• Martín Pomter

Bella Nube (綺麗な雲)


«Ya que todo lo que vive debe morir un día,

voy a pasarla bien mientras permanezca en este mundo»

Ōtomo no Tabito (大伴旅人)



Llegó a la galería algo tarde —la tarjeta decía claramente «siete pe eme, puntual»—, y ya un poco achispado (no era su costumbre beber alcohol de tarde temprano, pero había abierto el Château-Margaux primero por aburrimiento, y luego para seguir tomando de puro gusto hasta que llegó sin quererlo a la borra medio imperceptible del fondo de la botella). A pesar de que lo doblaba en edad, la artista de la inauguración —una vieja amiga suya— era para él una de esas personas que nunca carecerían de un dejo de sensualidad, por más anémica y cansina que ésta fuera. Podría sonar perverso decirlo, pero incluso se sentía atraído hacia ese erotismo vestigial que, le parecía, exudaba la piel, el olor de la piel, arrugada y seca ya, de su amiga artista. Algo innominado lo unía a ella en esta peculiar atracción: más tarde o más temprano, siempre se hallaba a sí mismo volviendo a rondar aquel cuerpo viejo, como una mosca que da vueltas y vueltas alrededor de una fruta ya pudriéndose, o como un suicida que se deja caer al vacío con la desidia que a veces logra ganarnos ante lo inevitable… Por caso, ya anticipaba él que estos nuevos cuadros girarían invariablemente alrededor de un tema que —como siempre sucedía en la obra de su amiga— no dejaba de rozar más o menos claramente el borde de lo erótico. Y a menudo la imaginaba en la cama con alguno de sus mucho más jóvenes amantes; entonces se imaginaba a sí mismo entre esas mismas sábanas, visualizándose en situaciones que, sabía, nunca experimentaría con ella. Ésta era sólo una pequeña fantasía que él se permitía en su mente; jamás un acto. Conocer eso —el límite que con esta mujer mayor nunca cruzaría, el límite que era bien claro y que simplemente no le interesaba rebasar— y, por otro lado, imaginar esto otro —su cuerpo junto al cuerpo viejo que jamás tocaría de ese modo— probablemente fuese una fórmula del equilibrio que para él caracterizaba la totalidad del tedio flotante de su vida: de algún modo su percepción de las cosas se anticipaba a una rutina de hastío conocida y familiar de un pasado, de una serie de pasados, que coexistía (sin excepción y de manera preciosa) con una potencialidad de la diversión nueva y deslumbrante de cada momento, presente o por venir. En este pausado equilibrio que habitaba, su vida se desplazaba con pesadez y extenuación, discurría en lenta languidez… todo para él flotaba.


No importaba. Nada de eso importaba, en cualquier caso. Ya estaba ahí, en la galería.


Ahora pensaba en quién de entre sus conocidos habría venido, para poder tener una charla que fuese menos anodina y embotante que de costumbre. Pensaba además en qué lindas mujeres habría allí a quienes poder seducir: imaginaba chicas de piernas largas y torneadas, desconocidas de geografías no planeadas, quizás alguna pecosa con lentes, o quizás… Jóvenes, o no tan jóvenes, era igual; cualquier agradable sorpresa que rompiese la monotonía estaría bien. Pensaba también, claro, en seguir bebiendo un poco más de vino.


Su primera impresión al entrar por la amplia puerta vidriada, sin embargo, no fue tan buena: había demasiada gente para su gusto. Desde afuera, caminando por la vereda hacia la entrada de la galería, no se había dado cuenta; no había podido percibir el gentío detrás de los enormes carteles que anunciaban la muestra y que estaban pegados a los vidrios, los carteles que conjugaban el nombre de la artista con algunas de las imágenes expuestas adentro en todo su ruidoso kitsch.


Demasiada gente.


(Y no es que fuera un ermitaño o un antisocial, no; además, si venía a un evento de este tipo era esperando ver gente, por supuesto. ¡Pero tanta gente…! Ya antes de entrar, entonces, decidió que no se iba a sentir tan cómodo como había anticipado… de antemano decidió que se iría de allí pronto).


