• Marina Klein

Algunas noches



El lugar está repleto de gente, cada unx ocupadx en sus tareas específicas. No queda ni un plato de comida más.


Aunque raspamos las ollas, no sale ni para tres cucharadas.


Estamos esperando que sea la hora en la que todxs se vayan para poner un poco de orden y limpiar.


Es lo peor, limpiar.


Pero forma parte de esto. Hay que hacerlo. Nada se limpia solo y no podés cocinar en la mugre, así que es parte de lo que hay que hacer y listo. Nada de quejas que las quejas son para la gilada.


Y bueno. Ahí estamos. En ese interín, mientras disfrutamos de la compañía de lxs últimxs comensales y de lxs compañerxs, hasta que todo se aquiete.


La gente que no tiene comida viene con su táper a la Olla y nosotrxs le servimos. Cocinamos con lo que nos llega de donaciones y una partida que nos da el gobierno -cada vez más insuficiente, por cierto-. Porque cada día aumenta la cantidad de comensales y ya no hay capacidad de hacer más, ni de conseguir más alimentos ni de prepararlos.


Pero es así. Todxs nosotrxs sabemos que es así. Que hacemos lo que se puede, lo que está a nuestro alcance.


Gestionamos la guita que nos llega, conseguimos las donaciones, las preparamos, las repartimos. ¿Qué más podemos a hacer? Capaz que en algún momento podemos hacer más pero por ahora así están las cosas.


Y después lidiamos con lo que se genera afuera, en la fila. Y también adentro, entre nosotrxs.


Hoy me toca a mi limpiar junto con una compañera a la que apenas conozco porque se sumó hace pocos días.


Las ollas se lavan en un baño. En el lavamanos del baño porque cocina no hay.


El lugar donde cocinamos es un local que había sido preparado para comercio y ahora es donde funciona la Olla pero en realidad es un cuarto de unos cuatro por cuatro (o menos) y un bañito. Fin.


En la pared opuesta a la calle se puso una cocina conectada a una garrafa de gas y un horno eléctrico. Y ahí nomás está el bañito.

Lavar ollas tan grandes en un bañito es incomodísimo. Y las tablas de cortar las verduras también.


Para lavar las verduras tenemos toda una técnica recontra ajustada que funciona muy bien.


Bueno, igual nos las arreglamos y lo hacemos.

Al fin todxs se fueron y limpiamos. Después yo me quedo un rato más a terminar unas cosas que me habían quedado pendientes del día. Apago la luz, cierro con candado la reja de la calle y emprendo la caminada por Tres Arroyos.


La calle está desierta, helada y húmeda. Las hojas amarillas todavía bailan en los árboles y las luces de la ciudad brillan de forma extraña entre las pequeñas gotas de agua y las filigranas que se tejen entre las hojas.


El frío en la cara mientras apresuro el paso me hace acordar a cientos de canciones que canto todas las noches en mi cabeza y un poco en voz alta mientras ando por las veredas rotas.


Amo ese momento del día de soledad absoluta por la ciudad vacía y la música en mi cabeza.


Abro la puerta de mi casa después de atravesar el pasillo que se interna desde la calle, se hunde en la manzana y lleva a mi ph diminuto.


La gata con sus tres colores se me refriega por las piernas. Le sirvo un poco de comida en su platito y me saco toda la ropa en el cuarto.


El agua caliente de la ducha me llena otra vez de ganas.


Canto otra vez. En la ducha y después mientras pelo unas mandarinas.


Me llega un mensaje. Pero no quiero mirar porque por la hora sé de quién es y no quiero.


Pero caigo igual. De lo más boluda, siempre. No hay manera, no me puedo resistir.


Es él. Sí, claro. Quién iba a ser si no.


Que si leí a no sé quién. Que no, le contesto pero entre el no que acabo de escribir e ir a googlear de quién me habla pasa un segundo.


Me bajo un libro en el minuto siguiente y le digo que lo voy a leer.


Que qué estoy haciendo.


Le cuento.


Por cortesía le pregunto qué hace él. En realidad no es por cortesía, pero bueno.


Que está en el baño de la casa de una chica que conoció hace un rato, acaban de coger y se acordó que me quería preguntar del autor ese así que se fue al baño con el teléfono y me escribió.


