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Atrevida verdad


El reloj marcaba las 10:30 y quizá seguías ahí recostado, en ese sofá de terciopelo entre azul y verde, que mamá quería tirar pero que a papá tanto le gustaba. Pensábamos en cómo obtener la energía suficiente de tu catapulta para liberarme por los aires hacia el otro lado, donde aguardaba nuestros sueños emancipados. […] Hay una grieta en mi corazón. Un planeta con desilusión […] eran las palabras que cruzaban mi cabeza, una y otra vez. De pronto, el taladro de tu voz interrumpió mi despiste.


– ¿Cómo diablos pretendes revelárselo todo, ahh? Esa actitud de “me vales huevo” no te deja, dijiste irritado.


Como si el escaso viento del salón se hubiera llevado tus palabras, yo cantaba para ocultar el silencio [...] Words like violence Break the silence Come crashing into my little world [...]


-Tal vez tenga razón mamá, Charly. ¡Llegó la hora de convertirme en el hombrecito de mi casa! ¡Papá dice que los hombres de verdad se enfrentan a los problemas como machos que son! Te respondí ferozmente.

– Ya era hora, José. ¿Cómo lo vas hacer? ¿Lo harás hoy mismo?

–Ya lo creo, pero tienes que marcharte ahora, están por llegar.

–Vale, buena suerte. ¿Mañana te veo? No olvides lo felices que podemos ser, fue lo último que te escuché decir.


Era medianoche. Oí el forcejeo de las llaves en el cerrojo, y no había duda: eran papá y mamá. Papá siempre parecía olvidar hacia qué lado girar la llave para abrir la puerta. Sus rostros hinchados, ojeras azules y sus secos labios mostraban el largo viaje de vuelta a casa. Me levanté del sillón que mamá había puesto frente a la puerta, le gustaba sentarse a leer en él para no perder ningún detalle de cada visita. La abracé primero, y la estrujé lo suficiente como para impregnarme de su calor, de su olor, y su caro perfume. De niño, creía que su cuerpo era cálido y suave, y que su dulce esencia era inherente, y me enfadaba porque yo no tenía ninguna dulce fragancia.


Abracé a papá por la espalda, mientras dejaba en el suelo los muchos regalitos que solían traer de sus viajes.


– ¿Cómo resultó esta vez el viaje? ¿Alguna anécdota que contar? les pregunté invitándolos a sentarse en el sofá.

-Sí, cómo no, todo ha estado de maravilla. De hecho, poco antes del vuelo de regreso, vimos una marcha triunfal de soldados de la fuerza aérea. No sabes qué ilusión me hizo recordar mis años de servicio. Y pensé en ti, mi único hijo, vestido con ese traje de militar ¡Serías el orgullo de papá! ¡Qué digo, de la familia!


Sentí mi garganta contraerse, mi pecho oprimirse y mi saliva espesarse. Hice un esfuerzo para tragarla, me armé de valor, y dije:


–Justo de algo quería hablar contigo pá… y también contigo má.

– ¿Qué quiere el hombrecito de la casa? – preguntó mamá, arrugando sus labios y sus cejas como si mimara a un bebé.

– Pues…


Busqué en mi mente claridad y palabras, pero no encontré nada.

Un sorbo de distracción, buscando descifrarnos, no hay nada mejor que casa [...]. ¿Seguirá siendo té para tres?, me pregunté ante el precipicio


–Te noto un poco tenso, hijo. Dinos de una vez qué sucede.

–Sí mamá, y espero recibir la comprensión y el respeto de los que tanto hablas. Vale, ahí voy. Quiero que conozcan a Charly, el amigo con quien suelo salir… ¿lo recuerdan? Bueno, es mi pareja desde hace un tiempo.

– ¿Qué dijiste, hijo? – interrumpió incrédulo papá.

– Lo que escuchaste papá. ¡Soy marica!

– No, no es verdad ¡Te mato! ¡Aquí mismo! Mi hijo no puede ser la vergüenza de la familia. ¡Mi único hijo no!


Mamá se quedó inmóvil, con los ojos fijados al suelo y en silencio, aturdida. De pronto, papá no estaba. Supuse que fue a encerrarse en su oficina para fumarse un puro, lo hacía después de cada discusión.

Entonces, irrumpí en el silencio.


