• Barbarella D´Acevedo

Basilio y el deseo (muestra para degustación)


Iván entró al Mausoleo, con rapidez y la preocupación de no ser visto. El hombre que le permitió el acceso, lo guio durante unos segundos para luego desparecer en lo oscuro. Debía tratarse de un guardia de esos de fama pésima, sobornables, que custodiaban el recinto. Había consentido en hacerle ese favor a Vladimir a saber por qué, era probable que incluso le debiera algo. Pero a Iván nada de eso le preocupaba en demasía. Apenas si podía creer que se encontraba allí, además en soledad y por el tiempo que quisiera. Había escuchado decir que los visitantes habituales tenían que pasar por delante del cuerpo de Lenin casi sin detenerse, después de colas interminables. Nadie alcanzaba a permanecer ahí más de minuto y medio, y eso sin cámaras o teléfonos. Pero él, que nunca había sido un hombre de suerte, ahora tenía una oportunidad bien distinta y especial ante sí.

Frente a él estaba el cuerpo del líder ruso en una urna de cristal. “Como Blancanieves”, no pudo evitar pensar Iván, “en espera de un príncipe, y sin los siete enanos. O la bella durmiente. Pero nadie va a venir a darle un beso. Ni siquiera yo con mi poema “Proletkult” y mis hermosos ideales difuntos. Eso quedó ya atrás. Yo no quise. Fue el mundo. Y hay que adaptarse. Aunque no los muertos. Ellos son eximidos”.


El lugar se hallaba en penumbras y una luz rasante de museo iluminaba la urna. Iván caminó y circunvaló el féretro. Pretendía verlo desde diversos ángulos. El cuerpo frente a él era el de un hombre rubio, de traje impecable, con la mitad inferior cubierta con una manta y el puño derecho hermético, en un gesto evocador. Parecía dormir.


“Dicen que de ti hoy queda bien poco. La nariz es falsa, una reconstrucción no muy bonita. El cerebro también se te retiró. Lo querían conectar, quizá por cables, a una máquina que fuese capaz de gobernar el mundo. E hicieron un instituto para su estudio, el Instituto del Cerebro, que hoy resulta un misterio. El tuyo es por demás un expediente oculto que nunca alcanzaría a revelarse. No queda de ti más que un diez por ciento. Eso dicen por lo menos las lenguas viperinas. Pero no es cierto. Al final sin quererlo vienes a ser una especie de profeta. Algo que habrías podido rechazar. Y quedó tu doctrina en todas partes. En algunos lugares se sigue de manera ortodoxa. Eso no siempre es bueno.


En otros está ahí, es asunto latente que resurge a cada tanto”.


Iván dejó la matriushka en un rincón junto a la urna y añadió: “Mira, para esto quedaste”.


Se puso su chaqueta. El lugar contaba con climatización, y para un cubano una temperatura de menos de veinte grados ya era fría. Como si le hablara al cuerpo, insistió:


“Dime, ¿por qué? ¿Qué viniste a decir o cambiar? ¿Y hasta cuándo? ¿Cómo se sigue si ya todo acabó? ¿Qué debemos hacer aquellos que creímos, o confiamos?, los que escribimos poemas proletarios, y dijimos “el poder pertenece a los soviets”. ¿Existirán el cielo o el infierno?”.


Iván pegó la cabeza al cristal de la urna y en tal posición cerró los ojos un instante. Al rato miró a su alrededor y percibió que allí había alguien más. Por un instante pensó que se trataría del guardia que habría de hablarle o hacerle señas para indicarle que su tiempo había concluido. Pero no. Era alguien de rodillas y de espaldas a él. Iván se sorprendió. E interrogó:


—¿Quién es usted? —Y al darse cuenta de que había hecho la pregunta en su idioma natal, quiso rectificar y hacerlo en ruso. Pero la frase correcta no venía a su mente. Por eso repitió lo mismo en español.


El hombre que parecía estar inmerso en un rezo largo, que ya empezaba a oírse como una cantilena, se detuvo. De a poco se puso de pie, hasta colocarse de frente a Iván, y respondió en un español casi lento.


—No deberías buscar entre los vivos al que está muerto.


Llevaba un traje negro y su rostro recordaba lo suficiente al de aquel que descansaba en la urna. Pero luego Iván pudo notar que no tenía zapatos, solo medias.