Cambió dos o tres palabras afectuosas con su amiga la artista que, como era de esperarse, iba y venía entre felicitaciones, tanto probablemente sinceras como obviamente fingidas. Precisamente: un abrazo fugaz; una promesa de verse luego, que ambos sabían no iba a cumplirse ese día; eso fue todo. Miró alrededor, evaluando la escena como un cazador furtivo en un coto de caza ajeno. Tomó una de las copas de una de las mesas, probó un trago, y decidió que aquel vino no era tan malo, después de todo; al admitir esto lo asaltó una inexplicable e infantil forma de la felicidad.


Se situó cerca de un cuadro un tanto menos colorido, un tanto menos chillón que el resto, cerca de una de las esquinas del lugar y junto a la escalerita que descendía hacia lo que podría ser un baño. Y esperó. Un instante, esperó.


Porque no pasó mucho más que eso, no más que un instante, antes de que el tonto de Robert se acercara, con aquellas tres chicas, hasta donde él se encontraba. Y no pasó mucho, tampoco, antes de que la de pelo castaño que estaba parada más cerca suyo —casi rozándolo innecesariamente, casi como anticipándose, irreverente, a la seducción que él ya planeaba— empezara a mirarlo y a sonreírle, mientras los demás hablaban y hablaban, y hablaban de nada. Sin aviso, ella lo tomó del brazo con firme y fácil delicadeza. (Lo tomó del brazo. Ella a él. Lo hizo en un gesto espontáneo y casual. Su mano —lo notó enseguida— era al tacto como un suave conejito… y a la vez como una sensible y resuelta araña; era —y se le ocurrió así, con estas palabras— como una rara composición, táctil y a la vez cinética: llegó a fantasear incluso que podía sentir cómo aquella mano tenía vida propia cuando recorría, como al azar, como sin querer —ida y vuelta, ida y vuelta; lenta: ida y vuelta—, los vellos de su brazo, el contorno torneado de la curva de un músculo, la seda negra de su camisa, mientras los demás hablaban y hablaban, y hablaban de nada, y mientras ellos dos permanecían en silencio).


Tampoco pasó mucho antes de que se dijeran alguna cosa ligera y boba, sin importancia, pero no por ello menos hipnótica; no importa qué, ni quién lo dijo al otro. El coqueteo de la seducción —ya lo dice el narrador de aquella novela genial— es una promesa de sexo sin garantía. En esta promesa, lo dicho en sí, el contenido de lo dicho, es absolutamente irrelevante. Todo en la seducción es juego, absolutamente todo. Y, si el juego es de una liviandad, de una levedad no forzada, ni voluntaria, ni trascendente… tanto mejor. El asunto es que ella sonrió de nuevo (ya con el brazo de él firmemente apresado en el suyo) y, como si fueran ahora amigos íntimos, amigos desde siempre, se alejaron del pequeño grupo con la excusa de ver, juntos, los cuadros de la exposición.


—Vení —le ordenó, tomando el control (porque se sentía más seguro si era él quien guiaba), firme en el tono de su orden, aunque amable en su manera de comandarla—. No todas sus pinturas me gustan —le confió, sus labios rozándola, su boca apenas sobre la piel laxa del delicado lóbulo de ella electrizada—, pero dejame que te muestre. Hay una o dos obras realmente buenas, que valen la pena.


Ella —visiblemente excitada, liviana en su coquetería— se deja llevar. Y él (invirtiendo la imposición de aquel primer avance de ella, de aquella iniciativa desfachatada que ella había tenido) casi como que la carga, llevándola del brazo por el espacio entre la gente… y de este modo se mueven los dos, ignorando a conocidos y desconocidos por igual, sin un plan, sin nada en mente más que disfrutar del efímero momento. Flotando, los dos transcurren. No hablan. La chica castaña simplemente va con él: el conejito de su mano es sumiso; la araña, paciente. Los sucesos responden a la esperada naturaleza de las cosas.