– Es ilógico, ¿no crees mamá? Si ustedes quieren mi felicidad, ¿por qué se ponen tan coléricos, tan, tan absurdos?


Subí a mi habitación. No quería pensar, y me acosté en mi cama sin siquiera quitarme los zapatos y la ropa. Tuve una pesadilla que me despertó agitado, con el corazón en la mano, dos veces en la noche, en ella me hundía en un lago de lodo, gritaba tan fuerte y en vano porque mientras yo moría, papá me contemplaba sonriente, sin mover un solo dedo.


No supe de mí hasta la mañana siguiente. No había abierto los ojos cuando escuché estruendos en el comedor, en la cocina y en la sala. Bajé precipitadamente las escaleras para ver qué pasaba, y vi a papá sujetando el fusil Máuser calibre 8x57 de su colección, una de sus pasiones era cazar bestias. De pequeño me llevaba a cazar, creía que con cada disparo de su fusil se me proporcionaría más hombría.

Quería matarme como al animal salvaje que decidió ver en mí. Percibí sus manos temblar, y sus ojos, apenas reconocibles, estaban rojos, hinchados y cansados, como cuando se llora durante horas.


No hubo tiempo para preguntas y, apenas di un paso, un ruido violento y ensordecedor lo detuvo para siempre. De inmediato sentí cientos de hormigas subiendo por mis pies, mis piernas y, cubriendo mi débil y pesado cuerpo, susurraban [...] Déjate caer la tierra es al revés, la sangre es amarilla déjate caer [...]. Estaba en el suelo y, en mi estómago, tenía la hendidura más grande que jamás había visto.


Miré a papá, le sonreí; sus manos temblaban, respiraba rápida y profundamente. No la vi llegar, pero mamá estaba a mi lado. De sus ojos brotaban gotas enormes que golpeaban mi rostro, impidiéndome abrir los ojos. Sollozando, enjugaba mi rostro con su mano temblorosa. Y, meciéndome entre sus brazos, parecía la niña más triste al ver roto su juguete favorito. ¿Con qué jugará ahora?, me preguntaba. De fondo, escuché nuevamente el forcejeo con el cerrojo de la puerta. Tánatos había llegado sin invitación, se sentó en el sillón de terciopelo entre azul y verde. Sonriente, me miraba de soslayo mientras apagaba su tea.


Carta certificada.


Charly, adorado mío.

Me invitaste incontables veces a lanzarme en tu catapulta, liberarme por los aires hasta llegar a tierras prometidas donde, no más por la noche, sino por el día, tú y yo entrelazando nuestras manos. Y mira, no me alcanzó. Tan solo ahora vislumbro, a lo lejos, tierras utópicas. Lánzate tú, que puedes. Habítalas, vívelas hasta que no se pueda vivirlas más.


Antes del indeleble beso, algunas palabras de Bonnett,

[…] la ola con su paréntesis vacío para siempre

Que viene a recordarnos que vivir era esto,

Que hacia ese lugar desde siempre veníamos.

Con amor febril,

Adiós.


 

Autora: Andrea Miramag


Soy Andrea Miramag, nací un 31 de diciembre (en el horóscopo chino soy Dragón), me gusta presumir que fui el regalo de año nuevo para mi madre, en una de las ciudades más frías de Colombia, San Juan de Pasto, en las faldas de un volcán irascible, que de vez en cuando para asustar al pueblo entra en erupción. Cuando tenía apenas 2 años, a mis padres, muy jóvenes e inexpertos se les dio por probar suerte en la metrópoli,  junto a mis hermanos y yo nos mudamos a Bogotá, capital del caos.


Al iniciar mis estudios de secundaria, ya me apasionaba la lectura, veía en ella un refugio de mi timidez, la que no me dejaba socializar con más chicos, y por eso escribía en mi diario algunas frases inspiradas en los libros de Dostoievski o Michel Ende, que devoraba ya, en ese entonces. Sin embargo, no me animaba a escribir del todo. Luego tomé la decisión de estudiar lenguas en la universidad Pedagógica, y a partir de esa experiencia creadora y aprender de compañeros y profesores, más adictos que yo por la literatura, comencé con la idea de aprender a escribir, quería contar con la palabra escrita muchas historias que no me atrevía a decir a grito herido.




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