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Era dos de enero y eran las doce y once de la noche, estaba acostado mientras escuchaba todavía a los que seguían de fiesta. Resacas de fuegos artificiales, gritos de borrachos, botellas que se rompían, un tema de Gilda y chicas que lo tarareaban.


Eran las doce y once y yo la estaba pasando como la mierda, no me podía dormir. Acostado en un colchón meado por mi gato, en el comedor de mis viejos, con sus ronquidos, con el corazón hecho poronga y una valija que no iba a desarmar. La valija, llena de mi ropa, porque no había lugar en la casa y nadie esperaba que yo apareciera días antes, ni yo lo esperaba.


Doce y once marcaba la luz de mi celular, todavía esperaba el mensaje de Fernanda felicitándome por el año nuevo. Imploraba que un sonido, una vibración interrumpiera los ruidos de esa noche. Y lo esperaba mentalmente entrenado para no llevarme una sorpresa, porque sabía que si me sorprendía le iba a contestar al instante y quería darme tiempo.


Once minutos pasada de la medianoche. Los ronquidos de mis viejos, el colchón meado por mi gato, la valija llena, los gritos de la gente contenta, la música de Gilda, sus besos, su nariz chiquita, el labio fino superior de su boca la sonrisa antes de que se ponga los aparatos, la de después de los aparatos, sus tetas, su panza, sus besos, su pesón mas largo que el otro, el olor al shampoo, los tres gatos, la valija llena, los ronquidos, los fuegos artificiales los gritos de los borrachos. No podía dormir, no iba a poder dormir, sentía que no iba a dormir nunca más, ni muriéndome me iba a poder dormir.


Me levanté, ya era una tortura seguir ahí, masticando angustia, seguir mirando un celular que no iba a vibrar, que no iba a llegar nunca tu mensaje, ni feliz año nuevo, masturbando la idea de que ya me había olvidado. Me vestí con la misma ropa que usaba desde hacía dos días, agarré la bici y me fui a despejar.


Dos de enero en Buenos Aires, verano húmedo en Capital federal, agarré velocidad por la bajada de Zuviria, la gente festejaba, estaban felices, borrachos y molestos.


Anduve hasta la Nueve de julio y Marcelo T. Me di cuenta que ahí había sido la primer salida, me pareció vernos, caminando. Tu tapado rosa que odiaba, mi campera de cuero, tu pelo corto nuestro beso, la promesa de algo y cuando cogimos, vos desnuda, tus tetas tu boca, tu labio fino superior, tu voz, tu silueta en la sombra.


Aceleré, era mucho para mí, empecé a andar sin saber para donde y de golpe estaba en Mitre y Medrano. Y ahí estábamos otra vez, nuestra primera mudanza, un colchón de una plaza, una mesa redonda desnivelada, un cajón de mimbre, mis libros, tu tele mi biblioteca, tus sillas, tus vasos, los platos que nos regalaron, tu sonrisa, mi felicidad.


Volví a escaparme, pero era imposible, terminé en nuestra segunda casa. Nos vi huyendo juntos, domingo de noche, otro camión de mudanza, nuestra cama, nuestra mesa, la tele mi biblioteca, nuestro sillón, mis libros, tu camilla, tus esmaltes, tus productos de trabajo, mi cámara de foto, nuestro mueble del baño, la máquina para hacer pan, el miedo que nos vea el buchón del portero, nuestros gatos.


Ya no quería escaparme más, solo quería andar y nos vi por última vez, en la última casa. Tus lagrimas, mis lagrimas, tu mesa, mi cama, tu sillón, tu tele mi biblioteca, tu lavarropas, mis libros, tus gatos, mi maquina de coser, nuestra tristeza, un último beso, una última cogida triste, la despedida.


Volví como pude a la casa de mis viejos, la fiesta en las calles ya había terminado, la luz del sol los había hecho a todos escapar, los ronquidos siguen, el colchón meado todavía apestaba, el mensaje; no había llegado.


 

Este texto fue publicado con anterioridad en el blog del autor


Autor: Facundo Nahuel


Nací en 1988, en Flores. Desde muy chico me interesó la escritura, por desgracia a mi abuela más, se empecinaba a sentarme horas y horas a practicar una caligrafía que nunca mejoré.

Escribía cuentos a escondidas hasta que fui a la psicóloga. Ahora solo escribo poesía a escondidas como para hacer algo escondido. Estudio artes de la escritura en la UNA.


Instagram facnahu


Foto de Marina Klein marinakleinx

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