Pero la verdad es que no encuentra nada que le agrade de veras entre las pinturas de su amiga la artista. No vuelve a decir nada; ninguno de los dos dice nada: miran un cuadro, se miran, miran otro cuadro… y así. Van caminando del brazo por entre la gente. No es que importe, igual, pero ya están llegando a unos cuadros de desnudos (esas pinturas que son de una sensibilidad que no podría explicar con palabras, aun menos a esta linda extraña a la que sólo lo une la circunstancia) y siente que —esta vez sí—, o dice algo al respecto (y preferentemente algo inteligente), o corre el riesgo de quebrar esta ensoñación momentánea y placentera, esta sensación prometedora, que se ha creado entre ellos. Todo, absolutamente todo es aquí y ahora. Todo es circunstancial. Todo es lapso actual y espacio presente.


Y es entonces que, en un giro nuevo —pero acaso previsible—, en un arrebato precipitado, la marea cambia. Porque vuelve a aparecer el tonto de Robert con las otras dos jóvenes mujeres. Ya es inevitable: el hechizo se rompe. Chau, chau, nos vamos. Chau, chau. Arrastrada por las suyas (chau), la chica castaña mira atrás —sí— pero es sólo un instante más entre los demás instantes. Quién sabe qué piensa.


El otro, el amigo, quedó atrás: con él, como él, sin las mujeres. Las mujeres se fueron solas. Le pregunta —y lo hace como en una inercia, y lo hace porque sí; le pregunta casi sin que le importe la respuesta—:


—¿Cómo se llamaba?

—¿Cómo se llamaba quién?


—La chica.

—¿La chica? Carolina. ¿Qué? ¡No me digas que no le preguntaste el nombre…!


Ni se molesta en contarle. Que el nombre no importa. Que importa mucho menos si se llamaba así, Carolina. Que está cansado de que todas tengan los mismos nombres, como pasa siempre: Carolina, Mariana, Natalia… Paula, Marcela, Carolina… Que cambia la mujer pero que igual es la misma mujer. Que siempre son los mismos nombres. Que siempre es lo mismo.

—Vamos —le dice (y es como, cuando hace un rato nomás era él quien guiaba, cuando él asumía el control imaginario de la situación)—. Nos vamos de acá.

—¿Y a dónde vamos? —pregunta el tonto de Robert.

—¿Importa?

—No. La verdad que no.


Y caminan en silencio. Luego de un rato, en respuesta que llega tarde a la pregunta del otro, le dice:

—Hay un show, un recital de poesía, no sé… En el café enfrente del viejo Colegio, por el Bosque sobre la Avenida Uno… O a la vuelta de la Uno, no me acuerdo. En el bar de Jonathan.


Y allá van los dos.


Cuando llegan (después de pasar por los otros dos bares, y darse cuenta finalmente de que el evento era en otro lado: en un tercer café de por ahí, a una cuadra del bar al que llegaron primero), cuando llegan, y cuando pasan de la calle a la puerta, adentro, por entre toda la gente (acá, pensó, también hay demasiada gente), cuando pasan del aire fresco y cortante al efluvio del calor humano y al vaho del humo de cigarrillos (el ennui de algunos se consume en cada pitada, se le ocurre entonces), cuando atraviesan el paisaje de fumadores y de flotantes y de observadores, ya en el hall de recepción central, se chocan con una mesa larga cubierta hasta el piso con un enorme mantel bordó. Se supone que la mesa ésta es una suerte de estación de recepción, una suerte de aduana a sortear antes de entrar propiamente al bar. Deben pagar entrada, parece. ¿Valdrá la pena? En la semipenumbra viciada del lugar, entre la gente que espera para ingresar, se pregunta qué hace aquí, para qué vino. La sensación de molestia y de fastidio, sin embargo, sólo dura dos o tres segundos. Al lado de la mesa, parada a un costado supervisándolo todo, una mujer madura —elegante, alta y dura, ceñida en un vestido largo rojo brillante— guarda esta entrada final que hay que franquear: apostada ante los cortinados que separan, por un lado, el más acá del olvido de, por el otro, el cruce ebrio que vendrá de beber de esas aguas, la mujer ésta parece (piensa) el mito de alguna centinela celosa, un ser fantástico de otra especie que no es la humana. Sentadas a la larga mesa encarnada, otras dos mujeres mucho más jóvenes hacen toda la tarea restante: cortan tickets, cobran tu dinero, sonríen, extienden la entrada hacia tu mano, cortan tickets, cobran tu dinero, sonríen, extienden la entrada hacia tu mano.