-Bueno, lo leo y después te escribo a ver qué me pareció.


Que dale, que está buenísimo y que me va a encantar.


-Joya, hablamos después.


Quiero estrolar el teléfono contra la pared.


Trato de recuperar mi paz con las canciones y las mandarinas. Pero no. Ya se escapó y no sé dónde buscarla.


Pongo una peli un rato a ver si me calmo un poco. Nada.


Ok, voy a dejar de huir. Abro el archivo con el libro que acabo de bajarme.


No lo quería empezar porque sabía que ese libro era la puerta de entrada a su cabeza. Una vez que estoy en su cabeza me cuesta un montón salir, volver a ser sólo yo.


Pero bueno, caí. Una vez más.


Ya está. Es un libro que trata de ciudades y de noches y de locuras de una bandita de pibxs que hacen cualquiera. Se drogan, se emborrachan, cogen todxs con todxs y así.


El típico libro que nos gusta.


Y va a terminar mal. Obvio. Algunx muertx, presx, o lo que sea. Algunx adulto y careta, también puede ser.


Es casi la una de la madrugada y ahí sigo, pegada a la pantalla leyendo el libro que está re bueno.


Siento unos golpes en la puerta. Son unos golpes suaves pero los escucho.


Me acerco a ver qué onda.


-¿Quién es?


Un susurro me contesta del otro lado de la puerta que disculpe, que es el vecino de dos puertas más allá y que salió un segundo al pasillo a dejar una de las plantitas que había pasado todo el día adentro y se le cerró la puerta. Que no tiene llave ni teléfono y está en patas.


Le abro.


Insiste con que lo disculpe, que vio que la luz estaba prendida y que por eso se animó a tocar pero que lo hizo despacito por si estaba durmiendo.


Sí, sí, flaco te disculpo.


-¿Querés unas medias y un buzo mientras pensás qué hacer?


-Sí, muchas gracias.


Traigo unas medias y un poncho porque me doy cuenta que mis buzos le iban a quedar chicos.


Me pide el teléfono, se lo doy. Le escribe a alguien por Instagram que le dice que le va a alcanzar las llaves en un rato.


-En una media hora me traen las llaves. Justo una amiga se había quedado con un juego porque me riega las plantas cada vez que viajo. Vive en Villa Urquiza así que se toma un taxi o un Uber y ya llega.


-Dale. ¿Quéres un vino mientras tanto?


-Bueno, sí. Me vendría re bien para terminar de calentarme el cuerpo.


Sirvo dos vasos de un tinto riquísimo que compré ayer en el chino.


No sé si seguir leyendo o darle charla así que me traigo el Kindle y lo pongo cerca por las dudas que se ponga denso el silencio.


Pero no.


Cuando vio el Kindle me pregunta que qué estoy leyendo. Le cuento la secuencia que acaba de pasar del mensaje y de la posterior bajada y lectura del libro.


Ya lo leyó. Dice que está buenísimo.


-Sí, recién lo empecé pero ya me metí adentro, está muy bien.


La gata se le sube encima y se acurruca sobre el poncho que está sobre todo su cuerpo y ella se anida sobre sus piernas cruzadas.


-Kalha se llama – le digo, mientras lo veo haciéndole mimos en la cabeza y a ella de lo más entregada.


Me río un poco para mi y un poco para afuera.


Qué foto esxs dos ahí en el sillón cubierto de aguayo.


El vecino desconocido y Kalha.


Le pregunto hace cuanto que vive ahí porque si bien me lo había cruzado algunas pocas veces, casi no lo veo.


-Hace algo más de un año, lo que pasa es que viajo mucho entonces casi no estoy. El ph era de una tía que se murió y lo estoy cuidando hasta que mi familia se decida a venderlo o a hacer algo con él. Como está bastante deteriorado lo estoy arreglando de apoco en lugar de pagar un alquiler.


Tomo un trago.


-Yo alquilo hace un par de años, me gusta este pasillo. Me gusta porque se llena de hojas amarillas en otoño y me gusta la calle Padilla. ¿Sabés que Padilla era el compañero de Juana Azurduy?


-Claro que sé – se ríe y le acaricia la cabeza Kalha.


-¿Y a dónde viajas tanto?