Iván miró primero al hombre frente a él y luego al cuerpo yaciente, sin alcanzar a entender qué sucedía:


—¿Quién está muerto? —insistió en voz alta. Todavía dudaba acerca de la naturaleza de aquel que ahora se erguía frente a él. Nunca había creído en fantasmas y era absurdo que uno se le fuese a aparecer. Mucho menos aquí en la cuna del materialismo dialéctico, antirreligioso y terrenal. Por un momento dudó, y llegó a sentir una especie de escalofrío.


“Como si no me bastara no saber que pasó anoche. Ese misterio, y ahora esto”, pensó.


—Lenin, por supuesto —dijo el otro, e Iván pudo percibir que daba unos pasos hacia él, para luego detenerse en una pose de orador que arenga al pueblo, con una mano extendida como si incitara a una multitud.

—Lenin está muerto. Y yace en la pirámide. Aunque algunos reclaman y dicen que jamás fue enterrado, a nivel técnico estamos a metros bajo tierra. Helo aquí de cuerpo presente.

—Vaya —respondió Iván, sin que se le ocurriera nada más para agregar.

Y por unos segundos imaginó que el otro levitaba. Pero luego ya no. Tal vez fuera solo un efecto de las luces y sombras del lugar, aunque sintió pavor.


El hombre tenía el mismo rostro, el cabello ralo y rubio, la perilla, y el traje jimagua al del cuerpo yaciente. También gozaba la misma expresión de loco en exaltación de un buen líder político, un dejo de ferocidad.


—¿Por dónde empezar? ¿Qué hacer? —insistía aquel que parecía ser Lenin, si bien no era posible que lo fuera. En Cuba habría resultado más probable que apareciera un muerto o se montara en cualquier ser, pero aquí no. E Iván sintió que le comenzaba de pronto un dolor de cabeza muy fuerte.


“El susto, o la resaca”, se dijo. “Porque tengo miedo, es evidente, más que nada a no estar seguro de si perdí la razón. Y tampoco sé si bebí. Tal vez sea un efecto secundario. Una suerte de alucinación pos-etílica. O puede deberse a pasar tanto tiempo bajo tierra, algo que he hecho en demasía desde que llegué y de lo que no tengo costumbre”.


—Y usted sabe español, ¿cómo es posible? —insistió Iván.


Tenía además unos irresistibles deseos de sentarse y fue por eso que se agachó en el piso. “Es preciso ver a dónde llega el espectáculo”, pensó.


—Muchos soviéticos saben español —respondió el otro, esquivo.

—Es como en Cuba decir todos los negros tomamos café. Y no explica nada.

—“Ningún demócrata, y con mayor razón, ningún marxista, niega la igualdad de derechos de los idiomas o la necesidad de polemizar en el idioma propio con la burguesía propia y de propagar las ideas anticlericales o antiburguesas entre los campesinos y los pequeños burgueses propios”.

—Eso yo lo leí en algún sitio —replicó Iván casi en un susurro, como para sí—. Pero no creo que sea posible.

Notas críticas sobre la cuestión nacional —respondió el otro al tiempo que hizo con la mano derecha un gesto de dejadez.

—Vine hasta acá por un asunto humano. De alma casi, se podría decir —añadió Iván—. Ni siquiera anhelaba cuestionar la política, la de aquí o cualquier otra parte. Y usted, que se parece a Lenin como si fuera un pariente, o él mismo, me sale con un texto semejante. Es gracioso, como si la política fuera ineludible, y nos saliera al encuentro. Pero tiene sentido en un lugar así.

—“El Estado es producto y manifestación del carácter irreconciliable de las contradicciones de clase. El Estado surge en el sitio, en el momento y en el grado en que las contradicciones de clase no pueden, objetivamente, conciliarse. Y viceversa: la existencia del Estado demuestra que las contradicciones de clase son irreconciliables”.


Añadió el hombre semejante a Lenin en una pose histriónica.


—¿Y eso ahora?

—Un fragmento de El Estado y la revolución.

—Ah. Ese sí lo recuerdo. Vengo de un país donde todavía se dan clases de marxismo-leninismo en las escuelas. Ese es el catecismo que aprendemos. Y en ese texto si decía algo así, como “el que no trabaja no come”:

—Sí, sí. Y “a igual cantidad de trabajo, igual cantidad de productos”.

—Sí. Si eso al menos hubiese sido verdad. Por eso también fue que vine hasta acá. Yo tenía un anhelo, un deseo —al instante Iván pretendió ponerse de pie, pues sentía un calambre recorrerle las piernas.

