• Kike Cano Ros.

El viejo Hailand


Esa mañana, mientras tomaba mate en la entrada de su casa, un extraño sonido alteró el engranaje cerebral dentro de la cabeza del viejo Hailand. Fue como un chasquido seco que vino a despertarlo de un extenso letargo. A lo lejos, el viento tempranero del este trajo una nube de polvo que apareció para sacudirle las pestañas. Extrañaba el viejo que a esas horas alguien se le arrimara por el camino. Con un cardo puntiagudo que se pasó entre los dientes, sacó una bolita de cera negra de su oreja izquierda para escuchar mejor; entonces, pudo descifrar que a lo lejos venía una chata: el motor de la Ford F100 diesel traqueteaba planeando en la claridad. Los perros ladraron, los chanchos anduvieron sin rumbo y los pájaros emigraron. Como si cayera una lluvia de granizo invertido, el ripio áspero del camino golpeaba contra la carrocería; sacudiendo al viejo de su modorra quien, erguido ya en dos piernas, dejaba de ser parte del paisaje para incorporarse a la acción.


La camioneta se estacionó en frente de su casa. Ubicado el lote lejos del camino de ripio, se llegaba hasta ahí por calle de tierra si hacía buen tiempo. Más que casa, era una chacra desprolija sin vecinos a la vista. El pasto crecido disimulaba el alambre de púas tirado a lo ancho por el piso; una trampa feroz para curiosos o distraídos: al hombre no le gustaban las visitas. En el fondo había un chiquero donde un puñado de chanchos anárquicos parecían ser más dueños que el propietario. Sin embargo, ahí estaba Hailand, mirando como el conductor se le venía encima para hacerle unas cuantas preguntas. Era un chico joven que apenas debía tener el registro de conducir y ya andaba chapeando en una camioneta de la municipalidad de Tres Sargentos.


-Perdone que moleste, don.

-No es molestia mijo, mande nomás.

-Soy Jacinto Gómez, trabajo en la municipalidad. Acá estoy ubicado en el poste de luz 72 del camino vecinal 3, ¿no?

-Si le digo le miento. A lo que yo sepa, lo menos. - Dijo el viejo que, a esa altura, atravesaba la calle acompañado por una veintena de moscas obsecuentes.

-Bueno, le decía que, según mi GPS, en frente de su casa está el poste 72, ese de ahí, ¿lo ve?

-GPS, a lo que yo sepa, lo menos. Por acá, los postes no tienen número.

-Sí, sí que tienen, en el plano municipal está, mire don, le muestro- mientras el chico fue acercando su celular para ampliarle la imagen, el viejo le mostró los dientes.

-Juira con eso mocoso, no necesito de esa mierda para vivir.

-No se enoje don, que le va a dar un bobazo, no se me engrane- Se imaginó Gómez cargando al viejo en la chata para llevarlo al hospital; entonces, bajó un cambio.

-Claro, por eso usted se vino a vivir acá, alejado del pueblo y de todos sus adelantos tecnológicos.

-Mirámelo al chancho, comió langosta y quiere volar- se burló el viejo- adelantos tecnológicos… que yo sepa…. En este pueblo, los únicos adelantos, son los sobres que corren por debajo de la mesa en el municipio- sentenció mientras escupía al suelo para no levantar polvo.


En ese preciso instante, Jacinto tendría que haber atendido las señales de alarma encendidas en su tablero, poner la reversa y volver por donde vino. ¿Quién le iba a decir algo si, en lugar de colgar el pasacalle de campaña entre el poste 72 y 73, lo hacía en la otra manzana, entre el 83 y el 86?


Con la libertad que le daba su propio pensamiento intentó amansar al viejo Hailand que, a esta altura de la mañana, parecía revirado como chancho en pelotero. Decidió continuar la conversación por otros rumbos. Con inocencia, el chico dijo:


-Usted, don Hailand, ¿siempre vivió en Tres Sargentos?

-Así que usted no me conoce- dijo el viejo, que ya decodificaba la situación a la velocidad de la luz– ¿Y qué es esa mierda que tiene que colgar acá?

-Nada, una pavada, un pasacalle de campaña, para la gilada. Se vienen las elecciones.

- ¿Y quién se va a tomar el trabajo de pasar por acá, mocoso? Gastan guita al pedo, así van a perder.


