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El descubrimiento de Perlongher


Es cierto, que quien no conoce a Dios, cualquier santo es digno de un rezo.

Por eso mismo, como comida de palomas te dejo, condominio progresista de higienes bulas, a Lemebel.


Anda, coméoslo, hagan eucaristía de putos fluorescentes

frente al madero emponzoñado. Haz tira su lino plumífero, pégate las estampillas tatuadas de su pobreza ajada de corazones baleados por la miseria del macho que encumbra su cartílago a posiciones de aire, atorado en su puro invento.


Déjame a mí, en mi posición de privacidades a Perlongher, dejadme acariciar su pellejo hecho de letras antes de mi natalicio. Lemebel es suyo; Perlongher, mío, aunque ni siquiera ese pellejo sea de él mismo; no se puede enclaustrar la libertad de lo creado.


Pero no importa, me lo robo, me lo sobo, me lo huelo en cada coma, en cada disparate, en cada mascullada risueña de mis colgadores cargados de pieles arrendadas, como la piel gordura que ensueño asumo se quemará de rabias y guiños besucones a los antihéroes de capa caída, de ajo y cebolla, los que no llaman, pero ahí están, amando también en su cada uno, en su placard de aluminio, de calzoncillos de pretinas vencidas y amarillentas de tanta leche escurrida, de anarquías en sello de agua como boleta imprenta del espíritu que cobra factura.


Sí, Perlongher, como correspondencia de los que ayer son hoy, de otra forma, los ayer eran canto, hoy son piano, los ayer eran arado, hoy son esqueleto de naufragio siempre noche y los que ayer eran la brujería ignota, hoy ruegan por el mañana sin sal y sin azúcar: antónimos trastocados.


Perlongher es tan mío como tuyo, pero aún no lo quieres en tu telita viscosa que armas como juguete entre tus dedos: causa desarmada de revoluciones, con más cadáveres a nuestro haber en las fosas, que un arma que dispare besitos letales a las nalgas turgentes del milico genocida, que se escuece la piel de los labios por cada ósculo ametrallado.


Sí, otra vez, Perlongher, el mío, el mío; Lemebel es para vos, para las estaciones de metro y el violeta liberal vestido de amistad interesada. A Perlongher me lo llevo a Mejillones y Puerto Cisnes y lo sumerjo de mar para que agarre gusto a Pacífico, junto al barro argento, tan bello, tan luminoso, como si fuera mi tierra y yo mismx, en otra parte, en otra vida y en la siguiente.



 

Autorx: Ariele Octubre


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