Le pareció reconocer a una de ellas, a la autómata sonriente a su derecha, la del vestido verde colibrí que parecía estar hecho de seda tornasolada. Sí, en efecto la conoce: es alguien a quien sedujo y luego llevó a la cama hace un tiempo (no recuerda, eso sí, su nombre… ¿Florencia? ¿Cecilia?… sí se acuerda de que prometió llamarla y sí se acuerda de que, previsiblemente, nunca cumplió esa promesa).


Antes de que pudiese decidir cómo actuar (la fila delante de ellos se acortó primero, ganándole de mano), esta muchacha levanta sus ojos para darse contra los suyos, y en esos ojos hay un universo: el reconocimiento de ella chocando con la batalla de la (des)memoria de él; la reacción que la atraviesa, incómoda y súbita, pasando rápidamente de la chispa al recelo; el alternar de esa inicial resistencia con lo que parece un dejo de vergüenza y de timidez. Y esto en una mirada brevísima y momentánea. Pero está todo allí, en los ojos de ella. Él es un lector excelente.


¿Y qué hace? Se acerca como si nada —cortando el humo ambiente: raudo negro contra inerte gris oscuro—, llega hasta ella, inclina su cuerpo hacia el cuerpo de ella —sentada a la mesa: verde sobre rojo—; la besa en la mejilla, confiado, natural; le dice un par de palabras sin llamarla por ese nombre que no recuerda, sin tener que fingir más que un superficial, aunque íntimo, reconocimiento. En su simple saludo parecería haber una nueva promesa. Pero… nada más sucede entonces. La cosa va bien, de cualquier modo. Se cortan tickets, se cobra tu dinero, se sonríe, se extiende la entrada hacia tu mano. Entran él y su tonto amigo.


Una vez adentro, sin haberlo planeado, los dos se separan momentáneamente: él queda a cargo de buscarles mesa; el tonto de Robert va a buscar a otros tontos amigos que se les unirán en un rato, parece ser. Como siempre sucede entre ellos, la distribución de los pequeños trabajos se hace sin que medien muchas palabras. Se les da así; les resulta natural. Esta tarea que le toca, no obstante, nunca le agrada.


El fondo del salón (sí: que sea, mejor, el fondo del salón, piensa) no parece estar muy lleno. Directo desde el eje que forma el escenario a la pared posterior del bar hay una mesa vacía, una mesa cuadrada para al menos cuatro, pero con sólo tres sillas de madera, esas de respaldo alto. Allá se dirige, lento y seguro, esquivando las otras mesas y navegando por entre el denso humo y por entre los ruidos de conversaciones ajenas. Se acerca y va cruzando mesas ocupadas por extraños, y mesas sin nadie pero que parecen reservadas. Un abrigo, por ejemplo, desplegado sobre una silla vacía, toma posesión de una mesa con su grupo de sillas sin ocupantes; a su derecha un cartel de reserva no deja dudas; sobre otra de las mesas, a un costado de aquella con el cartelito, una cartera y un indicio bastante inesperado: lo que parece ser una camisa de hombre. (¿Qué hace ahí una camisa?) Por un segundo se le ocurre robarla, quizás… ¡quién sabe! ¿para ponérsela en lugar de la que está usando?… fantasea con dejar ésta que lleva puesta allí donde está la otra; no es que la suya le disguste, no, pero la posibilidad del cambio lo atrae: dejar una y llevarse la otra, se le ocurre, podría posiblemente generar una distracción que lo sacase de la monotonía —un recreo del tedio, en el que alguien vendría buscando su camisa y se encontraría con la camisa de él sobre esta silla… y, ¿qué pasaría entonces?, ¿qué posibilidades, qué nuevos intercambios inauguraría esta sola movida de las piezas sobre el tablero?—… pero la idea pronto se le antoja muy estúpida y, claro, no hace nada. Sí, mientras tanto, sigue acercándose a la mesa del fondo que eligió. Cuando llega, mira a los costados y va a buscar una cuarta silla.