-Por ahí… Por el país y por los otros países de acá cerca. Ando viajando en bici siempre que puedo. Hago algunos voluntariados y paso un tiempo largo dando vueltas y después vengo otra vez y así.


Me contó de los últimos lugares por donde anduvo. Un poco de permacultura, un poco de cultivos orgánicos, un poco de hacer harina de algarroba, un poco de historia del alambrado de los campos en Uruguay y así, hasta que me llegó un mensaje de que su amiga estaba afuera.


Le abrí la puerta.


Ella le dio un abrazo, un beso a mí, después las llaves y muerta de sueño se fue porque el Uber la esperaba afuera.


Todavía quedaba vino en los vasos y en la botella así que agarró las llaves, las dejó sobre la mesada y volvió al sillón.


La gata volvió a acomodarse entre sus piernas y seguimos hablando de historia uruguaya que devino en la historia del Paraguay, que devino en la historia de Bolivia.


Hablamos un poco también de la Olla, de soberanía alimentaria y de los buenos vinos.


Serví lo último que quedaba en la botella y me paré para buscar otra. Pero no llegué nunca.


Eran más de las tres y ya parecía que la noche iba a durar para siempre.


Cuando pasé por el sillón le acaricié la cabeza a la gata que seguía ahí acurrucada y le estampé un beso.


No fue premeditado ni consiente. Solo respondí al estímulo imán que me guía a veces.


Dos segundos más tarde la gata tuvo que dejar su cobijo.


Quería devorar esa boca, esas historias y todas las palabras que salían de esa boca.


A veces me asalta esa voracidad caníbal. No puedo hacer nada para evitarlo así que me entrego.


Y me deleito en quien se entrega así, como el chico este sobre el sillón de aguayo. Se deja comer, se deja hacer sin resistencia.


Me subo arriba de sus piernas y me agarra los muslos con esas manos que sin darme cuenta había estado mirando toda la noche.


Todo estalla. El vino y los miles de colores de la madrugada nos hacen de manto.


Las llaves quedaron sobre la mesada.


El chico duerme en mi cama.


La gata se le subió a la espalda y se acurrucó en la curva de la cintura.


Me levanto y pongo agua para el mate mientras lavo los vasos de ayer y miro por la ventana al rayo de sol que me llega. Y respiro hondo y lindo.


Agarro el teléfono y le cuento todo al chico de ayer, el del libro.


Bueno, que hoy de noche pasa por mi casa que hace mucho que no nos vemos. Y aprovechamos y nos damos unos besos y nos tomamos unos vinos, hablamos de libros y de esas cosas que nos gustan y capaz que el vecino, si tiene ganas, puede quedarse con nosotrxs.



 

Este cuento forma parte del libro Fragmentos de Mundos que se publicó durante el 2021 en Ediciones Frenéticxs Danzantes y que se puede conseguir acá


Autora: Marina Klein


Soy autora también de los libros de cuentos “De Fauces al Subsuelo”, “Danzando entre la Nada y la Furia”, la novela “Trashumantes”, y de las plaquettes “La vida secreta de quien come en la cocina”, “SEAMOS Libres que lo demás no importa nada”, “¿Te gustó coger?”, “Georgina Orellano Puta Feminista”, '"El día de Adela" y “Donde los muros eran de niebla” editados por Ediciones Frenéticxs Danzantes. También dirijo la Revista Extrañas Noches y la editorial recién mencionada.


Nací en Buenos Aires en el 74, viví en esta ciudad hasta más o menos los 20 años y desde ahí hasta el 2012 anduve por el mundo viajando y quedándome largos períodos en distintos lugares de América Latina. En ese tiempo realicé un tour por distintos oficios, escribí para varios medios crónicas de viaje, tuve un programa de radio, limpié casas, hice gorritos de hilo y hasta llegué a tener una pequeña fábrica de joyería artesanal.


Cuando volví hice la carrera de sociología, donde además de aprender un montón, una vez más, me di cuenta que la academia no es lo mío.


Todos los libros se pueden descargar de forma gratuita en la biblioteca libre de Ediciones Frenéticxs Danzantes


O adquirir en físico en el catálogo de Ediciones Frenéticxs Danzantes


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Imagen de Leonardo Lamberta

Se puede ver su obra en @sol_planetario_amarillo y en @leolamberta