• Nicolás Taltavull

Cosas que no tienen remedio


Dale, tía, vení, me dice Marcos. Desde el comedor lo veo saltando sobre la cama de mi hermana. Ella me cuenta que hace días imita al nene de una película que vio, salta y salta y salta sobre la cama, pretende tocar el techo con las manos. Ya lo retó un par de veces, pero prefiere que siga con eso a que le esté rompiendo las pelotas con que tiene hambre. Come porquerías todo el tiempo, por eso está como está: postrecitos, galletitas, bizcochitos, en el tacho de basura de la cocina siempre hay envoltorios de distintos colores. Le digo a Marcos que ya voy, que espere un poco porque estamos conversando cosas de grandes. Mi hermana se levanta de la silla y se acerca para revisarme la muñeca. Le pido que no lo haga, creo que no es necesario. Al final, frente a tanta insistencia, le aparto la mano y me levanto yo misma la manga del buzo. Todavía no hay moretón, claro, pero sí se ve la marca nítida que dejaron los dientes de Lorenzo. Marcos sigue saltando y ahora canta una canción, suena agitado, no llego a entender bien la letra. Miro la mesita de luz al lado de la cama, el paquete de papas fritas que está arriba, el borde filoso de la madera. Mi hermana me pregunta qué vamos a hacer, hace un rato llamó a mi cuñado al trabajo y le dijo que yo estaba otra vez, así, en su casa. Me lo pregunta como si en verdad entre los tres pudiéramos hacer algo. Respondo, agotada: Lorenzo tiene un hermano cana que siempre le anula todas las cagadas, podríamos ir hasta la comisaría y morderle un brazo, una muñeca, preguntarle qué se siente, a ver si así. Mi hermana me sostiene la mirada un momento, sé lo que quiere decirme, pero no lo hace. Entonces se va furiosa hasta la puerta de la pieza y le grita a Marcos que deje de saltar: me vas a quebrar la cama, ya te lo dije, bajate y mirá la tele tranquilo, o acostate de una buena vez en la tuya, es tarde. Miro el reloj en la pared, es casi la una de la mañana. Mientras vuelve hasta la mesa, va mascullando la otra mitad del reto: su vida se trata de comer y romper los huevos. Aunque ya lo sabe, le digo que Marcos seguro la escuchó y que no está bueno que lo trate así. Entonces me dice lo que calló hace unos segundos: ¿ves?, todos tenemos problemas y hacemos lo que podemos, no empecés. Como no quiero empezar, me quedo callada, corto un pedazo de queso y de dulce que hay sobre un plato de postre. Mastico con poco entusiasmo. Mi hermana me dice: cierto, no cenaste vos, ¿te caliento una milanesa?, quedó algo de puré también, de casualidad. Le digo que no, gracias, así estoy bien. Marcos se para de nuevo en la cama, pero ahora hace unas posiciones de judo: mirá tía, mirá, vení y te enseño a hacer una llave. Su instructor es Lorenzo. Me encantaría decirle que ya las conozco, que me las sé a todas de memoria gracias al hijo de puta de su instructor, pero no, sonrío como puedo y lo aplaudo. Mientras corta solo un pedazo de dulce de membrillo, mi hermana continúa con el interrogatorio: ¿y qué pasó antes?, ¿qué hiciste? Quisiera mentirle, decirle que Lorenzo me descubrió mensajes de alguno con quien cogí en casa mientras él daba clases, así como suele hacer ella y tan bien le sale. Pero no sé mentir, ni siquiera tengo energía para intentarlo. Le digo, bastante avergonzada, que se enojó porque otra vez se había cansado de buscar el encendedor para prender la cocina y no lo había encontrado: a eso sumale mi mal aliento, el olor de mi ropa, que con lo que gasto en cigarrillos y chicles en un mes podría comprar tal cosa, tal otra. Mi hermana me interrumpe: ¿qué te cuesta fumar tranquila y después devolver el fuego?, ¿qué hacés con tus encendedores?, colgate uno con una piolita en el puño, nena, acá también cada vez que venís te tengo que estar vigilando para que no te los lleves. Se escucha un trac, Marcos saltó un par de veces hasta que ese sonido lo detuvo, lo vi de reojo. Mi hermana va a levantarse directo a darle una cachetada, y sé que le va a pegar con fuerza, por eso la freno y le pido que me deje a mí. Ella dice: me voy a bañar, estoy muerta, después entrás vos, te presto una remera para dormir, mañana vemos qué hacemos. Le hago que sí con la cabeza y voy a buscar a Marcos, cuando volvemos al comedor y él pasa al lado de mi hermana, ella le tironea una oreja. Nos sentamos los dos a la mesa, él pregunta: ¿otra vez peleaste con el tío? Sí, le respondo, pero ya se va a solucionar, vos quedate tranquilo. Me dice: ¿y voy a poder ir el miércoles a clase con el tío?, nos van a dar el uniforme para rendir, el nuevo. Ya veremos, por lo pronto mañana tenés cole, hay que dormir, digo. Lo observo con atención, que lo hayan pelado lo hace ver más gordo todavía, no me gusta esa cabeza gris, está igual a mi cuñado. Hace un mes, cuando vine a esta casa y todo sucedió de la misma forma, Lorenzo me había dado una piña a la altura del pulmón derecho, fue una lección para que recapacitara sobre el daño que me estaba haciendo a mí misma: desde adentro, cada pitada debe parecerse a esto, tenés que entenderlo, mujer. Ahora fumo a escondidas, pero soy tan tonta que pierdo mis encendedores y, cuando saco el de la cocina, no soy capaz de volver a dejarlo en el cajón junto a los cubiertos.


Marcos mira fijo el último pedazo de queso y, cuando nota que lo descubro, se pone colorado. Empujo el plato hacia él y le susurro: le decimos que fui yo, que la tía estaba con bastante hambre. Lo mastica y cierra los ojos, lo disfruta como a nada, tarda en tragar. Por un lado, me espanta, y por el otro, pienso que hay cosas que no tienen remedio, que solo hay que aceptarlas y ya. Mientras mi hermana grita desde el baño que el agua sale fría, que revisemos si el calefón se apagó, le acaricio un cachete a Marcos, y después él se limpia los dedos y me seca una lágrima, no dice ni pregunta nada más.


 

Autor: Nicolás Taltavull


Es diseñador gráfico, organizador profesional de eventos y asesor en marketing y publicidad. Desde hace cuatro años participa de talleres de escritura (presenciales y virtuales) en San Luis, su provincia de residencia, y Buenos Aires. Coordina un club de lectura y está terminando de escribir su primer libro de cuentos.


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Fotografía: “Helechos”.

Autora: Isabel Gruppo


Es licenciada en artes visuales, fotógrafa y tatuadora.

En su trabajo combina y alterna disciplinas en función de lo que sus propuestas lo requieran.

Su intención como artista es explorar desde el arte y la estética para reflexionar y profundizar distintos conceptos.

Le interesan las participaciones colectivas en propuestas propias y de otrxs artistas.

Es coleccionista de arte emergente contemporáneo y realizó el programa ¨Casi Mañana¨, ciclo radial de 40 emisiones que pueden escucharse en Spotify.


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