Cuando, al traer consigo la nueva silla agarrada de su respaldo de madera, se acerca de regreso a la que para él ya era su mesa, nota una alteración: alguien cambió la orientación de las tres sillas, las movió para que queden mirando hacia el escenario de adelante. Sobre una de ellas dejaron, además, uno de aquellos insulsos floreros que adornan las mesas del bar —muchas de las mesas tienen encima estos floreros, además de unas velas chinas, de esas chatas que alumbran bajo y con una lucecita íntima durante toda la noche—. Pero el florero éste, el que encontró sobre la que ya era su silla, junto a su mesa, no tiene ninguna flor. Sacaron las flores que tenía, dejaron el agua turbia adentro, movieron las sillas, pusieron el florero vacío sobre una de ellas. Mierda.


Le molestan los otros. Le molesta la otredad de los otros. Su extrañeza le resulta tan molesta como le es, por definición, ajena. Siente un irrefrenable fastidio.


Y, justo cuando iba a protestar, justo cuando estaba ya por buscar a alguien a quien poder increpar, alguien con quien descargarse, la chica aparece. Su irritación se desvanece —así, inmediatamente, en un segundo— en el aire.


Lo primero que nota en ella es lo esbelta y delgada que es… nota cómo se mueve clara y liviana entre el humo y el ruido ambiente, como si fuera bajo el agua (se mueve y parece que camina bajo el agua… parece que flotara); nota cómo las telas de su blusa y las de sus pantalones —ligeras, vaporosas… lujuriosas en sí mismas— acentúan el efecto de liviandad, de fluidez de sus movimientos. (Es más que probable que él no piense en nada de esto así, de manera racionalizada y consciente… no. Pero la gracia y la elegancia del modo en el que la joven se desplaza disparan en su cuerpo algo visceral. Y lo que es en un principio una mera sensación, una impresión, inmediatamente se transforma en otra cosa: en una curiosa asociación, involuntaria y automática, con la belleza de cierta caligrafía japonesa: en particular, podríamos decir, la caligrafía de un poema de líneas suaves y finas —suaves y finas, aunque al mismo tiempo tensas y fuertes y seguras—, tal vez aquel poema de trazos tenues pero firmes con los que en el siglo diecinueve Rengetsu inscribió grácilmente una de sus teteras para luego laquearla: una pieza única, delicada y sutil, del tipo que él estuvo antes estudiando en sus clases de arte oriental en la universidad. En su percepción de cómo ella se desplaza, sus fluidos movimientos son los gráciles trazos de una bella caligrafía.) Ya más cerca nota, también, los hermosos y largos pies desnudos entre las tiras de las sandalias que lleva puestas (¡los pies de agua!). Es, en verdad, la visión de esos pies lo que activa su instinto y su deseo: ella es muy sensual, sí, pero sus pies son para él lo más sensual en ella.


Se le acerca y lo mira sonriendo.


Lo conoce, le dice.

… Pero no tiene ni idea de quién es ella (aunque, desde luego, la atracción que siente es tanta, tan fuerte, que sí le gustaría conocerla, o haberla conocido). ¿Está coqueteando con él? Sí: está coqueteando con él. Juegan, entonces. Sin embargo —en ese juego que juega gustoso— sigue sin recordarla.

—¿No te acordás de mí?

—Tu cara…


—¿En serio que no te acordás de mí? —vuelve a preguntar ella sonriendo, burlona pero también cómplice: ¿creerá que es parte del juego de seducción, esta desmemoria de él?… Mientras pregunta, sus ojos brillan con un brillo casi fantástico, le parece.

