mi obstinación. Me da rabia porque siento poder, siento querer. El contacto con los pibes y las pibas en el aula es una prueba fehaciente de que se puede transformar, porque la realidad está hecha de días, de miradas, de afectación. Y eso es lo que circula en las instituciones. La humanidad camina los pasillos y escribe con tizas de colores.


Yo quiero estar ahí, quiero poder vivir de estar ahí. Me formé para eso, y lo sigo haciendo gracias a la generosidad de mi madre que me ha brindado sus haberes jubilatorios porque aún trabajando full time pagar un alquiler se ha hecho imposible.


También gracias a la existencia de la educación pública. Sin embargo todas las experiencias laborales que he tenido hasta el momento han sido a cuenta de meses. Hasta Marzo. Esperar la resolución, prender la vela a Simón Rodríguez para que salga la resolución. Hasta Junio. En Junio volveré a ser una docente desocupada. Me da rabia mi obstinación y derrito los nudos con los ojos. Mientras tanto a seguir tratando de pescar horas. Pero nada. El sistema del puntaje es una aberración, el privilegio lo tienen quienes ya tienen laburo, por antigüedad. Que por supuesto que es un factor valioso y se debe remunerar, acá no intento echar bronca sino solo con el sistema.


No hay, no existe una cláusula que nos proteja en la cacería. Quienes aspiran a integrar el cuerpo de policías egresan con un sueldo. Les docentes quedamos a la deriva, solo con el afán latinoamericano que nos caracteriza para golpear las puertas de un listado que exige primero un sinfín burocrático que desmoraliza. Ya va a ser tarde para entrar a la Pedagogía. Una vez más, agarraré la bicicleta para ir a cursar y renovaré la apuesta. Me da bronca mi obstinación. Porque sé que puedo, porque siento que quiero, pero palpando esta opresión, siento que no nos dejan.


II


El deadline de la puntualidad me sigue pisando los talones. Esta vez escribo desde el buffet de la facultad de humanidades. Tragando un menú barato a toda velocidad para llegar a tiempo al trabajo.


Mi humor sigue siendo rabioso y derramado en Facebook. No tengo otro espacio que los propios límites del muro que el metaverso me resguarda con celosía. Es lo mismo que nada. Acaba de terminar la clase de pedagogía.


Hablamos sueltamente durante dos horas sobre la importancia de nuestras biografías de formación en la construcción de un lenguaje propio, la urgente necesidad de la escucha como elemento para una pedagogía, apareció la palabra empatía. Muchxs contaron las marcas que les dejaron ciertxs docentes en sus formas determinantes de nombrarles. En un momento entra una mujer discapacitada para pedir colaboración para criar a sus hijes. Empatía se leía en el pizarrón. La mujer recolectó en una bolsa de nylon transparente el cambio de les presentes, agradeció y se fue. La clase siguió como si nada. Yo no pude participar más.


El límite del lenguaje cuando se presenta el cuerpo, pensé. El horizonte simbólico no dura un segundo sin pestañear cuando irrumpe la ferocidad de un cuerpo excluido. A les más privilegiades les marcó la negligencia con apellido, el juicio de un ser humano con rostro. A algunes con menos suerte lo hizo una estructura que no se ve ni se toca, pero se las arregla para aplastar. Un sistema que apenas se puede interpretar sin las herramientas del privilegio. A eso me refería en el posteo anterior. La exclusión se ensancha cada vez más a la vez que abundan los discursos de la diversidad y la empatía, los negocios petfriendly y la opción celíaca en los menús de los restaurantes.


La pobreza estructural se agranda hacia las clases medias y medias bajas. A eso me refería con el posteo anterior. Ser profesional ya hace tiempo no es la llave. La llave se perdió, nadie sabe y mientras tanto nos hacen esperar afuera. Somos refugiados en nuestro propio suelo. Un sistema educativo público y gratuito es esencial pero no suficiente si el Estado no garantiza, con el mismo ímpetu que el derecho a la educación, el derecho a un trabajo digno.


Nos vamos a seguir cayendo al vacío mientras no sea el mismo Estado quien vele por un mercado laboral igual de público e inclusivo en sus territorios. A eso me refería con el posteo anterior. Trasmitiendo una vez más desde Documentos en mi celular, desde la impuntualidad ingrávida del desamparo estatal.



 

Autora: Rocío Laria


Nació en algún punto remoto del planeta hace ya algunos años pero para nada tantos.

En 1993 fue premiada por sus progenitores otorgándole un nombre y un lugar en la tierra y en la humedad de las flores.

En 2017 publicó su primer libro de poesías “Autopartes del Naufragio” no sin esfuerzo y ayuda.

A lo largo de estos años ha sido reconocida por sus referentes afectivos obteniendo menciones especiales como “amiga”, “compañera”, “vecina”, “alumna”, “profe”, entre otras distinciones que marcarán su sentir y habitar.

No nos sorprende entonces, que en sus últimas declaraciones al alba, haya afirmado sentirse una mujer exitosa.


Imagen de Banksy