El viejo tenía razón, nadie iba a mirar el cartel. ¿Para qué colgar algo ahí? ¿Quién lo iba a ver? La gente prefería doblar por la esquina antes que pasar por su casa. Es que los chanchos siempre andaban sueltos: eran unas bestias rabiosas que corrían a la gente para divertirse nomás. En consecuencia de su alimentación disyuntiva, el comportamiento de los animales se alteraba, lo cual los convertía en un peligro para cualquiera que se acercara a la chacra del viejo. Mordían a los chicos, se peleaban con los perros, se comían las gallinas y todo bicho que encontraban suelto por ahí. Después volvían mansitos al chiquero; el viejo les abría, el viejo les cerraba, el viejo sabía.


-Mire, es un cartel de campaña, nada más- Jacinto fue hasta la parte de atrás de la camioneta. Desplegó el pasacalle lo largo que era sobre la vereda de pasto –Ve, es una cagada. Lo dejamos hasta que terminan las elecciones, después lo sacamos.


Con el mate en la mano y la bombilla entre los dientes, el viejo terminó de cruzar. El cartel de arpillera plástica decía en imprenta mayúscula azul: “VOTE FELIPE MONTERO INTENDENTE. LISTA 28 FRENTE RENOVADOR SOCIALISTA AGROPECUARIO” Completaba el anuncio un dibujo de un trigo, un girasol y la blanca y celeste. La cabeza del viejo se activó más de la cuenta.


-Decime pibe, este Felipe, ¿es algo de Facundo Montero?

- ¿De Facundo Montero, el fundador del Frente? Creo que es sobrino o nieto, o qué se yo lo que es.

A Jacinto le parecía que la conversación se estaba yendo por las ramas, o más bien, por las ramas que el viejo quería trepar. Se acomodó la boina, sacudió el chivo que juntaba en el cuello, como apurando el asado y dijo:


-Mire que por colgar el pasacalle este unos mangos le vamos a dar, eh.

-Ah sí, mirá vos- contestó mientras seguía rebobinando los años a la velocidad de la luz-


Se acordaba de Montero, claro que se acordaba de Facundo Montero. Debía ser el abuelo del que se postulaba ahora. Un viejo intendente que él conoció de joven, el mismo que hace unos veinticinco años lo había sacado del aire para siempre. Una tarde lo cito en su despacho para decirle que se habían acabado los favores, - así la cosa no va más Hailand -, largó la charla. – me están apretando de arriba, el gobernador llamó por lo de la yegua.


A esta altura de la mañana el viejo tenía los ojos inyectados como dos sartenes de hierro fundido. Miraba para todos los costados, un sudor lleno de sodio le bajaba por los brazos; después de mucho tiempo, le transpiraban las yemas de los dedos. Sus hombros, vencidos por el tiempo, comenzaron a enderezarse como si le dieran cuerda por la espalda; su mirada, más allá de los álamos, se clavó en el cielo. Abrió la boca, nervioso, como si quisiera tragarse el pampero de golpe. Llevó la zurda hacia atrás, tanteó que su facón estuviese, como siempre, atravesado a mitad de su espalda a la altura de la cintura, sujeto por una faja negra. Se limpió el sudor mientras veía la película de su vida una y mil veces.


Cómo no acordarse de Montero. Cuando su padre se fue de Tres Sargentos, Hailand era un guacho de veinte años. Quedó solo, sin familia cercana, encargado de las cosas de la casa. Así de golpe se fue haciendo a su forma, enterrando en el fondo del chiquero las enseñanzas europeas que su padre le había inculcado hasta entonces; eso sí, recibió de herencia una vieja avioneta de los años cincuenta que el Tata había traído de Europa en barco.


Siempre soñó con remontar las nubes, como le enseñó su padre. Cuando tuvo unos años más, con registro en mano expedido por el Aeroclub de Campana, Hailand surcaba los aires de los campos linderos fumigando las plantaciones para prevenir la plaga de langostas. Regularmente pasaba por el aras “El estribo”, donde se entrenaban los pingos más veloces de la zona que luego correrían en Palermo. Unos potros de sangre azul, todos más caros que la avioneta que él piloteaba. Las cosas venía bien: era el piloto del pueblo, sacaba a las chicas a pasear en nube, miraba a todos desde arriba; la gente no tenía auto, pero él andaba en avión. Hasta el día que aparecieron dos yeguas de carrera muertas cerca del tanque australiano. Los resultados de la autopsia fueron contundentes. Los caballos habían ingerido veneno: DDT órgano clorado líquido, el mismo veneno que arrojaba en su avioneta.