Por un momento tuvo un ápice de lucidez. Su cabeza se despejó y meditó si acaso alguien, tal vez su amigo Vladimir con la ayuda del guardia, o alguien más, le podía gastar ahora una broma sin gracia.


“Lo cierto es que ya tendré una anécdota singular para contar de este viaje, un hecho para nada tedioso. El encuentro con Lenin vivo en su pirámide”.


—¿Me deja tocarlo? —le dijo Iván al otro—. Aunque sea la punta de su nariz. Así quiso hacer santo Tomás. Debo saber si es de verdad y está vivo. O si el otro, la momia, es de plástico en realidad como se dice y ya no queda de él, ni siquiera un diez por ciento.

—Puedo besarlo si desea. Es mejor, un soplito de aliento, como solo los que viven consiguen transferir. Mire aquí. Mi nariz. Es real.


El hombre se le acercó e Iván lo dejó hacer. Tenía el aliento denso, con un exceso de smetana rancia. Era ya el segundo hombre que lo besaba en este viaje y, sin embargo, no llegó a molestarle.

Pensó por un segundo que tal vez se estaba volviendo un poquito marica, a estas fechas.


—¿Y ahora? —indagó el otro.

—Está vivo. Es esa mi sentencia. Ergo, no puede ser Lenin —añadió Iván y le dio casi vergüenza la situación o llegar a una conclusión semejante.

—Claro que estoy vivo y no soy Lenin. Aunque me alegro si usted se confundió. Eso acaso significa que logré un nuevo avance. Soy actor.

—Ya. Eso también era una posibilidad. Lo valoré, aunque nunca se puede estar seguro. ¿Y de cuál compañía? —continuó Iván.

—De ninguna. Actúo para mí, y porque sí. No necesito el pretexto de un grupo de teatro y es mejor. Vengo aquí cuando puedo. Sé cómo entrar de polizón. Me llamo Basilio —dijo y señaló después al cuerpo de Lenin—. Vengo a captar su esencia cada vez. Busco una forma nueva.

—Basilio… ¿Como el de la Catedral? —añadió Iván, al tiempo que trataba de hacer memoria con respecto a tal personaje.

—Basilio el loco, que fue santo. Pero yo no soy santo. Aunque a lo mejor él tampoco lo era.

—Basilio —repitió Iván y sintió ahora otro escalofrío. La historia del hombre frente a él era tan rara incluso como el hecho de que fuese un posible fantasma. Un actor con nombre de loco santo se colaba en la pirámide a captar la esencia del líder de la Revolución Rusa. Se preguntó si tras eso habría quizá una intención oculta.

—¿Y es el único? —interrogó de pronto—, ¿o puede que haya otros?

Basilio lo miró con sus ojos claros e incisivos y le espetó.

—Hay también un Stalin, por supuesto. Dos Trostki y hasta un Máximo Gorki. Esos son los que conozco.

—Ya, ¿y el gobierno lo sabe? —dijo Iván. Y también pensó que ya quería salir de allí, que ese era ahora su único anhelo y no escuchar, no saber de más nada. Había tenido suficiente de aquella tumba, de Lenin y Basilio.

—A nadie le interesa un loco, o unos cuantos. Carece de importancia.

—Ya —dijo Iván y lo miró una última vez.

—Debo irme —añadió, pero no quería darle la espalda al loco, así que comenzó a avanzar como pudo, caminó para atrás con el frente vuelto hacia aquel.

—Fue un placer, pero se hace tarde y además aquí siento mucho frío.

—Adiós entonces. O mejor, “hasta la vista, camarada”. Siempre es posible que nos volvamos a ver —respondió Basilio.

“Mejor no”, se dijo Iván. Y se alejó de allí con el pensamiento puesto en las bromas que gastaba la vida, “la vida o la muerte”.


Además, reflexionó acerca de lo imprevisto y el azar. A lo lejos se escuchaba apenas la voz de Basilio, el falso Lenin:


—“Somos partidarios de la república democrática como la mejor forma de Estado para el proletariado en el capitalismo; pero no tenemos derecho a olvidar que la esclavitud asalariada es el destino del pueblo, incluso bajo la república burguesa más democrática”.




 

Este es un adelanto del libro Basilio y el deseo de Barbarella D´Acevedo y se consigue en los siguientes enlaces

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@barbarelladacevedo