—Mmmmhno…


Y, acercando su boca, sus labios, a la oreja de él, mientras apunta con un dedo fino y largo hacia la ventana, ella le susurra una o dos cosas que él no comprende. No alcanza a entender lo que le dice —si es que de hecho hay algo que entender—. ¿Es por el ruido del lugar?… No: no procesa sus palabras ya que su percepción de ella es intoxicante; no lo hace —no puede hacerlo— ya que en este punto ella ya es tan sólo el escalofrío de una onda eléctrica, rápida y placentera que corre por su espalda, una corriente causada por aquel arrullo, por el arrullo hecho temblor y sacudida que atraviesa ahora su cuello, su clavícula, su columna… No hace falta más. No hace falta ninguna palabra.


Pero la chica insiste en querer comunicar más que todo lo que ya ha comunicado.


Vuelve a señalar la ventana, las luces más allá; el mismo gesto, los mismos labios, el mismo electrizante susurro. Vuelve a acercársele al oído para hablarle bajito (¡ah! ¡esa electricidad corriendo por su espalda!), y una vez más él no escucha, o no entiende lo que ella dice —¿es que hay en verdad algo que entender…?—. Es claro que ella espera… ¿qué…? ¿Podrá ser que espere tan sólo su mero reconocimiento…?


Se ríe, divertida. Mientras que tal vez cualquier otra podría tomar su incomprensión, su error de comunicación, por un chiste estúpido, a ella parece no molestarle. Al contrario: aparentemente halla la situación muy graciosa. Él la mira, extrañado. ¡Y su risa! Su risa transparente le resulta extraña, pero atractiva: suena en su cabeza, delicada y muy, muy agradable. Como fresca. Como lluvia leve y sonora.


Entonces lo mira. Se muerde ligeramente el labio inferior. Y le reclama con una nueva pregunta, mientras vuelve a apuntar su índice hacia el brillo de la ciudad:


—¿A qué te hace acordar esta vista? —le pregunta; le asegura que poder responder le va a traer a la memoria quién es ella y dónde fue que se conocieron. Vuelve a reírse con aquella risa.


Pero él aún no recuerda lo que sea que se supone debería recordar. Ella, piensa él, es como una muchacha veneciana en un baile de sociedad de algún siglo pasado: una enmascarada que juega con él su juego de seducción; puede que lo conozca, o puede que no… quién sabe si él no la conoce a ella; quién sabe si jamás antes la vio… Y de seguro no tiene importancia. Bien podría ser que, oculta tras una máscara, se halle una mujer que conozca, incluso alguien cercana y familiar. O no: puede que ninguno de los dos se haya siquiera cruzado nunca con el otro, y que esta veneciana detrás del antifaz —burlona, pícara— lo sepa y sólo esté aguijoneando su curiosidad natural, que esté simple y sencillamente disfrutando el instante.


Él le contesta lo primero que se le ocurre:


—¿La tour Eiffel? —y se lo dice así, en una pregunta dicha en un idioma que no es el de ninguno de los dos. Ella ríe nuevamente, con la misma risa acuosa y clara que tanto le gustó antes. Otra vez, parece que encuentra graciosa su estupidez, lo que cualquier otra persona interpretaría como una estupidez. E inmediatamente:

—Ah… —suplica, fascinada, en una exhalación, poco más o menos que un gemido—. Hablame en francés… ¿Por favor…? —le ruega.


Y, con esta confirmación de que el coqueteo sigue su curso, de que todo está bien y que el juego continúa, él le reclama:

Vos hablame en francés toda la noche. Hablame vos a mí. Hablame al oído, como me hablaste antes.

Y ella, aparentemente complacida, vuelve a mirarlo, sonríe, y asiente. Si hasta parece que ronroneara. Qué cursi, piensa él. Pero se siente feliz y satisfecho. Es una felicidad pueril y algo boba. Pero le gusta. Lo calma.


Más tarde, en el departamento de la chica, en la cama de la chica, los cuerpos desnudos no necesitan nada más que encontrar el cuerpo del otro. El juego sigue en el cual cada uno habla su idioma, pero el juego es quizás distinto. (Empezó de veras, este nuevo juego, ya en el ascensor, cuando los labios y las manos exploraron el territorio del otro con un anhelo creciente a medida que los dos subían y subían entre los espejos, entre los reflejos repetidos de sí mismos, entre los infinitos movimientos y la puesta en abismo de aquella caja ascendente.)