Como el aras era un negocio del gobernador, se labró una investigación a fondo. Vinieron periodistas desde Zárate a indagar el hecho, y saltó a la luz el pasado familiar de Hailand; así fue como Tres Sargentos fue otra vez noticia, hasta en los diarios de la capital. Lo cierto es que, aunque nunca se comprobó la veracidad de las acusaciones, a modo de castigo se le confiscó la avioneta y se le retiró la licencia, confinándolo al sucio reducto donde hoy pasaba sus días. ¡Cómo no acordarse de Montero!


- ¿Y cuánta plata me va a dar, mocoso?


Jacinto de reojo le miraba la casa: alejada del camino, con techo a dos aguas, mezcla de adobe y cemento, parecía que en la próxima tormenta se venía abajo. Le habían autorizado diez lucas, pero le ofreció cinco; con el resto del dinero pasaría más luego por el bar El Abrojo, ubicado en la rotonda antes de entrar al pueblo. Iba a visitar a Zulma, una paraguayita nueva que, con su delantera a estrenar, tenía más que entretenido al pueblo de Tres Sargentos.


A lo lejos se escuchaban los gemidos de una chancha pretendida por dos machos que debían pesar como doscientos kilos cada uno. Peleaban entre sí a puro colmillo para lograr su recompensa.


-Che, ¿no están muy rabiosos los chanchos estos? ¿Qué les da de comer?

- ¿Yo, darle de comer a los bichos estos? A que yo sepa, lo menos- dijo el viejo acomodándose la bombacha a la altura de la cintura –Ya son grandes, yo los suelto y el que busca encuentra. Son como mis milicos, los tengo cortitos. Cuando alguno se pone rabioso, lo carneo y vendo chorizos.

- ¿Y cómo los mata a estos bichos?

-Ustedes los jóvenes no saben ni mierda del campo, aunque estén plantados en él- dijo el viejo, que sacaba la lengua a ritmo de lagarto. -Los aturdo en la cabeza, después los desangro, los depilo como a una modelo y ahí nomás los faeno. No sufren nada, no hay que ser animal. ¿No quiere usted unos chorizos, pa’ probar? - con el mentón en punta, empujaba sus palabras hacia la puerta de su casa y acompañaba diciendo- ¿Vamo’ pa’dentro?


Una vez dentro de la casa, Jacinto sintió que lo observaban desde algún rincón infinito. Para contradecir sus pronósticos, todo se veía bastante ordenado.


- ¿Siempre anduvo solo por acá usted?

-No, solo nunca, mi viejo vuela conmigo. Usted no me conoce, ¿no?

-La verdad, como dice usted, a lo menos…

-Ese es el problema de los jóvenes de hoy: quieren cambiar el mundo, pero de historia no saben un carajo. Ni los cuentos del pueblo saben.


Jacinto sacó los cinco mil pesos, los apoyó sobre la mesa, que hacía equilibrio sobre sí misma y puso la plata encima de un mantel plástico. Andar con plata en la mano lo hacía sentirse mayor. Con la voz gruesa, dijo a lo macho: -Cuéntelo, don-.


-Pero claro, tómese algo conmigo- el viejo le alcanzó un vaso lleno de una grapa algo borrosa. Fue a sentarse enfrente del chico a contar la plata. El pulso le permitía acomodar los fajos de billetes a duras penas: los doblaba de a diez, uno arriba del otro, apretados por un cenicero de madera.

- ¿Qué le pasa a sus chanchos, viejo? No se puede ni hablar acá- Gómez apuró el fondo blanco; como para parecer más macho de lo que era, golpeó con el vaso para invitar la segunda ronda de grapa. El viejo sirvió gustoso.

-Difícil que el chancho chifle, mijo- dijo sonriente Hailand -Es la hora de comer, ¿usted no se pone nervioso cuando le aprieta la tripa?


A esa altura, el griterío de los animales era ensordecedor. Un chillido agudo llamó la atención de Gómez desde la cocina. El animal estaba parado en la puerta de salida que iba para el chiquero, un cerdo negro con ojos de furia lo miraba. Golpeó la puerta con su cabeza grasienta, pidiendo permiso. Quería animarse a entrar, pero la presencia del viejo lo contuvo.

-¡Juiiira, bicho de mierda! ¿No ve que estoy contando plata?


