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Cálmese quien pueda (Adelanto para degustación)


Degeneración en generación


Durante mi embarazo me hice lesbiana. Sí. Cuanto más grande la panza más me gustaban las mujeres. Al principio me confundía porque empecé a pensar en culos mujeriles sólo mientras viajaba en colectivo. Como me daban el asiento, casi siempre el primero, no podía otear demasiado, pero mujer que se paraba de espaldas frente al aparatito que lee la SUBE, me dejaba a entera disposición su contracara. Entonces me imaginaba pasándole la lengua apenas por la línea de puntos en que se aplastan un poco nalga con nalga. Me preocupaba. Pero más me excitaba y entonces sentía algo así como una contracción que me ponía la panza toda dura.


Las siestas cada vez más largas y menos activas eran una tortura de fantasías lésbicas. Yo apretando pezones, yo mordiendo entrepiernas, yo cabalgando como una ballena en celo las aguas de una mujer. Yo volviéndome loca de calentura y más tímida que nunca, más recatada que nunca en los encuentros verdaderos con mi pareja. Yo tironeada entre la actividad mental que me ardía el cuerpo, y el cuerpo quieto, con muy pocas posibilidades de movimiento, lo que me ardía el cerebro. Se había erotizado la mitad del mundo para mí. Cada mujer era la posibilidad de un viaje distinto hacia un orgasmo seguro. Y yo estaba confinada en una materialidad deseante pero no ejecutante.


¿Qué hubiera pensado cualquiera de aquellas mujeres a las que lamí minuciosamente en mis ganas, si cuando se sentaba al lado mío y me decía: “¡Qué linda panza!, ¿querés que te ayude a bajar?, ¿de cuánto estás?, ¿ya sabés qué es?, ¿cómo se va a llamar?”; yo le hubiera respondido: “¡Qué lindo culo!, ¿querés que te acompañe a tu departamento?, ¿cuándo estarás?, ¿ya sabés que me gustás mucho? ¿cómo querés que te diga?” O cuando tímidamente me decían “Permiiiiiso” para tocarme la panza, con esas manos lindas de uñas francesitas... qué ganas de agarrarlas y simplemente guiarlas más abajo hasta donde yo no llegaba por la enorme y nueva curvatura, para decirles: “Ahí, ahí, que me pica, con tus uñitas, linda, con tus uñitas”.


Confundida o no, no podía parar. Dormida y despierta un cortejo de mujeres simples vivían en mi deseo, complaciéndolo. Y yo sirena de Botero, ágil y experta como nunca. Conocedora, intuitiva, dominante, pródiga, única en mi especie. Enorme araña atrapadora de mosquitas tornasoladas de patitas frágiles pero demasiado rápidas. Mmmmhhhh.


Cuando se acercaban a preguntarme por todo lo que era transitorio en mi cuerpo, yo les ponía mis nuevas y redondas tetas debajo de los ojos y les susurraba: “¡Ay! ¡Es tan raro esto de que te cambie el cuerpo! ¡No terminás de acostumbrarte y ya estás lacia como antes y fofa como nunca!” Y las hacía reír, y ese cotorreo alegre me daba ganas de pellizcarles los cachetes y murmurarles: “¿Querés que te muestre? Tengo la piel lisita que es una maravilla. Viste que todo lo que se agranda queda terso... ni te imaginás cómo tengo los glúteos...”


Pero enmudecí. Siempre enmudecí y puse cara de Mona Lisa con náuseas, y no les toqué un pelo por miedo a prenderme fuego.


Celebro igual ese gozo lesbiano que una sola vez en toda esta rara vida -antes de la panza y después de ella- me hizo sentir plenamente libre, esquivando autos entre los flashes sonoros de una avenida, tomada de la mano de la mujer que amé.



 

Esto que estás leyendo es un adelanto de la Plaquette Cálmese quien pueda publicada recientemente por Ediciones Frenéticxs Danzantes.


Si te gustó podés leerla completa online de forma libre ACÁ o comprarla ACÁ


Autora Diana M. Regueira Gómez


Nacida en plena dictadura. Huella horrible si las hay.

Profe de Legua y Literatura.

Actriz.

Madre.

Nostálgica del mundo que fue.

Amorosa amante del universo vegetal.

Buscadora de quintas patas de todo gato.

Deseosa de viajes y poesía.

Escéptica por diversión.


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