La ventana semiabierta. Los cortinados de tela ligera se mecen en la brisa nocturna; igual sobre las sábanas, los amantes: en sincronía con ellos el liencillo va y viene mientras los cuerpos despojados que prescinden de toda cobertura danzan… La voluptuosidad del movimiento de la tela deja ver todo desde afuera: ella sobre él, su cuerpo sobre el de él, gorjea bajito en un arrullo, respira entre dientes, lo mira sin pestañar, en contoneo rítmico su sexo aprisiona fuerte el sexo de él, el sexo que… el sexo que… el sexo que… Y ella entonces baja la cabeza, acerca sus labios al oído de él; suave, suave, le susurra:


Sois langoureuse, fais ta caresse endormante,

y él, inflamado, acompasa el ritmo de ella, aunque para volverlo tanto más duro cuanto las palabras que ella blande como un arma son más tenues y sutiles… y la penetra con la mirada, y la horada con sus ojos, y la respira con su boca, y la absorbe y la asimila y la consume… Acercándola hacia sí de golpe, la aprisiona en un abrazo; blanda, ella ahora suspira en su oído: más suavemente aún (si esto fuera posible), suspira:


Bien égaux tes soupirs et ton regard berceur.


… y gime los gemidos de él, en respuesta… Acompasados los amantes, más y más fuerte… más y más brusco, más… más y más rápido, más… más… más profundo todavía, más y más hondo… La suma de los dos, la suma de dos cuerpos que no da uno solo, la suma de las partes que se comunican entre sí, la suma de ambos


Va, l'étreinte jalouse et le spasme obsesseur


continúa (ella), mientras ensaya un beso húmedo y desenfrenado, mientras le lame la cara con su lengua saliva mejilla el propio rostro los cabellos negros largos los brazos sus manos de finos dedos, mientras alza la voz en suspirada exhalación:


Ne valent pas un long baiser, même qui mente!


que es el instante exacto en el que (él) responde mordisqueándole los labios la lengua el mentón, hundiendo su sexo en ella, más intensamente, con más fuerza, la última de las veces, hacia adentro, justo un segundo antes de que ella expela un

—¡Guacho! —cortado y de repente…


… y él sonría.

Y a cada uno —como dicen allá en donde una vez alguien escribió esos versos— su pequeña muerte.


Más tarde, después de dormirse juntos; después de que él se despertara y con cuidado bajara de la cama para irse; después de mirarla largamente (ella dormía); mucho después de que dudara si debía dejarle una nota, pero no le dejara nada; cuando finalmente salió por la puerta de calle, subió a su auto y llegó a donde vivía, lejos del humo, del olor tosco, lejos de la gente, lejos de todo; cuando se tumbó en el sofá, aún vestido pero ya descalzo; más tarde, buscó a su gata: «¡Kumo!», la llamó. «¡Kireina Kumo…!», pero la gata no respondió a su llamada. (Pensó, no sin temor, que tal vez se habría perdido, como aquel enero de lluvia cuando tuvo que salir a buscarla guiándose por sus maullidos en medio de la noche mojada de tanto húmedo verano).


«Kireina Kumo», se dijo entonces, apoltronándose satisfecho, «quiere decir ‹Bella Nube› en japonés». Ese sí era un nombre que le agradaba. Con esto en mente, serenado y tranquilo en sus propios pensamientos, de nuevo se sintió contento en el abandono y la placidez más simple que pudiera sentirse, y se quedó dormido justo ahí en donde estaba, justo de ese modo.


Así en el sueño, no sintió cuando finalmente la anaranjada gata —mullida, silenciosa— entró a la sala más tarde, y trepó al sofá de un ágil salto para luego refregarse contra su camisa, ronroneando un largo rato antes de también quedarse dormida ella, junto a él, junto a su tibio cuerpo.




 

Autor: Martín Pomter


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Imagen de Leonardo Lamberta

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