Enfrente suyo, Gómez transpiraba un poco de frío bajo la axila. El trámite se demoraba más de la cuenta, empezó a entender que iba a retirarse de ahí cuando el viejo se lo permitiese. Jacinto no era de mucho tomar, pero esa grapa la había caído para el demonio. Mejor andar relajado, sin apuro, con tiempo para chusmear un poco las cosas que el viejo tenía en el comedor. Su mirada cadenciosa fue posando su interés hacia la derecha, en un aparador lleno de fotos prolijamente ordenadas en forma correlativa.


En la primera, la más alegre, se lo veía a Hailand de joven al pie de su avioneta, listo para iniciar una fumigación. Pasando a otra, ya de chico, estaba parado junto a un mayor que lo abrazaba con cariño: era su padre, un tipo rubio de ojos claros, calzaba botas y una mirada aguileña. La próxima era de otro avión: quien parecía el padre de Hailand piloteaba lo que era un avión de guerra. La imagen en blanco y negro fue tomada antes de subir en un Junker JU87, un Stuka alemán utilizado en la Segunda Guerra, el bombardero de caza más famoso empleado por los nazis. Jacinto pestañeó como pudo, pero ya se le estaba nublando la vista.


Arriba de esa foto, prolijamente encuadrada, había una chaqueta de aviador color gris bien doblada. Tenía un águila, una estrella bordada en el pecho y unas cuantas insignias le colgaban de los hombros. Gómez respiró con más dificultad, sentía la presión baja. Imposibilitado para levantarse, sus alpargatas fueron maneándose a las patas de la silla. Al otro lado de la mesa, el viejo se concentraba en los billetes, pero sabía de reojo que el pibe estaba aflojando. No hay verdad más dañina que la conciencia de compartir una debilidad con un extraño.


Entonces, los recuerdos de Jacinto comenzaron a jugar con su presente. En la nebulosa en la que divagaba su mente, recordó una historia que su padre le contaba de chico, la más famosa de Tres Sargentos. La historia del refugiado nazi que una noche vino escapando de Europa con una avioneta y un hijo recién nacido. Para no levantar sospechas, en barco se la había traído. Lo habían recibido de incógnito: bien de contrabando pagó su estadía en el pueblo con un lingote de oro que trajo entre sus ropas. Gracias a su contribución, se construyó el natatorio municipal, el más moderno del partido de Carmen de Areco. Se acordaba de los recortes de diarios que vio en la sede de la agrupación: recortes viejos en un bibliorato lleno de polvo que daban cuenta del criminal nazi capturado en la década de los ochenta y luego deportado a Europa para su juicio final.


Se le fue poniendo la mirada borrosa como la grapa, estaba perdiendo la cuenta del tiempo transcurrido. Ahí se encontraba Jacinto, sentado en la mesa del tercer Reich, viendo fantasmas por todos lados. Si bien es cierto que no se habían caído en gracia desde un principio, nada indicó en la voz del viejo que tenía intención de matarlo; pero lo haría.


-Tres mil quinientos, tres mil setecientos, cuatro mil- la voz del viejo le llegaba de fondo, desordenada, como una vieja canción de guerra. Entonces, Jacinto comprendió que hasta ahí había llegado. Esa noche no andaría por El Abrojo para ver a la Zulma, no iba a tomar cerveza con sus amigos ni pasaría al fondo a gastarse las cinco lucas con la piba. Como tantas víctimas de la guerra lo habían hecho antes, tuvo la resignada sensación de que para evitar mayores sufrimientos debía dormirse sin oponer resistencia.


Sentado en frente, el viejo Hailand asentía con la cabeza, mientras en silencio llegaba al final de la cuenta.


-Cuatro mil novecientos, cinco mil- se levantó y en silencio fue hasta la silla donde el muchacho, ya inconsciente, no lo escuchaba. Separó el pelo de su cuello para tomar su pulso: iba a esperar lo necesario. A lo lejos, presagiando el almuerzo, los cerdos sonrieron cuando el viejo desenvainó el facón que siempre traía en la cintura.



 

Autor: Kike Cano Ros


Enrique Cano Ros, 27/03/1968, argentino residente en CABA, publiqué un libro de cuentos titulado El casco arrugado a través de Ediciones Baobab, como ganador del Concurso Rio de la Plata efectuado en 1996. Me formé en distintos talleres desde joven y también publiqué cuentos en antologías de la Editorial Botella al mar. Formé parte hasta el 2021 de los talleres on line coordinados de Clara Obligado desde Madrid, España.

También soy guionista de radio y TV, habiendo participado en varios programas de radio, como

autor de radio teatros y distintas facetas humorísticas.


Mail: siniestro2002@hotmail.com


Imagen tomada de acá